Gran minero… y mayor espectáculo

“Goteo de ilusión y esperanza”… “Vuelta a la vida”… “Todos pendientes de Chile”… Titulares tan emotivos como grandilocuentes inundaban ayer las primeras planas de los periódicos, los programas informativos de televisión, los magazines, las conversaciones en Facebook y Twitter de todo el mundo. Y cuando digo todo el mundo me estoy refiriendo a los 130 medios de 50 países que se han congregado para cubrir minuto a minuto la Madre de Todos los Rescates.

Ayer por la tarde Begoña Beristain me preguntaba en Onda Vasca los motivos por los cuáles la narración de la liberación de los mineros chilenos está encandilando de este modo a medios de comunicación de todo el globo. Y yo apuntaba varios: con más de mil millones de espectadores, y con particular interés en los países de habla hispana, el rescate está siendo el acontecimiento más seguido de la Historia porque supera con creces el interés de cualquier reality. De momento, lo que se está contando en este caso no es, como en Gran Hermano, quién se enrolla con quién, sino cómo un grupo de trabajadores atraviesan una situación extrema y pasan de la muerte en vida a la vida pública. Excitación e incertidumbre estado puro. Drama con final feliz. Suspense y temblor de voz, esa emoción contenida que nos hace humanos al margen de cualquier bandera.

Por otra parte, y al contrario de lo que ha ocurrido ante acontecimientos tan estremecedores como éste pero más difíciles de planificar, las televisiones han tenido tiempo de sobra para preparar la cobertura de la muy mediática operación. La logística del rescate ha llevado dos meses, más que suficiente para preparar enviados especiales, posibles antecedentes, reacciones institucionales, material de apoyo, información complementaria, y hasta el seguimiento de amigos y familiares de cada uno de ellos, a los que es posible incluso poner cara y alma.

El rescate de los mineros ha sido un acontecimiento absolutamente televisable: treinta y tres milagros de la técnica que, por el mismo precio, el gobierno chileno ha encarado como un ejercicio de marketing de estado. Chile salda la crisis como un país liderado por un presidente de férrea voluntad que -aun habiendo permitido condiciones laborales del siglo XIX- no ha cejado hasta cumplir su propósito de devolver de las entrañas de la tierra al que ¡ahora! resulta ser el mayor de sus tesoros: sus trabajadores.

Otro 13 de octubre, el de 1972, el avión en el que viajaba un equipo de rugby uruguayo se estrelló en los Andes, y años después Frank Marshall convirtió esta tragedia en película. Aunque aún no ha decidido si será una miniserie o una tv movie, la productora española LinzeTV, haciendo honor a su nombre, ni siquiera ha esperado al desenlace del rescate para empezar a preparar su versión para televisión de la historia de los mineros, mientras se van dibujando ante nuestros ojos los que serán sus personajes principales -una historia no puede tener 33 protagonistas-: el que necesitó oxígeno para salir a la superficie, el que animó el campamento durante el tiempo que duró la forzosa convivencia, el que llevaba una doble vida con dos esposas que se descubrió durante el proceso, la joven que se lanzó en brazos de su compañero antes incluso de que éste se desprendiese del arnés, el que se enteró nada más salir de la mina de que iba a ser padre… Los mineros ya forman parte del panorama de estrellas fugaces y catódicas y, por cierto, recibieron nociones de oratoria por videoconferencia para saber cómo enfrentarse al interés que su desventura ha despertado en los sofás de todo el mundo. Hasta ayer, la noticia era el rescate; a partir de ahora, lo serán las reacciones de los protagonistas y sus familias, lo penoso de su situación laboral o el abrazo que esa hija le dio a su padre, los nervios de la esposa y más allá de eso, la incertidumbre de la vecina del segundo que pasaba por ahí.

En la última década han muerto en Chile 373 mineros. En China el número de fallecidos alcanza la escalofriante media de seis al día. La Ley de McLurg pretende subrayar la importancia de la cercanía al determinar la noticiabilidad de los desastres. Hasta ahora decía que a ese respecto un europeo corresponde a 28 chinos, y -precisamente- dos mineros de Gales equivalen a 100 paquistaníes. A partir de ayer quizás haya que reinterpretarla: 33 mineros de cualquier país bajo los focos de las televisiones de todo el mundo proporcionarán material suficiente para cubrir horas de programación hasta la siguiente historia con potencial para llegarnos al corazón con todo lujo de detalles.