El partido más visto de la historia de la FORTA

Real Madrid-Barça 1, resto 0. El futbol es así, aparte de proporcionar infinitos y acalorados temas de conversación, arrasa en televisión. Y no hay enemigo, ni pequeño ni grande: un “partido del siglo” en abierto fulmina al resto de la programación. El de ayer fue el partido más visto de la historia de la FORTA y el segundo Real Madrid-F.C.Barcelona más visto de la historia -el más visto fue el del sábado pasado-. Fue seguido por 12 millones y medio de espectadores. Sumando las audiencias de las trece cadenas autonómicas que lo emitieron simultáneamente, consiguió un 63% de share. En Euskadi lo retransmitió ETB1, y los audímetros dicen que lo siguieron más de 350.000 espectadores. Una golondrina no hace verano, es cierto, pero alegra las medias que es una barbaridad.

Personalmente, el fútbol me interesa lo justo y necesario, y su retransmisión televisiva tiende a aburrirme. Además, el fútbol en televisión no se limita a los épicos encuentros, las jugadas maestras, la repetición de los goles  y la euforia de los seguidores, todo ello puritita e indiscutible emoción, sino que se alarga en declaraciones, cortes de pelo, patrocinio de zapatillas y actos de promoción pura y dura. Sin embargo, no seré yo quien ponga en tela de juicio la capacidad de un deporte para mover masas, propiciar identificaciones, generar filias y fobias o vender prensa deportiva, [Enlace roto.] o [Enlace roto.]. Ya hay infinitas sesudas investigaciones antropológicas sobre el valor creciente del balompié como fenómeno catalizador de frustraciones y deseos, y está claro que no sólo el Barça puede decir con orgullo eso de que “es más que un club”, ¿verdad?

Sin embargo, hay dos cosas que siempre me han llamado la atención cuando se programa un partido de máxima rivalidad en televisión: en primer lugar, que los espacios que más audiencia concitan sean precisamente los que no pueden ser interrumpidos por pausas publicitarias que aprovechen la comunión de las masas. Durante tres cuartos de hora es imposible -de momento- que un spot mutile la transmisión. De ahí que se haya potenciado el uso de la publicidad en los estadios y las camisetas, que quizá para compensar cualquier comparecencia de entrenador o futbolista se ofrezca sobre una sopa de marcas y que las televisiones hayan tenido que idear formatos alternativos para venderse al mejor postor

La segunda viene a colación de una técnica de programación denominada “camas separadas”, consistente en ofrecer espacios específicamente dirigidos a un público femenino cuando una cadena rival emite un partido importante que, se intuye, monopolizará la audiencia de hombres. Esto da por hecho que sólo a ellos les interesa el fútbol, lo cual es demasiado dar por hecho, pero abre una rendija a la variedad programática. Pues bien, cada vez advierto menos “camas separadas” cuando el fútbol se emite entre semana: las cadenas optan por alargar ad infinitum el comienzo de sus ofertas habituales: publirreportajes, programas humo-comodín, o la repetición hasta la nausea de los mejores momentos del capítulo anterior de la serie que corresponda. Así se consigue no enfrentar los propios programas con el Messi de turno, intentar capitalizar al espectador del partido cuando éste termina, y alargar el prime time hasta horas poco sensatas. Y de paso, hastiar a quienes el resultado del partido, sinceramente, les trae al pairo. ¿No será que los abultados resultados de audiencia de los partidos son parcialmente deudores de la falta de interés de la oferta que se hace coincidir con ellos?