Tacos

Están algunos un poco soliviantados por aquí porque el pasado 31 de marzo, durante la retransmisión que hizo la BBC de la regata Oxford-Cambridge, a uno de los timoneles se le pudo oír en varias ocasiones utilizar un lenguaje no apto para damiselas. Oskar Zorrilla, aunque pudiera parecerlo por la grafía de su nombre y -permítanme el chiste malo- su rudo léxico, al menos durante la competición, no es vasco sino un colombiano-estadounidense de 25 años matriculado en la Universidad de Oxford. Y en su (increíblemente) discreta cuenta de Twitter deja constancia de que pertenece al peso pluma, como buen timonel. Encaramado a sus 52 kilogramos de peso se encargada de controlar la dirección del barco y la frecuencia de las paladas, y también anima o azuza a sus compañeros para hacerlos llegar a buen puerto. Y llegar los primeros.

Pues bien, se han registrado más de 200 quejas tramitadas mediante un formulario como este. Más de 6 millones y medio de espectadores asistieron a la retransmisión de la explosiva competición por televisión, durante la cual los comentaristas se deshacían en disculpas por el lenguaje de Zorrilla. Pero la realización seguía dejando el micro abierto. ¿Cómo? ¿Un micrófono registrando el sonido ambiente en las traineras? Pues sí, desde 2006 la audiencia puede disfrutar desde casa del sonido de las palas rompiendo las aguas del Támesis, los jadeos de los remeros y, por supuesto, las arengas de los timoneles. ¿Y qué espera la realización de un programa que se oiga en estos casos? ¿Ruegos e interpelaciones en el más delicioso de los acentos posh?

Traigo esta cuestión a cuento porque es una excusa para presentarles, por si no lo conocen, al Ofcom (Office of Communications). Se trata de un órgano regulatorio que vela por la corrección y probidad de los medios de comunicación británicos y por la libre competencia en la industria de las telecomunicaciones en el Reino Unido. Pero si se trata de responder con un sí a mi anterior pregunta, francamente yo lo dudo tanto como usted…

Todas las entradas que, como esta, pertenecen a la categoría Una vasca en Oxford, están redactadas mientras disfruto de una estancia como investigadora visitante en el European Studies Centre de la Universidad de Oxford y observo, desde fuera, cómo somos y cómo nos ven.

Funerales en Oz

A veces ocurre. La noticia del año te pilla fuera de casa. La muerte de Margaret Thatcher a mí me ha pillado en casa, así que ahora que después del periodo vacacional regreso a Oxford me encuentro con ofertas editoriales y toneladas de papel impreso que, desde la portada, prometen análisis sesudos sobre la vida y obra de la única Prime Minister de la historia del Reino Unido. Así son las cosas: en Loiu las revistas hablaban de Saritísima y en Heathrow la diva que glosar era otra.

Nada puedo decir yo de interés sobre Thatcher. Al fin y al cabo, ella estaba decidiendo quién compondría su primer gabinete cuando a mí me lanzaron al mundo. En estas circunstancias, es difícil no hablar de oídas.

Pero sí recordaré que las dos primeras películas que vi en la televisión británica al llegar al país, las dos en la misma semana, fueron The Young Victoria (2009), narrando los años de juventud de la, hasta la fecha, soberana más longeva de la historia del imperio -Emily Blunt es mucho más guapa, sospecho, que la verdadera Reina Victoria- y, ¡bingo!, The Iron Lady (2011). La televisión británica se dio prisa por adquirir los derechos de emisión de ambas películas que, en paralelo, fijan en el imaginario colectivo y para los restos, una muy concreta visión de ambos personajes históricos.

El funeral tendrá lugar mañana, y a estas horas el cuerpo de la baronesa ya ha llegado a Westminster, a la espera del traslado y posterior oficio en la catedral de Sant Paul. Como Churchill. El de mañana será todo un acontecimiento televisivo que, entre otras cosas, también viene asociado a su polémica. Recordándo(me) lo que ocurrió cuando “Carrero voló”, ha habido muchas personas dispuestas a hacer su propio chiste musical-privado para demostrar la opinión que les merece la finada (aquí, la canción de la que hacen bandera, bien agitada por las redes sociales angloparlantes; aquí, la historia explicada por la BBC; y aquí, el comentario de Anna Bosch). Por mi parte,  y suponiendo que habría quien mataría por una [Enlace roto.], me queda recomendar una vez más este “poema visual” firmado hace ya unos años por La hora chanante. Todo lo demás solo son palabras… 

Todas las entradas que, como esta, pertenecen a la categoría Una vasca en Oxford, están redactadas mientras disfruto de una estancia como investigadora visitante en el European Studies Centre de la Universidad de Oxford y observo, desde fuera, cómo somos y cómo nos ven.

¿Y por qué no patinaje?

El domingo fue la final de Dancing on Ice con menos audiencia de la historia de las ocho ediciones del programa en el Reino Unido. Un drama, vamos. Aún así, con un share del 25% y picos de audiencia de 7.5 millones de espectadores, no creo que la cadena ITV esté poco satisfecha con un programa calcadito al Mira quién baila de TVE1 (que Telecinco convirtió en Más que baile). «Famosete con ganas de seguir/estar en el candelero y sacarse unos buenos cuartos se afana por convencer al personal de que su arte no tiene límites y a todo se aprende en un par de lecciones bien dadas, y tiene por pareja un profesional del tema que queda en cuarto plano». Pero con pista de hielo y en patines.

Me sorprende que, aunque el formato se haya adaptado en ocho países diferentes, ni a Telecinco ni a Antena 3 se les haya ocurrido que, oigan, puede ser una buena idea. Dirán ustedes, con buen tino, que en nuestro entorno el patinaje no goza ni de popularidad ni de raigambre. Tampoco los saltos olímpicos, y ahí tienen a dos espacios embarcados en una cruzada por hacer partícipe al público de los atractivos de esta disciplina, ¿no?

Todo es ponerse. Al fin y al cabo, para enseñar –y ver- cacha toda excusa razón es buena. Apelar al origen canadiense de Pamela Anderson –“por tanto, lleva el patinaje sobre hielo en la sangre (¿?)”- resulta un poco ridículo como justificación de casting. Por cierto, la bombástica C.J.Parker es la única concursante que alcanzo a conocer de esta tanda. Será que hace falta tener sangre británica para que un reality británico pueda a interesarte de verdad…

Actualización: me recuerdan @albertodafonte y @silverman68 que ya hubo un precedente de patinaje televisado en Telecinco. Se llamó Desafío bajo cero. Lo presentaba Manel Fuentes, allá por el 2006, y duró cuatro entregas. No gustó lo suficiente, quizá porque no salían ni Falete ni ninguna concejal de Los Yébenes -pero sí [Enlace roto.] y el difunto José Luis Uribarri-. No obstante, siempre puede haber una segunda oportunidad. No lo desestimen. 

Todas las entradas que, como esta, pertenecen a la categoría Una vasca en Oxford, están redactadas mientras disfruto de una estancia como investigadora visitante en el European Studies Centre de la Universidad de Oxford y observo, desde fuera, cómo somos y cómo nos ven.

Jefas

El viernes celebré el 8 de marzo asistiendo a un seminario sobre la relación entre medios de comunicación y mujer que resultó de lo más esclarecedor. Christina Scharff aseguró que la prensa británica ve con buenos ojos el feminismo fuera -fuera del Reino Unido, fuera de las comunidades hegemónicas; esas africanas que se empoderan en sus comunidades y aprenden a leer y a escribir para aspirar a una vida mejor, esas inmigrantes que superan barreras y se oponen a imposiciones religiosas… Sin embargo, no le duelen prendas en dibujar al feminismo de dentro, al que la rodea, como un movimiento ni atractivo ni justificado.

Cynthia Carter presentó algunos de los resultados de Who makes the news, un proyecto internacional de monitorización de las noticias en las que las mujeres son fuente, protagonistas u objeto de interés. Pueden descubrirlo por su cuenta aquí, pero les diré que no me sorprendió comprobar que en el Reino Unido y en Irlanda se dibuja una tendencia peligrosa: en las redacciones los hombres tienden a hacerse cargo de asuntos económicos, política y sucesos, y las mujeres, de cuestiones… er… “femeninas”. Salud, hogar, celebrities… Esta desviación en origen delata presuposiciones, acorta perspectivas y exige una reflexión.

Hubo más voces. Sin embargo, el plato estrella lo sirvió Caroline Thomson, la mujer que más poder ha ostentado en el organigrama de la BBC: fue Chief Operating Officer, si bien sólo durante algo más de un año y de manera interina. Pueden imaginarse un discurso institucional, bonista, bienintencionado, reivindicando la independencia, la calidad y la responsabilidad de un grupo de comunicación cuyos servicios -radio, televisión o internet- son utilizados por más del 90% de la población al menos una vez a la semana. Las que hicieron diferentes la, aun obvia, interesante intervención de Thomson, fueron sus referencias a una indiscutible jerarquía masculina en la empresa para la que ha trabajado casi 30 años, la evidencia de que ante la cámara la edad no se juzga del mismo modo cuando quien cumplen años son ellas, y no ellos, y la asunción de que las jornadas parciales castigan más a las trabajadoras de la casa que a sus compañeros hombres. Dudo de que el resto de ex directivos de la BBC tengan estas reflexiones igual de presentes al valorar «su casa» en sus valoraciones públicas.

Todo esto lo decía una de las mujeres más poderosas de la industria audiovisual británica un día después de que [Enlace roto.]. Tradicionalmente, en la elección de ese puesto se ha cuestionado la filiación política del indicado, y parece que en este caso la profesionalidad de décadas de Iturbe ha prevenido valoraciones apriorísticas. No creo que nadie haya considerado a Iturbe en tanto que mujer y no en tanto que gestora. Pero pienso que ya era hora de que hubiera directora, y no director en EiTB. ¿Por qué? Porque yo sí estoy segura de que hay una manera femenina de hacer las cosas. El estereotipo de que somos más dadas al trabajo en grupo, a la empatía y a la practicidad es sólo eso, un estereotipo. Pero detrás de los estereotipos suelen aparecer trazas de realidad. Y estoy segura -y voy a tirarme a la piscina, en negro sobre blanco y sin red-, de que la manera de trabajar de las mujeres es mejor. Bastantes evidencias a lo largo de estos años me lo han demostrado. Iturbe tiene una difícil tarea por delante para volver a hacerlo valer. Suerte.

Todas las entradas que, como esta, pertenecen a la categoría Una vasca en Oxford, están redactadas mientras disfruto de una estancia como investigadora visitante en el European Studies Centre de la Universidad de Oxford y observo, desde fuera, cómo somos y cómo nos ven.

Ni descafeinado ni desgastado

Fíjense en la teoría con la que me he encontrado estos días: la flojera de la actual edición de Gran Hermano podría estar motivada porque parte del público potencial, después de haberse aficionado a Gandía Shore, encuentra descafeinado el programa. Personalmente, pienso que esta suposición está un poco traída por los pelos: el programa de MTV, ríos de tinta aparte, consiguió en su momento de mayor esplendor un máximo de 948.000 espectadores. Gran Hermano 14, dirigido a un target que en parte coincide, pero supera al de Gandía Shore, está lejos de sus momentos de máximo esplendor. Pero aún así, y habiendo marcado su mínimo de audiencia el lunes pasado, sigue jugando en «la liga de los mayores».

Cierto es que observando la curva de las galas de Gran Hermano de este año la tendencia es clara: hacia abajo. De 19,3% de share en el estreno (3.061.000 espectadores) al 16,5% (2.506.000) de esta semana. Pero dudo de que esto se deba a que “la audiencia de Telecinco eche de menos ahora el sexo explícito, la violencia y el alcohol de MTV”, como sugiere El Confidencial Digital. Probablemente la bajada esté más relacionado con la estrategia de programación de Telecinco, cuestionada incluso por Mercedes Milá: al ser lanzado como killer format contra Antena 3 se ha encontrado con rivales que, por una vez, han estado más que a la altura: la final de Tu cara me suena y el estreno de Splash! Faletazo incluido.

Sinceramente, no aprecio demasiadas diferencias entre unos y otros. El supuesto color blanco y familiar de la oferta de entretenimiento de Antena 3 me parece más bien blanco roto o marfileño. La lucha cainita entre Telecinco y Antena 3 asfixia al resto de cadenas, que en ocasiones poco pueden hacer más que mirar los toros desde la barrera y aguantar el tipo intentando arañar un puñado espectadores algo más sibaritas.

Big Brother sólo ha llegado a catorce ediciones en Estados Unidos -donde preparan la decimoquinta para junio- y es previsible que en mayo lo haga en el Reino Unido, donde estas semanas han estado buscando estrellas a través de un casting (todo el mundo tranquilo, no se me ha pasado por la cabeza). Y aunque de manera periódica se oye la cantinela del desgaste del formato, pienso que en cuanto la competencia se relaje, Telecinco volverá por sus fueros con relativa tranquilidad. Su maquinaria, esa que lo mismo sirve para promocionar el estreno de Llama a la comadrona este domingo como para engrasar el reality de turno, no descansa ni un minuto. Al tiempo.

Todas las entradas que, como esta, pertenecen a la categoría Una vasca en Oxford, están redactadas mientras disfruto de una estancia como investigadora visitante en el European Studies Centre de la Universidad de Oxford y observo, desde fuera, cómo somos y cómo nos ven.