La CNT, ante el horror del nazismo

El sindicato en Bilbao perfila una lista de 24 de sus miembros de Euskadi que sufrieron el terror de los campos de concentración nazis

Un reportaje de Iban Gorriti

Por nuestras mujeres de CNT que combatieron al comienzo de la guerra en batallones vascos en Gipuzkoa; por nuestros hombres que también lo hicieron contra los fascismos y por la libertad y unos ideales”. Las palabras de Iñaki Astoreka continúan como aquellos trenes que llevaban a la muerte. “Muchas de ellas y ellos acabaron en campos de exterminio nazis”, particulariza.

Sabedor de esto, el Comité de Memoria Histórica de CNT Bilbao al que Astoreka pertenece trabaja de forma minuciosa un muy avanzado listado de personas que fueron militantes del sindicato mayoritario en el Estado en 1936 y que acabaron con sus huesos -sin apenas carne ni fuerzas- en almacenes de humanos como Gusen, Dachau, Mauthausen o Feldkich, entre otros muchos.

Hasta la fecha, la Confederación Nacional de Trabajo ha registrado 426 personas afiliadas a sus siglas que fueron hacinadas en campos nazis. De ellas, 24 provenían de la CAV y Nafarroa. Es decir, el 5,63%. “Hay que reconocerles que antes de comenzar la guerra de 1936, antes del golpe de Estado, ya denunciaron que el fascismo estaba en auge, como ocurre ahora en Europa y aquí”, lamenta Astoreka. Agrega que “los cenetistas combatieron hasta el límite de sus fuerzas y muchos se vieron obligados a exiliarse. Continuaron, sin embargo, luchando en Francia en la resistencia. Algunos regresaron a España y fueron represaliados, y otros acabaron en campos de concentración donde muchos conocieron la muerte”.

Ahora, esos hombres y esas mujeres englobados en el término genérico de republicanos del Estado en aquellos barracones han visto rescatados sus nombres, en una lista “siempre sujeta a errores u omisiones, para que permanezcan en la memoria histórica. Queremos rendir homenaje a nuestras compañeras y compañeros de la CNT, víctimas del fascismo europeo”, enfatiza. Hace a su vez un doble llamamiento para que “quien lea este reportaje se ponga en contacto con CNT Bilbao para darnos pistas sobre familiares suyos que estuvieron en aquellos campos. Y queremos colaborar con el banco de ADN del Gobierno vasco por si aparecen exhumados más cuerpos de cenetistas”, lanza el guante Astoreka.

Los cenetistas prisioneros en campos de exterminio nazis fueron diez vizcainos, siete guipuzcoanos, seis navarros y un alavés. Todos fueron hombres. “Estamos seguros de que no son todos, que hubo más. Por eso pedimos la colaboración de familiares”, insiste.

Uno de aquellos vascos fue el vizcaino Marcelino Bilbao Bilbao, con una vida digna de película porque fue trágica desde su nacimiento cuando sus padres lo tiraron al río de Alonsotegi. Acabaría siendo un experimento humano del nazi Aribert Heim, conocido como Doctor Muerte, quien le inyectó benceno en el corazón.

Vicente Moriones Belzunegui era de Sangüesa. Pertenecía a la Red Ponzán. Utilizó pasaportes falsos gracias a la habilidad de compañeros de la organización bajo las identidades de José Luis Márquez Boya o Enrique Martínez. “El 14 de octubre de 1942, debido a la traición de un amigo zaragozano, la Policía irrumpió en la casa de Ponzán, en Toulouse, y detuvo a todos los presentes, entre ellos Moriones y el propio Ponzán”, relata Antonio Téllez en Cultura Libertaria.

EN FRANCIA A juicio de Iñaki Astoreka, estos cenetistas que cruzaron el Bidasoa durante la mal llamada Guerra Civil “huían de las bestias fascistas, tanto nacionales como internacionales, a las que habían combatido. Esos hombres y mujeres intentaron acogerse al país de la libertad y fueron recibidos como diablos que encarnaban una plaga”, valora, y va más allá: “Fueron internados en Francia en campos de concentración inhumanos y tratados como bestias, salvo excepciones. Muchos, además, fueron capaces de engrosar las filas de la resistencia, pagando con su muerte o sufriendo los campos de exterminio de Hitler”.

A pesar de su entrega total en batallones vascos de la CNT y en el resto del Estado, su ideología fue perdiendo adeptos. “Era muy difícil para aquellas personas transmitir unas ideas que estaban muy perseguidas, más con todo lo que había pasado en España con la guerra. Era un handicap, una barrera infranqueable. Por eso, hubo miedo a hablar a los descendientes sobre ello. Fuimos y somos rehenes de quienes firmaron los Pactos de La Moncloa”, analiza Astoreka.

El miembro de CNT Bilbao recuerda a otras personas que engrosan su lista, como el santanderino Luciano Allende Salazar, conocido como Toto, que protagoniza una fotografía que corta la respiración. “Es el hombre que carga en sus espaldas con un compañero exhausto”, subraya. Allende participó en diversas acciones armadas contra las tropas alemanas hasta ser detenido por la Gestapo en marzo de 1944.

“No pudieron sacarle nada y lo deportaron a Neuengamme, una antigua fábrica de ladrillo utilizada como fábrica de horror por las SS”, agrega. Murió en 1983. Tampoco quiere olvidar, por ejemplo, al bilbaino Francisco Foyo, que fue liberado de Mauthausen en mayo de 1945, o a la aragonesa Alfonsina Bueno, que fue condecorada por las autoridades británicas, estadounidenses y francesas por su participación en la resistencia. Falleció en Toulouse en 1979. Astoreka concluye orgulloso de estas figuras ya históricas: “Nuestros compañeros y compañeras fueron personas que nunca se rindieron”.

EGI, la antorcha de los gudaris del 36 de grafía celta

El catalán independentista Juan Queralt creó el célebre logotipo picassiano de Eusko-Gaztedi en 1960.

Un reportaje de Iban Gorriti

El logotipo de EGI es posterior a la guerra de 1936 a pesar de que la fundación de Euzko-Gaztedi data del 14 de febrero de 1904. No obstante, la manufactura del histórico símbolo parte de aquel conflicto bélico surgido tras un fallido golpe de Estado militar contra la legítima democracia de la Segunda República, y nacerá impreso en 1960 como Eusko-Gaztedi. Es decir, se abandona la z y pasa a ser Eusko-Gaztedi.

“El logo es posterior y cuenta con la mano y la antorcha, idea tomada del cuadro Guernica de Picasso. Además, era el logo de la revista Gudari, trabajo de personas exiliadas por la guerra civil en Venezuela. Era la forma de continuar la lucha desde la trinchera de la propaganda”, abrevia el exsenador jeltzale, Iñaki Anasagasti.

Logotipo de EGI, con la antorcha que simboliza la transmisión generacional del nacionalismo. (Foto: PNV)

Euzko-Gaztedi -primero Juventud Vasca- fue refundada en Venezuela, donde quedó integrada en la estructura política del PNV en el exterior. Cabe confirmar que las siglas de EGI surgieron tras haber editado la revista Gudari y ver la necesidad de crear una nueva organización juvenil. El catalán independentista Juan Queralt fue el creador del famoso logotipo, y como bien apunta Anasagasti tomando como idea el testigo de los antiguos gudaris pasado a las nuevas generaciones e inspirándose en la antorcha del cuadro Guernica, icono que se convirtió en su símbolo. Alberto Elósegui fue uno de los hombres que impulsaron este emblema y “alma de la revista Gudarien Venezuela”, de la que fue cofundador y editor hasta que desapareció en los años 70.

Este donostiarra -preso en Martutene durante la guerra- mantiene que históricamente siempre ha habido “cierto confusionismo” creado en torno a las siglas de EGI, a sus símbolos y a su acción.

Él atracó una mañana muy calurosa de 1956 al puerto venezolano de La Guaira, en un exilio sin esperanzas de retorno. “Me estaban esperando dos miembros de Euzko- Gaztedi”, rememora. Uno, el encartado Isaías de Atxa y el segundo, uno de Bergara. Comieron en Macuto. “Después de oír mi exposición de la situación de Euzkadi, tal cual la había experimentado, hicimos la firme promesa, casi el juramento, de intentar una reorganización a fondo de Euzko-Gaztedi (Juventud Vasca) a nivel internacional y alentar y apoyar su recuperación en el interior dotándola de los medios precisos. Era como para reírse de nuestra audacia”.

El nombre de EGI fue, a juicio del periodista Elósegui, “más el producto de una casualidad que el de una larga meditación”. Y es que existía por entonces en la capital una organización juvenil vasca, local, en el seno del Centro Vasco, que se llamaba Euzko-Gaztedi de Caracas. Era una organización política pero no partidista con integrantes de Acción Nacionalista Vasca, Jagi, PNV… “Sin distinción”, enfatiza.

Partiendo de ello, y tras conversaciones con los directivos de Euzko Gaztedi de Caracas se estableció la conveniencia de que en los recibos y documentos que se les pasara, como organización que era del PNV, se añadiera “algo que nos identificara plenamente, para evitar la confusión entre el Euzko-Gaztedi local y el Euzko-Gaztedi (Juventud Vasca) Resistente”. De ahí surgieron leyendas como Pro Juventud Resistente de Euzkadi. La aparición, además, de EKIN que acabaría adoptando las siglas de ETA, hizo que los recibos en 1957 y 58 fueron impresos como Euzko-Gaztedi del Interior, es decir, Euzko-Gaztedi Resistente, que fue ganando adeptos en Venezuela, México, Colombia y Argentina y reforzando no solo sus cuadros en América sino también en Iparralde y Hegoalde. “Basta echar una ojeada a nuestro órgano da prensa Gudari -creado también por un servidor en 1960-, para cerciorarme de que Euzko-Gaztedi (Juventud Vasca) o Euzko-Gaztedi (del) Interior estaba en marcha, tal como habíamos proyectado en aquella ahora histórica reunión de 1956”, ordena.

diseño de un catalánPronto, a Elósegui, redactor-jefe de la revista venezolana Momento y compañero en ella del periodista y literato a la postre Nobel Gabriel García Márquez, se le ocurrió que hacía falta dar un paso al frente: “Necesitábamos unas siglas que sintetizaran no solo la acción de apoyo nuestro hacia Euzko-Gaztedi del Interior, sino de grito activista digno de ser escrito con brea en las paredes de Euskal Herria. Entonces, no existía el cómodo spray”. Fue en ese momento cuando recuerda que lanzó las siglas EGI. A Peli de Irizar, Lucio de Aretxabaleta -Delegado del Gobierno Vasco en Venezuela- y al otro lado del Atlántico a Joseba Rezola les pareció bien. Como curiosidad, los símbolos de EGI no fueron diseñados por un vasco sino por un catalán, compañero de Elósegui y Gabo en la revista Momento. Fue en 1960 cuando Interior solicita al PNV logotipos para la propaganda. “Hablé con Queralt”. Era catalán nacionalista, exiliado del tiempo de la guerra que había luchado contra Franco y que se sumó al maqui en Francia contra los alemanes.

Propuso que la imagen de EGI fuera una mano con una llama para significar “el paso de la antorcha de la generación de los gudaris de la guerra a la nuestra”. Y, con arreglo a ello, el catalán recordó a Picasso. “No era tomado del Guernica real, sino de un boceto anterior publicado en un libro sueco que detallaba, paso a paso, cómo había ido haciendo el pintor su obra. Pronto vino a la redacción con los símbolos a gran tamaño”.

Al recibir el original -que ya lleva escrito Eusko-Gaztedi con s- lo entregó en la siguiente reunión. “El precio de los símbolos fue de una taza de café que nos tomamos en la cafetería de la revista y que costó 0,25 de bolívar. Al cabo de unas semanas pasaron a ilustrar la revista Gudari y a ser reproducidos en hojas multicopiadas que EGI sacaba clandestinamente en Bilbao”.

La tipografía, como Queralt, tampoco era vasca, como algunos presuponían. El autor confirmó que era “celta, pero dada la urgencia del asunto y la aceptación que desde el primer momento tuvieron en el interior, nunca cambiamos las letras”, agrega.

Elósegui desea que no se creen más dudas al respecto. “Esta es la historia simple de unos símbolos que, buenos o malos, sirvieron en unos momentos muy azarosos y que registró legalmente el partido. Y sobre cuya pertenencia, espero, no haya la menor duda en el futuro”.

Los hijos de la Nación vascongada: La Hermandad de Arantzazu en Lima

La Hermandad que los vascos constituyeron en Lima en 1612 se convirtió en una referencia para el resto de personas llegadas desde Euskal Herria al Nuevo Mundo, siempre con la figura de la Virgen de Arantzazu como eje aglutinador.

Un reportaje de Luis Javier Pérez

Cuando el 13 de febrero de 1612 se reunieron en Lima un grupo de vascos decididos a poner en marcha una hermandad que agrupara a los hijos de la nación vascongada que vivían en aquella plaza, seguro que no eran conscientes de que estaban empezando a escribir una página fundamental de la historia de su Pueblo.

Basílica y convento de San Francisco en Lima, sede de la capilla y la bóveda de la Hermandad de Nuestra Señora de Arantzazu. Foto: Bruno Locatelli

Aquellos 105 vascos (49 de Bizkaia, 35 de Gipuzkoa, 9 de Nafarroa, 7 de Araba y 5 de las Cuatro Villas) constituyeron una organización soberana que acogía a alaveses, vizcainos, guipuzcoanos y navarros, junto con originarios de la Cuatro Villas (San Vicente de la Barquera, Santander, Laredo y Castro Urdiales). Su objetivo era el de atender a las necesidades materiales y espirituales de sus compatriotas. Y lo hicieron como hermanos, como iguales, y como miembros de una misma nación, la vascongada.

La ciudad de Lima había sido fundada menos de un siglo antes, un 18 de enero de 1535. La comunidad vasca se había ido asentando y consiguiendo una posición predominante, como en el resto de la América colonial y nació entre ellos la idea de que era necesaria una organización que les estructurara y que defendiera sus intereses. Escogieron la fórmula de Hermandad, una organización que sin abandonar una clara misión religiosa, tenía como objetivo clave el apoyo mutuo entre sus miembros. Apoyo que también se extendía a todos los miembros de la nación vascongada que estando en Lima, tuviesen alguna necesidad.

La Hermandad se ideó con una característica que es esencial: era una organización que no dependía ni de la Iglesia ni de las autoridades civiles. Fue creada para gobernarse a sí misma y para depender solo de la decisión y voluntad de sus miembros. Además, guardaba unos principios democráticos poco habituales en la época basados en las estructuras de decisión propias del país. Una forma de organizarse que lo impregnaba todo en la tradición vasca: el sistema foral, las reuniones de los vecinos de los municipios vascos a las puertas de las iglesias donde se trataban los temas comunes, o el auzolan donde todos colaboraban para atender las necesidades comunes. Todas esas tradiciones de gobierno comunitario marcaron su forma de organizarse y gobernarse.

Los vascos-vizcainos-vascongados-cántabros (diferentes formas de denominar a los miembros de esta comunidad nacional en aquella época) en América, eran una clara minoría con unas características sociales y económicas muy específicas, y eso fue también una de las razones que les impulsó a organizarse. Lo que ocurrió pocos años después en Potosí, la Guerra Vasco-Vicuña de 1622, demostró que esa auto-organización era una necesidad.

La Andra Mari de Arantzazu Un elemento clave de toda esta estructura asociativa vasca en América es la preponderancia de la advocación de estas cofradías y hermandades a la Virgen de Arantzazu. Hay profundas razones que lo explican.

En primer lugar, la aparición de la figura de la Virgen a mediados del siglo XV en mitad del monte tuvo una gran repercusión en el país, que se encontraba destrozado por la guerra de bandos y la sequía. Esto fue visto como una señal por parte de un pueblo cansado de los asaltos, las batallas, el pillaje y los robos a cargo de una nobleza local. Desde sus inicios, el Santuario fue un centro de peregrinaciones y de devoción para vascos de todos los territorios peninsulares (no es desdeñable la ubicación centrada de este santuario con respecto a los cuatro territorios).

Por otra parte, los vascos de Lima continuaban con la tradición tan propia del País de organizarse en hermandades y cofradías, bajo la advocación de la Virgen, que se convirtieron en importantes herramientas de la sociedad vasca de la época para parar los desmanes de los clanes banderizos.

Eso no fue una excepción en América, como explicó Miguel Irízar Campos C.P. (Padre pasionista, una orden de profunda raigambre vasca, y obispo emérito de la Diócesis del Callao), en su homilía en la misa del 400 aniversario de la constitución de esta hermandad:

Los vascos, al asentarse en las principales ciudades del Nuevo Mundo, se asociaron entre sí en hermandades y cofradías dedicadas precisamente a Nuestra Señora de Arantzazu. Es éste un hecho significativo, pues revela que la devoción a la Andra Mari gipuzkoana no solo se había propagado a lo ancho y largo de Euskal Herria, sino que también había llegado a ser un signo religioso de tal relieve en la conciencia del vasco, que fue capaz de representar sus aspiraciones más profundas en lo que se refiere a su identidad étnica y solidaridad cristiana al aunarse con sus hermanos de América Latina.

La Hermandad de Nuestra Señora de Arantzazu de Lima fue un referente y una guía para este proceso. Inspiró a los vascos del resto de la América colonial y su modelo, con adaptaciones locales, fue la guía para otras agrupaciones, como las de Santiago de Chile o de México.

El punto de encuentro y el eje de esta Hermandad en Lima se encontraba en la Iglesia de San Francisco (a cargo de los Franciscanos). En concreto adquirieron una capilla y una bóveda sepulcral, que se convirtieron en el corazón de esta comunidad.

La figura de la Andra Mari que ocupa el lugar de honor del retablo de esta capilla es una copia de la que fue coronada en 1646 y que fue destruida, como todo el retablo, en un terremoto. La actual es de 1911 y en estos momentos necesita ser sometida a una profunda restauración en la que, seguro, que algunos vascos de la ciudad tendrán un papel fundamental.

La crisis de la Hermandad La época más dura se inicia en el siglo XIX. La bóveda, un elemento fundamental y de un profundo valor simbólico, fue clausurada en 1808 debido al ordenamiento que prohibía los enterramientos dentro de las iglesias y las ciudades.

José de la Puente Brunke (director del Instituto Rivas Agüero) relata cómo fue ese momento:

Siguiendo tales disposiciones, los mayordomos de la Hermandad retiraron una lápida de bronce que tenía allí más de un siglo -se había instalado en 1693-, en la cual aparecía la siguiente inscripción: ‘Aquí yacen los muy nobles y muy leales hijos y descendientes de la Provincia de Cantabria’. (…) en el mismo documento se señalan una serie de precisas instrucciones para quienes en el futuro quisieran reabrir la bóveda (…) ‘Esta explicación y noticia se pone aquí para los venideros (…); en caso necesario es fácil quitarla y dar entrada a la bóveda’. Todo indica, en efecto, que la clausura de la bóveda sepulcral de la capilla de la Hermandad se realizó con gran pesar por los miembros de la misma, quienes de algún modo mostraron su deseo de que en el futuro pudiera ser reabierta.

Dicho pesar puede percibirse en la documentación de la Hermandad, al aludirse a los nichos que se reservaron en el Cementerio General: Para reparar en algún modo la falta de la bóveda de Aránzazu en su capilla, se han tomado en el camposanto (…) nichos que están distinguidos con la inscripción de pertenecer a la Ilustre Hermandad de Nuestra Señora de Aránzazu.

El otro gran golpe que sufrió la Hermandad fue en 1865: la decisión de su nacionalización por parte del Gobierno del coronel Prado. Los bienes y la documentación de la agrupación limense fueron requisados y trasladados a la administración de la Beneficencia pública de Lima.

Su renacimiento Esto, que parecía el final de la historia, no fue otra cosa que un punto y aparte. Las instituciones vascas tienen una inmensa capacidad de resiliencia, una capacidad extraordinaria de superar las dificultades y sobrevivir a las situaciones más traumáticas.

El espíritu que había impulsado a aquellos vascos a fundar la Hermandad seguía vivo a pesar del golpe que significó la intervención del Gobierno en 1865. Un grupo de miembros deciden mantener su idea y su espíritu, reuniéndose en el Club Nacional de Lima (fundado en 1855). Fueron ellos los que en 1912, conmemoraron el 300 aniversario.

Cien años después, también un 13 de febrero y también en el Club Nacional de Lima, se crea Arantzazuko Euzko Etxea de Lima. Una asociación cultural que tenía el objetivo inicial de conmemorar los 400 años de la Hermandad. Un vasto proyecto impulsado, y financiado, por Julio Pablo Bazán, fallecido hace un año, que asumió la ingente labor de recuperación de todo el legado de esta institución y de las instituciones hermanas creadas en otras poblaciones americanas.

Para este aniversario se organizó un acto académico en el Instituto Riva-Agüero de la capital peruana, consistente en unas conferencias a cargo de José La Puente Brunke, Oscar Álvarez Gila, Elena Sánchez de Madariaga, Elisa Luque Alcaide y Diego Lévano Medina.

Además de los actos académicos y religiosos propios de una conmemoración de esta importancia, hubo un acto lleno de profundo simbolismo, que se repite allá donde un grupo de vascos se organiza: la plantación de un retoño del Árbol de Gernika. La sombra de este roble, símbolo de las Libertades Vascas y de las Libertades de los Vascos, ha ido extendiéndose por el mundo, a través de sus vástagos, cumpliendo la misión que el bardo Iparraguirre recogió en su Gernikako Arbola: Eman ta zabal zazu munduan frutua.

En este acto, además, el simbolismo era doble. El retoño del Árbol sagrado fue enviado desde Santiago de Chile -la sede de una de las hermandades de Arantzazu-, por la Eusko Etxea de aquella ciudad. Para los vascos de Chile aquel año fue muy especial. No solo colaboraron de una forma directa en conmemorar los 400 años de la institución peruana, sino que también celebraron el centenario de la fundación del Centro Vasco de Santiago. Desde ese momento esta Hermandad y la Euzko Etxea que de ella ha emanado, mantienen una significativa actividad.

Como corolario de toda esta historia, se puede resaltar la fuerza y el vigor que la comunidad de vasco-descendientes conserva en todo el mundo. Hay algo mágico, profundo, en ese compromiso que se mantiene a través de los años y de los siglos, por mantener vivas y fuertes las raíces que les unen a su historia y a sus orígenes. Ellos son una parte fundamental, clave, de nuestra Nación.

El niño de la guerra que luchó contra Hitler en Finlandia

La familia de Antonio Ibáñez Laporta insta al Gobierno vasco a que medie para repatriar los restos del vizcaino que falleció en la II guerra Mundial

Iban Gorriti

SOLO tres años. Desde hace tan solo tres años, una familia vizcaina tiene constancia de que un pariente de Orduña que fue exiliado a la URSS en 1937 acabó luchando en la Segunda Guerra Mundial y murió como consecuencia del conflicto bélico en un hospital de Finlandia. Esta familia sueña con que los restos de Antonio Ibáñez Laporta puedan descansar por fin en su ciudad natal.

Con este objetivo, en este trienio uno de sus sobrinos, el getxotarra José Ignacio Ibáñez, ha tratado de tocar todas las puertas. Tras dar palos de ciego, desea poder ser escuchado y ayudado por el secretario general para la paz y convivencia del Gobierno vasco, Jonan Fernández, o por la directora del Instituto de la Memoria, la Convivencia y los Derechos Humanos, Gogora, Aintzane Ezenarro. “A ver si gracias a ellos podemos traer sus restos a Euskadi. Por ahora, el Ayuntamiento de Orduña y la Sociedad de Ciencias Aranzadi son los que más nos han ayudado. He contactado con consulados, embajadas… pero silencio”, lamenta el familiar de aquel niño que se subió a un barco el 13 de junio de 1937, sin la compañía de ningún miembro de su familia, y que nunca regresó.

Esa fecha fue la tercera y última en que el histórico barco Habana zarpó hacia Rusia. En él también partió Clara Agirregabiria, madre del a la postre famoso jugador de baloncesto internacional Chechu Biriukov por Rusia y España. El Habana salió de Santurtzi con 4.500 niños y niñas. Su primera parada fue el puerto de Paullac (Burdeos). De este contingente, un grupo de 1.610 niños protagonizó la única expedición que soltó amarras con destino a Rusia.

El libro de Jesús Alonso Carballés 1937. Los niños vascos evacuados a Francia y Bélgica, editado en 1998 por la Asociación de niños evacuados el 37, mantiene que en Paullac los menores destinados a Rusia “transbordaron directamente al vapor francés Sontay, y sin tocar tierra, se dirigieron a Leningrado -hoy San Petersburgo- donde llegaron varios días después. Desde allí fueron trasladados a Crimea, Odessa y Moscú”.

La familia Ibáñez Laporta, como la guerra, estalló en pedazos en 1936. Aquel matrimonio compuesto por un carpintero y una ama de casa de Orduña tenía ocho hijos. Tres de ellos partieron a luchar por las libertades y derechos humanos contra los impulsores del golpe de Estado militar. Se alistaron en batallones de la CNT del Euzkadiko Gudarostea como el Malatesta, Durruti, y Sacco y Vanzetti. Según avanzaba el conflicto, la madre tuvo que exiliarse a Catalunya, como antes lo había hecho su hijo Antonio en dirección a la URSS. El deseo de aquellos generales españoles de querer instaurar una dictadura quebró sus felices sueños.

Lo curioso es que la familia calló ante los suyos. Según José Ignacio Ibáñez “fue un tema escabroso. Nunca quisieron decirnos nada. Pero nada de nada. Ni siquiera conocíamos el nombre de Antonio. ¿Qué puede tener de malo? Solo nos dijeron en su día que el tío, de niño, fue exiliado a Rusia y que allí murió de tristeza, como se decía entonces”.

Campo de prisioneros Y no fue de ese modo. Antonio Ibáñez Laporta murió por luchar contra el imperio nazi de Hitler, como sus tíos anarquistas contra los Mola o Franco. “Fue en 2015 cuando nos llamaron de la policía de Indautxu y nos dijeron que el cuerpo de mi tío estaba en Finlandia. Desde aquel país nos mandaron una información de la Cruz Roja. Dicen que está en una fosa común con otros 500 muertos, pero no concuerda si al mismo tiempo nos dicen que murió en un hospital militar”, afirma José Ignacio en referencia a un listado oficial ruso de prisioneros de guerra, muertos y personas que lucharon en Finlandia entre 1939 y 1955.

Antonio Eliseo Ibáñez Laporta, nacido el 2 de diciembre de 1924 y exiliado a San Petersburgo en 1937, es uno de ellos. El Ministerio de Asuntos Exteriores de Finlandia informa de que fue soldado en el ejército de la Unión Soviética, de la unidad de infantería JVR 3, del batallón P3 y de la octava compañía. Fue capturado el 10 octubre de 1941, hace 77 años, en el lago Syväri. Su placa de prisionero era la número 05946/5.

Fue enviado a un campo de concentración de prisioneros de guerra sin identificar y después a otro campo en Jarjestelyleiri (Nastola). De allí le trasladaron a un tercero en Sotasairaala y al hospital militar del mismo enclave en Utti. Falleció el 29 de abril de 1942 por “hambre, debilidad, debilidad general e infección en el intestino. Astenia. Enteritis”, según el informe de la Cruz Roja finesa.

El enterramiento de Antonio, según estas mismas fuentes, se produjo en Hautauspaikka, en la región de Kymi, Valkeala, zona del campo de Utti. “¿Si muere en el hospital, para qué van a meterle en una fosa común?”, se pregunta José Ignacio, mientras anhela tener más apoyos institucionales para repatriar a su tío.

La familia de Antonio, gracias a la Sociedad de Ciencias Aranzadi, cuenta con la ficha del Gobierno vasco de 1937 en la que se da a conocer que Ibáñez Laporta iba a ser exiliado a la URSS. La credencial que muestra su joven rostro detalla su nacimiento y que su madre se llamaba Josefa Laporta, así como una dirección de residencia en Bilbao, en la calle Iparragirre. El Departamento de Asistencia Social le dio este primer pasaporte. La familia, ahora, sueña con que el Gobierno vasco actual le consiga otro: devolverle a su tierra.

El último vuelo de las sorginak

Hace cuatrocientos años se puso fin a la persecución de supuestas brujas y brujos en el Duranguesado, gracias al inquisidor Alonso de Salazar y Frías, conocido como el abogado de las brujas, que fue juez en Zugarramurdi.

Un reportaje de Jon Irazabal Agirre

Casa de Juntas de Gerediaga, donde se reunían los representantes de las anteiglesias del Duranguesado.Fotos Gerediaga Elkartea y Mitxi
Casa de Juntas de Gerediaga, donde se reunían los representantes de las anteiglesias del Duranguesado.Fotos Gerediaga Elkartea y Mitxi

LAS tierras vascas sufrieron un convulso inicio del siglo XVII en lo referente al tema de la brujería. Los procesos de Pierre Lancre en Iparralde (1609) y el proceso de Zugarramurdi en Nafarroa (1609-1610) generaron un clima en el que tanto las autoridades como los vecinos veían brujas y brujería en todos los rincones. En este clima fueron diversas las voces que manifestaron su desacuerdo con lo que sucedía y las sentencias que se dictaban. Uno de estos disidentes fue el inquisidor Alonso de Salazar y Frías, quien había ejercido de juez en Zugarramurdi y había logrado que la Inquisición revisara el proceso. Tras la revisión, Salazar redactó un informe sobre lo acontecido en aquellas tierras navarras y lo presentó al Tribunal de la Inquisición. En el escrito, el inquisidor afirmaba que las brujas no existían y que lo acontecido en Zugarramurdi solo había tenido lugar en la mente de las acusadas y de las delatoras.

A raíz de este informe, en 1614, la Inquisición adoptó un criterio receloso en lo que atañía a las denuncias por brujería y promulgó el conocido como Edicto del Silencio. En él se recogían instrucciones basadas en las recomendaciones de Salazar, formando la base sobre las que se asentó la jurisprudencia que regiría con posterioridad. Por su parte, las autoridades civiles, ignorando los consejos del edicto, continuaron en su guerra contra la brujería.

Fue en junio de 1616 cuando surgieron los primeros problemas en Bizkaia. Teresa de Landachua, hija de un buhonero radicado en Bermeo, declaró que de noche la llevaban como bruja a los aquelarres. A raíz de estas manifestaciones, las autoridades civiles de Bermeo iniciaron una dura caza de brujas que causó la muerte de varias mujeres a las cuales se les negó incluso la sepultura. En Gernika, se llegó a dejar insepulto el cadáver de una mujer, que fue comido por los perros. Juan de Arecheta, comisario de la Inquisición en Bermeo, se opuso a esta salvaje represión pero fue ninguneado por las autoridades civiles, por los curas y los propios familiares de la Inquisición.

Tras estos incidentes, en octubre de 1616, las Juntas de Gernika se dirigieron al rey Felipe III, señor de Bizkaia, mostrándole su preocupación por los daños que estaban causando las brujas en el Señorío. En el escrito se denunciaba la actitud pasiva, acorde con las recomendaciones emanadas tras el Edicto de Silencio, que mostraban frente al problema el corregidor Hernando de Salcedo y Avendaño, así como el Tribunal de la Inquisición de Logroño, y se solicitaba el nombramiento de un juez que se hiciera cargo de la instrucción del caso.

El señor de Bizkaia, Felipe III, nombró un juez seglar quien comenzó su labor pidiendo opinión al jesuita Diego de Medrano sobre cómo actuar en el caso. Este informó de que fueran los propios curas del lugar de procedencia de las supuestas brujas quienes trataran el tema, sin involucrar a la Inquisición y sin dar publicidad a las acusaciones. Solicitado dictamen a la Inquisición de Logroño, el nuevo inquisidor riojano, Antonio de Aranda y Alarcón, junto a Salazar y Frías respondieron que era mejor no remover el tema. A pesar de todo ello, las autoridades civiles permanecieron aferradas a criterios y creencias antiguas.

Los ‘chivatos’ En este ambiente, el rey nombró nuevo corregidor del Señorío a Francisco de la Puente Agüero, a quien comisionó para que dictara justicia también sobre el tema de la brujería. Trasladado a Bizkaia, de la Puente tomó posesión de su cargo y, en la Junta General celebrada en Gerediaga el 13 de abril de 1617, nombró teniente corregidor de la Merindad de Durango a Gaspar del Hoyo Alvear, natural de tierras cántabras y familiar de la Inquisición de Navarra. Los familiares eran los funcionarios de menor nivel de la Inquisición y su función era la de informar de todo lo que fuera de interés para esta, es decir eran los chivatos del Tribunal. Es de suponer que Del Hoyo conocía bien lo acontecido pocos años antes en Navarra y se puede decir que por su forma de actuar no era una persona cercana a las tesis de Alonso de Salazar y Frías. En este sentido, tampoco las autoridades civiles de Bizkaia estaban por la labor de aceptar el pensamiento de Salazar y persistieron en su guerra contra las brujas teniendo para ello unos magníficos aliados en las figuras de Francisco de la Puente Agüero y Gaspar del Hoyo.

En la Junta de Merindad celebrada el 3 de septiembre de 1617 so el árbol de Gerediaga se reunieron, presididos por Gaspar del Hoyo y de su alcalde (ayudante) Luis de Gamboa, los fieles de las 12 anteiglesias del Duranguesado; Pedro de Betosolo (Abadiño), Martín Ibáñez de Sarria (Berriz), Domingo de Celaya Goitana (Mallabia), Joan de Aguirre Jausolo (Apatamonasterio), Joan Ruiz de Azcarraga (San Agustín Etxebarria), Martín de Aranguren y Martínez de Jainaga (Zaldua), Iñigo de Dueña (Garai), Joan de Baraia (Mañaria), Joan de BesoitaUrien (Iurreta). Joan de Aldecoa (Arrazola), Pedro de Arceaga (Axpe) y Antón de Mendive (Izurtza). Las cuatro villas del territorio no solían participar en las Juntas de Merindad.

El acta de la sesión recoge que se trató muy extensamente acerca de los numerosos brujos, brujas, hechiceros y hechiceras de la Merindad y que se acordó pedir poderes al corregidor del Señorío para que el teniente de la Merindad, Gaspar del Hoyo, averiguase los daños que causaban y así poder castigarlos, comisionando para entender de dicho tema al fiel de Apatamonasterio, Juan de Aguirre Jausolo.

Verdad y castigo La semana siguiente, el 10 de septiembre, en una nueva Junta celebrada en Astola, Juan Aguirre Jausolo leyó los pareceres del doctor Saravia y de los licenciados Aperribay y Garren, sobre la petición formulada por la Merindad al corregidor en relación a las brujas, brujos y hechiceros. En sucesivas reuniones el tema de las brujas siguió estando presente en el orden del día de las Juntas. Así, el 24 de septiembre se leyó la carta en la que el corregidor Francisco de la Puente daba comisión al teniente Gaspar del Hoyo para perseguir a las brujas y hechiceros, ordenando que en el plazo de 6 días den los mismos noticia de las brujas y brujos y hechiceros que tuvieren noticia y sospecha que lo son y de los testigos que en razón de ello puedan decir y declarar para que su merced cumpla con lo acordado. Se acordó también que el primer domingo o fiesta de guardar se celebrara una solemne misa en honor de la Santísima Trinidad para que la misma alumbrara en la declaración de la verdad y castigo de los malhechores. El 8 de octubre se consultó sobre los castigos a imponer y se prohibió a los vecinos de la Merindad alojar en sus casas y mesones a franceses y, en especial, a los de Navarra Navarra, dado que eran de mala fama y opinión de brujos. También acordaron dar noticia de los decretos adoptados a las villas de Durango, Ermua y Elorrio.

En este sentido, el concejo de la villa de Durango el 13 de octubre, festividad de San Fausto, adoptó el mismo acuerdo, prohibiendo a mesoneros y vecinos alojar a franceses a no ser que estuvieran de paso. Franceses que, en realidad, eran habitantes de Iparralde, fugitivos de la represión de Lancre. Gaspar del Hoyo al usar el término los de Navarra Navarra seguramente se refería a los habitantes Baxenafarroa, territorio al que había dejado reducido el reino de Nafarroa tras las invasiones castellanas del siglo XVI.

En esta Junta del 8 de octubre de 1617 los fieles manifestaron no tener conocimiento de la existencia de brujos. Este acuerdo produjo fuertes discrepancia entre el poder eclesiástico y civil a la hora de enjuiciar la supuesta brujería, generándose una situación que obligó a la Inquisición a comisionar a Alonso de Salazar y Frías y enviarlo a Bilbao, donde llegó el día 1 de noviembre, festividad de Todos los Santos. En Bilbao, Salazar se reunió con el licenciado Juan de Arecheta, antiguo comisario de la Inquisición en Bermeo y que en el caso de brujería habido en la localidad costera en 1616 se había manifestado en contra de las actuaciones del Señorío.

Tras la visita, Alonso de Salazar logró frenar a jueces y autoridades locales aplicando el Edicto de Gracia, creyendo de esta manera encauzar el problema y dominar las contrariedades. Pero el clero estaba dividido entre los que creían en brujas y los que no. Tanto el corregidor como el teniente de corregidor continuaron con su cruzada.

“Hasta el tormento” En la Junta celebrada en Astola el 2 de febrero de 1618 se dio cuenta a los fieles (alcaldes) de las diligencias que se habían practicado contra los brujos y brujas de la Merindad. Puente Agüero en marzo-abril de 1618 intentó juzgar a los que él considera brujos y brujas pero sin éxito, imponiéndose el razonamiento de Alonso Salazar. Finalmente, el 5 de junio de 1618, en la reunión celebrada so el árbol de Gerediaga se acordó por orden del teniente corregidor liberar a dos de las tres brujas que hallaban encarceladas en Astola. De la que quedó en prisión se señalaba que no tenía bienes con los que sustentarse y se pedía a los fieles que solicitaran limosna en sus anteiglesias con el fin de mejorar su situación. Todavía en marzo y junio de 1619, en las Juntas de Bizkaia celebradas en Gernika, se pidió de nuevo, y con reiteración, medidas contra las brujas, llegando un juntero a solicitar que se procediera “con todo rigor y hasta el tormento”.

Las creencias religiosas obsesivas sembradas durante siglos por clérigos de muy pocas letras hallaron durante mucho tiempo eco en autoridades locales no mejor dotadas. Frente a esta situación, la gran labor del inquisidor Alonso de Salazar y Frías, conocido acertadamente con el sobrenombre de el abogado de las brujas, quien a pesar de la opinión de las autoridades civiles y de muchas mujeres y hombres del Duranguesado, ordenando que todo lo concerniente a las brujas se remitiera a la Inquisición de Logroño, logró dar terminó al último vuelo de las brujas y brujos de la Tierra de Durango.

En el cuarto centenario de los hechos, en recuerdo de aquellas mujeres invisibles para la historia, las Juntas Generales de Bizkaia y Gerediaga Elkartea, han promovido un manifiesto en favor de la libertad de pensamiento, conciencia y creencia, firmado por los alcaldes del Duranguesado el 9 de junio, así como la instalación, el 16 de octubre, en el espacio Foral de Gerediaga de una silueta de mujer.