La diáspora de aviadores vascoamericanos

Un libro revela que más de 60 pilotos de origen vasco combatieron durante la Segunda Guerra Mundial defendiendo la bandera de los EE.UU.

Un reportaje de Iban Gorriti

uno solo. Un único aviador vascoamericano planea aún con vida de entre los más de 60 pilotos de esta comunidad que combatieron en la Segunda Guerra Mundial. Ellos no son más que la punta de lanza del cerca del millar de vascos que bregaron con Estados Unidos en aquel conflicto militar global que se desarrolló entre 1939 y 1945. El dato sale a la luz gracias a un riguroso estudio de la asociación Sancho de Beurko que se ha materializado tras tres años de arduo trabajo y entusiasmo en el libro publicado bajo el título Combatientes vascos en la Segunda Guerra Mundial (Desperta Ferro, 2018), trabajo que lleva las firmas de Guillermo Tabernilla y Ander González, así como con excelsas fotografías tomadas ex profeso por Jesús Balbuena Maeso.

Recreación de una escena bélica protagonizada por aviadores que aparece en la publicación.Jesús Balbuena
Recreación de una escena bélica protagonizada por aviadores que aparece en la publicación.Jesús Balbuena

Tabernilla, que ha escrito el capítulo dedicado a los aviadores vascoamericanos de los cuatro que tiene el libro, pone en valor a esta comunidad migrante porque es de las pocas minorías de Estados Unidos que cuentan con un estudio que reivindica su papel durante aquella guerra total. “Para la comunidad vasca reivindicar su papel en la llamada generación del sacrificio es muy importante porque de ese modo se cohesiona, se enorgullecen y pueden esgrimir que cuando su país de adopción les necesitó los vascos dieron un paso al frente, como antes lo habían hecho sus padres durante la Primera Guerra Mundial”, pondera.

La inmensa mayoría de estos aviadores nació en Estados Unidos y formó parte de la primera generación de vascoamericanos de progenitores -o progenitor- originarios de Euskal Herria. “No soy yo -matiza Tabernilla- quien les pone la etiqueta de vascos, sino que son miembros de la comunidad vasca en los Estados Unidos, en su mayoría en los condados ovejeros, criados en euskera una mayor parte y alfabetizados en inglés al llegar a la enseñanza primaria. No he cogido a los mexicanos con apellidos vascos ni mucho menos, pues estos últimos no entran en el proyecto, sino personas que se definen a sí mismas como vascos”, dista.

Sus perfiles son diversos. Los hay de las comunidades más grandes de vascos como Idaho, Nevada y California, pero también de otras más pequeñas, caso de Jordan Vallley (Oregón), Montana… “Se trata de pilotos y personal de vuelo de todos los aparatos que puso el Ejército, la Marina y el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos en vuelo durante la Segunda Guerra Mundial”.

Esta aportación en esta obra de investigación no había sido estudiada hasta la fecha, salvo alguna biografía en concreto. “Efectivamente, la prueba está en que a esta gente, salvo a Aldecoa, no le conocía nadie. Si reivindicamos el papel de la diáspora tenemos que apoyar trabajos como estos, además absolutamente desinteresados y sin lucro económico por parte de la Asociación Sancho de Beurko”, acentúa Tabernilla quien hace referencia a Manuel Aldecoa, “piloto derribado en Francia, ya que de los demás no se ha estudiado nada”.

El perfil medio es, salvo en el caso de León Indart y Valentín Berriochoa que son nacidos en Euskal Herria, llegados al mundo en Estados Unidos y de formación de secundaria y/o universitaria y “grandes cualidades para ser destinados a tareas tan especializadas”, enfatiza. En cuanto a sus carreras en la postguerra, Cobeaga, Etchemendy y Arriaga llegaron a coroneles de la USAF (Fuerza Aérea de Estados Unidos), Juanarena y Etchart alcanzaron los grados de tenientes coroneles, Bideganeta fue mayor y jefe de operaciones de un grupo de bombardeo en Inglaterra y Pete Cenarrusa, “el vasco más prominente de Idaho, piloto de los marines, califica. Etchemendy y Asla cumplieron la labor de jefes de grupo de caza durante la guerra de Corea, con grandes historiales de vuelo”.

El esquiador Eusebio Arriaga De entre los 60, Guillermo Tabernilla destaca la vida de Eusebio Arriaga. “A mí me chifla. Fue un mítico esquiador del Sun Valley de Idaho que incluso salió en algunas producciones de Hollywood antes de la guerra y después se destapó como un extraordinario piloto”. En cuanto a los condecorados, José María Malaxechevarría, quien al llegar su padre al continente americano simplificó el apellido como Echevarria, Charles Ugaldea, Cobeaga, Etchemendy, James Vidal Echevarria se cambió el nombre por el de James Vincent Powers. “Este tiene una novela autobiográfica escrita en la postguerra”. Otros son más desconocidos, como el otro vasco que se mató volando el P-38, además de Manuel Aldecoa; Joe Sara, que murió en un vuelo de pruebas. “En esta lista hay un total de 61, ya que he suprimido todos los que formaron parte de las Fuerzas Aerotransportadas como paracaidistas y el personal de tierra”, dice.

El autor ha consumado el proyecto trabajando en bases de datos de todo tipo: alistados en las Fuerzas Aéreas, obituarios, historiales de escuadrones y grupos de vuelo, prensa de Nevada, Idaho y California. De los aviadores vascoamericanos queda uno vivo: Raymond Ray Mansisidor que nació en 1924 en Boise (Idaho), donde ayudaba a su padre en el negocio de las ovejas. “Nos congratulamos de que aún esté entre nosotros. En 1960 se unió al grupo de danzas vascas Oinkari Dancers, en el que tocaba el acordeón junto a Jimmy Jausoro. En breve, se reunirá con otros veteranos de Idaho en un emotivo acto conmemorativo”.

El capitán que desapareció en un choque de trenes

Se cumplen ochenta años desde que Luis Aira, mando de una compañía del Batallón Perezagua, desapareció tras sufrir un accidente ferroviario.

Un reportaje de Iban Gorriti

Fue un sabotaje. Mi padre, miliciano del batallón Perezagua, murió en un accidente de trenes por la zona republicana de Tortosa”, se seca las lágrimas un hombre de 86 años, el mismo que con solo cinco primaveras escuchó a una mujer decir que habían asesinado a su progenitor. “Y me eché a llorar. Yo se lo comuniqué a mi madre. Te lo puedes imaginar…”, vuelve a emocionarse con razón en su hogar de Santutxu.

Este vizcaino hereda de su padre el nombre y apellido: Luis Aira, uno de los vecinos de Ortuella que murieron o desaparecieron durante la guerra de 1936 y la represión franquista. A día de hoy el Estado español es ya el país del mundo, tras Camboya, con más desaparecidos en una guerra. Son más de 114.000.

Luis Aira, con una foto de su padre en su piso de Santutxu. Foto: I. Gorriti
Luis Aira, con una foto de su padre en su piso de Santutxu. Foto: I. Gorriti

Para reconfortar de algún modo a la familia de este desaparecido -aunque el Gobierno vasco informó de que su cuerpo está en Tortosa-, dos miembros de la Mesa de la Memoria de Ortuella se acercaron a la vivienda de Luis hijo a entregar como reconocimiento una figura, un diploma, un DVD con su testimonio grabado y una foto del batallón Perezagua en la que se reconoce a Luis Aira Fernández, Lanpanas. “Hicimos un acto en su día y no pudieron venir”, detallan. DEIA vivió ese emotivo momento íntimo. Los investigadores Pablo Domínguez y Aiyoa Arroita acumulan años exhumando verdad histórica en su blog Crónicas a pie de fosa.

Esta pareja asevera que el choque de trenes que ha atormentado de por vida a Luis hijo ocurrió el 25 de septiembre de 1938 en la línea Tarragona-Barcelona en el momento álgido de la Batalla del Ebro. “Aún sueño con mi padre. Sí. Esto no se borra de la memoria. De lo malo me acuerdo siempre”, subraya como víctima de un episodio traumático que no se supera. “Dicen que hubo un jefe de estación franquista que se chivó de que el tren iba a transportar tropas de milicianos y pasó lo que pasó”, sopesa Luis, buen custodio de lo que ocurrió y ejemplo del caso que canta Fito & Fitipaldis: “Él también quiso ser niño pero le pilló la guerra”.

¡Y le pilló de pleno! De hecho, llama la atención que aquel hombre del que no se conoce dónde reposan sus restos consiguió llevar tras de sí a su familia: en su partida a Asturias, donde fue herido e ingresado en un hospital el 17 de abril de 1937, y en su llegada a zona republicana en Valencia, donde perdió la vida. Entonces sus hijos, su mujer María Ariño y la hermana de esta, sin tiempo de reaccionar, marcharon a Francia.

La familia conserva con mimo una foto que corrobora la necesidad del padre de tener cerca a los suyos y que nunca ha visto la luz hasta ahora. “En la foto, se ve a la mujer de blanco que es Emilia Ariño,
esposa del capitán y de negro María Josefina Aira, hermana suya. Se ve
cómo él se apoya en ellas porque fue herido en el frente de Asturias en
una pierna. De allí, fuimos todos a Valencia”, evoca Luis. “Lleva el gorro asturiano”, aporta Pablo Domínguez quien resume la biografía de aquel comunista llegado al mundo en el barrio Golifar de Ortuella en 1909. Al estallar la guerra, tras el golpe de Estado militar de julio de 1936, este minero casado y padre de tres hijos sumaba 29 años. Se alistó voluntario como miliciano republicano en el batallón Perezagua, del Partido Comunista de Euskadi (PCE). Alcanzó el grado de capitán de la 2ª Compañía y comisario político. “Antes de la guerra, yo ya vi a mi padre salir de casa huyendo saltando por la ventana”, detalla Luis, quizás por haber tomado parte su padre en la famosa Revolución de Asturias de 1934.

Bautizado a escondidas El minero Aira, de origen gallego, combatió en la batalla de Villarreal, en el frente de Asturias en 1937 como miembro de la División Vasca del Gobierno vasco y en la primera brigada compartida por los batallones Rusia y CNT 3 al mando del teniente de asalto Rehola, según informes del PNV conservados en París a los que ha tenido acceso este medio. “Sí, Rehola. Eso lo recuerdo”, confirma el hijo.

Tras la caída del Frente Norte se trasladó al de Levante para continuar luchando por la legítima Segunda República. Falleció hace 82 años. Luis hijo, bautizado a escondidas para que no lo supiera su padre comunista, guarda numerosos momentos terroríficos que narra emocionado como para soltar lastre. Tuvo una infancia nómada. Rememora cómo en una ocasión zarparon en barco hacia Francia y les interceptó el crucero fascista Almirante Cervera. “Llevamos mujeres y niños”, respondió uno del barco. “Y nos dejaron seguir”.

Recuerda cómo con la noticia de la muerte del padre y dejando el cuerpo en la nada informativa, su madre les exilió a Francia. Cómo pasaron por el puerto de La Molina, que estaba nevado. Del viaje guarda un testimonio estremecedor: En el convoy, algunas madres iban llorando mientras daban teta a sus bebés. Algunas se veían obligadas a dejar a hijos de la edad de Luis en el trayecto. “Nos recuerdo a nosotros, los niños, desnudos en un refugio. Con mucha miseria. Nos veíamos los piojos los unos a los otros”, enfatiza.

A su vuelta a Euskadi, con ocho años, sería el encargado para ir desde Getxo hasta Ortuella a por los productos de la cartilla de racionamiento. “Iba una vez por semana, desde Romo -donde mi madre comenzó a trabajar de interina para las ricachonas- hasta Portugalete, y en vez de usar el Puente Colgante Bizkaia yo pasaba en bote, que costaba menos dinero”, saca a lucir su sonrisa por primera vez durante la entrevista. Y rebobina para narrar otra anécdota: “Al venir de Francia me preguntaron de dónde era y como había estado en Santander, dije que de Santander y… me llevaron a Santander. Mi hermana, sin embargo, dijo Bilbao y vino a la primera…”, hace reír.

Las anécdotas se concatenan. “Las monjas me parecían demonios. Una vez en Las Arenas una mujer me dijo que le dejara la bolsa de la comida que yo llevaba y que fuera a por un balón que ella tenía. No quise. ¡Ella se quería quedar con mi comida!”, guiña el ojo. Son instantes de sonrisas hasta que emerge una nueva lágrima: “Mi abuela me contaba que mi padre era tan bueno que en ocasiones volvía a casa descalzo porque había dado sus zapatos a personas que lo necesitaban. El primer regalo que recuerdo de mi padre fue un caballo de cartón. También fue el último”.

Un vasco en Cuba y en Catalunya

Las raíces familiares de los escritores catalanes Juan, José Agustín y Luis Goytisolo se sitúan en Euskal Herria. Su bisabuelo, Agustín Goytisolo Lezarzaburu, nació en Lekeitio en 1811 (falleció en Barcelona en 1886) y emigró a Cuba, donde hizo fortuna.

Un reportaje de Martín Rodrigo y Alharilla

Pocos casos debe haber en la historia de la literatura, tal vez ninguno, como el de los escritores catalanes Juan, José Agustín y Luis Goytisolo Gay, tres hermanos dedicados por igual a la creación literaria, cuyas obras destacan por su innegable calidad. No resulta tan conocido, sin embargo, que el origen familiar de los tres hermanos escritores arranca del País Vasco. En concreto, de la vizcaina villa de Lekeitio, localidad donde nació su bisabuelo Agustín Goytisolo Lezarzaburu, en julio de 1811.

Fotografía de Agustín Goytisolo Lezarzaburu, nacido en Lekeitio en 1811.
Fotografía de Agustín Goytisolo Lezarzaburu, nacido en Lekeitio en 1811.

Agustín Goytisolo fue el quinto de los once hijos nacidos del vientre de Magdalena Lezarzaburu, una mujer fuerte, capaz de sacar adelante a todos sus hijos pese a la muerte o deserción de los tres hombres con los que los había engendrado. El joven Agustín Goytisolo nació y se crió, pues, en un hogar extenso y sin demasiadas alegrías económicas, aprendiendo pronto el oficio de carpintero. Su padrastro fue el guipuzcoano Francisco Arruebarrena, a quien podemos identificar como un indiano: nacido en Astigarreta, Arruebarrena había vivido unos años en La Habana, donde había ejercido su oficio de chocolatero, antes de regresar a la península. Como él, muchos otros naturales o vecinos de Lekeitio habían intentado hacer las Américas y algunos incluso lo habían conseguido, retornando como ricos indianos.

Ese fue el caso, por ejemplo, de José Ventura de Aguirre Solarte (quien se había enriquecido en Perú antes de domiciliarse, en 1823, en Londres para abrir la casa de banca Aguirre Solarte y Murrieta) y de José Javier de Uribarren (enriquecido en México y retornado a Europa, en 1825, para crear la casa de comercio y banca Aguirrebengoa Fils et Uribarren, con oficinas en Burdeos y en París). También fue el caso de Pedro Nicolás de Chopitea, natural de la vecina Mendexa y enriquecido en Santiago de Chile, adonde había llegado a ejercer como alcalde realista, en plenas guerras de independencia, antes de regresar a España y avecindarse en Barcelona.

Siguiendo, así, el ejemplo de sus convecinos lekeitiarras y el de su propio padrastro, el joven carpintero Agustín Goytisolo Lezarzaburu emigró a América, en 1833. Lo hizo, en su caso a Trinidad (en la isla de Cuba). De allí pronto pasó a Cienfuegos, una localidad que se había fundado poco antes, en 1819, y que estaba conociendo una etapa de crecimiento demográfico y económico, en tanto que ciudad capital y portuaria de una región que estaba siendo rápida e intensamente colonizada por la caña de azúcar.

matrimonios entre vascos En sus primeros once años en Cuba, el propio Goytisolo pudo acumular el capital suficiente que le permitió dar el salto al mundo del azúcar. Así, en enero de 1844 compró su primer ingenio (o plantación de caña), al que llamó Simpatía. Aquella compra la hizo en sociedad con el guipuzcoano Antonio Arce (natural de Usurbil y antepasado, por cierto, del poeta Joxean Artze), quien acabaría convirtiéndose en su cuñado.

Un mes después, Goytisolo se casó en Cienfuegos con Estanisláa Digat Irarramendi, hija del vasco-francés Antonio Digat y de la vasco-española Paula Irarramendi. Los dos hermanos de Estanisláa, Juan y Telesfora Digat, se acabarían casando, también en Cienfuegos, con dos individuos nacidos en Euskal Herria: con Fermina Echeverría (natural de Aranaz, Navarra) y con Salvador Harguindéguy (natural de Iholdy, en Iparralde). Los susodichos enlaces ofrecen una buena muestra de cómo las relaciones de paisanazgo entre vascos se reproducían en tierras americanas. En este caso, en Cienfuegos.

El matrimonio Goytisolo-Digat tuvo siete hijos (dos varones y cinco féminas), nacidos todos en Cuba. Y mientras en la feraz Antilla crecían aquellos siete hijos, Agustín Goytisolo desarrollaba desde Cienfuegos una intensa actividad empresarial, vinculada en buena medida al mundo de la caña de azúcar y desarrollada merced a la explotación del trabajo de sus esclavos, que se contaron por centenares.

Tras aquel primer ingenio, nombrado Simpatía, acabó comprando o fomentando otras tres plantaciones más de caña (llamadas Lequeitio, San Agustín y Lola) y con sus capitales contribuyó a fundar la sociedad mercantil Solozábal Campo y Cía. (dedicada a la exportación de los derivados de la caña) así como la Empresa de Vapores por la Costa del Sur de Cuba. Desde Cienfuegos, Goytisolo invirtió también parte de sus caudales en la creación de la firma Sola Brothers (de Nueva York), cuyos socios eran dos hijos de Fermín de Sola Nanclares, natural de Mondragón y vecino también de Cienfuegos. Es más, las ganancias obtenidas en Cuba merced a su actividad como empresario, las quiso depositar Goytisolo también fuera de la isla, en forma de depósito en casas de banca de Filadelfia, Londres y París.

Quiero señalar, por otro lado, que el hacendado Goytisolo tuvo también relaciones con los líderes más destacados de la comunidad vasca de Cuba; especialmente con el portugalujo Manuel Calvo y con el alavés Julián Zulueta, a quien solicitó, sin éxito, que le permitiese participar en su negocio de importación de culíes chinos a la isla.

No contento con su actividad como hombre de negocios, Agustín Goytisolo acumuló además varios cargos políticos en la mayor de las Antillas, llegando a ser alcalde de Cienfuegos en 1869, es decir, a los pocos meses del estallido de la primera guerra de independencia de la isla. Y es que el hacendado lekeitiarra se situó decididamente en el lado españolista (como también hicieran, por otro lado, Zulueta o Calvo). Fue entonces, en 1870 y en plena guerra de los Diez Años, cuando Agustín Goytisolo Lezarzaburu abandonó Cuba para instalarse en la península.

No eligió instalarse en su localidad natal sino Barcelona, donde se avecindó con su mujer y con la mayoría de sus hijos. Fue en la capital catalana donde el rico lekeitiarra empezó a invertir buena parte de los caudales que había acumulado en América. No en vano, en sus cartas remitidas desde la capital catalana a Cienfuegos insistía en la frase: “Quiero más uno aquí [en Barcelona] que diez allí [en Cuba]”. La conducta inversora de Goytisolo en Cataluña merece ser caracterizada, eso sí, como rentista: se dedicó a comprar solares urbanizables, en su mayoría en el nuevo Ensanche de la capital catalana, para levantar después diversos edificios.

Pronto la familia al completo pasó a vivir en un moderno inmueble construido a sus expensas en pleno centro de la ciudad (en la actual plaza de Cataluña y en un terreno ganado a las antiguas murallas) mientras a la vez financiaban la construcción de otros ocho edificios (repartidos entre las calles Pelayo, Gravina y el señorial Paseo de Gracia). El deseo del patriarca familiar fue poder legar, a su muerte, un inmueble de varias alturas a cada uno de sus siete hijos, algo que consiguió efectivamente, llegando a convertirse (a principios de los años 1880) en el principal propietario privado de inmuebles en el Ensanche de Barcelona.

‘De donde le va bien’ No parece que Agustín Goytisolo mostrase un interés especial por sus raíces, que se hundían en aquel País Vasco del que había emigrado con 21 años, en el invierno de 1833. A sus hijos les quiso dejar claro una idea: “el hombre no debe ser sino de donde le va bien” y el lekeitiarra parece haberse sentido bien tanto en Cienfuegos, primero, como en Barcelona, después. Tal vez su desapego respecto a Lekeitio tuvo que ver con su condición de hijo natural, como apuntó en su día su bisnieto, el escritor Juan Goytisolo Gay. No consta, de hecho, que hiciese ningún viaje a su tierra natal, una vez hubo regresado de Cuba. Consta, eso sí, que era suscriptor de La Unión Vasco-Navarra, un periódico de Bilbao de orientación fuerista. Sus hijos e hijas se casaron en Cataluña, de manera que su descendencia acabó siendo mayoritariamente catalana. Su hijo Antonio Goytisolo Digat (abuelo paterno de los escritores) se casó, por ejemplo, en Barcelona con Catalina Taltavull Victory, hija de un hacendado de Cienfuegos de origen menorquín mientras que su hija Luisa hizo lo propio con Juan Ferrer-Vidal Soler (hermano del cofundador y primer presidente de La Caixa); su otra hija Josefa se casó, a su vez, con Leopoldo Gil Llopart (sobrino de Pablo Gil Serra, cuya fortuna hizo posible la construcción del barcelonés Hospital de San Pablo) y la mayor de sus hijas, Fermina Goytisolo Digat, se acabó casando en segundas nupcias con José Oriol de Sentmenat y Despujol (de la muy noble, muy antigua y muy catalana casa de los marqueses de Sentmenat).

Son buenas muestras de la inserción de los Goytisolo en el seno de las buenas familias de Barcelona. Valga señalar, a modo de curiosidad y de conclusión, que la nieta mayor de Agustín Goytisolo Lezarzaburu, María Plana Goytisolo, acabaría siendo íntima amiga del pintor valenciano Joaquín Sorolla, quien le pintó, al menos, un precioso retrato en 1906, veinte años después de la muerte del patriarca

El sueño del secretario de los Milicianos Socialistas

El padre del actual portavoz del Grupo Socialista en el Parlamento vasco desea que, del mismo modo que van a devolver los restos de Franco a su familia, entreguen los de los republicanos del Valle de los Caídos a las suyas.

Un reportaje de Iban Gorriti

Cuando la ocasión bien lo merece, el ortuellarra José María Pastor apaña un llavero que conserva con mimo y lo cuelga de su pechera como la mejor de las distinciones. La insignia luce tres colores: rojo, amarillo y morado, es decir, la legítima republicana española, y sobre ellos una leyenda: Milicianos socialistas.

Es el padre de José Antonio Pastor -actual portavoz del Grupo Socialista en el Parlamento Vasco-, y también el secretario de una asociación memorialista que llegó a tener 70 miembros, la de esos milicianos socialistas vascos que muestra con orgullo.

José Mari Pastor nunca falla en el homenaje anual de Artxanda a los gudaris y milicianos vascos.Fotos: Iban Gorriti
José Mari Pastor nunca falla en el homenaje anual de Artxanda a los gudaris y milicianos vascos.Fotos: Iban Gorriti

José Mari no fue miliciano, por edad, pero siempre fue -y lo es- un enamorado, un apasionado de la labor que labraron contra los golpistas de 1936 y el posterior franquismo. Fueron ejemplo para él. “Ramón Rubial se reunía con nosotros en la sede que teníamos en la calle Ercilla, actualmente ocupada por Eudel. Él fue el mejor lehendakari que ha habido. Daba todo lo que tenía y lo que fuera para que no le faltara nada a nadie. Era muy buena persona y nos ayudaba”, enfatiza Pastor senior, nacido en 25 de febrero de 1933 en Villasayas, minúsculo municipio soriano que a día de hoy no supera los 70 habitantes.

Mayúsculo, sin embargo, ha sido el trabajo que ha ejercido en la asociación de milicianos vascos. Y mayúscula también es su respuesta a la afirmación del periodista y profesor de la Universidad Juan Carlos I, Francisco Marhuenda, que aseveró en el programa televisivo La Sexta Noche que “no hubo socialistas luchando en la Guerra Civil; eran todos comunistas”. José Mari no se calla: “¿Cómo que no los hubo? ¿Qué hostias? Algunos estarían junto con los comunistas, pero, como por todos es sabido, los socialistas también lucharon contra Franco”, subraya.

A renglón seguido, su hijo, José Antonio Pastor, toma la palabra, visiblemente dolido. “Marhuenda es un ignorante y un maledicente. Me da asco oírle hablar y lo puedes escribir con todas las letras. En la guerra hubo batallones socialistas: los hubo de la UGT, de JSU, comunistas, de CNT… ¿Y la labor que hicieron socialistas en la clandestinidad?”, zanja.

Los Pastor acentúan la labor ejemplarizante de los milicianos, quienes, según coinciden, tuvieron un protagonismo tanto en la guerra como en “los Pactos de la Moncloa de la Transición porque nunca pidieron venganza. La guerra fue espantosa para ellos y lo único que no permiten es que se rían de ellos, por ello están contentos con que se exhuma a Franco del Valle de los Caídos”, aporta José Antonio.

José Mari asiente. “¡Pedro Sánchez ha hecho muy bien al lograrlo! Que se lleven a Franco y, de paso, que las miles de familias que tienen allí a sus parientes puedan hacerse con sus restos”, sueña quien cada año no falta en junio al homenaje que se oficia en Artxanda en recuerdo de los más de 40.000 milicianos y gudaris que lo dieron todo por los principios y libertades de Euskadi: en el frente de batalla, en Ias cárceles y campos de concentración del franquismo, en el exilio, etc.

La familia de Jose Mari llegó a Euskadi de Soria en los 50. Su abuelo, un comunista, encontró trabajo en la zona minera vizcaina y no se lo pensó. Más adelante llegarían también la madre de nuestro protagonista junto a él. El padre de este socialista de 83 años falleció cuando él solo tenía tres. Murió en los días de arranque de la guerra. “Los que se autollamaron nacionales le detuvieron a mi padre por socialista, pero le dejaron en paz por estar muy enfermo de silicosis cogida en las minas. Eso sí, le requisaron los animales que tenía…”, evoca. Con seis años, un “tío medio-cura” de Soria le internó en el seminario de Sigüenza (Guadalajara). “¡Meterme allí fue matarme!”. Su hijo sonríe: “Si quieres que tu hijo no crea en Dios, métele en un colegio de curas”. Y así fue: “Fue lo peor que me ha pasado, era peor que un cuartel. Si venía nuestra familia a visitarnos lo primero que hacían era quitarnos el pan blanco… para comérselo ellos”.

José Antonio detalla que comenzó a hablarles en casa sobre la guerra cuando acabó el franquismo. “Pero siempre recuerda lo del seminario como horrible. Nunca antes quiso hablar de nada, quizás por miedo, para salvaguardar a su familia”.

Entonces se afilió al PSE y fue delegado sindical en General Eléctrica, con planta en Galindo. Perdió su empleo por una huelga que protagonizó y por la que el régimen franquista le acabó deteniendo. Continuaría su trayectoria como mecánico en Renault y en Citroën, firma de automóviles en la que se jubiló.

Continuó como el miembro más joven de la asociación Milicianos Socialistas. “Nosotros, con otras personas como el gudari Moreno de Portugalete, fuimos los promotores del monumento de La Huella de Artxanda y el acto de homenaje”, subraya quien también conoció a Dolores Ibarruri, la Pasionaria. “Dolores venía a darnos charlas a la General Eléctrica. Era una mujer con la que se podía tratar, pero Rubial era más bella persona en todos los sentidos”.

Red Álava, sobiersolidaridad y espionaje

Cuatro mujeres pusieron en marcha en 1937 el servicio de información que lideró Luis Álava y que recopiló valiosa información para el Gobierno vasco en el exilio. La toma de París por los nazis desencadenó la caída de la Red Álava.

Un reportaje de Iñaki Goiogana

EN junio de 1940, cuando las tropas alemanas entraron en París, no solo cayó Francia en manos nazis. A la vez que se entregaba una de las dos potencias democráticas -la otra era el Reino Unido-, el Gobierno vasco se vio obligado a cerrar su sede parisina y a huir. En esta fuga precipitada se cometieron numerosos errores, pero ninguno como el abandono en la misma Delegación del archivo del organismo vasco. El archivo, para más inri, se abandonó además perfectamente embalado y con el contenido inventariado. Los policías nazis alemanes y falangistas españoles que entraron en la Delegación vasca y se encontraron con semejante regalo debieron pensar que su buena suerte no tenía fin.

Tere Verdes, Itziar Mugika, Bittori Etxeberria y Delia Lauroba conformaron la base de la Red Álava.
Tere Verdes, Itziar Mugika, Bittori Etxeberria y Delia Lauroba conformaron la base de la Red Álava.

En este depósito de documentación, en la primera caja, se encontraba la correspondencia del lehendakari José Antonio Aguirre con José María Lasarte, diputado guipuzcoano y responsable de Villa Mimosas, nombre del chalé bayonés donde se hallaban radicados los Servicios Vascos de Información y Propaganda, denominados también los Servicios. Así mismo, entre esta copiosa correspondencia entre Mimosas y la Delegación parisina se hallaban numerosos informes de inteligencia obtenidos y redactados por estos mismos Servicios. Fruto de este descuido y de las facilidades dadas por los alemanes para incautarse de la sede vasca en París, la policía franquista pudo hacerse con gran parte de lo logrado en materia de inteligencia por los vascos desde el inicio de la guerra.

De entre los papeles hallados en la sede vasca de París destacaba sin duda un informe titulado Servicio Interior y fechado el 15 de marzo de 1939. Se trataba de un escrito donde se detallaban las labores realizadas por los Servicios desde mediados de 1937 hasta la fecha de redacción del informe. En él se relataban minuciosamente los trabajos realizados y, lo que era peor, la estructura interna y los agentes que lo formaban con suficientes datos como para que la policía los pudiera reconocer y detener sin mayor dificultad. Una verdadera confesión, tan verdadera como exacta.

No por ello se dio prisa la policía española en deshacer la organización. Las detenciones, en número de 28, no se efectuaron hasta los días 2 y 3 de enero de 1941. Eso sí, cuando se produjeron cayó toda la red, la que con el tiempo se conocería como la Red Álava, denominada con este nombre por el apellido de su máximo responsable, el gasteiztarra Luis Álava Sautu. Pero, si bien Luis Álava fue su jefe, la red había sido obra de cuatro mujeres; Bittori Etxeberria, Itziar Mujika, Delia Lauroba y Tere Verdes.

Bittori Etxeberria, baztandarra de Elizondo, implicada durante los años republicanos en todas las actividades nacionalistas de su localidad y que iniciada la guerra fue por ello deportada, fue la primera en decir que sí a la petición que José Mari Lasarte le hizo para colaborar con los Servicios. Corría el mes de septiembre de 1937, semanas antes el Ejército vasco se había rendido en Santoña y el Gobierno vasco carecía de noticias de cómo había sido el denominado Pacto de Santoña, no había comunicación entre los dirigentes que se hallaban presos y los que se encontraban en el exilio y corrían insistentes rumores sobre los juicios a los que estaban siendo sometidos los prisioneros. Al Gobierno vasco le urgía contactar con las cárceles para preparar una acción de defensa de los gudaris presos y que estaban siendo condenados a muerte.

Los contactos Bittori Etxeberria, como baztandarra tenía medios para cruzar la muga, como lo había hecho desde que volviera del destierro poniendo a salvo a numerosos perseguidos poniéndolos a salvo, y presentarse en Villa Mimosas. En la sede de los Servicios, Lasarte le habló de Itziar Mujika, donostiarra, antigua militante de Emakume Abertzale Batza con hermanos encarcelados y en el exilio, pariente de los hermanos Agesta, miembros a su vez de los Servicios vascos. Itziar había tenido algún contacto con Villa Mimosas en su sede aprovechando sus visitas a Iparralde por motivos laborales. Itziar era sombrerera y cruzaba la muga con su pasaporte en regla para acercarse a clientes y tiendas de la Costa Vasca peninsular.

A su vez, Itziar conocía a Delia Lauroba, también donostiarra y también con familiares presos. En su caso el prisionero era su marido Joxe Azurmendi, comandante de gudaris internado en El Dueso, el penal donde se hallaban los directivos vascos encarcelados. Ella fue, en sus visitas a su marido, la que obró la proeza de cruzar el cerco militar y enlazar las cárceles con París. Primero en El Dueso y, más tarde, en Larrinaga, Bilbao, a donde fue trasladado Joxe. Delia no cejó en su labor de visitar las prisiones ni siquiera después de que su marido fuera fusilado en mayo de 1938 como venganza a la gran fuga de la cárcel de San Cristóbal del monte Ezkaba, cerca de Iruñea. Delia comunicó a sus compañeras que su presencia en las cárceles era más necesaria que nunca. Este gesto de entrega no pasó desapercibido para los presos que colaboraron con ella y la red más si cabe que con anterioridad. Este contacto directo de Delia con las cárceles puso a la donostiarra en relación con Tere Verdes, hermana de José Verdes, también preso.

Esta red de cuatro mujeres iniciada como grupo de asistencia a los presos -las condiciones carcelarias de por sí malas se habían convertido en insufribles por el hacinamiento, la falta de comida y las carencias higiénicas y a ellas y a numerosas más hermanas, novias, mujeres o madres correspondió llevarles ropa limpia, alimentos o medicinas-, bien pronto, como queda dicho, adoptó también el papel de correo. En esta labor, la información que se intercambiaba iba desde la correspondencia entre los presos y el interior hasta el cambio de información entre los dirigentes pasando por noticias procesales de los internos. Poner en conocimiento del Gobierno vasco sentencias de pena de muerte u otras informaciones de interés y que el ejecutivo vasco pudiera hacer llegar a instancias internacionales con garantías de verosimilitud podían hacer que estas autoridades internacionales intercedieran ante Franco y se salvaran vidas humanas en juego.

Esta red hizo bastante más que asistir a los presos. El Gobierno vasco en el exilio, expulsado de su territorio pero no por ello desplazado de sus funciones, necesitaba hacerse valer ante las autoridades republicanas y extranjeras. Ante las primeras mientras duró la guerra y ante las segundas también cuando la guerra civil concluyó y la España de Franco pasó a ser la avanzadilla sur de las potencias del Eje. Villa Mimosas solicitó a la Red Álava que informara también sobre aspectos sociales, económicos, militares y de otra índole que sirvieran a las potencias democráticas. De esta manera el Gobierno vasco llegó a colaborar con los Servicios Secretos franceses a la vez que debilitaba a Franco.

Tal vez esto explique la redacción del informe hallado en París y otro que también se incorporó al sumario que se incoó a los encausados y que trata también de la labor que realizaban los Servicios, pero en su conjunto, los del interior y los radicados en Villa Mimosas. El Gobierno vasco estaba intentando ofrecer sus servicios de inteligencia y propaganda a los ingleses y franceses, pero a otras instancias diferentes a los servicios de espionaje de estos países.

En Nafarroa Curiosamente, el territorio donde más se extendió la red fue en Nafarroa, donde el nacionalismo era más débil y siguiendo con la paradoja en el territorio más abertzale, Bizkaia, la Red tuvo muchas dificultades para extenderse. Por su parte, en Araba su desarrollo fue desigual aunque contó con Luis Álava, responsable máximo de la organización interior y asiduo informador. Gipuzkoa, de donde eran Delia Lauroba y Itziar Mujika dos de las principales miembros de la organización, llegó a contar con una extensa red de informadores y colaboradores, reclutados la mayoría por Itziar Mujika.

Guipuzcoanos eran 9 de los 21 que finalmente fueron procesados. Así, además de Itziar Mujika y Delia Lauroba, pertenecieron a la Red Álava en Gipuzkoa Francisco Lasa Arabaolaza, Iñaki Barriola, Rafael Gómez Jauregi, Celestino Olaizola, Luis Cánovas Luengo, José Etxeberria Artola e Inocencio Tolaretxipi Ikuza. Pequeños industriales, empleados, un médico, un sacerdote…, afiliados o simpatizantes nacionalistas del PNV y de ANV, militantes de ELA… Salvo Barriola, perteneciente a una familia de peso en el PNV anterior a la guerra y que su reclutamiento parece que fue sugerido desde Mimosas y aceptado tras insistirse en ello, el resto fueron captados por Itziar Mujika y Delia Lauroba entre sus conocidos. Informaron, como se ha dicho, sobre las cáceles, pero también sobre movimientos de barcos, de tropas, sobre fortificaciones militares, maniobras militares, armamento, sobre la represión franquista… Mucha de la información que hicieron llegar a Mimosas es consultable en los boletines que los Servicios elaboraban y que se hallan encuadernados en más de 20 volúmenes.

Los 21 procesados por su pertenencia a la red fueron juzgados en dos instancias. En el primer consejo de guerra celebrado el 3 de julio de 1941, 19 de ellos fueron condenados a muerte, uno a 12 años y uno fue absuelto. El disentimiento de la sentencia trajo un nuevo consejo de guerra que se celebró el 18 de septiembre de 1942. En la sentencia del juicio la pena de muerte se reservó para Luis Álava, siendo el resto condenados a 30 años seis de los encausados, a 25 años siete de los encausados, y los seis restantes fueron condenados a 20 años de cárcel. La condena a muerte de Luis Álava se consumó en Madrid el 6 de mayo de 1943.

Los condenados a penas de prisión fueron abandonando las cárceles a partir de 1944, cuando Franco sintió la necesidad de vaciar los presidios ante la segura victoria aliada en la II Guerra Mundial.

Afortunadamente, la Red Álava ha tenido quien escriba su historia. Historiadores como Juan Carlos Jiménez de Aberasturi, Josu Chueca, Fernando Mikelarena o periodistas como Eugenio Ibarzabal han escrito ampliamente sobre la Red Álava, Iñaki Barriola nos dejó un libro sobre los años vividos en la cárcel. Sin embargo, quedaban elementos tan importantes en esta historia como conocer la literalidad del informe del Servicio Interior o la totalidad del sumario incoado para el procesamiento de los encausados. Esto y mucho más se puede ver en la exposición que abierta en el Centro Cultural Aiete de Donostia desde el pasado día 6 y hasta el 26 y en un libro de próxima aparición que incluirá biografías de todos los miembros de la Red Álava además de otros artículos relacionados con la historia de la Red Álava.

Es de justicia y de reconocimiento traer la memoria exacta de aquellas mujeres y hombres que poniendo en juego sus vidas -a Luis Álava se la arrebataron y a otros les salvó la campana- y su libertad -todos ellos padecieron años de prisión- lo dieron todo para que pudiéramos disfrutar algún día la libertad.