Granjero busca esposa

Mañana Cuatro estrena la cuarta temporada de Granjero busca esposa. Que, confieso, es uno de mis programas favoritos. O por lo menos, uno de los pocos realities que ha sido capaz de arrancarme varias sonrisas por minuto en las tres ediciones que hasta ahora he seguido casi con fervorosa religiosidad. GBE es mi guilty pleasure particular y esto no siempre resulta fácil de explicar.

Las primeras ediciones de Gran Hermano parecerían hoy correrías de monjitas de clausura comparadas con las peleas en el barro de Acorralados, que ha sabido aprovechar al máximo el know how del Supervivientes más comentado de la historia, el de este verano. El programa explota sin pudor lesbianismo, nepotismo, patetismo o simplemente, el afán de protagonismo de unos personajes al límite. La fusión Telecinco-Cuatro ha reservado para el gigante del entretenimiento chusco los “grandes” realities, y Cuatro hace tiempo que se especializó en una telerrealidad mucho más modesta, que apenas precisa de medios y que no cuenta con un aparato propagandístico a sus espaldas. Algún bienintencionado todavía se cree eso de que Supernanny, Hermano Mayor o Ajuste de cuentas son programas de coaching, prestos a poner a disposición de la gente de la calle, respectivamente, pautas para la educación, terapias de choque o asesoramiento financiero. Usted y yo sabemos del placer de despellejar en la distancia a incautos, chonis y locos, hacerlo preferentemente desde el sofá y en compañía, y quedarnos con la conciencia tan tranquila.

Granjero pasa de esa doble moral. Su montaje videoclipero y la selección musical de la que se acompaña deja a las claras que solo es un divertimento desde la distancia. (Casi) nadie se casa tras sufrir un flechazo con una cámara delante; los jóvenes agricultores tienen bastante poco que ver con estereotipos apuntalados por Paco Martínez Soria; la Nuevo Vale nunca ha sugerido a las urbanitas que limpien cochiqueras para impresionar a un galán. El rollo “cupidesco” es mentira: tú lo sabes, los granjeros lo saben, la presentadora lo sabe… pero el programa sigue incidiendo en eso del amor, los sentimientos y la complicidad en las miradas. Riza el rizo de la cursilería, incitando a participar en cenas con velitas para dos a dos completos desconocidos o poniendo en manos de chicos desgarbados las flores que a él no se le ocurriría regalar, y propicia que parte de la audiencia haga una lectura del programa que va de la ironía al sarcasmo. Igualito que con Felipe y Letizia, las galas de Miss España o Eurovisión. Puritita inversión de la cultura pop.

A los espectadores de GBE no nos interesa el amor. Lo que queremos es ver la cara de asco de una concursante al ver nacer un ternerillo. La narración de un romance al uso resulta “convencional”; darle la vuelta a la lectura edulcorada de una caravana de mujeres tan demodé como forzada es mucho más entretenido. Y sólo le llevará un par de -catárticas- horas a la semana.

Los primos de Zumosol

El viernes comenzó en Cuatro con éxito de audiencia la tercera temporada de Hermano Mayor. Para los no iniciados, ahí va una somera descripción: Pedro García Aguado, deportista de élite -campeón en Atlanta 96 con el equipo español de waterpolo, nada menos- pone al servicio de la televisión su dura experiencia vital: la caída en las adicciones y los excesos que lo llevaron de la gloria al infierno. Los espectadores de Cuatro pueden verlo los viernes por la noche en un coach en el que mete en vereda adolescentes difíciles que no respetan ni a su familia ni a sí mismos.

Algo menos popular es Kitchen Nightmares, programa de la Fox que Nova ha traducido como Pesadilla en la cocina y emite de manera desordenada. Aquí el primo de Zumosol es el visceral chef escocés Gordon Ramsay, estrella internacional de la hostelería que pone a la disposición de restaurantes estadounidenses a punto de quebrar toda su sabiduría. El éxito de la versión británica del programa y el carisma del cocinero lo han convertido en una estrella de la televisión en Estados Unidos y Gran Bretaña (e incluso sus métodos expeditivos son carne de análisis pretendidamente sesudo, por ejemplo, aquí). El doblaje sólo parcialmente hurta los numerosos improperios que, nada contenido, Ramsay regala a cocineros, dueños y camarero. Grita, se alarma y se lleva las manos a la cabeza cada vez que descubre que la lasaña que el dueño ofrece como fresca en realidad lleva semanas congelada, o cosas todavía peores:

En ambos casos el patrón del reality es tan claro que desde el primer momento ya sabemos lo que ocurrirá. El o la niña difícil será presentado como un salvaje sin sentimientos ni conciencia, el Hermano Mayor le mostrará que está equivocándose y se arrepentirá de su actitud, una actividad fuera de su entorno -el viernes se llevó a la descarriada a un ring de kick boxing- le enseñará el buen camino, habrá lloros y tensión, verán juntos grabaciones de las patadas que daba a la puerta al principio del programa, y el ex deportista devolverá al redil a la oveja descarriada, cual Anibal Smith satisfecho con su labor redentora. Por su parte, el grandísimo chef Gordon llega al restaurante, pide la carta y nada de lo que pide le agrada, descubre la grasa acumulada en la cocina y el mal servicio de sala, insta al equipo a que limpie mejor y reordena su oferta para encontrar el plato estrella del establecimiento, cambia la decoración y saca del arroyo a negocios familiares que le estarán eternamente agradecidos.

No hay, por tanto, sorpresa en las sucesivas entregas de ambos programas que, sin embargo son atractivos por la verosimilitud y el exceso y por la personalidad de sus auténticos protagonistas que en una semana enmiendan lo que toda una LOGSE no pudo hacer o lo que una gestión desastrosa no pudo evitar. Permítanme, no obstante, que dude de que lo supuestamente válido para demostrar las virtudes de Mr.Propper aplicado a la limpieza del horno sea igual de adecuado para reeducar a unos chavales que necesitan la terapia intensiva que ninguna cámara de televisión ni puede ni pretende proporcionarles.