La comunidad de navarros en el Perú de comienzos del siglo XVII

‘Teníamos tanta amistad que dudo jamás se a bisto en el mundo cosa semejante y ansí todo el mundo nos tenía por hermanos’. Pedro de Abaurrea definía así, en carta desde Cuzco (1609), la realidad entre navarros en Perú en el S. XVII

Un reportaje de Mikel Aramburu-Zudaire

EL tema general de la emigración vasca a América sigue manteniendo un vivo interés en la actualidad no solo historiográfico sino también social en torno a las más recientes y denominadas diásporas vascas. Creo no es para menos por lo que ha supuesto este fenómeno migratorio en la historia y la sociedad de nuestros territorios a lo largo de más de cinco siglos. Navarra, como el resto de Vasconia, ha sido tierra de emigración al Nuevo Mundo desde los albores de la llamada Edad Moderna, allá por los primeros años del siglo XVI, fenómeno que ha durado de modo significativo, al menos, hasta la década de 1960.

Un aspecto que quiero destacar en todo el proceso estudiado, es lo que Douglass y Bilbao, en su libro referencial Amerikanuak, calificaron como la “conciencia étnica de grupo originario” y especialistas actuales llaman, sin más, “la etnicidad de los vascos”. En nuestro caso se trata del sentimiento de pertenencia, entre los paisanos de la época, a la “patria y reyno de Nabarra”, más acentuado si cabe con la distancia de la tierra de origen. Esta conciencia de navarridad o navarreness no solía estar reñida con otra superior de fraternidad vasca, de “gran familia” o “familia mayor vascongada” que escribiera Caro Baroja en su libro ya clásico sobre la hora navarra del XVIII, salvando matizaciones y en su contexto. Dicha etnicidad se manifiesta, entre otras expresiones, en la fundación de congregaciones “nacionales”, en nuestro caso de “nación nauarro” o de naturales de la “nación de Nauarra” como leemos en las fuentes y con el sentido de la época diferente al actual, o asimismo en la constitución de hermandades o cofradías con devociones propias a lo largo del continente americano, particularmente bajo la advocación de la Virgen de Arantzazu, estas sí abiertas a toda la comunidad vasconavarra. Para el estudio de este aspecto y de otros muchos, un ejemplo singular de mi investigación es el caso del pamplonés Pedro de Abaurrea y su entorno de paisanos, hasta veinte, con quienes se comunica y de los que da alguna noticia en una valiosa carta escrita desde Cuzco el 15 de marzo de 1609. Residentes todos en el Perú virreinal al inicio del siglo XVII, varios de ellos proceden de familias nobles navarras, un buen número son clérigos y religiosos y en conjunto la mayoría forman parte de la élite de la sociedad colonial.

Pedro de Abaurrea había nacido en la capital navarra, seguramente en la década de 1570, fruto de la relación extramarital entre el mercader Sancho de Abaurrea y una soltera de Azpeitia de nombre desconocido, aunque siempre fue criado y tenido por hijo en la casa familiar paterna, incluso siendo el más querido del padre, según testimonios. Es muy probable, aunque de él no he encontrado el registro, que pasara a América en compañía de su amigo el sacerdote Francisco López de Zúñiga, hijo del palacio de Oco (Valdega), apuntado oficialmente en el Catálogo de Pasajeros en 1593. Abaurrea lamenta primeramente en su escrito epistolar que no sabe nada de su ciudad de origen “muchos años ha”, ni cartas ni personas que le hayan dado razón. Es la soledad del remoto emigrante y una comunicación tan a largo plazo, pero relativamente frecuente, que hoy resulta increíble cómo fue posible teniendo en cuenta además la esperanza de vida mucho más corta que la actual. A continuación empieza la narración de sus avatares vitales y cómo se había mudado a Lima, hacía más de ocho años, por persuasión de dos grandes amigos del alma -como “caros y amados hermanos” se tenían-, el citado presbítero López de Zúñiga, y otro pamplonés de nombre Francisco de Sotes, de quienes anuncia sus fallecimientos recientes. Según Abaurrea, Sotes “hera la honra de todos los de esa patria” y, aunque era contador de fábrica de la catedral de Cuzco, a quien sustituye el mismo Abaurrea, este confiesa murió muy pobre dejando varios hijos naturales habidos con una indígena. Como no hizo testamento, “cada uno prueba en esta tierra lo que se le antoja”, por lo que no les alcanzará casi nada a los niños huérfanos. Ante esta situación, Abaurrea se ha quedado a socorrerles como si fueran hijos propios y anda en pleitos para ver si saca algo para ellos.

‘Hablando basquençe’ De un tercer amigo íntimo, difunto a causa de “dolor de costado” o de “vena que se le quebró dentro del cuerpo” como a Sotes, también da cumplida cuenta. Se trata de Pedro de Mutiloa y Garro, canónigo racionero de la catedral cuzqueña, edificio que estuvo en construcción, desde 1560, durante más de cien años. Mutiloa era hijo de los señores del palacio de Subiza (cendea de Galar) y se registra de pasajero en 1601 junto, al menos, dos acompañantes navarros: Miguel de Zeruco, natural de Puente la Reina, y Pedro de Oteiza, de Esquiroz (cendea de Galar). Con Mutiloa estuvo Abaurrea el día en que murió “y siempre ablando basquençe y de la manera que auía de azer su testamento por la mañana y todo esto porque no quería que cierta persona que estaba delante lo entendiera”. Aun siendo muy escasos y no siempre con un interés precisamente de preservar el idioma, como vemos, hay otros testimonios del uso hablado del euskera entre los navarros en Indias, que de paso señalan la extensión que tenía el idioma vasco en Navarra en aquellos siglos. Asimismo quedan restos escritos de algunas palabras o términos sueltos como un apodo, bizar gorria Echarricoa (el barbarroja de Etxarri, valle de Larraun), un saludo como agur o un topónimo como Sisur Nagusia (Zizur Mayor). Sí que hay un claro interés y preocupación por mantener o recuperar la lengua en el caso de Martín de Artadia, del valle de Bertizarana, quien escribe en 1652 desde Veracruz (México) a su hermana, que quisiera enviar a su hijo Miguel, niño aún, “para que se críe al abrigo y amparo de vm. y aprienda las costumbres de por allá y sepa hablar basquence”.

Abaurrea expone su memoria o relación de vivos y muertos para dar cuenta a los familiares y parientes de Navarra y animarles a escribir “que Dios saue lo que deseamos ber cartas de esa dulce patria”. Además de los tres amigos citados, en dicha relación menciona, entre los fallecidos, al pamplonés Gracián de Noain, en los Andes del Cuzco, “pobre mucho” y que dejó unos “hijuelos” (hijos naturales), y a Pedro de Oreitia, nacido en Sangüesa y pasajero también de 1593, que fue escribano real y estuvo casado sin hijos, muerto en Cuzco y enterrado en la iglesia de San Francisco, dejando de herencia a su mujer unos 10.000 pesos de a 8. Y de los quince que aún viven, la lista se compone de los siguientes nombres con su lugar de origen, residencia y ocupación principal:

• Pedro de Salinas, presbítero que fallecerá en Cuzco en 1624 con testamento; Juan de Lizoain, que ese año de 1609 había salido de casa de Abaurrea hacia Charcas con un fiscal y desde cuya ciudad de La Paz le ha escrito; el clérigo Martín de Legasa en la provincia de Arequipa; Martín Martínez de las Casas, que fue cirujano y después había ingresado de franciscano en La Plata dejando sus bienes a un primo del que Abaurrea no sabe el nombre; Martín de Santesteban, que pasa a América en 1597 y reside en las nuevas minas de Oruro (actual Bolivia) junto a dos “camaradas” paisanos que mencionamos a continuación, y por último el también franciscano fray Juan de Aldaz, todos ellos de Pamplona.

• Martín de Urrutia y Agustín de Tirapu, ambos de Puente la Reina. El primero está casado y con hijos en Cuzco, y el segundo es autor también de una interesante carta escrita desde Potosí en 1603 y recogida en mi tesis, donde aporta la cifra “de más de 8 nauarros que ay en esta villa”. En 1609 se encontraba en las minas de Oruro como “camarada” del citado Martín de Santesteban.

• Juan de Oronoz, clérigo de Obanos que piensa volver el año siguiente a Navarra y cuyo hermano había muerto en Quito.

• Pedro de Lumbier, de Sangüesa, autor de otra preciosa carta escrita desde Lima en 1597, que recojo asimismo en mi tesis. Había llegado procedente de Nueva España “a donde andube vagando dos años”. En 1609 se hallaba en Huancavelica como contador real por merced del virrey Luis de Velasco.

• Juan de Bergara, de Burguete, registrado de pasajero en 1595, que es el otro “camarada”, en las minas de Oruro, de Martín de Santesteban y Agustín de Tirapu.

• Antonio de Guevara, hijo del señor de Viguria (Gesalatz), en Cuzco.

• Juan de Mendico, de Estella, que iba a Potosí con su ganado cargado de coca.

• Fray Pedro de Eztala, de Peralta, franciscano lego en Cuzco.

• Miguel Navarro, clérigo de Barasoain y en los “Andes grandes” donde compró una chácara de coca. Abaurrea vivía en Cuzco con casa propia, a pesar del “temple desabrido” de la ciudad, pero parece que su oficio de contador se lo había concedido el nuevo virrey a un criado suyo, aunque éste no lo aceptó, y así las cosas, reconoce que no se puede mover de momento de la ciudad y además por otra poderosa razón en aquel contexto: anda con otros amigos en el descubrimiento de cierto yacimiento de oro y minas de plata y no lo puede abandonar hasta que sepa lo que hay. En todo caso, reitera un sentir común entre los paisanos: “en breue podremos yr a Nabarra que ya las Yndias están peor que Castilla, que ay más hombres perdidos y vagamundos que en toda España ni Francia”. Condición universal de todo emigrante que se mueve siempre entre la nostalgia y el anhelo de regresar a la tierra que le vio nacer y el apego por distintas razones al nuevo lugar de acogida en la búsqueda de una vida mejor a pesar de las decepciones y sinsabores que el destino suele acarrear.

Finalmente, no nos consta dónde y cuándo muere Abaurrea ni tampoco disponemos, si lo hay, del testamento. Sólo daré un apunte más de su humanidad en una época de omnipresente mentalidad religiosa -otra cuestión a seguir investigando- cuando él mismo manifiesta sus temores existenciales pues, a causa de la muerte de sus amigos, “estoy todo cano en la caueça y barba que si me viesen no me conocerían y ansí se espantan todos los que me conocen, y plegue a Dios que no me cueste la vida, hordénelo todo el Señor como más convenga para su sancto seruicio, amén”. Contaría en ese momento, como se puede calcular por lo ya dicho, unos 40 años de edad. Para concluir, he de señalar que un más profundo estudio de la abundante documentación existente, a un lado y otro del océano, podrá revelar muchos más detalles, mucho más colorido, mucha más vida, de esta red fraternal y solidaria, aglutinada en torno a la figura de Pedro de Abaurrea -“conocido en todo el Pirú” donde le hacen “en todas partes mucha merced”-, pero también de otras redes que se formaron a lo largo del Nuevo Mundo y en distintos momentos históricos, verdaderas comunidades de compatriotas navarros con conciencia de su identidad y, a partir de ésta, compartiendo intereses sociales y económicos.

Del exilio en Hendaia al Archivo de Salamanca

La familia de Miguel Segurajáuregui Olalde entregó hace diez años al centro los documentos de la República que llevó consigo y custodió en Lapurdi .

Un reportaje de Iban Gorriti

Se cumplen en estos días 10 años de la donación al Archivo de Salamanca del Archivo del Consulado de España durante la II República que el miliciano socialista, a la postre comunista, Miguel Segurajáuregui Olalde custodió en Hendaia durante la Guerra Civil. Fue una actitud ejemplar y su familia siempre quiso materializar el deseo de aquel miliciano de entregar los documentos al Ministerio correspondiente.

Documento con el que el Servicio de Migración de México le permitió la entrada y residencia en el país por un periodo de un año, prorrogable. Fotos: Familia Segurajáuregui

“Cuando entregamos el archivo de nuestro padre en Salamanca nos movía también el pensar en cuántos como nosotros buscaban recuperar la historia familiar. Ha sido difícil encontrar información de la nuestra, tal vez porque no sabemos dónde buscar”, aportan Manoli y Juanjo, hijos del cónsul republicano exiliado, que residen en Morelia, Michoacán (México).

La visita al archivo salmantino les sirvió al mismo tiempo para obtener más documentos personales de su familia. “Rescaté cartas personales de mi padre que fueron confiscadas. Fue en el periodo en que tuvo que exiliarse a la URSS después de lograr huir de una cárcel de Pamplona, donde fue encarcelado por la Revuelta de Octubre de 1934”, resume Manoli a este medio.

Las credenciales informan de que Miguel nació en Bilbao y tuvo su domicilio en el portal 14 de Castaños. Llegó al mundo como hijo de Gabriela Olalde y Juan José Segurajáuregui el 29 de septiembre de 1902. De profesión, en unos documentos aparece “comercio” y en otros “técnico electricista”.

Casi un año después del comienzo de la guerra tras el fallido golpe de Estado de militares españoles en julio de 1936, el 7 de mayo de 1937 fue “propuesto por las Organizaciones antifascistas de Euzkadi para el cargo de Comisario delegado de Guerra de Brigada”, según dicta un documento aportado por la Sociedad de Ciencias Aranzadi.

El 20 de diciembre de 1938, el bilbaíno recibió su pasaporte diplomático que le acreditaba como cónsul de España en Hendaia para Europa. Se validó en Barcelona con el visto bueno del presidente de la República. El 1 de febrero de 1939 se ampliaron los efectos del pasaporte “para todos los países del mundo”.

El 2 de noviembre de 1940, el Servicio de Migración de México le permite el ingreso en el país azteca por un año, prorrogable eso sí, así como la residencia en la capital de esta república americana. El carnet, con dos fotos, una de frente y otra de perfil derecho, indica que fue Indalecio Prieto quien dio referencias positivas sobre su persona, que medía 1,68 metros, era de constitución fuerte, tenía pelo castaño y ojos “café” y una “cicatriz en el lado derecho de la frente”. También detalla que llegó al otro lado del Atlántico junto a su “hermana y sobrino”.

Ley de Memoria Histórica “Mi padre fue miliciano y cónsul de la II República en Hendaia entre 1838 y 1939. Llega a México en octubre de 1940 y muere aquí en 1952”, confirma Manoli. La Fundación Pablo Iglesias le recuerda como miembro de la UGT y afiliado al PSOE en el País Vasco. Durante la Guerra Civil fue comandante intendente de la Plana Mayor del Batallón 7º de la UGT, llamado Asturias (47º de Euskadi) y desde abril de 1937 comisario político de la unidad.

El Batallón 7º de la UGT, Asturias o 47º del Euzkadiko Gudarostea lo mandaba, según investigación de Francisco Manuel Vargas Alonso, el comandante Rogelio Castilla Alcalde, secundado por el intendente Miguel Segurajáuregui Olalde. Martín Sola López era teniente ayudante. “Todos ellos se vieron, como el resto de la oficialidad, al frente de una unidad de Milicias que ejemplifica lo que la guerra, con su crueldad, significa en cuanto a ejercicio de la violencia”, valoraba Vargas Alonso en su tesis doctoral titulada Milicianos. Las bases sociales del Frente Popular en Euskadi y la defensa de la República.

La Fundación Pablo Iglesias agrega que Segurajáuregui fue después cónsul de España en Hendaia (Lapurdi) y pasó a militar en el Partido Comunista de España. Exiliado en Caracas (Venezuela), se trasladó a México en octubre de 1940 y trabajó como agente de la Compañía de Seguros Anhauac.

“Poco más sabemos”, lamenta Manoli, y agrega que “lo que puedo decir es que salió de Francia con todo el Archivo del Consulado. Mi madre siempre nos dijo que ese archivo debía regresar a España. Y así fue. Con la publicación de la Ley de Memoria Histórica, en 2009 lo entregamos al Archivo de la Guerra Civil de Salamanca”.

Interno en Gurs Y no fue el único antifranquista de la familia bilbaína. Su hermano mayor Luciano, marino mercante, estuvo interno en Gurs y logró llegar a México antes que Miguel, “pero regresó a Francia dispuesto a luchar contra los nazis. Murió en Holanda según un recorte que conservo de un periódico del PC”, señala Manoli.

La hija del cónsul estima que los registros de nacimiento de su padre y de su tío Luciano “los hicieron desaparecer porque logré obtener el acta de matrimonio de mi abuelo Juan José, que se casó en Araotz y el caserío donde vivió existe y ha quedado en la familia ampliada. Tampoco queda claro cuál es la línea familiar con ellos”, valora esta hija de exiliados vascos.

Manoli consiguió asimismo el registro de nacimiento de la hermana mayor Luisa, también miembro de la UGT. “No lo encontré de la hermana más pequeña, Presentación. Menciono a esas dos hermanas porque también llegaron exiliadas a México; Luisa y Luciano con un sobrino de 9 años llegan primero y Presen y mi padre después”, explica quien antes de entregar los originales al Archivo de Salamanca hizo copias para guardar en su hogar, en su hoy ya memoria colectiva.

El frío regreso de la URSS a Santurtzi

Los niños de la guerra exiliados a Rusia testimonian en el documental ‘Huérfanos del olvido’ el trauma de volver a un país distinto al que soñaban. “Costó mucho”, afirman .

Un reportaje de Iban Gorriti

EL regreso a Euskadi de aquellas personas que fueron exiliadas durante la guerra de 1936 fue un trauma que muchas aún no han superado. Es el caso de las protagonistas del nuevo documental Huérfanos del olvido, del realizador burgalés Lino Varela, quien recoge testimonios vivos y desgarradores de mujeres y hombres del Estado que fueron evacuados a la URSS en barcos como El Habana.

Palabras directas de su corazón a la boca, enfatizan que cuando volvieron no se encontraron el país que esperaban, aquella patria de la que les hablaban. No existía. Era un Estado totalmente distinto y de hecho, matizan algunas, aguantaron por sus familias. “Fue dura la adaptación” o “costó mucho”, señalan.

Niños exiliados a Rusia en 1937 en una imagen del documental ‘Huérfanos del olvido’, del realizador Lino Varela.Foto: Archivo Guerra y Auxilio

Una de ellas es Vitori Iglesias Martínez, de Santurtzi, actualmente de jóvenes 87 años. “Yo llegué 20 años después y me dijeron que aquella era mi madre. No sentí nada. Yo no la reconocía. Ni amor ni cariño. Nada”, detalla a este medio. De hecho, en el transcurso de la película se derrumba -“soy muy llorona”, advierte- y atestigua que “nos querían cuando estábamos lejos. Cuando estábamos cerca ya no nos querían”.

Iglesias zarpó de su villa marinera junto a su hermano, Francisco. Este último acabó luchando junto al ejército ruso contra los alemanes en el cerco nazi de Leningrado, episodio del que se han cumplido 75 años a finales de enero. “Hemos estado en San Petersburgo, nos invitaron y hasta Putin estuvo en el acto de conmemoración”, agradece.

Pero volvamos al puerto de Santurtzi. 1937. Fueron unos 3.000 niños y niñas los que desde diferentes puntos del Mediterráneo y del Cantábrico acabaron atracando en la Unión Soviética, en una acción solidaria que trataba de apartar a los menores de los frentes de batalla, de salvarlos de los horrores de una guerra en la que, por primera vez en la Historia la retaguardia, las ciudades alejadas de los frentes y la población civil habían acabado siendo objetivos militares -luego se reprodujo una situación parecida por activa y por pasiva durante la Segunda Guerra Mundial-.

De este modo lo detalla Pelai Pagès i Blanch, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Barcelona: “Los niños y niñas siempre eran las víctimas inocentes de la guerra y en el caso de la guerra civil no faltan episodios dramáticos de niños muertos en injustos bombardeos protagonizados por la aviación fascista. De los casi 33.000 niños que fueron acogidos en diferentes países de Europa y México para salvarlos de los horrores de la guerra, casi el 10% llegó a una Rusia pletórica en demostrar su solidaridad con la España republicana”.

Estreno en Moscú Vitori, nacida el 12 de febrero de 1932, recuerda que a su salida de Santurtzi les bombardeaban desde el aire. Llegaron a Francia y allí subieron al vapor galo Sontai. “El viaje duró como una semana”. A sus cinco años, les dijeron que estarían fueran de casa “tres o cuatro meses, y fueron 20 años”, subraya la coprotagonista de Huérfanos del olvido, filme que pudo materializarse con el apoyo a la asociación Archivo Guerra y Exilio (AGE) de Madrid con motivo de un viaje a Rusia por el 80 aniversario del exilio en 2017. Una exposición de este comprometido colectivo y la película itinera estos días por el Estado. Está a falta de fecha de proyección en Euskadi, según confirma a este diario Dolores Cabra, de AGE. El director Lino Varela aporta que “la película se estrenó el pasado mes de noviembre y actualmente está en fase de explotación comercial tanto en festivales como en cines y televisión. El próximo 30 de marzo la estrenamos en Moscú”.

Llegado a suelo en paz, en un principio todo fueron alegrías y agradecimientos. Hasta que estalló la Segunda Guerra Mundial. Sufrieron un segundo exilio. “De vivir como reyes en Leningrado y Moscú”, les evacuaron por el río Volga a Saratov, a 850 kilómetros de la capital. “Del 41 al 45 fueron los peores años de mi vida. No llegaba comida, los inviernos eran durísimos. Morían algunos de los españoles”, lamenta Iglesias y va más allá: “Había hórreos con trigo, cebada, avena… pero lo primero era para el ejército. Nosotros robábamos haciendo un agujero y podíamos comer pequeños talos”.

Les faltó alimento, pero no educación. “Aún estando enfermos, venían a darnos clase a la misma cama, de la que no nos podíamos levantar por el frío que hacía”. Ella acabaría sacando el título de Técnico Agrónomo. “Se nos educó en español en todos los aspectos. De hecho, el gobierno pagaba un sueldo por estudiar, ya que lo consideraban un trabajo mental”, matiza.

Al acabar la guerra les enviaron a Moscú y se encontraron con una encrucijada para volver a casa. “Stalin dijo que solo nos devolvería cuando España fuera una república, ya que de una república habíamos llegado a la URSS. Y por el otro lado, Franco no nos quería porque nos consideraba espías. Al final, el regreso se dio por la Cruz Roja en 1956”. Entretanto, cartas las justas y a través de personas en terceros países. “Yo mandaba una carta a Francia y de allí la enviaban a casa”.

Críticas a Vox Y tocó el reencuentro. Frío. “Me fui con 5 años y volví con 25. Llegué a un mundo totalmente distinto. De hecho, ni nos daban DNI, solo una tarjeta amarilla y en la de mi hermano ponía prófugo. Fue muy dura la vuelta”. Su padre había fallecido cuatro años antes. “Murió con las ganas de volver a verme después de dos décadas de sufrimientos”, explica quien el viernes tomó parte en la manifestación por el Día internacional de las mujeres en Bilbao. “No podía faltar tal y como están las cosas. Lo de Vox es una vergüenza. Con tantas mujeres que están matando y que digan lo que dicen. A ratos quito la tele. Es indignante. Quieren llevarnos a los tiempos que sufrimos”, señala.

Las variedades del euskara y la dialectología vasca en el centenario de Euskaltzaindia

Desde su creación hace ahora cien años, Euskaltzaindia ha desarrollado una exhaustiva labor de investigación en torno a los dialectos y las variedades del euskera, recogida en el ‘Atlas dialectal general de las hablas vascas’

Un reportaje de Adolfo Arejita

Casi desde los inicios de la literatura en euskera son frecuentes las referencias a la variedad lingüística que adopta el autor al redactar su texto, siendo el caso más frecuente que cada cual escribe en su propio dialecto o variedad próxima, pero no en el registro de habla, sino en su forma literaria o culta. En el siglo XVI el bajonavarro Bernat Etxepare escribe su poesía en su dialecto (1545), así como el alavés Lazarraga en su variedad de la parte oriental de La Llanada alavesa. Durante ese mismo siglo los romances, colecciones de refranes, poesías, plegarias, que recogen Esteban de Garibay y otros escritores conocidos o anónimos, representan una variedad del vizcaino oriental, vizcaino occidental, guipuzcoano occidental, etc. Progresivamente irán emergiendo, y consolidándose, algunos de los dialectos como modelos literarios, principalmente: el labortano en el siglo XVII (Gero, de Axular), el guipuzcoano en el XVIII bajo el impulso de Larramendi, y el vizcaino a partir de finales del mismo siglo, de la mano de Moguel y Añibarro.

Mapa dialectológico del príncipe Bonaparte (1863).

Axular expone ya tempranamente el problema de la gran variedad dialectal del euskara: Badakit halaber ezin heda naitekeiela euskarako minzatze molde guztietara. Zeren anhitz moldez eta diferentki minzatzen baitira euskal herrian. Nafarroa garaian, Nafarroa beherean, Zuberoan, Laphurdin, Bizkaian, Gipuzkoan, Alaba-herrian, eta bertze anhitz lekhutan. Tradicionalmente nuestros escritores han tomado como base la variedad propia, elevándola al nivel literario. Y en este sentido, el número de variedades escritas del euskera supera al de los dialectos literarios consolidados como tales. Dentro del guipuzcoano conviven al menos dos variedades (oriental y occidental), dentro del vizcaino otras dos principales, siendo aún mayor la fragmentación en las hablas navarras.

Manuel de Larramendi, en su Diccionario Trilingüe (1745) distingue o reconoce tres dialectos literarios, así como sus continuadores (Moguel y Añibarro entre otros): el vasco (referido al labortano y variantes próximas), el guipuzcoano y el vizcaino. El dialecto navarro se presentaba más difuso, dada su mayor fragmentación en un área tan extensa: las hablas más septentrionales se asignan al vasco (labortano), las más próximas a Gipuzkoa a este dialecto, quedando la zona central (cuenca de Pamplona) y parte de meridional (por encima de Tafalla) como de dialecto específicamente navarro. La producción de Sebastian Mendiburu refleja una especie de fusión de las hablas navarras y guipuzcoanas orientales, mientras que la de Joakin de Lizarraga de Elkano, el habla de la cuenca de Pamplona.

Larramendi hace un esfuerzo en representar las tres modalidades lingüístico-literarias del euskera, tanto en su diccionario como en su gramática. Así, traduce el término viernes en tres formas dialectales, y en este orden: ostirala, orzirala, barikua; guipuzcoano (dialecto central, el suyo propio), vasco (labortano u oriental) y vizcaino (u occidental).

El ‘vuelco’ de Bonaparte Dentro del vizcaino, Moguel impulsa un modelo basado en el habla de las villas orientales del Señorío y de la zona oriental de Gipuzkoa: cuando el nombre o el participio de pretérito termina en u se añade una b al artículo: como en buru-ba, esku-ba, zuzendu-ba, okertu-ba. Estos tales acaban los nombres en ia, cuando terminan en e, y en ua, cuando en o. Neure, neuria; zeure, zeuria; maite, maitia; zoro, zorua; gaisto, gaistua. Tal es la costumbre en Markina, Lekeitio, Elorrio y sus circunferencias, y también en buena parte de la Gipuzkoa que no diste de Bizkaia sino cuatro o cinco leguas. Pero al mismo tiempo reconoce que la morfología regular empleada tradicionalmente por los escritores vizcainos resulta más simple y práctica: Yo he de confesar que es más expedito, menos embarazoso y al parecer más arreglado, cuando sin variación alguna se terminan las voces con sola la adición articular: argia, ogia, zuria, gorria, burua, eskua, zuzendua, okertua.

Es el príncipe Luis Luciano Bonaparte quien durante la segunda mitad del siglo XIX, dando un vuelco a los estudios lingüísticos precedentes, afronta la descripción de las hablas y dialectos del euskara desde el punto de vista científico. Partiendo de una amplia formación lingüística y conocimiento de diferentes lenguas, y una dedicación e interés inusitados al conocimiento de la diversidad de las hablas vascas, logra un grado de descripción más próxima y detallada de los diferentes dialectos, aplicando una metodología más moderna para la descripción lingüística. Se reunió de un selecto grupo de informantes y colaboradores que representaban las diferentes hablas, a quienes encomendaba traducciones y recogida de materiales lingüísticos de su entorno, sobre cuya base elaboró una nueva clasificación de los dialectos vascos: basándose primordialmente en la flexión verbal distingue ocho dialectos, que se subdividen en 25 subdialectos y cincuenta variedades dentro del euskera hablado en su época. Confeccionó durante la década de los 60 varios mapas clasificatorios de los dialectos, que nos dan información detallada de la extensión territorial del euskera hablado, bajo un título muy sugerente: Cart des sept provinces basques montrant la delimitation actuelle de l’Euskara, y diferenciando con diferentes colores la delimitación de cada dialecto.

Las versiones dialectales de textos previamente seleccionados -fundamentalmente fragmentos de la Biblia- que Bonaparte encomienda a sus colaboradores están a medio camino entre el lenguaje oral y la tradición escrita. Generalmente recogen formas más próximas al habla de un lugar, pero sin llegar a una transcripción fonética de lo pronunciado. Nunca se había conseguido anteriormente una producción de textos en euskara tan extensa y que representara a tantas variedades, muchas de las cuales tampoco conocían representación escrita de su habla. Ello supone un mérito y un logro muy importantes desde el punto de vista lingüístico y literario.

Resurrección María de Azkue recogerá el testigo de Bonaparte a partir de la primera década del siglo XX en el estudio de los dialectos vascos. Su Diccionario vasco-español-francés (1905-1906) en dos volúmenes recoge el repertorio lexicográfico de los siete dialectos que reconoce como tales, especificando en muchos casos la localidad de recogida del término en cuestión. Tratándose de una obra mayor -más de mil páginas de gran formato a tres columnas-, fue confeccionado por una única persona, si bien con la ayuda de numerosos informantes y recopiladores. Se trata de un diccionario dialectal, en el sentido más amplio del término. Tanto las fuentes escritas -obras literarias o repertorios lexicográficos- como las fuentes orales -informantes de todos los dialectos- que maneja el autor pretenden recoger el repertorio de voces y variantes que se usan en las diferentes zonas -regiones, comarcas, pueblos- del territorio de habla vasca. Algunas de esas hablas han desaparecido posteriormente, como las de Roncal, Baranbio o de comarcas de Araba y Nafarroa…. Bien es cierto que el autor aplica un criterio de selección lexical un tanto restrictivo, de carácter purista, discriminando muchos préstamos absolutamente naturales en el habla (ailegau, bentana, fundatu o nezesidade), a los que no reconoce validez literaria.

Poco después de crearse la Academia, Azkue, como presidente de la misma, impulsó la recogida sistemática de materiales gramaticales y lexicales mediante una encuesta confeccionada ad hoc, titulada Erizkizunde Irukoitza (Triple cuestionario). Se trata de un atlas dialectal incipiente, realizado con medios limitados y personal poco profesionalizado. Pero esfuerzo y ambición no le faltaron a don Resurrección. Y si bien los materiales recogidos en diferentes puntos del área vascófona en la década de los 20 no fueron publicados hasta sesenta años después por Euskaltzaindia (Iker-3, 1984), sus resultados han quedado para investigaciones posteriores.

Atlas Lingüístico A comienzos de la década de los 80 la propia institución académica, y bajo el impulso de Koldo Mitxelena, pone las bases para el Atlas Lingüístico de Euskal Herria, del que actualmente llevamos diez tomos publicados -el último, a presentar dentro de los programas del centenario de Euskaltzaindia, al inicio de las Jornadas Internacionales de Dialectología, el proximo día 13 en el Euskal Museoa de Bilbao-, y que ha supuesto un salto cualitativo muy importante respecto a los trabajos anteriores.

El estudio de los dialectos y variedades de habla del euskara ha sido uno de los pilares de la investigación de Euskaltzaindia, desde su creación hasta la actualidad. El primer presidente de la Academia, Resurrección María de Azkue, no habría acometido sus trabajos de recogida y sistematización de materiales lexicográficos y gramaticales, de no haber existido un precursor fundamental durante el siglo XIX, Bonarparte. Y la Academia Vasca de la posguerra no habría emprendido seguramente un plan tan ambicioso de un atlas dialectal general de las hablas vascas (Euskararen herri hizkeren atlasa), que implicaba la confección de un cuestionario de 2.857 preguntas, destinadas a recabar información en 145 puntos geográficos del área del euskara y que conllevaría la recogida de 830.000 respuestas, directas o indirectas, y supondría un total de 4.000 horas de grabación sonora de voces, frases y locuciones. La labor sistemática y exhaustiva de recogida, sistematización y elaboración de materiales de las hablas del euskara supone una infraestructura sólida y segura para la Academia, junto con los corpus de la tradición escrita, a la hora de determinar las pautas de normativización y recomendaciones para el uso correcto de la lengua vasca.

La doble pena de las presas con hijos

En 2020 se cumplirán 80 años de la apertura y posterior cierre de la cárcel franquista de Durango, en la que agonizaron menores junto a sus madres presas
Un reportaje de Iban Gorriti

Madres presas con sus hijos, algunas mujeres de Durango y autoridades locales en la entrada de la cárcel. Foto: Gerediaga Elkartea
Madres presas con sus hijos, algunas mujeres de Durango y autoridades locales en la entrada de la cárcel. Foto: Gerediaga Elkartea

ACABADA la Guerra Civil y en los primeros compases del régimen bélico de Franco, la villa de Durango recibió a las primeras mujeres presas a alojar en la cárcel habilitada en la casa colegio de las Damas de Nevers. Fueron 350. Algunas de ellas arribaron al municipio con bebés en su seno aquel 30 de diciembre de 1939. Cabe anticipar que los menores recibieron el mismo “rancho infame” que sus madres y que solo podían tomar agua durante las tres únicas horas en las que los encargados de la prisión lo permitían al día.

A ello, agregar otro dato terrorífico: una epidemia de encefalitis letárgica que se registró el año que duró abierto aquel almacén de personas sin garantías humanitarias. “Los niños que un día jugaban alegremente al siguiente empezaban a adormilarse y ya no despertaban entre los gritos desgarrados de sus madres”, le consta al responsable del Archivo Municipal del Ayuntamiento de Durango, José Ángel Orobio-Urrutia. El próximo año se cumplirán 80 años de esta barbarie.

Seis días antes de que se designara a Leonardo Tristán como alcalde franquista de la localidad tuvo lugar la llegada de las presas procedentes de la prisión de Las Ventas, en Madrid, que se encontraba saturada tras el fin de la guerra. Entre ellas, la histórica guerrillera Rosario Sánchez Dinamitera. Y mujeres embarazadas. “Alguna presa narra que su embarazo estuvo motivado porque la violaron en comisaría”, agrega el archivero. Había presas políticas, pero también prostitutas y ladronas que “compartían espacio a veces a regañadientes”.

El hoy inexistente edificio antiguo del colegio de Las Francesas -Villa María- fue cárcel durante el calendario de 1940. No se conoce con exactitud el número de presas que llegaron a estar en Durango. Algunos de los testimonios hablan de dos mil mujeres. Según relata Orobio-Urrutia, las condiciones higiénicas del convento-prisión eran pésimas. “Las presas se quejan, sobre todo, del hacinamiento, el frío y la comida escasa y de malísima calidad”, asevera. Según narra Carlos Fonseca en el libro que escribió sobre Rosario Dinamitera, “el mayor problema era el agua. La daban solo tres horas al día, que las internas aprovechaban para recogerla en todo tipo de recipientes de los que bebían, se lavaban y utilizaban en los váteres. La comida era también infame. La mayoría de los días, arroz hervido durante horas para que los granos adquiriesen más volumen y formasen una masa”.

Docenas de mujeres se veían obligadas a compartir el suelo de una misma habitación. A los tres meses de abrir, se denunciaron los primeros problemas con el saneamiento. En abril, el jefe de la prisión comunica estar a la espera de una orden de la Dirección General de Prisiones para hacer obras de saneamiento, pero en septiembre aún no se han materializado y para entonces han surgido casos de “tifoideas”.

Masa de niños y mujeres La situación de los niños y niñas era “espantosa”. Según testimonia la presa Nieves Waldemar Santisteban, “las madres estábamos separadas con nuestros hijos en una habitación que tendría 14 metros cuadrados donde había un váter estrictamente para nosotras. Durmiendo éramos una masa de niños y mujeres, lo que tenía uno, el otro lo cogía; granos, sarna, todas esas enfermedades que se contagiaban por la aglomeración en que nos tenían”. Agrega, como gran “privilegio”, que no las encerraban como a las demás reclusas y que les permitían salir al patio a coger agua y lavar a los menores.

Una orden ministerial emitida en marzo de ese año limitaba a tres años la edad máxima hasta la que las niñas y niños podían convivir con sus madres en prisión. El resto de menores debían ser entregados de forma obligada a otros familiares o ingresados en un hospicio.

Muchas de las mujeres, presas políticas, tenían a sus familiares muertos o encarcelados, la mayoría provenían de Castilla y Andalucía y no tenían a nadie con quien dejar a esos niños. Según relatan las propias presas, “la gente de Durango se portó muy bien, vinieron a hablar con el director de la cárcel y le dijeron que los niños se los llevaban a sus casas hasta que sus familias vinieran a recogerlos, y sacaron a todos los mayores de dos años”.

“Alguno incluso no había cumplido los dos años -agregan-, pero merecía la pena aprovechar la ocasión de que aquella gente buena quería ayudarnos. Los vistieron y los alimentaron muy bien. Les llevaban el día de la comunicación a ver a sus madres, hasta que poco a poco fueron desapareciendo del pueblo porque las familias o amigos venían a buscarlos”. Concluyen que “alguno quedó por aquellas tierras porque no tenían a nadie, porque la familia estaba en la cárcel y nadie había podido ir a buscarles, pero de todas formas siempre estuvieron en contacto con su madre”.

Los bebés que se quedaron con sus madres solo tenían el rancho igual que cada recluso, sin más leche, sin nada más. “Al poco tiempo se murieron dos”. Y a ello hay que agregar la citada “encefalitis letárgica”. Orobio-Urrutia ha consultado el libro de exhumaciones de la época que se guarda en el Archivo Municipal y “se encuentran seis casos de niños enterrados en la calle Santo Tomás del Cementerio, ignoro por qué razón, y en algún caso como causa del fallecimiento figura bejez”, cita.

Cierre y traslado A finales de 1940 el Estado acuerda la devolución del Convento de Nevers a sus propietarias que llevaban varios meses reclamándolo para la enseñanza, como había sido hasta julio de 1936. El cierre de la prisión de Durango en los últimos días de diciembre de 1940 obligó a trasladar a las presas a lugares cercanos a la villa, sobre todo a Orue en Amorebieta, Santander y la cárcel más conocida de Saturrarán, en Mutriku. “El año que viene se cumplirá el 80 aniversario de esta prisión. Podría ser un buen momento para volver a recordar y homenajear a aquellas luchadoras”, propone el archivero municipal.