Selfie

Los selfies están de moda. [Enlace roto.] se hace uno. Pero junto con el de Obama en los funerales de Mandela, está claro que el que va a pasar a la historia es el que ha capitalizado la atención de la última gala de los Oscar. Como de vez en cuando nos gusta mirar de reojo a la televisión estadounidense, no vamos a quedarnos sin decir que la retransmisión del show, emitida por la ABC, tuvo una audiencia en Estados Unidos de 43 millones de espectadores. La más vista en los últimos 10 años. Canal + la ofreció para sus abonados y, como contábamos en el último La caja lista de Graffiti, activó cuatro canales simultáneos para que cada cual eligiera el que prefería. Todo sea por darle un poco de meneíllo a “la experiencia del telespectador”.

La famosa foto en la que un puñado de ricos/famosos actores hollywoodienses sonríen encantados de haberse conocido fue retuiteada un millón de veces en los 40 minutos siguientes a su publicación. Y a partir de ahí, suma y sigue. Podríamos llamarlo el selfie de Ellen DeGeneres, pero quien realmente porta el smartphone en la mano es Bradley Cooper. De hecho, yo lo bautizaría el selfie de Samsung que, al fin y al cabo, es la marca del teléfono que tomó la foto y que aparece en la misma.

El product placement o emplazamiento publicitario es una técnica de promoción publicitaria alternativa a la publicidad “convencional”. Y Samsung la empleó con fruición a lo largo de toda la gala. Resultó bastante evidente para quienes siguieron el espectáculo que no era casualidad que la presentadora, telefonito en mano, fuera colgando diferentes instantáneas de la gala, del backstage, del ambiente en general… Posteriormente supimos que había recibido no sólo un terminal sino un cursillo acelerado sobre cómo utilizarlo. Samsung había invertido 20 millones de dólares en bloques publicitarios convencionales, lo cual le convertía en uno de los principales anunciantes de la retransmisión. Quien, como complemento, tuvo la idea de pedirle a Degeneres que a cambio no de dinero sino de una jugosa donación de 3 millones de dólares más para una organización benéfica paseara el telefonito por doquier, tuvo una brillante ocurrencia.

Estos días repaso el libro que Adam Lashinsky le dedicó a Apple en 2012 para recordar cómo la marca de la manzana controla como pocas estas apariciones publicitarias que le reportan beneficios ingentes porque aparecen revestidas de espontaneidad calculada, con la naturalidad con la que el doctor House utiliza un Mac o Phil Dunphy se vuelve loco por un iPad. Apple dice que nunca paga por hacer product placement, pero usted y yo podemos creerlo o no, y según Nielsen en 2010 sus productos aparecieron 386 veces en programas de televisión estadounidenses.

Por supuesto que el product placement no nació ayer. Los desayunos de Emilio Aragón en el noventero Médico de familia dan buena fe de ello. Pero los tiempos cambian, los productos a anunciar también. Y por supuesto han de hacerlo las estrategias y los soportes. Con todo, este gol a lo Panenka que Samsung ha colado al espectador, espléndido, suave y con vaselina, debería hacernos reflexionar sobre las muchas cuestiones que quedan por regular en materia de marketing viral. ¿No les parece que la realidad está más avanzada que la legislación?

La semana de Michelle

La gala de los premios Oscar entregados el domingo por la noche ha dejado algunos momentos televisivos. Pero no quiero hablar ni del tropiezo de Jennifer Lawrence ni de los chistes de Seth MacFarlene, sino de la aparición sorpresa y efectiva de Michelle Obama anunciando, desde la Casa Blanca, el premio a la mejor película. La Primera Dama [Enlace roto.] apoyando de un modo implícito la industria cinematográfica -el arte que naturaliza la prevalencia internacional de los Estados Unidos como potencia cultural– y aprovechó una oportunidad de oro: 37 millones de estadounidenses delante de la televisión, con ganas de comentar vestidos de gala, como el que ella llevaba.

 Los Obama demuestran de nuevo que manejan con soltura el lenguaje de los medios de comunicación. Los tweets del presidente, medidos, calculados, iconoclastas, consiguen su objetivo de notoriedad y mensaje. Pero las apariciones en televisión de Michelle Obama van camino de convertirla en un personaje catódico en toda regla.

De hecho, y antes de la gala de los Oscar, el viernes la Primera Dama se dejó caer por el popular late night de la NBC,  que presenta el showman Jimmy Fallon. El momento estrella de la entrevista es este vídeo-parodia protagonizado por Obama y Fallon, que aparece vestido de mujer.

Ella baila con una naturalidad y salero difícil de encontrar en una aparición pública estándar. Tanto, que el par de minutos de la Primera Dama en bailarinas, rebequita y vaqueros poniendo caras y pasándoselo evidentemente bien, se han convertido en uno de los virales del momento. He hecho la prueba: esta versión llevaba, hace un par de horas, siete millones de visitas. En estos momentos va por la número 8.190.157.

Obama también estuvo hablando de su corte de pelo, pero lo que justificaba la entrevista y el vídeo era la promoción del programa Let’s Move para la prevención de la obesidad en la infancia, que a estas alturas todo el mundo ya sabe que uno de los pilares de su programa como Primera Dama. Piensen en la ingente cantidad de personas-votantes-contribuyentes-padres y madres han visto a la esposa del presidente en una vertiente desenfadada pero también volcada en una causa plena de contenido. Piensen en lo reforzada que sale su imagen, su entrega y la causa que defiende. Igualito igualito que vender la marca España en protocolarios actos tan festivos como este, este o este.

Todas las entradas que, como esta, pertenecen a la categoría Una vasca en Oxford, están redactadas mientras disfruto de una estancia como investigadora visitante en el European Studies Centre de la Universidad de Oxford y observo, desde fuera, cómo somos y cómo nos ven.