Late time

No por largamente instalada, la costumbre de comenzar el prime time de las cadenas generalistas a horas intempestivas me sigue pareciendo un abuso de confianza. De la confianza de que usted no tiene otra cosa mejor que hacer entre las diez menos cuarto y las diez y media que zapear de manera compulsiva para no encontrar nada, ir al baño, meterse en internet, ojear una revista sin llegar a leer nada de verdad, entrar de nuevo en internet y repasar mentalmente e incluso sacar del armario la ropa que se pondrá mañana por la mañana. Porque mañana tendrá tanto cansancio acumulado a sus espaldas que querrá aprovechar hasta el último minuto en la cama. Y al menos no tendrá que preocuparse de elegir la ropa.

En Europa el prime time comienza entre las 8 y las 9. El horario de máxima audiencia, la artillería pesada de las cadenas, la batalla principal. La película de estreno o la serie de moda. Los programas por los que apostar. Aquí, a estas horas, hasta en verano nos encontramos con programas de relleno cuyo único objetivo es hacer tiempo. Con las repeticiones de El Club del Chiste.

No es sólo una cuestión de decalage horario ni de diferencias culturales. Que el prime time se funda con el late time ante nuestros ojos es cuestión de una inercia absurda que lleva a los programadores a mirar por encima del hombro qué hace la competencia y contener, contener, contener hasta el final. En todos los ecosistemas televisivos se programa en función de la competencia, pero ninguna de nuestras generalistas es suficientemente valiente como para imponer un poco de cordura en este baile que mantiene al espectador en estado de somnolencia non-stop, entre el remordimiento por autorrobarse horas de sueño y la rabia por el tiempo desperdiciado. Y así nos encontramos con días en los que no merece la pena esperar. Con cara de tonta por haber esperado para llegar a la nada.

Esta noche Antena 3 estrena la segunda temporada de Erase una vez. Tres capítulos seguidos, de 22.40 a 1. Sepa usted que el peaje son dos docenas de chistes caducos y bien de autopromociones. Sepa también que si su cadena es otra la espera le habrá resultado igual de placentera.

 

¿Y por qué no patinaje?

El domingo fue la final de Dancing on Ice con menos audiencia de la historia de las ocho ediciones del programa en el Reino Unido. Un drama, vamos. Aún así, con un share del 25% y picos de audiencia de 7.5 millones de espectadores, no creo que la cadena ITV esté poco satisfecha con un programa calcadito al Mira quién baila de TVE1 (que Telecinco convirtió en Más que baile). «Famosete con ganas de seguir/estar en el candelero y sacarse unos buenos cuartos se afana por convencer al personal de que su arte no tiene límites y a todo se aprende en un par de lecciones bien dadas, y tiene por pareja un profesional del tema que queda en cuarto plano». Pero con pista de hielo y en patines.

Me sorprende que, aunque el formato se haya adaptado en ocho países diferentes, ni a Telecinco ni a Antena 3 se les haya ocurrido que, oigan, puede ser una buena idea. Dirán ustedes, con buen tino, que en nuestro entorno el patinaje no goza ni de popularidad ni de raigambre. Tampoco los saltos olímpicos, y ahí tienen a dos espacios embarcados en una cruzada por hacer partícipe al público de los atractivos de esta disciplina, ¿no?

Todo es ponerse. Al fin y al cabo, para enseñar –y ver- cacha toda excusa razón es buena. Apelar al origen canadiense de Pamela Anderson –“por tanto, lleva el patinaje sobre hielo en la sangre (¿?)”- resulta un poco ridículo como justificación de casting. Por cierto, la bombástica C.J.Parker es la única concursante que alcanzo a conocer de esta tanda. Será que hace falta tener sangre británica para que un reality británico pueda a interesarte de verdad…

Actualización: me recuerdan @albertodafonte y @silverman68 que ya hubo un precedente de patinaje televisado en Telecinco. Se llamó Desafío bajo cero. Lo presentaba Manel Fuentes, allá por el 2006, y duró cuatro entregas. No gustó lo suficiente, quizá porque no salían ni Falete ni ninguna concejal de Los Yébenes -pero sí [Enlace roto.] y el difunto José Luis Uribarri-. No obstante, siempre puede haber una segunda oportunidad. No lo desestimen. 

Todas las entradas que, como esta, pertenecen a la categoría Una vasca en Oxford, están redactadas mientras disfruto de una estancia como investigadora visitante en el European Studies Centre de la Universidad de Oxford y observo, desde fuera, cómo somos y cómo nos ven.

Ni descafeinado ni desgastado

Fíjense en la teoría con la que me he encontrado estos días: la flojera de la actual edición de Gran Hermano podría estar motivada porque parte del público potencial, después de haberse aficionado a Gandía Shore, encuentra descafeinado el programa. Personalmente, pienso que esta suposición está un poco traída por los pelos: el programa de MTV, ríos de tinta aparte, consiguió en su momento de mayor esplendor un máximo de 948.000 espectadores. Gran Hermano 14, dirigido a un target que en parte coincide, pero supera al de Gandía Shore, está lejos de sus momentos de máximo esplendor. Pero aún así, y habiendo marcado su mínimo de audiencia el lunes pasado, sigue jugando en «la liga de los mayores».

Cierto es que observando la curva de las galas de Gran Hermano de este año la tendencia es clara: hacia abajo. De 19,3% de share en el estreno (3.061.000 espectadores) al 16,5% (2.506.000) de esta semana. Pero dudo de que esto se deba a que “la audiencia de Telecinco eche de menos ahora el sexo explícito, la violencia y el alcohol de MTV”, como sugiere El Confidencial Digital. Probablemente la bajada esté más relacionado con la estrategia de programación de Telecinco, cuestionada incluso por Mercedes Milá: al ser lanzado como killer format contra Antena 3 se ha encontrado con rivales que, por una vez, han estado más que a la altura: la final de Tu cara me suena y el estreno de Splash! Faletazo incluido.

Sinceramente, no aprecio demasiadas diferencias entre unos y otros. El supuesto color blanco y familiar de la oferta de entretenimiento de Antena 3 me parece más bien blanco roto o marfileño. La lucha cainita entre Telecinco y Antena 3 asfixia al resto de cadenas, que en ocasiones poco pueden hacer más que mirar los toros desde la barrera y aguantar el tipo intentando arañar un puñado espectadores algo más sibaritas.

Big Brother sólo ha llegado a catorce ediciones en Estados Unidos -donde preparan la decimoquinta para junio- y es previsible que en mayo lo haga en el Reino Unido, donde estas semanas han estado buscando estrellas a través de un casting (todo el mundo tranquilo, no se me ha pasado por la cabeza). Y aunque de manera periódica se oye la cantinela del desgaste del formato, pienso que en cuanto la competencia se relaje, Telecinco volverá por sus fueros con relativa tranquilidad. Su maquinaria, esa que lo mismo sirve para promocionar el estreno de Llama a la comadrona este domingo como para engrasar el reality de turno, no descansa ni un minuto. Al tiempo.

Todas las entradas que, como esta, pertenecen a la categoría Una vasca en Oxford, están redactadas mientras disfruto de una estancia como investigadora visitante en el European Studies Centre de la Universidad de Oxford y observo, desde fuera, cómo somos y cómo nos ven. 

Esencias

Ayer nos enteramos de que el último capítulo de la temporada de Downton Abbey ha sido el más visto de la serie en Estados Unidos. El tanto se lo anota la PBS. La que pasa por ser la televisión pública estadounidense, de natural modesto, ha visto cómo las emisiones de este culebrón de época han cuatriplicado la audiencia media de la cadena: ¡8,2 millones de norteamericanos delante del televisor!

Esto coincide con lo que el otro día me comentaba un compañero estadounidense: sus conciudadanos está locos por la serie. Esta locura colectiva retrata la conocida y ancestral querencia gringa por lo british -que, por cierto, también parece circular en sentido contrario; este mismo compañero encontraba bastante gracioso que su hija y las amigas adolescentes de ésta, británicas ellas, le tomaran por un «daddy cool» a causa de su rápido y cantarín acento-. En su momento Downton Abbey se benefició de toneladas de notoriedad cuando se supo que Michelle Obama había pedido a los directivos de la ITV la tercera temporada en DVD para poderla ver antes del estreno y de un tirón. Pero el éxito de la serie va más allá. Hay algo en la ficción de época que conecta, o que lleva a la ilusión de conectar con las esencias, en este caso de los  estadounidenses.

Pese a su increíble factura y el fantástico ejercicio de recreación histórica que regala en cada capítulo, Downton Abbey está pasando relativamente desapercibida en Antena 3. Nos guste o no, El barco, que hoy termina, ha dado muchas más alegrías a la cadena que las vueltas y revueltas de los Crawley. Y sin embargo la serie británica tiene fascinado al público americano, y es probable que  éste encuentre algún lazo intangible que le ate a la historia de cientos de años y cuarto y mitad de mito que rodea los muros forrados de musgo de la abadía.

Qué se apuestan a que cuando Telecinco o Cuatro se decidan a emitir Call the Midwife -otro drama histórico, esta vez exitosamente producido por la BBC y ambientado en el Londres de los años 50 y recién adquirido por Mediaset -la respuesta del público local va a parecernos comparativamente tibia frente al furor estadounidense. Va a ser que sí. Y si no, al tiempo.

Todas las entradas que, como esta, pertenecen a la categoría Una vasca en Oxford, están redactadas mientras disfruto de una estancia como investigadora visitante en el European Studies Centre de la Universidad de Oxford y observo, desde fuera, cómo somos y cómo nos ven.

¿Vuelven los noventa?

Ha sido un camino largo en el que se han encontrado con algunas piedras, pero ya es oficial: ayer, miércoles, [Enlace roto.]. Como resultado, el nuevo grupo dispondrá de ocho canales de televisión: Antena 3, Neox, Nova, Nitro, La Sexta, Xplora, La Sexta3 y GolTV -en régimen de alquiler-.

Esto en inversión publicitaria es mucho. Tanto como que el año pasado supuso el 42% del total de lo invertido en el medio. Mientras, Mediaset se llevó un porcentaje equivalente. De hecho,  entre los dos grupos sumaron el 85,6% del dinero que durante 2011 los anunciantes dedicaron a aparecer en televisión. La otra consecuencia de la fusión la aventura Borja Terán: el regreso de los grandes índices de audiencia a favor de la programación estrella de las “cadenas madre” de cada grupo, Telecinco y Antena 3.

Con unas autonómicas desiguales -ETB ronda el 10%, pero depende del día- y TVE1 también irregular -¿qué va a ocurrir en su franja de tarde ahora que sabemos que la próxima temporada de Amar en tiempos revueltos se emitirá en Antena 3 a partir de enero?- , aquellas que durante años fueron casi las únicas televisiones privadas crecerían a costa de las cadenas que han asimilado con menos de dos años de diferencia. Borja pone como ejemplo el fulgurante y reluciente éxito de La Voz, cuya segunda edición alcanzó anoche un 31,8% de audiencia, 26,5% en Euskadi. Cifras, ambas, incluso la nuestra, que hacía mucho tiempo que no se veían, y que se deben al excelente planteamiento del show que presenta Jesús Vázquez pero también a una estrategia de programación conjunta que no permite que Cuatro haga sombra al programa.

A mí me gustaría no tener tan claro que las fusiones tendrán este efecto. Es evidente que Cuatro se telecinquizó a velocidad vertiginosa, pero no sé si LaSexta va a diluir su personalidad tan rápidamente, ni tampoco si acompasará su parrilla a la de Antena 3 para darle lustro extra a programas concebidos para públicos masivos. Si es cierto que volvemos al duopolio de los noventa, al Barça-Madrid, al Apple-Samsung,… ¡qué aburrimiento!