Los pilares de la publi

Anoche terminó la miniserie basada en la archiconocida novela Los pilares de la tierra, que aquí hemos podido ver en Cuatro. Admitamos que traducir al lenguaje televisivo el mamotreto de Ken Follet -1355 páginas según mi edición de (ejem) bolsillo-, con sus personajes anudados en sagas, las luchas intestinas entre ellos, la interpretación desde el siglo XX de una sórdida Edad Media y sus brutales costumbres, la venganza, la traición y las pasiones de todo tipo, resulta ciertamente complejo. El libro es -millones de lectores en todo el mundo lo contemplamos- ligero y maniqueo -lo cual no le resta ni un ápice de interés como pasatiempo y fiel acompañante del usuario del transporte público-, y la adaptación televisiva, firmada por los hermanos Tony y Ridley Scott, lo ha sido más aún. La producción ha metido la tijera para eliminar ciertos pasajes que han considerado prescindibles, ha reducido el número de personajes al andamiaje más esencial y ha resuelto las tramas a una velocidad diríase vertiginosa. Ocho capítulos de 45 minutos.

Los pilares de la tierra no ha sido grandiosa como serie porque fue pensada como novela y ahí está su pecado original. Pero no seré yo quien niegue el interés de las ambientaciones, los vestuarios, y en general de asistir a un entretenimiento básico, fácil de seguir, sin giros imprevisibles, con buenos tan buenos y malos maléficos. Incluso la ausencia de actores de primer nivel, más allá de la casi anecdótica intervención del enorme Donald Sutherland, no impedirá que triunfe en todas las televisiones en las que sea programada. Que no serán pocas, porque la novela fue un fenómeno literario de carácter global, de modo que las tres cuartas partes de la labor de promoción ya las tiene solucionados. Lo que sí exige, siquiera un pataleo, es la política de programación de Cuatro, que ha faltado el respeto a los espectadores de la serie jugando con las expectativas generadas por la miniserie para estirar su éxito a toda costa.

A saber: en lugar de emitir un capítulo semanal, Cuatro ha optado por eso tan habitual en las televisiones españolas de alargar el prime time ad infinitum: dos capítulos el día del estreno -31,1% de share- sin interrupciones publicitarias como señuelo y gesto de buena voluntad. Los capítulos tres y cuatro la segunda semana -24% de share-; la tercera, el cinco y el seis -23%-. Y cuando todo anunciaba que la resolución de la serie se iba a concretar en los dos capítulos finales emitidos un mismo día, y sin atender al hábito generado y la confianza del espectador, emite sólo un capítulo -19,7% el martes pasado-, y alarga una semana más la conclusión final, que terminó por emitirse ayer -20,8%-. Pese al paulatino adelgazamiento de sus cuotas de pantalla, la cadena tiene que estar pletórica con los resultados de audiencia porque con Los pilares de la tierra ha llegado a triplicar su media.

Quien probablemente no esté tan contento ha sido usted, obligado a acompasar su sueño al ritmo marcado por los programadores. Ha asistido a una batería de publicidad y autopromoción aturdidora, hasta el punto de que el capítulo de ayer -que por cierto no arrancó hasta que en Telecinco finalizase la retransmisión del partido de la selección española de fútbol- terminó más o menos a la misma hora que si se hubiesen enlazado dos capítulos. Retraso, resumen del capítulo anterior, corte publicitario, un par de minutos, corte y enseguida volvemos, de paso le anunciamos a usted, carne de best seller, que la semana que viene le ofreceremos Millenium, más autopromociones de House, espérese un minutito, y enseguida volvemos a volver.

Cuatro ha sido la primera cadena europea en emitir Los pilares de la tierra y ha empleado la serie con su pericia habitual para nutrir de contenidos relacionados su página web -y esto lo suelen hacer muy bien-. Hemos de asumir que la obtención de recursos económicos por la vía de la publicidad es la razón de ser de cualquier televisión privada. Pero la gestión de sus programas como si de un perro jugando con su hueso se tratara deja a las claras el poco respeto que, también en esta ocasión, le merecen los espectadores.

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