Mercaderes, ‘banqueros’ y financieros vascos en la Edad Media

La actividad económica ligada al comercio y el transporte dieron a conocer a los vascos en la Edad Media en Europa, norte de África, Asia mediterránea y, más tarde, en América.

Un reportaje de Ernesto García Fernández

Enterramiento en la capilla de San Antón de la catedral de Santiago de Bilbao de los Arbieto, familia de comerciantes volcada en el comercio internacional a finales de la Edad Media.
Enterramiento en la capilla de San Antón de la catedral de Santiago de Bilbao de los Arbieto, familia de comerciantes volcada en el comercio internacional a finales de la Edad Media.

Recientemente se ha publicado un libro que contempla la historia de los mercaderes y financieros vascos de finales del medievo. Esta obra pone de relieve que los siglos XIII-XV fueron una etapa de florecimiento en la actual Comunidad Autónoma del País Vasco. En Araba, Gipuzkoa y Bizkaia se produjo un destacado renacer económico y social. Culpables y beneficiarios del mismo fueron en gran medida los mercaderes, banqueros, cambiadores, corredores de seguros marítimos, y financieros alaveses, guipuzcoanos y vizcainos.

Mayormente los vascos fueron conocidos en el exterior de Castilla, en Europa, en el norte de África, en la Asia mediterránea y en América debido a sus actividades económicas vinculadas al comercio y al transporte internacionales. La especialización de los habitantes de la costa vasca en la producción de barcos en los astilleros en ella diseminados, su habilidad para manejar estos medios de transporte, su conocimiento de la geografía costera atlántica y mediterránea, y sus relaciones contractuales con los intermediarios comerciales castellanos, aragoneses o genoveses hicieron de ellos una referencia clave en el ámbito del comercio internacional. Brujas, La Rochela y Londres fueron centros importantes del destino de las embarcaciones que partían de los puertos vascos. A estos lugares se portaban voluminosas cargas de sacas de lana y de hierro vasco, navarro o cántabro. Las naos y carabelas vascas traían de dichas localidades paños, cobre, obras de arte, tapicerías, etc. Lisboa fue otro puerto a donde arribaba metal vasco. La profesionalización de los vascos en torno a oficios asociados al comercio y al transporte les relanzó a la gestión de corporaciones mercantiles creadas para proteger los negocios ejecutados bajo su amparo. De hecho a lo largo del siglo XV veremos a vascos dirigiendo consulados de la corona de Castilla en Brujas, Siracusa, Valencia, Génova y Mallorca. En 1494 se creó el Consulado de Burgos. Los vascos formaron parte de dicho consulado contra su voluntad hasta la constitución del Consulado de Bilbao en 1511.

Separación de Burgos Ya antes de 1494 se habían producido intereses corporativos mercantiles entre mercaderes alaveses, guipuzcoanos y vizcainos. Las diferencias de los hombres y mujeres de negocios vascos con los mercaderes burgaleses estuvieron a punto de desembocar en la creación de un Consulado de Araba en 1498. Alaveses, guipuzcoanos y vizcainos bajo el impulso de los comerciantes de Bilbao defendieron de forma conjunta sus intereses frente a los promotores del Consulado de Burgos. Igualmente de forma separada iniciaron paralelamente conversaciones con la monarquía castellana para separarse del Consulado de Burgos. Una de estas operaciones tuvo como desenlace la autorización de los reyes para poner en marcha un Consulado de Araba. Finalmente esto no fue posible, pues vizcainos y guipuzcoanos, sin duda asimismo queriendo evitar que sus reivindicaciones frente a Burgos no se vieran debilitadas, alegaron que los alaveses ya formaban parte de su corporación preconsular. Los mercaderes de Araba se acabaron integrando en el Consulado de Bilbao en 1511 y batallaron con guipuzcoanos y vizcainos para que las decisiones adoptadas en la corporación vizcaina de Brujas, extensión del Consulado de Bilbao en Flandes, no pudieran llevarse a efecto sin que hubiera representantes de Araba en sus reuniones.

Hoy en día las cámaras de comercio vascas de Araba, Gipuzkoa y Bizkaia, han formado una organización común, cuya presidencia la ocupan bienal y rotatoriamente miembros de una u otra Cámaras territoriales. En la Edad Media hubo igualmente corporaciones de mercaderes en Araba, Gipuzkoa y Bizkaia. En Gipuzkoa y Bizkaia fueron sus exponentes las cofradías de mercaderes de Santa Catalina de San Sebastián y de Santiago de Bilbao, mientras que en Araba la corporación de mercaderes no llegó a constituirse en cofradía en Vitoria. Estas organizaciones estuvieron conectadas entre sí a causa de los lazos contraídos por motivos comerciales y en 1511 cuajaron en una organización común y con jurisdicción sobre los mercaderes de los tres territorios. Políticamente cada territorio tenía sus Juntas Generales, pero desde el plano del desarrollo del comercio internacional sus intereses acabaron confluyendo en una institución común para los tres territorios, el Consulado de Bilbao.

Los banqueros vascos no tuvieron las mismas características que los directores o presidentes de las actuales compañías bancarias. Eran propiamente mercaderes que se dedicaban a actividades de carácter bancario. Estos comerciantes del dinero no tenían edificios diferenciados de sus casas. El dinero que gestionaban no lo tenían normalmente en depósito, sino que les pertenecía. Los negocios bancarios podían establecerse en sus casas privadas, en las tabernas, en las posadas, en las plazas o en las calles. Se ocupaban principalmente de prestar el dinero acumulado proveniente de operaciones económicas llevadas a cabo en el comercio local, regional o internacional. También podían cambiar las monedas castellanas por las de otros países o reinos a donde se dirigían los castellanos que atravesaban esta zona fronteriza con Navarra y Gascuña. No hubo mercaderes de prestigio a los que sus vecinos vascos o castellanos, en uno u otro momento de su vida, no les hubieran solicitado dinero para pagar deudas o poner en marcha proyectos.

Ochoa Pérez de Salinas Este modelo de mercader banquero descrito tuvo su excepción. Hubo un banquero vasco que alcanzó una proyección notable por estar al servicio de la Corte y de los reyes de Castilla a fines del siglo XV y principios del XVI. Me refiero a Ochoa Pérez de Salinas, pariente de los Sánchez de Salinas, naturales de Vitoria. Ochoa fue un banquero al servicio de la Corte, invirtió a fines del XV altas sumas de dinero en compañías comerciales castellanas, y no siempre con resultados satisfactorios. De hecho sus decisiones económico-financieras le generaron enormes deudas. Casi todos los mercaderes banqueros vascos, por el contrario, se desenvolvieron en unos círculos económicos y territoriales mucho más limitados. A finales del siglo XV se registraron cientos de referencias de cartas de préstamo a gentes de Navarra, Araba, Gipuzkoa, Bizkaia, Burgos y La Rioja. Uno de estos mercaderes banqueros fue Juan Sánchez de Bilbao, el rico, un destacado prestamista. Este mercader internacional vendía sobre todo lana castellana y navarra en Flandes y de allí importaba principalmente paños que comercializaba con consumidores vascos, castellanos y navarros. Tenía una caja fuerte donde guardaba el dinero acumulado. Todo el mundo sabía en Vitoria y sus alrededores que si necesitaba moneda podía recibirla de este judeoconverso. Este les entregaba las cantidades demandadas a cambio de pagar unos intereses por el préstamo concedido. Ahora bien la fórmula utilizada no era la de solicitar un préstamo de dinero a devolver a unos plazos incluyendo un determinado tipo de interés. Este sistema, llamado usura, estaba prohibido por la Iglesia católica. Se utilizaban distintos subterfugios para soslayar dicha circunstancia. Los más frecuentes fueron los censos consignativos, los arrendamientos fraudulentos o la aparente venta de paños que escondía en el precio el interés. Igualmente en el País Vasco hubo personas familiarizadas con negocios específicamente relacionados con las finanzas públicas. Sobresalieron Juan Pérez de Lazárraga, Ochoa de Landa, Diego Martínez de Álava, antes de ser diputado general, el licenciado Diego Martínez de Álava, Fortún Ibáñez de Aguirre, Juan Martínez de Adurza, argentier del emperador Carlos V, Juan Sánchez de Salinas, Diego Martínez de Maeztu, Sancho Díaz de Leguizamón, Martín de Isasaga, Ochoa de Isasaga y Juan López de Recalde. Estos contaban en general con elevados medios económicos, estaban próximos a la Corte o que ejercieron de contadores de miembros de la realeza.

Gente letrada Era frecuente que los mercaderes fuera escribanos o hubieran estudiado en universidades castellanas. Algunos de ellos obtuvieron los títulos de bachiller o de licenciado en las universidades de Salamanca, Valladolid o Alcalá de Henares. En todo caso, los mercaderes, banqueros y financieros alaveses, guipuzcoanos y vizcainos eran gente letrada, sabían leer y escribir, y tenían sus propios libros de contabilidad donde anotaban con precisión las operaciones económicas de sus negocios. Sabemos que los mercaderes de San Sebastián y de Bilbao, bajo la cobertura de sus respectivos ayuntamientos, controlaban a su vez con bastante minuciosidad todo el movimiento de mercancías que salían de los puertos de estas villas. Las mercancías que salían o entraban a los puertos estaban sujetas a impuestos que recaudaban representantes de sus corporaciones. En el caso de la villa de Bilbao se nos han conservado gruesos Libros de Averías. Estos describen con detalle el volumen de las mercancías que se exportan e importan, su destino, el nombre de los dueños de las naves, el de los mercaderes que fletaban el barco y el de los factores que se hicieron cargo de las mismas a su llegada a los puertos. Las mujeres también aparecen nominadas a veces entre los mercaderes o factores. Tenemos noticias de mujeres que gestionaron negocios internacionales (Catalina de Mambrún y María Ortiz de Bermeo, vecinas de San Sebastián y Bilbao). Los Libros de Averías se hallan en procesos judiciales del Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. Fueron aportados como prueba en un pleito entre las villas de Bilbao y de Portugalete. En fin, estos apuntes y noticias pueden substanciarlas ustedes en el libro que titulado Mercaderes y financieros vascos y riojanos a fines de la Edad Media, editado el 2018 por Castilla Ediciones y que sus autores son Iago Irijoa Cortés, F. Javier Goicolea Julián y el que subscribe este reportaje.

El gudari que luchó contra el nazismo

El recién fallecido Francisco Pérez Luzarreta combatió en Francia en la Segunda Guerra Mundial con el Batallón Gernika

Iban Gorriti

Luzarreta, de modo solo queda con vida el burgalés afincado en Angelu (Lapurdi) Miguel Ángel Arroyo. No se conoce el rastro del donostiarra, residente en México Javier Brossa, también miembro del Batallón Gernika.

‘Paco’, junto al lehendakari, en un homenaje en Gernika.Foto: I. Gorriti
‘Paco’, junto al lehendakari, en un homenaje en Gernika.Foto: I. Gorriti

Los cuatro han sido y son los últimos en mantener los ideales de aquellos jóvenes que la historia recordará por el brío desplegado en la célebre batalla de Pointe de Grave, en el Medoc francés en abril de 1945. Tal y como documenta Franc Dolosor, periodista experto en el tema, en aquella batalla murieron cinco gudaris y una veintena resultaron heridos.

“Una persona buena, grande y ejemplar”, escribió el lehendakari Urkullu la semana pasada tras conocerse el deceso del gudari al que conoció con motivo del estreno de la película documental ‘Batallón Gernika, esperanza de libertad 1945-2015’, dirigido por Iban González. Urkullu destacó el compromiso con la democracia y con la libertad de Paco y sus compañeros del Batallón Gernika.

Pérez era especial para algunos. Lo era como el batallón al que perteneció. No se amilanó nunca. Coinciden en decirlo quienes le conocían. Como mugalari ayudó a cruzar a Francia a muchas personas a través del río Bidasoa durante la Guerra civil. Fue objetivo de Melitón Manzanas, policía donostiarra durante la dictadura de Franco y colaborador de la Gestapo nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Este jefe franquista de la Brigada-Político Social de Gipuzkoa acabaría asesinado por ETA en el que se considera primer atentado premeditado de la organización armada el 2 de agosto de 1968. “A mí Manzanas me hizo un interrogatorio que duró semana y media. No me dejaba en paz”, recordaba Paco.

Al igual que Urkullu, personas que trabajan a diario la memoria histórica también han reaccionado ante la muerte de este hombre que llegó al mundo en Valle de Roncal, en Jaurrieta, Nafarroa, en 1922. El fotógrafo vascochileno Mauro Saravia ha sido quien más le ha visitado en los últimos tiempos . “Con Paco tuve relación en los últimos momentos de su vida. Conmigo siempre tuvo una buena palabra, cordial, bromista, querendón…”, precisa, al tiempo que añade que “ayudó a muchas personas, no solo liberando Francia del nazismo sino como mugalari, salvando a mucha gente para que no fuese represaliada por el franquismo. Eso es lo poco que se sabe de su solidaridad porque no le gustaba alardear”.

Paco fue hijo de la ama de casa Manuela, y de Marcelino, militar republicano guarda de fronteras. Tuvieron cinco hijos. Él, el benjamín. Al estallar la guerra del 36, la madre y varios hijos cruzaron la frontera y se exiliaron en Poitiers. El padre y su hermano Eladio fueron enviados a campos de trabajo y a África.

El resto de la familia viajó de Francia a Barcelona. Al acabar la guerra fueron a Irun. “Pero fuimos recibidos como apestados”, denunciaba con su testimonio. Con su padre y hermano libres, le tocó a Paco la mili del Ejército de Franco. Se apuntó en aviación, en Zaragoza, “donde Sanjurjo… Siempre he sido rebeldillo y al destinarme a Tudela me ingresaron en un hospital por una afección a la columna vertebral y al sentirme tan vigilado y viendo que a la mínima torturaban, me las arreglé para escapar e irme a Pau”, rememoraba.

Iban González, director del documental, reflexiona sobre su talante. “Paco fue un libertario puro. Un señor libre, con alma joven. Valiente tanto para luchar en el campo de batalla, como para llorar al recordarlo para nosotros y nosotras”, exclama.

En Pau, el gudari se encontró con el afamado comandante Kepa Ordoki (Irun 1913, Baiona 1993), que “era de ANV como yo, y con un grupo de vascos que estaban formando una unidad para luchar contra los nazis e intentar recuperar la República. ¿Cómo lo íbamos a conseguir?”, se preguntaba.

Quienes le conocieron coinciden en señalar que nunca se escondió, ni calló, que era lo fácil en tiempos de dictadura. En sus últimos tiempos, además de sentirse héroe, como reivindicaba en ocasiones a pesar de también confesar que se sentía solo, era sabedor del cariño que se le profesaba cuando por alguna razón volvía su nombre o el del Batallón Gernika a la palestra. Le hicieron tres homenajes. A juicio de su sobrina, Maite Prieto, “el tío era una persona intachable en principios. Hacía gala de una fuerza vital impresionante. Ha ayudado a todos. Él llevó, por ejemplo, a represaliados hasta París… Como mugalari cada noche pasaba el río”, enfatiza. El marido de Maite, Luis Hernáez, le califica de “noble. No hablaba mal de nadie. Ha mantenido sus valores hasta el último día”.

Republicano

Paco enviudó de la deustuarra María Agirre el 13 de diciembre de 2017. Un año y diez días después ha fallecido él. “Nosotros -concluía Paco- fuimos aquellos hombres que nos dejamos la piel, que hemos sido buenos y participamos en la eliminación de aquellos que trataron de hacerse con todo el mundo, un imperio. Podemos decir orgullosos, que conseguimos que la cosa no fuera a más”.

Bien lo sabe Franck Dolosor: “Paco es una persona a la que hemos querido mucho. Como periodista es un honor haberle conocido. Las horas que pasamos con él valen más que el oro. Tenía mucha dignidad, las ideas muy claras y sabía expresarlas. Me impactó que me dijera siempre que nada había cambiado en el País Vasco. Le decía que Franco había muerto y que había un nivel importante de autonomía. Contestaba que aquellos quitaron nuestra república y que nunca la devolvieron. Hasta que la devuelvan, aquí no ha cambiado nada, decía”. El periodista Iñigo Camino visitó el tanatorio donde se despidió al gudari y donde recordó de él una frase: “El enemigo de la memoria no es el paso del tiempo, es el silencio, lanzó Paco con su incansable vitalidad”.

La familia va a cumplir el deseo de que las cenizas reposen allí donde murieron cinco gudaris de su unidad, en Pointe de Grave, en la Cota 40 de Montalivet. “Pensamos que las llevaremos en la primera quincena de marzo, sus restos descansarán allí donde él ha querido”, apostillan.

José Luis Arauzo, doble superviviente

José Luis Arauzo fue testigo de los bombardeos sobre Durango y Bilbao durante la Guerra Civil y junto a su padre trabajó en la construcción del campo de refugiados de Gurs.

Un reportaje de Iban Gorriti

hay historias que surgen por vidas que se cruzan: una plaza de un pueblo francés de Las Landas. Comienza una conversación entre unos turistas y unos vecinos del pueblo Vieux-Boucau que celebran unos bonitos actos de Navidad. De pronto, los residentes sorprenden al comunicar que son “de Durango”. El padre de familia, de 86 años, es testigo superviviente no solo del bombardeo fascista de la villa vizcaina de 1937, sino también de los de Bilbao, y guarda en su memoria la vida de su padre Sabino, miliciano socialista de corazón que luchó con el batallón cenetista Sacco y Vanzetti, y con quien, curiosamente, pasó un año trabajando para el campo de refugiados de Gurs, antes de ser campo de concentración.

Sus recuerdos son historia viva. “Tengo mucho que contar”, previene José Luis Arauzo Pérez, hijo de María y Sabino, vecinos en 1936 de la calle durangarra Uribarri. “Vivíamos en las casas que aún están en pie frente al cine Zugaza”, detalla quien nació el 12 de junio de 1932.

Imagen de uno de los destrozos causados por el bombardeo sobre Durango en 1937. Foto: Gerediaga Elkartea
Imagen de uno de los destrozos causados por el bombardeo sobre Durango en 1937. Foto: Gerediaga Elkartea

Su padre era un escultor y ebanista. Según informa la Fundación Indalecio Prieto, Sabino fue afiliado a la Agrupación Socialista local y miembro de la UGT de Durango, donde ocupó diversos cargos directivos. Años más tarde, durante su exilio en Francia, estuvo internado en los campos de refugiados Saint-Cyprien (Dordoña) y Gurs (Pirineos Atlánticos) antes de que llegaran los nazis. El 3 de noviembre de 1939 fue trasladado al hospital de La Roserie en Biarritz. Fue uno de los fundadores de las Secciones del PSOE y la UGT en Oloron, donde falleció el 30 de mayo de 1950.

“Mi padre tiene esculturas que son conocidas en Durango”, enfatiza José Luis. Unas de ellas son las de Bruno Mauricio de Zabala y de Fray Juan de Zumarraga que hay en el pasadizo entre el pórtico pequeño de Santa María y que sale al hoy bar Les Villes. Su hijo, Alain, aporta que él cree que también lo son las de “los dos hombres que están en Ezkurdi sobre las casas del batzoki de Ezkurdi”. Otras, confirmadas, están en el cementerio. “Mi padre trabajaba en una cantería de Montorreta”, matiza. El día del bombardeo de Durango, por la tarde, José Luis estaba con su madre en Landako, en la zona llamada Puente del Diablo. “Allí, donde un tubo cruzaba el río. De pronto comenzó el ruido, y un hombre le puso la zancadilla a mi madre y caímos los cuatro. Lo hizo para salvarnos la vida porque venía un caza ametrallando. Vimos cómo mató a algunos a nuestro alrededor”.

Reunida la familia sin muertes, Sabino animó a su mujer a ir a Bilbao a donde unos familiares. Cuando bombardeaban en la capital, se refugiaban en un túnel de la zona de San Francisco. “Allí me hice un día daño corriendo durante una alarma y aún tengo una mancha en la pierna”, aporta. De allí, continuaron hacia Santander, donde la familia accedió a un barco de pesca al que subía tanta gente que “mi padre sacó una pistola y dijo que nadie más”. En el trayecto se les acabó el carbón, y quemaron puertas y todo lo que podían. Llegaron a La Rochelle gracias a ser remolcados por un barco francés. El periplo continuó en tren a Barcelona.

regreso a durango Una familia acogió al pequeño José Luis y los padres estuvieron en otra casa. “Iba a un colegio catalán y olvidé el español. Cuando volvió mi padre no se lo podía creer…”. Su siguiente destino fue unas colonias en el exilio galo, a 200 kilómetros de París. “Entonces mi madre tuvo carta de mi padre diciendo que acabada la guerra podía volver a Durango sin peligro”. En el pueblo encontraron su casa desvalijada y sin los importantes muebles fabricados por el padre. Tuvieron que alojarse en una de familiares en Kalebarria que “estaba aún un poco tocada por el bombardeo”.

A José Luis no le iba bien en la escuela La Villa. “El director franquista me pegaba porque llegaba tarde. Yo me había hecho monaguillo como excusa porque no me gustaba el colegio, le dije a mi madre para irme con mi padre, que estaba en Gurs”. Tras un año allí -antes de que los nazis lo utilizaran como campo de concentración-, estuvieron ayudando a trabajar y residiendo “en unas casas de madera” fuera del centro. Con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, les dieron la orden a los exiliados de “volver a España en 24 horas. Yo estaba sin papeles, y me llevaron unos amigos. Mi padre se quedó. Estaba enfermo del corazón, tuvo tres infartos…”. Murió en Oloron a los 45 años.

Aquellas situaciones le pasaron factura a José Luis. “Siempre tenía el temor de que llamaran diciendo que mi padre había muerto, como ahora sufro cuando mis hijos van de viaje… Se me ha quedado dentro”. A Sabino le trataron su dolencia en Biarritz. “Mi padre era muy seguidor de Indalecio Prieto, que también padecía de corazón y estuvo ingresado en San Juan de Luz. Alguien le habló de mi padre y envió a un doctor especializado en ello a que fuera a verle. En el tiempo que estuvo en Francia solo el PNV o el Gobierno vasco le enviaban como 200 francos para vivir”, explica, y va más allá: “Mi padre nunca nos ha hablado de nada de ello. Nada”.

José Luis conserva en su hogar de Las Landas sus recuerdos, como algunas pertenencias de cuando era niño en el exilio, que nadie borrará de su memoria. “En Reyes me regalaron un burro hecho con tinajas y no se lo doy a nadie, ahí está, como mis cuadernos de la colonia”, se emociona. Las esculturas de su padre siguen en pie orgullosas en su Durango natal.

Nuevo paisaje de Begoña La fábrica de Recalde

La que los vecinos de Begoña denominaban Fábrica de Recalde supuso el inicio de una transformación de este emblemático enclave hacia un perfil más urbano e industrial, que se prolongó desde 1878 hasta 1982

Amaia Mujika Goñi

LA anteiglesia o república de Begoña hasta su anexión definitiva a Bilbao en 1925 era un municipio de carácter eminentemente rural; un paisaje de verdes campas con huertas, frutales y viñas regadas por arroyos y regatos; de caseríos enlazados por caminos y estradas con la Casa de la República, las escuelas y el santuario; de lavaderos y fuentes, lugar de encuentro cotidiano de mujeres, y de tabernas y bodeguillas bordeando carreteras y calzadas por donde llegaba la vendeja a la villa. Un ámbito de vida tradicional que, condicionada por su proximidad a Bilbao, acogía dentro de sus límites, además de los conventos y casas de campo de la burguesía bilbaina, talleres y concentraciones extractivas y fabriles originadas tras la revolución industrial (Minas de Larreagaburu, Santa Ana de Bolueta, S.A. Echevarría y la Fábrica de Tabaco) con sus correspondientes bolsas de población obrera para las que se erigieron las primeras barriadas de casas baratas. Un nuevo paisaje en el que gradualmente se fue diluyendo la frontera entre lo rural y lo urbano, entre tradición y modernidad.

Entrada principal de la fábrica de Recalde en Begoña.Foto: S.A. Echevarria
Entrada principal de la fábrica de Recalde en Begoña.Foto: S.A. Echevarria

Uno de los protagonistas de este nuevo paisaje, en el que las verdes campas dieron paso a las chimeneas y además entendida como paradigma de modernidad, fue la fábrica de Recalde, origen de la industria siderúrgica S.A. Echevarría y para los matsorris simplemente la fábrica. Desde su origen en 1878 y aún después de su cierre en 1982 será parte y arte de la transformación urbanística y social de los barrios de Las Calzadas y Uribarri en Begoña. Considerada como modelo productivo y promotor de nuevas formas de relación social, la instalación fabril será percibida por sus trabajadores como algo propio y familiar en cuya gestación y transformación participaron compartiendo un destino común. Esta interrelación entre fábrica y comunidad, cambiante en el tiempo y no siempre amigable, contribuyó a configurar una identidad colectiva de barrio que a pesar de su desaparición física, sigue estando presente.

La S.A. Echevarría en Begoña La acería de Recalde, la fábrica para los begoñeses, tiene su origen en el taller de estampación de chapa litografiada (hojalata para botes de conservas) creado en 1878 por el herrero alavés José Echevarría Ascoaga (1811- 1896) en los terrenos del desaparecido caserío chacolí Chaquilante situado en la vaguada del Polvorín limítrofe con Bilbao. La incipiente instalación fabril recibirá el nombre de Recalde por el riachuelo que atravesaba la propiedad y desembocaba en la fuente del mismo nombre en la carretera del Cristo a Begoña (actual Avda. Zumalacárregui) por la que se le conocerá hasta su desaparición un siglo después.

En 1886 los tres hijos del fundador se incorporan al negocio, despuntando la figura de Federico (1840 -1932), quien, entre otras iniciativas industriales y comerciales, liderará la empresa familiar, vendiendo parte del terreno a la Fábrica Municipal de Gas, adquiriendo otros nuevos en la planicie superior y diversificando la producción con sucesivas instalaciones mecanizadas; taller de galvanizado, de baldes y sartenes (1886-90), de clavo de herrar (1887) y herradura (1897), siendo las dos últimas el verdadero soporte de la acería de Recalde y por extensión de la futura empresa siderúrgica S.A. Echevarría. En 1898, interesados en producir acero de calidad controlada, instalarán el primer Horno Martin-Siemens del Estado, sustituido en poco tiempo por uno nuevo de doble capacidad, y dos trenes de laminación, uno de desbaste y otro de perfiles comerciales.

En 1902, Recalde, integrada por siete naves, una docena de edificios industriales y un laboratorio sobre la ladera, es ampliada con la adquisición de Hierros y Fundición Santa Águeda situada a orillas del Cadagua en Castrejana. La nueva factoría constituida por una fundición, una trefilería accionada por energía hidráulica, derivados de alambre y un taller de clavos se completará en 1924 con un alto horno de carbón vegetal y una batería de coque de la sociedad Les Fours Lecocq, conectándose con Recalde mediante un ramal ferroviario y una tubería de gas. Entre ambas fábricas reunirán una plantilla de 313 trabajadores y una producción anual de 2.500 Tn. Entretanto, el 11 de febrero de 1920 Echevarría se constituía en S.A. y los ensayos de los ingenieros Mario Herrán y Santiago Vallhonrat lograban la producción de aceros especiales comercializados bajo la marca HEVA. Su alta calidad, premiada en las exposiciones nacionales e internacionales de 1925, 1929 y 1930, acelerará su implantación, monopolizando el mercado nacional de los aceros destinados a construcción, herramientas y automoción.

La Anexión El 1 de enero de 1925 Bilbao anexiona en su totalidad las anteiglesias de Begoña y Deusto. Tres años más tarde la S.A. Echevarría es declarada Industria de Utilidad Pública, anulando cualquier plan urbanístico que la ciudad tuviera sobre Recalde al tiempo que permitía a la fábrica expropiar los terrenos rurales adyacentes, sobre los que actuará hasta bien avanzada la década de los sesenta, ocupando paulatinamente toda la superficie de la planicie entre la Avda. Zumalacárregui, el antiguo cementerio de Mallona y el camino de Trauco, devorando los caseríos Calzadas, La Estrella, Echechiquerra y el campo de fútbol Cruce Verde de la Sociedad Deportiva Begoña que desde 1947 se había trasladado a Mallona. Sobre este último Echevarría levantará un espacio de recreo para sus trabajadores con ambigú, frontones, juego de bolos y cancha para los torneos de fútbol, baloncesto, balonmano y hockey que integraban el Club Deportivo Echesa hasta que a mediados de los sesenta la ampliación de Forja y Estampación obligará a cerrarlo trasladando la sede social y las competiciones deportivas al grupo de viviendas F. Echevarría, en Basarrate, a donde también se llevó el economato que estaba en el Callejón del Gas.

Entre 1939 y 1959 la autarquía económica y el fuerte intervencionismo gubernamental implantado por la dictadura empujarán a Echevarría a paliar los bajos salarios asumiendo la previsión asistencial y social de los trabajadores y sus familias con el fin último de cohesionar la plantilla y conseguir una mayor productividad. Se creará la Mutualidad de Asistencia Médico Quirúrgica y el Servicio de Asistencia Social que integraba la formación básica y especialización de los trabajadores y sus hijos con becas de estudios, colonias y la creación de escuelas de aprendices, la financiación para la adquisición o la construcción de vivienda de alquiler, la Caja de Previsión, el Día del Jubilado y el C.D. Echesa con más de 15 modalidades deportivas con el objetivo de impulsar los valores de esfuerzo y disciplina entre los jóvenes. El Club de Montaña estará integrado a partir de 1954 por hombres y mujeres, reflejo de la incorporación femenina a Echevarría en labores de secretaría y administración.

En la década de los sesenta, con una plantilla de 5.349 productores y a pesar de la política de innovación en tecnología y productos (inoxidables, refractarios y resistentes al calor) y de las sucesivas ampliaciones del espacio fabril, Recalde y Santa Águeda eran instalaciones obsoletas y constreñidas, situación agravada en el caso de la primera por el gran impacto medioambiental generado sobre Bilbao. Una atmósfera que envolvía la ciudad con el humo de sus cinco chimeneas, el golpeteo constante de los martillos de forja y las minúsculas partículas de carbón que impregnaban la ropa cuando llovía. Esta situación, unida a la promulgación de un Plan Siderúrgico Nacional (1964-72) de modernización y competitividad del sector de los aceros especiales, empujó a la S. A. Echevarría a construir en la vega de San Miguel de Basauri la Ciudad del Acero (1967), una moderna planta siderúrgica automatizada con una capacidad productiva inicial de 300.000 Tn., una plantilla joven y técnicamente preparada y una clara apuesta por la tecnología e innovación en I+D. Una apuesta continuada en el tiempo que le ha permitido llegar al presente bajo la marca Sidenor siendo un referente en producción y desarrollo de tecnologías en el sector europeo de los aceros especiales.

La crisis La crisis energética mundial de 1974 unida a la baja competitividad y sobrecapacidad de producción del acero vasco sorprendió a Echevarría sumida en una grave situación de duplicidad de producción y plantillas, abocándola a un Plan de Saneamiento en 1979, a incorporarse a Aceriales S.A en 1980, al cierre de Recalde en el 82, a la venta por secciones de Santa Águeda en el 84 y a una reducción de plantilla con la eliminación de 3.723 puestos de trabajo entre 1978 y 1981, la mayor parte en Recalde, con el consiguiente conflicto laboral que se sumó a la difícil situación socio-económica y política que vivía el País Vasco.

Tras el ingreso de España en la Unión Europea, el 31-12-1988 se constituyó el grupo industrial público Aceros del Norte ACENOR S.A. (a partir de 1991, Sidenor) en el que la S.A. Echevarría se integrará, circunstancia que supondrá su desaparición efectiva como empresa y su vinculación con la familia fundadora.

A pesar de que el cierre de Recalde estaba establecido para diciembre de 1978, los talleres de mantenimiento, control y tratamientos y el tren de doble dúo en laminación siguieron funcionando hasta 1982. Dos años después se procedía al derribo y desguace de los saqueados pabellones de hierro y ladrillo, de las chimeneas y del resto de las instalaciones supervivientes con la única excepción de la chimenea del tren de doble dúo, que se erigió a partir de 1987 en icono de la fábrica enterrada en el actual parque municipal de Etxebarria.

Humilde recuerdo para cien años de historia industrial.

Mucho queda por contar de Recalde y lo aquí relatado solo son retazos de la memoria individual y colectiva de un tiempo y una realidad vividos por sus trabajadores que hemos materializado en este artículo y en la exposición Dohaintzak 2013-2018 Donaciones que, hasta el 24 de febrero, se puede disfrutar en el Museo Vasco de Bilbao, para que no sean olvidados.

El desaparecido grafiti de aquel teniente coronel

Descubren que el carabinero irundarra Antonio Ortega, Director General de Seguridad del gobierno de Juan Negrín, se encuentra enterrado en una fosa común de Alicante

Un reportaje de Iban Gorriti

el histórico frente de Villarreal contó con un grafiti de la época que voceaba a quien lo leía: Un fusil no vale nada si no hay un pico junto a él. La cita es de Antonio Ortega Gutiérrez, un histórico carabinero comunista vecino de Irun que tras una trayectoria militar que ascendió hasta coronel acabó fusilado en Alicante el 15 de julio de 1939. Según ha podido saber DEIA, su cuerpo espera a la dignidad en una fosa común del camposanto de aquella ciudad. Como curiosidad conocida durante la contienda fue presidente del Real Madrid Foot-Ball Club, denominación de la entidad durante la Segunda República.

Cita original de Antonio Ortega en el frente de Villarreal.KUTXA FUNDAZIOA
Cita original de Antonio Ortega en el frente de Villarreal.KUTXA FUNDAZIOA

Aunque su biografía está al alcance de todos a golpe de tecla en internet, nuevos documentos indagados por Jimi Jiménez, miembro de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, aportan importantes datos que permanecían silenciados entre legajos franquistas.

La sentencia de muerte de Ortega y el libro de actas del cementerio de Alicante que ha cotejado sacan a la luz pormenores esclarecedores de su periplo y entrega antifranquista durante la guerra del 36. Consultado sobre si se procederá a exhumar la fosa en la que está su cuerpo, Jiménez matiza que “no se le conoce familia que pudiera solicitar la exhumación. Tal vez podrían salir sus restos si la familia de algún otro enterrado allí pide la búsqueda de su pariente”, ilustra el técnico de Aranzadi. Lo cierto es que el lugar de la fosa sigue sin tocar desde hace casi 80 años, como prado de hierba en el cementerio alicantino.

El procedimiento sumarísimo de urgencia de Antonio Ortega Gutiérrez, por su parte, detalla “las vicisitudes que vivió, sus grados de sargento, teniente… sus destinos”, agrega el antropólogo durangarra. Gracias a esta búsqueda, a partir de ahora se sabe que Ortega fue procesado antes de la Segunda República siendo sargento de carabineros y expulsado del cuerpo “por motivo de contrabando de armas” relacionado con la Sublevación de Jaca y por asalto al Gobierno civil de Donostia. “Que por ser elemento rabiosamente izquierdista fue readmitido en carabineros al instaurarse la República, siendo ya teniente al iniciarse el Glorioso Movimiento Nacional”, dictamina el texto franquista datado en 1939.

A partir de entonces, intervino en la defensa de Irun como uno de sus referentes “luchando contra las fuerzas navarras”. Ortega, nacido en un pueblo de Burgos, desempeñó el cargo de gobernador civil en Donostia. Mandó a las primeras milicias vascas en el sector de la Ciudad Universitaria donostiarra y ascendió a coronel en la 40 Brigada Mixta y después en la 7ª División.

Aunque las credenciales consultadas no lo citan, Ortega pasó después a la zona centro (Madrid) para asumir el mando de la Columna Vasca. Allí, sería director general de Seguridad del gobierno de Juan Negrín, presidente de la Segunda República en 1937.

Detenido en 1939 Siguiendo con la fuente franquista consultada, también fue destinado a Valencia donde fue director general de Seguridad entre mayo y julio de 1937. Su disposición continuó como jefe del 6º cuerpo del Ejército Republicano hasta mayo de 1938, fecha en la que fue ascendido a coronel y nombrado jefe de un cuerpo del Ejército, cargo que ocupó hasta el final de la guerra. Con la llegada del franquismo, Ortega llegó a Alicante “para embarcar y huir al extranjero, siendo detenido en el puerto”, apostilla el acta. Fue detenido el 13 de abril de 1939.

Por un “delito de adhesión a la rebelión” y por apoyar “la causa marxista” sufrió un consejo de guerra que falló condenar a Ortega a la pena de muerte el 12 de junio de 1939. A las cinco horas del 15 de julio siguiente fue fusilado con “cadáver reconocido” de aquel nacido en Rabé de las Calzadas en 1888, “hijo de Víctor y Ángela, casado y padre de cuatro hijos, de cabello entrecano, piel morena, cejas al pelo, nariz grande, cara redonda y de talla 1,630”, según el expediente procesal.

Jimi Jiménez valora que Ortega fue “una figura importante”. Argumenta que existe un grafiti de la época sobre una zona que estaban fortificando en el frente de Villarreal en la que aparece su frase “un fusil no vale nada si no hay un pico junto a él”. “Para el carabinero era tan importante el arma en la guerra como la labor de quien construía trincheras. Valoraba el trabajo en equipo, aquello que no se ve, y que, al menos en fotografía, ha trascendido hasta hoy”.