Telesiesta y telehistoria

Este fin de semana he estado fuera. Un poco de aire fresco para compensar tanta radiación catódica no viene mal de vez en cuando. Pero qué quieren que les diga: echo en falta la ración semanal de telefilm que la gran mayoría de cadenas generalistas tiene a bien ofrecer en horario vespertino. En honor a la verdad, no siempre se trata de películas expresamente filmadas para la televisión; también tenemos títulos que en su momento pasaron por la cartelera cinematográfica: tontorronas comedias románticas una y mil veces emitidas, dramones con enfermedad incurable y/o adopción irregular de por medio, prescindibles sagas infanto-juveniles o muestras de la filmografía de Sandra Bullock, todo un género en sí mismo. A efectos, poco importa que la película que sucede al informativo -y la en ocasiones eterna información meteorológica- sea un telefilm puro y duro o no, o que sea estadounidense o de factura europea, que también las hay. El objetivo es siempre el mismo: ser tan poco interesantes como para que al espectador no le importe bajar la persiana delante de la televisión y se eche una cabezada sin rubor tan pronto como la trama ha sido presentada. ¿Cumple la televisión un servicio público cuando contribuye a conciliar el sueño?

La diferencia elemental entre un telefilme, también llamado tv movie, y una película es que la primera está diseñada exclusivamente para emitirse por televisión. A los largometrajes se les presupone mayor presupuesto, que se traduce no tanto en mejores historias sino en protagonistas más conocidos, escenarios y decoración más llamativos y un brillo en el acabado que sus primas pobres difícilmente soñarían. Sin embargo, constituyen un género televisivo que en los últimos tiempos se ha alentado como vía para estimular el sector audiovisual local.

Así, en las últimas tempradas han proliferado telefilmes participados por cadenas de televisión estatales y autonómicas que a diferencia de lo que ocurre con los importados y adquiridos prácticamente al peso, luego se han programado en horario estelar. Telefilmes son Un burka por amor, basado en un libro homónimo que narra una historia real, o La Duquesa, biopic sobre Cayetana de Alba. Telefilme fue también esa joya del humor que emitió Telecinco, Felipe y Letizia y telefilme será la obra que recreará la juventud de Tita Cervera, cuyos protagonistas se van perfilando. Ya ven por dónde van las particularidades del telefilme local: la recreación con más o menos tino de pasajes de la historia reciente ofrecidos en prime time.

También tendrá como resultado un telefilme de dos capítulos el rodaje que acaba de iniciar [Enlace roto.], que abordará una parte de la vida de Mario Onaindia, miembro de ETA en los 60 y 70, acusado en el proceso de Burgos, dirigente de Euskadiko Ezkerra y parlamentario del PSE-EE. Onaindia, fallecido en 2003 víctima de una enfermedad, tuvo una vida intensa que probablemente constituye materia prima de calidad para construir una buena historia. La cuestión es que la intervención de la televisión a veces puede ser tendenciosa: recorta, saca de contexto, simplifica o reinterpreta. Apuesto a que este caso no será una excepción. Pero su protagonista tiene bastante más trascendencia que la mamá de Borja Thyssen. Si repetidas sesiones de duermevela en domingo tarde asistiendo a bailes de graduación-orquídea-en-mano determinan nuestra visión de los high schools de Arkansas, quizás la revisión de la historia que nos viene dada por la televisión requiera de esfuerzos más consistentes, dado el tufillo hagiográfico que casi siempre desprenden estas reconstrucciones. Los telefilmes americanos ayudan a conciliar el sueño; los de factura local, ¿contribuyen a reescribir la historia?