El chocolate de la merienda

Vergüenza. Eso es lo que deben estar sintiendo muchos británicos cada vez que se destapan nuevas informaciones sobre el caso Savile. El viernes se dio a conocer el último informe al respecto, fruto de la colaboración del Metropolitan Police Service y la NSPCC, que deja a las claras que hubo muchas oportunidades para haber detenido o investigado al que podría ser mayor depredador sexual de la historia británica… y mucha gente que miró para otro lado.

Como ustedes pueden haber seguido la noticia por [Enlace roto.], hay dos cuestiones extra que me gustaría sugerirles. La primera, la rara unanimidad en toda la prensa británica del sábado. En la fotografía superior pueden comprobar hasta qué punto la opinión publicada tiene bien claro que la opinión pública debe estar al tanto de un escándalo sin precedentes. Y no se trata únicamente de The Sun o el resto de tabloides. Una se leyó con cuidado las (no pocas) páginas que The Times dedicó al asunto. El periódico reprodujo las palabras de Peter Spindler, responsable de la investigación, que calificó al presentador de la BBC como “the man who groomed a nation”. El hombre que se ganó la confianza de niños y mayores y que la aprovechó, durante más de cinco décadas, para abusar de quienes no podían defenderse… y que ahora recibirán una compensación económica que, previsiblemente, saldrá del contribuyente. Se habla de 450 posibles víctimas, y la policía lleva registrados, de momento, 214 delitos. Entre ellos, 34 violaciones. Tres de cada cuatro de sus víctimas eran menores de edad. A muchas de ellas las conoció a través de su programa infantil.

Y ahí llega la segunda reflexión: desolados están quienes, de niños, asistían a la celebración semanal de un espacio que podría calificarse como un Sorpresa, sorpresa (¿recuerdan?) infantil destinado al público familiar. Ya saben: sábado por la tarde, años 70, pocos canales, afuera llueve… Jim’ll-fix-it. En traducción libre, Jim te lo consigue. Mi amigo Garrett recuerda el espectáculo de chavales -de su edad- cumpliendo el sueño de conocer a un ídolo, o pequeños encantados al subir, por fin, a una montaña rusa. El amigo de los niños resultó ser un lobo. El excéntrico -hizo mucho dinero pero vivía en una caravana- resultó ser un depravado que además actuaba con una repugnante impunidad. El recuerdo del chocolate de la merienda ya no es tan dulce, la memoria colectiva de varias generaciones ha resultado pervertida.

Por supuesto, este drama no solo está salpicando a la BBC, en cuyas instalaciones se cometieron muchos de los abusos. También pone en tela de juicio algunas actuaciones policiales, poco diligentes, o los sistemas de canalización de las denuncias de menores, tan diferentes entonces. Pero cuando una se desplaza al Reino Unido con la intención de estudiar la percepción que la ciudadanía tiene sobre su televisión pública, repetidamente ensalzada, uno de los bastiones de la ecuanimidad -Denis Tatcher consideró que estaba «llena poofs y troskos” cuando no le pareció adecuado el tratamiento que estaba recibió su señora esposa… pero sus cámaras tampoco han acariciado a los laboristas-, una «institución de confianza», sospecha que algo de eso se puede estar quebrando.

Hace un par de meses escribía aquí que el tratamiento informativo que la BBC está haciendo del caso me parecía honesto y transparente. Pero en un momento en el que las televisiones públicas ven cuestionada su financiación y legitimidad, el mazazo que está recibiendo la convierte en un gigante con pies de barro o, directamente, chapoteando en el lodazal.

Todas las entradas que, como esta, pertenecen a la categoría Una vasca en Oxford, están redactadas mientras disfruto de una estancia como investigadora visitante en el European Studies Centre de la Universidad de Oxford y observo, desde fuera, cómo somos y cómo nos ven.

Como gestionar una crisis, según la BBC

Supongo que están ustedes al tanto: uno de los temas del momento es la investigación que está llevándose a cabo para aclarar si la BBC encubrió los supuestos abusos sexuales a menores practicados durante los años 70 y 80 por uno de sus presentadores, Jimmy Savile, que falleció el año pasado. Varias presuntas víctimas de abusos y violaciones han provocado eso que se llama “una tormenta mediática”, y el chaparrón ha empapado a la propia cadena, a quien hay quien acusa de colaborar en el encubrimiento de los hechos y echar tierra sobre el asunto. Resulta que el año pasado una edición de Newsnight, programa de investigación con más de 30 años de historia en la BBC, fue archivado porque su editor consideraba que las alegaciones contra el acusado no estaban suficientemente fundadas. Sin embargo, la sombra de la autocensura se alargaba, en este caso, hasta juntarse con la sombra de una pretérita permisividad en el seno de la cadena.

Durante el día de hoy, George Entwistle, casi recién nombrado Director General de la BBC, ha dado explicaciones al respecto durante dos horas en una comparecencia en sede parlamentaria, señal inequívoca de la seriedad del caso. Imagínense en el estirado Comité de Cultura y Medios de Comunicación británico. Una crisis en toda regla. Se dice que la más grave de la historia de la cadena.

¿Y cómo responde la BBC? En primer lugar, con humildad, asegurando por boca de Entwistle, que se trata de un asunto muy grave sólo contemplable con horror. Segundo, dejando claro que no ha querido entorpecer la investigación policial pero es decisión del editor de cada programa qué se emite y por qué no, porque tiene autonomía para ello. Tercero, dando pie a que en todo el mundo se recuerde que la BBC es una institución, un ejemplo, parte de la marca Reino Unido, como ha dicho Anna Bosch, y hasta uno de sus brazos diplomáticos. Cierto es, claro, que esta circunstancia acrecienta la gravedad de los hechos, pero también contribuye a engrandecer la leyenda de la radiotelevisión pública británica. Y cuarto, rizando el rizo, dedicando anoche no uno sino dos programas al tema: Newsnight, en BBC2, y Panorama, en BBC1, que cuestionaba la cobertura conservadora que Newsnight en particular y la BBC en general habían hecho del caso hasta el momento. Un ejercicio de metaperiodismo en horario de máxima audiencia, seguido por 5 millones de espectadores. Airear trapos y lavarlos, plantear preguntas incómodas sobre la cadena en la que se trabaja, y hacerlo ante la audiencia que la financia, no es algo que se vea todos los días.

¿Se imaginan una cobertura parecida por aquí? Yo, desde luego, ni por asomo. Para empezar, haría falta que un programa de investigación periodística hubiese ocultado información sobre algún tema. ¿Y se les ocurre algún programa de investigación? ¿Verdad que no?

Certezas televisivas para un mundo raro

¡Qué cosas! Parece que fue hace mucho tiempo, pero Will & Kate sólo llevan una semana casados. Desde entonces la tele ha escupido imágenes de la beatificación de Juan Pablo II, del asesinato de Bin Laden, el Barça-Real Madrid -casi- más visto de la historia, capítulos sucesivos del «culebrón» Bildu y todos los prolegómenos inherentes a una campaña electoral tipo.

El viernes pasado hablaba con Kike Alonso en Onda Vasca sobre las claves que convertían a la ¿ya caduca? boda real en un acontecimiento televisivo mundial en toda regla. Con una audiencia potencial de 2.000 millones de espectadores, ríanse ustedes del miedo escénico de un portero de fútbol o de un actor sobre las tablas: puede que lo disimularan, pero los protagonistas del trasnochado festejo estaban en el centro de todas las miradas. En la televisión española [Enlace roto.] pausadamente realizada por la BBC, y rellenar de comentarios las imágenes que llegaban, de la abadía de Westminster para el mundo, de los invitados, la ceremonia y el sonido ambiente.

¿Por qué interesan acontecimientos como éste? Probablemente porque forman parte de un culebrón de telenovela cuyos personajes nos han acompañado desde el nacimiento, el suyo y el nuestro, y representan los roles simplificados de una historia que podemos comprender. Una boda real es un ejercicio de relaciones públicas en todo sus esplendor que deja de manifiesto la indiscutible capacidad británica para la organización de eventos. Pero también un nuevo fascículo, esta vez envuelto en trajes de ensueño de Alexander McQueen, de uno de los primeros y más fascinantes realities de la historia moderna, una frívola ventana al mundo cargada de emoción, el final feliz de una historia de amor sobre la que todo el mundo puede tener una opinión, un juicio, algo que decir sin miedo a meter la pata.

Una de las principales aseveraciones de la perspectiva de investigación denominada Agenda Setting afirma que quizá la prensa no puede conseguir decir a la gente qué debe pensar pero que, por el contrario, es sorprendentemente capaz de decirles en torno a qué temas han de pensar. Igual que en Twitter un trending topic sucede a otro a vertiginosa velocidad, la televisión marca el ritmo de la actualidad y contribuye a otorgar relevancia a cuestiones que convierte en noticia y tema de conversación. La diferencia entre una boda real y las decisiones del Tribunal Constitucional es que en la primera los roles, normas y cadencias están tan definidos que la emoción no viene de la mano de la incertidumbre, y que el boato, el protocolo y la pamela nos permiten pensar, por momentos, que el mundo resulta un lugar mucho menos complejo de lo que en realidad es.