Casta de intocables

Fíjense ustedes que pensaba dedicar la entrada de hoy a La noria: mañana el programa de Telecinco vuelve a invitar a una política socialista inmersa en campaña, Trinidad Jiménez. El gallinero que conduce Jordi González me produce una urticaria especial: poco o nada le separa de otros productos como DEC o Sálvame, y sin embargo desde un principio ha querido revestirse de una pátina de seriedad a la búsqueda de un pretendido interés por la información que, sinceramente, sus mimbres difícilmente soportan.

Sin embargo, como a otros muchos espectadores, anoche me atraparon los dos últimos capítulos de la segunda temporada de Los Tudor, en La 1. Enrique VIII se cargaba a su segunda esposa, la discutida Ana Bolena, en un ejercicio impecable de ritmo televisivo que se llevó el minuto de oro del día: 4.318.000 espectadores, el 29,5% de quienes a las 23.49 seguían delante de la tele. Reconozco que la serie, programada por TVE a rebufo del éxito de otras ficciones históricas -y las que vendrán-, empezó interesándome, pero a medida que avanzaban los capítulos me iba aburriendo un poco. Sin embargo, los dos capítulos de ayer en los que un rey despótico, enloquecido, lujurioso y descontrolado hacía y deshacía a su antojo me resultaron altamente magnéticos: la crudeza de la narración y el retrato de la exhuberancia de la corte inglesa me engancharon hasta el último momento.

Y me dieron qué pensar sobre la institución monárquica que, cinco siglos después, tiene las manos mucho más atadas que el brutal y omnipotente Enrique VIII. Y sin embargo, sigue siendo tratada con una deferencia casi servil por los medios de comunicación. Nunca oirán una palabra más alta que otra sobre la familia real de los españoles en ningún programa de televisión. Ni siquiera en esa noria, que se jacta de hacer periodismo de investigación y altura y en realidad nunca se ha atrevido con una de las figuras más anacrónicas y antidemocráticas de la esfera pública que nos ha tocado sufrir.