El hombre de Aguirre en Venezuela

Se cumplen 80 años de la llegada del primer navío del exilio vasco a Venezuela coordinado por el Delegado del Gobierno vasco en el país americano, Ricardo de Maguregui

Un reportaje de Iban Gorriti

Fue delegado del Gobierno vasco, el hombre del lehendakari Aguirre en Venezuela, país al que llegó en el primer navío que buscó el exilio desde Euskadi. De hecho, fue también el delegado de los hacinados en aquel buque que viajaban con la ikurriña por bandera. El PNV confió en él, en Ricardo de Maguregui, según se conserva escrito en una carta de Luis de Arredondo datada el 23 de junio de 1939 en Anglet (Lapurdi).

“El PNV desea que esta primera expedición de vascos a Venezuela lleve un buen orden, y necesita tener conocimiento de todas las incidencias de lo misma, tanto durante el viaje como a la llegada a Venezuela y mientras van colocándose en los diferentes puestos nuestros compatriotas expedicionarios. Para este fin delega el PNV en usted la representación provisionalmente en tanto se establezca alguna delegación definitiva para este grupo expedicionario”, aporta en su literalidad el periodista Koldo San Sebastián.

Imagen de la tripulación del primer viaje de vascos al exilio venezolano desde Francia, portando la ikurriña. Fotos: Familia Maguregui

Gracias a su tesón se pudo garantizar la permanencia del Gobierno vasco en el exilio. De todo ello atesora recuerdos uno de sus hijos, Iker Maguregui Munitxa. “Nuestro padre nació por partida doble el 9 de julio”, destaca, y detalla que en aquella fecha de 1915 llegó al mundo en Algorta -se cumplen 104 años de ello- y que el 9 de julio de 1939 arribó “sin visa a Venezuela que le extendió sus brazos”. Son 80 años redondos desde entonces.

Amigo del lehendakari Aguirre, colaboró durante la Guerra Civil en el desalojo de heridos y refugiados. Para entonces tenía estudios de marino mercante, comenzó su singladura como oficial a temprana edad y se certificó como capitán de Altura,navegando luego por Europa y América.

Maguregui se vio, como otros, en la tesitura de buscar nuevos horizontes ante el avance de las tropas golpistas que cercaban Euskadi. Logró para su exilio un Igarobide, como detalla el pasaporte euskaldun que poseía “expedido en París el 2 de octubre de 1938 por el Gobierno vasco en el exilio”, subraya Iker.

Fue a principios del verano de 1939 cuando concluyeron las negociaciones entre el Gobierno vasco en el exilio y el Ejecutivo venezolano, que permitiría la migración de los primeros tres contingentes de vascos que arribaron al país caribeño. Una vez acordada la partida por el general Eleazar López Contreras, presidente de Venezuela de la época, tuvo lugar el éxodo del primer grupo.

“A este se sumó mi padre, joven oficial de la Marina Mercante, exiliado entonces en Francia tras la caída del Norte. Durante algún tiempo, había esperado un contrato para navegar en una compañía naviera filipina. Decide ir a Venezuela. Era el único del grupo vasco que aún no había recibido visado”, apostilla su heredero. Sin embargo, en el tren que le lleva a Le Havre para embarcar, Jesús Iraragorri, médico contratado por Venezuela, le entrega una carta del Euzkadi Buru Batzar del PNV nombrándole responsable de la expedición.

Tras atracar en Venezuela, Maguregui envió un telegrama a Villa Endara, sede del PNV, informando de la llegada a puerto. “Como curiosidad, se lee en el pasaporte que el Gobierno venezolano le da el visto bueno de entrada, sin embargo en Francia no ocurrió lo mismo: Nuestra autoridad consular en Le Havre no otorga el visto bueno correspondiente”. Aún así, partió.

Fueron 66 los pasajeros y sus respectivos familiares que conformaron aquel primer grupo de expedicionarios vascos que llegó a Venezuela. “Nuestro padre amó por igual a Euskal Herria y a Venezuela, pues si bien nació en Euskadi, Venezuela lo acogió en esa difícil contingencia, en su condición de exilado al igual que los demás miembros de la diáspora vasca, brindándoles la posibilidad de surgir empezando de cero y formar una familia junto a nuestra madre Iñese Municha”, asevera Iker Maguregui.

Clases en la Armada Vivió 65 años en ese país y falleció en Caracas en 2005. En aquellas décadas, vio la necesidad de crear una sociedad de beneficencia para atender a los heridos, enfermos y demás vicisitudes de los primeros inmigrantes, lo que constituyó el germen de Socorros Mutuos, primera entidad vasca que se creó en el país. Con el Gobierno de Eleazar López Contreras impartió clases en la Armada venezolana y después fundó la Escuela de Marina Mercante, contando con el título número 1 de capitán de Altura.

Como delegado en Venezuela del Gobierno vasco, sucedió a José María Garate. Fundó y dirigió en 1940 la Escuela Náutica de Maiquetía y le fue otorgada la Orden Francisco de Miranda, aportada por el presidente Rafael Caldera en 1997. “El sentimiento de amor por Euskadi y por Venezuela lo heredamos sus hijos y nieto, quienes no estamos dispuestos a olvidar nuestros orígenes. La historia de los Maguregui, al igual que la que no han difundido muchos protagonistas de la diáspora vasca, alimenta el placer por conocer la historia verdadera”, enfatiza Iker.

Centenario de ‘El Obrero Vasco’, el órgano de Solidaridad

El 31 de julio de 1919 nacía el semanario ‘Euzko Langillia-El Obrero Vasco’. Mario Aurrekoetxea fue su primer director, sustituido después por Manuel Robles Arangiz, pero el verdadero artífice del órgano de ELA-SOV fue Adolfo de Larrañaga, un poeta que imprimió carácter a la publicación

Un reportaje de José Ignacio Salazar Arechalde

la fiesta de San Ignacio representa para el nacionalismo vasco todo un símbolo que acoge varios de sus acontecimientos fundacionales. Como sabemos, el 31 de julio de 1895 funda Sabino Arana el Euzkadi Buru Batzar y el 31 de julio de 1919 sale, por vez primera, el órgano de prensa del sindicato vasco ELA-SOV, Euzko Langillia-El Obrero Vasco. Se cumple, por tanto, este año el centenario de aquel semanario que recogía la voz del primer sindicato nacionalista vasco fundado en 1911 y que, en buena medida, nos permite conocer la forma de actuar de aquella ELA en sus primeros años de vida.

Manu Robles Arangiz fue el segundo director del semanario.

El primer director del que tenemos noticias es Mario Aurre-koetxea que es sustituido en septiembre de 1920 por Manuel Robles Arangiz. El que fuera más tarde secretario general del sindicato, ejerció la dirección durante tres años, tiempo en el que se consolida la frecuencia semanal y su carácter batallador, especialmente con el sindicalismo socialista de la UGT. A raíz del matrimonio de Robles Arangiz y de sus obligaciones laborales y familiares se ve obligado a dejar la dirección del semanario.

Le sustituye Adolfo de Larrañaga. El abogado y poeta portugalujo se convierte desde el 19 de octubre de 1923 no solo en el director de El Obrero Vasco sino en el más importante de sus articulistas. Editoriales, poesías, artículos firmados, anónimos o con seudónimos, conforman un trabajo enorme para una sola persona, hasta el punto de que el historiador Ignacio Olabarri llega a afirmar que en 1925 y 1926 casi lo escribe él solo.

Aunque puede parecer exagerado, no nos cabe duda de que, no ya solo durante esos dos años, sino prácticamente hasta 1932, la pluma de Larrañaga es la principal del semanario y es la que le imprime un carácter constante a lo largo de toda su historia. Sin faltar a la verdad, podemos afirmar que El Obrero Vasco es el semanario de Adolfo Larrañaga.

Dictadura de Primo de Rivera No fue el mejor de los momentos el elegido por Larrañaga para dirigir un periódico. Desde la Capitanía General de Barcelona el 13 de septiembre de 1923 el general Miguel Primo de Rivera da un golpe de estado que hace suyo el rey Alfonso XIII. La prensa vasca lo recibe de muy distinta manera. El Liberal protesta por el levantamiento. El Pueblo Vasco lo saluda sin disimulos y Euzkadi denuncia la falta de libertad para escribir sobre el nuevo régimen.

Adolfo de Larrañaga escribe un artículo en Aberri de título inequívoco: ¿El ejército contra el pueblo? Allí expresa sin rodeos su posición contra el golpe militar: Nuestro corazón protesta con toda la santa indignación contra los atropellos de la soberanía civil.

La posición de Larrañaga ante lo que se viene encima parece clara. Por ello no podemos compartir, en absoluto, la opinión de Saiz Valdivielso en su Triunfo y tragedia del periodismo vasco cuando afirma, ni más ni menos, que El Obrero Vasco fue portavoz del apoyo de Solidaridad al nuevo régimen. Para argumentar su opinión, cita únicamente un artículo titulado Separatismo antivasco y español. Y aunque es cierto que allí, en un solo punto, se muestra el apoyo al directorio, en lo que se llama su orientación regional y la unidad de las cuatro provincias vascas, también se dice que se carece hoy como es sabido de la libertad necesaria para juzgar en público todas las decisiones que el nuevo régimen en el Gobierno del Estado español ha establecido. Por ello callamos sus defectos y equivocaciones.

A las dificultades políticas se suman las económicas. Lo dice sin ambages el propio semanario. Tirada ridícula y vida lánguida. Era preciso, sin embargo, superar esa situación porque Larrañaga está convencido de que el periódico es la mayor arma de combate en la vida social moderna. El 14 de febrero de 1925 lo dice con un deje de solemnidad: El Obrero Vasco se fundó con el anhelo de unos obreros que sin presumir de intelectuales (esos rastacueros de la inteligencia pseudofilosófica y narcisos de sus ideas) hicieron que se oyera su plegaria. Gracias a su periódico pudo gritar y decir su verdad sin temor a intereses creados de capitalistas sin amor, de nacionalistas sin sentido de responsabilidad histórica.

La República Cuando se proclama la República el 14 de abril de 1931, sigue siendo director Adolfo de Larrañaga. Sin saber cómo se iban a desarrollar los acontecimientos, escribe Larrañaga un artículo titulado Nuestra posición. Allí fija de manera clara y rotunda la postura de Solidaridad. Saluda la llegada de la República porque el vasco, dice, es esencialmente republicano. Es verdad, añade, que la república también puede ser dictatorial y aun despótica, pero si ésta respeta los derechos de los vascos, éstos demostrarán su nobleza. Finaliza con dos rotundos ¡Viva la República federal española!, ¡Gora la República Vasca!

Cuestiones candentes No faltaron en las páginas del periódico las disputas con otros medios de comunicación o el análisis de cuestiones complejas que suscitaban opiniones enfrentadas. El periódico acogerá la polémica sobre la propiedad de la tierra. La cuestión social y agraria suscitaba en aquel tiempo grandes controversias e interés indudable. Ramón Belaustegigoitia escribirá en 1918 La cuestión agraria en el País Vasco. El controvertido libro será el eje sobre el que se plantea la pregunta clave: ¿De quién es la propiedad de la tierra? Larrañaga entra en liza con un artículo en el que básicamente apoya las ideas de Belaustegigoitia. La tierra, era obvio, debe ser de quien la cultiva. No todos se mostraban de acuerdo y así surgirá el debate con el colaborador de Euzkadi C. de Elgezabal.

Un asunto de enorme trascendencia en la vida social se convertirá casi en una cruzada en las páginas del semanario. El alcoholismo era un grave problema especialmente entre los obreros. La vida en la taberna generaba situaciones de tensión en la familia y en el trabajo que había que atajar. A las charlas que daba, por ejemplo, Diego de Mazas en el sindicato, se añadían muchos artículos como los de Larrañaga en los que, con su inconfundible estilo, afirma sin tapujos que: La taberna es una calle peligrosa por la cual se puede ir a tres partes: al hospital, al manicomio y a la cárcel.

Euzko Langillia acogerá en sus páginas colaboraciones sobre la difícil situación de la mujer trabajadora. Si bien es cierto que en ocasiones se enfoca el papel de la mujer básicamente como madre, no lo es menos que se denuncia las condiciones laborales en sectores como el de las costureras. Véase lo que ocurre en talleres de costura. Abuso de maestras es evidente, jornales irrisorios, exigencias, servidumbre. Doblada la cabeza, inmóviles, oyendo la música de las Singer en locales faltos de ventilación y de luz… sin esperanza de mejoras.

Para dar solución a tan lamentable estado, se propugna desde el semanario la necesidad de organización y conformar agrupaciones femeninas solidarias en defensa de sus derechos laborales y contra la explotación patronal.

El mundo laboral Como no podía ser de otra forma, el grueso de cuestiones de El Obrero Vasco, un semanario sindical, se refiere a la situación laboral de los trabajadores vascos. Y entre ellas, la jornada laboral legal es acaso la que mayores inquietudes despierta. Los interminables días de trabajo de 10, 12 y hasta 14 horas, fueron combatidos por Solidaridad, como por otros sindicatos, hasta llegar a las 8 horas diarias y 48 semanales. Aunque formalmente desde 1920 ya se había legalizado esa jornada de 8 horas en la mayoría de los sectores laborales no faltan artículos en los que se exige su cumplimiento.

En enero de 1925 defiende la jornada de 8 horas frente a los que les acusan de filosocialistas, argumentando que la limitación de la jornada laboral es una reivindicación de los sociólogos que militan en el campo demócrata-cristiano. Todavía en 1930 reivindica El Obrero Vasco la jornada legal como la conquista del proletariado del mundo sobre la burguesía, conquista de la que el obrero no debe ceder jamás porque es esencial para la defensa de su bienestar moral.

También el problema de la vivienda obrera, especialmente en Bilbao, es calificado de pavoroso. Se expone la dura situación de familias necesitadas que se ven obligadas a pernoctar en los lavaderos municipales para sobrevivir. Para atajar situación de tal injusticia, propugna El Obrero Vasco la intervención decidida del Ayuntamiento y la Diputación.

La situación de los mineros se aborda en una colaboración de Larrañaga con título tan significativo como La esclavitud de los mineros. Con gran fuerza narrativa describe su presencia en Ortuella en 1925, invitado por la Agrupación de Obreros Vascos, para dar una conferencia sobre las ventajas del cooperativismo.

Lo que allí vio fue ciertamente deprimente. Trabajadores pálidos, flacos, cabizbajos, recelosos y sin esperanza. Y a lo lejos el hospital de Triano como un palacio del dolor, esperando siempre con las puertas abiertas para heridos, ancianos, suicidas.

El problema del paro, los despidos de los obreros, el retiro obrero obligatorio, la escasez de subsistencias son algunas de las cuestiones sociales que se abordan con frecuencia en el semanario.

Un espacio para la cultura La presencia de un escritor en la dirección del semanario, aportó un espacio poco común en la prensa sindical. Los poemas de Adolfo Larrañaga y un prisma lírico en muchos de sus artículos, es una peculiaridad que no conocemos en este tipo de prensa. Escribirá también sobre pintura, escultura, música, literatura o poesía.

No son escasas sus narraciones literarias que nos acercan a pueblos como Bergara, Mondragón, Olite, Ortuella o Eibar. En ellas bucea, con maestría, en el espíritu del lugar y de sus gentes. También lo hará en diarios como Aberri, Excelsior o Excelsius, en donde recoge, con igual tensión literaria, la vida de Bilbao en sus lugares más emblemáticos.

El interés por la cultura lo expondrá de manera vigorosa en su artículo La fuerza de la cultura:

Dime qué bibliotecas tienes y te diré quién eres, dime qué sitios frecuentas y te diré a dónde irás a parar, dime qué concepto tienes de tu dignidad y te diré qué esclavo eres; todo es pues un problema de cultura, y concluye: Maldita ignorancia que hace andar en las tinieblas, luz más luz, fe más fe, patria y libertad.

Vamos concluyendo. Euzko Langillia-El Obrero Vasco fue, es cierto, un semanario modesto que termina su vida en 1932 a raíz del II Congreso de Vitoria, sustituido por Lan Deya. Tres páginas de texto y una de propaganda cada semana y, en ocasiones, cada 15 días, puede parecer escaso bagaje en el mundo de la prensa vasca. Tampoco tuvo demasiados colaboradores y hubo épocas de muy pocos lectores. Pero seríamos injustos si lo analizamos solo bajo ese prisma. Si lo examinamos desde el punto de vista de los escasos medios con los que contó y de la compleja época vivida, El Obrero Vasco es un ejemplo único de entusiasmo y de voluntad por extender unos ideales sociales y nacionales en los que, pensamos, brilla con luz propia Adolfo de Larrañaga. Solo un poeta fue capaz de llevarlo a cabo. Un poeta que además conocía el valor de la prensa en la vida social moderna.

Los Usatorre Royo, una peculiar saga de marinos de Lekeitio

Los cuatro hermanos acabaron dispersados y abrazando ideologías diversas tras el estallido de la Guerra Civil

Un reportaje de Iban Gorriti

EL periodista Koldo San Sebastián rescata del olvido una dinastía de hermanos marinos de Lekeitio, los Usatorre Royo, llena de curiosidades. “Por ejemplo, uno de ellos fue comunista en Moscú y otro, gudari, acabó siendo capitalista en Estados Unidos”, sostiene. Los cuatro hermanos y una quinta mujer eran de Lekeitio. “Los varones fueron marinos. Formaron una saga a la que el destino llevó por los derroteros más insospechados”, matiza San Sebastián. Los cuatro varones de la calle Ezpeleta pasaron por la Escuela Náutica de Lekeitio. La única mujer contrajo matrimonio y al enviudar, emigró a Francia y Bélgica. Regresó a Euskadi, a Begoña. Tuvo dos hijos: el varón estudió en Francia peritaje electrónico. Fue una única vez a navegar y naufragó. Su única hija vivía en Algorta.

Vicente, el segundo de los cuatro varones, considerado un gran profesional de la mar. Fotos: Koldo San Sebastián

El mayor de los hermanos, Marcelino Juan fue alumno modelo. Trabajó en Euskalduna; se afilió a UGT; hizo rutas por el Mediterráneo; se afincó en en Barcelona donde también se afilió a PCE, y participó en la fundación del PSUC: Partit Socialista Unificat de Catalunya. Fue jefe de la 122 Brigada Mixta La Bruja y teniente coronel de la 27 División del Ejército Popular. Ante el avance franquista, pasó a Francia y fue internado en el campo de Saint Ciprien. Sirvió en el Ejército Soviético, donde fue teniente coronel. Se casó en el frente con Maruja Cánovas, hija de marino. El matrimonio se divorció y ella volvió a casarse con el escritor César Arconada.

Hijo de este lekeitiarra fue Juantxo Usatorre, “uno de los mejores defensas del fútbol soviético”, subraya San Sebastián. Militó en el Torpedo, Spartak, Lokomotiv y en el Dinamo Minsk, mejor equipo de Bielorrusia. El deportista emigró a Barcelona con su madre en 1983. Falleció en esta ciudad en 1989 “debido a un sarcoma en una de sus castigadas piernas”.

Vicente, el segundo, comenzó su vida profesional en la Marítima del Nervión. “Estaba considerado como un gran profesional de mar y uno de esos capitanes que deja huella. Hizo su último viaje con 69 años”, precisa. Se jubiló en 1973 y se mudó a Getxo, donde falleció.

Del tercero de los hermanos, José María, se sabía entonces que un día desembarcó en Filadelfia y desapareció. Cuando su hermano Miguel llegó a Nueva York, trató de localizarle. Publicó un anuncio sin éxito. Gracias a un texto publicado en Lekeitio dio con él. Se supo que como había desertado de un barco, se cambió el apellido por Martin y por ello el anuncio no funcionó.

miguel, gudari en 1936 Miguel, el cuarto, fue gudari en la guerra del 36 y tras ser capturado en Liérganes, fue sometido a trabajos forzados, pasando por San Juan de Mozarrifar (Zaragoza), Huesca, Teruel, Guadalajara y Toledo. Una vez libre viajó a Buenos Aires. En 1942, partió rumbo New Jersey. El 17 de abril fue torpedeado dos veces por un submarino nazi. El capitán dio la orden de abandonar el barco. Auxiliados, atracaron en Nueva York. “En la Delegación del Gobierno vasco recibió un pasaporte (igarobide) con el que recorrió medio mundo”, aporta San Sebastián. Cuando los japoneses atacaron Pearl Harbour y Roosevelt declaró la guerra, la demanda de marinos en Estados Unidos creció. Se enroló en un barco hacia Inglaterra que participó en la invasión de Normandía. “Iban en convoy, atravesando el Atlántico y realizando un zigzag que despistaba a los submarinos”.

Realizó también el mismo trabajo en el Pacífico: por Australia, Nueva Zelanda e India en preparación a las tomas de las distintas islas ocupadas por los japoneses como Filipinas, Guam, Marshall, Iwojima y Okinawa. Recibió medallas de los frentes de guerra del Atlántico y una condecoración del Alto Mando.

Tras la guerra, le destinaron a Filipinas y Okinawa, donde pasó 25 años como capitán y jefe de puerto. Allí se casó con una japonesa a la que le dijo que “fuera a Euskadi a aprender euskera”, sonríe San Sebastián. Se retiró a Arkansas, donde vivió con una pensión del Gobierno. En 1950, consiguió la nacionalidad estadounidense. Un día, entró a Okinawa un barco con oficiales. Llegó quien allí era conocido como Mike. Al entrar a la cámara, los visitantes comentaron en euskera: “A ver si salimos pronto de aquí. Le damos unas botellas, tabaco y listo”. Usatorre les reprochó en euskera lekeitiarra: “¡A ver si pasáis las Navidades aquí!”. Pero: “¿De dónde eres?”, le cuestionaron. Él les respondió: “¡De la misma calle que tu primo que es de mi cuadrilla!”.

Miguel visitó Euskadi en numerosas ocasiones. En 1969 sufrió un atraco a mano armada. “Le robaron 700 dólares y un reloj. La noticia se publicó en ABC”. Mike envió a su hija a estudiar a la ikastola de Errenteria. Falleció el 15 de marzo de 2000. Se encuentra enterrado en un cementerio de Arkansas. “¡Hay que ver la guerra cómo dividió a los Usatorre por el mundo!”, concluye San Sebastián.

El maqui que desfiló en París junto a De Gaulle

La trayectoria del gudari Kepa Ordoki, que marchó en la capital francesa tras la derrota de los nazis, fue tan excelsa que a veces realidad y exaltación se confunden

Un reportaje de Iban Gorriti

a la hora de escribir la Historia, los investigadores deben ser muy cautelosos. ¿Dónde cohabita la delgada línea roja entre la épica magnificada y la información aséptica contrastada? Cada día desciframos ejemplos más cercanos a la primera enunciación que a la segunda. Una muestra de ambas es la notable vida de Ordoki, gudari que se llamó bien Pedro o Kepa, nacido en Irun en 1913 y fallecido en Baiona en 1993. La labor de este militante de ANV fue tan excelsa que en ocasiones aquellas personas que loaban sus odiseas acababan en el filo de la verdad.

Desfile de las tropas aliadas en París tras la liberación de la capital francesa de la ocupación nazi.Foto: Efe

Antes de trasladar la impresión que personas vivas aún conservan sobre este mando de los históricos batallones vascos San Andrés y Gernika, y que acabó desfilando con Charles de Gaulle en París al vencer a los nazis, resumimos palabras que firmó desde el exilio venezolano Mario Antelo. A su juicio, Ordoki “fue incluido en unas 50 listas de fusilamientos, pero su ejecución siempre fue aplazada por diversas circunstancias”. Lo publicaba en un texto de 1945 en el que también aportaba otras cifras, cuando menos, llamativas. “Fue tres veces detenido por los alemanes” y consiguió fugarse. En una ocasión, los nazis “le obligaron a comer siete ejemplares del periódico clandestino Combat que llevaba consigo”. ¿Verdad o gloria?

El gudari portugalujo José Moreno fue uno de sus soldados, cuando Ordoki estaba al frente de la unidad San Andrés. “Recuerdo muy bien a Ordoki. Era un hombre, como se decía entonces, con muchos huevos. Era de carácter serio y muy buena persona. Le recuerdo cuando estábamos luchando en una ermita de Balmaseda. Él acabó escapándose y cogieron su testigo dos de Erandio, Juantxu y un tal Bilbao”, evoca Moreno, y pone énfasis en que le rindieron un homenaje en vida en Bermeo. “Comimos en el batzoki y allí fue la última vez que le vi, en aquel Gudari Eguna”, concluye el jarrillero que el 10 de noviembre cumplirá 101 años.

Ayuda a refugiados El gudari del batallón Gernika Francisco Pérez Luzarreta falleció el pasado diciembre a los 96 años. Poco antes de su despedida, narró a DEIA que en Pau se encontró con el afamado comandante Kepa Ordoki. “Era de ANV como yo, y venía con un grupo de vascos que estaba formando una unidad para luchar contra los nazis e intentar recuperar la República. Le pregunté cómo lo íbamos a conseguir, pero allá que fuimos”, aseveró.

En 1977 este diario entrevistó al comandante y le cuestionó la razón de luchar contra los nazis. Respondió tajante: “Porque yo era y soy nacionalista y antifascista cien por cien. Había visto aquí los barcos de guerra alemanes y sabía cómo se comportaban. Bien, el caso es que me lancé con unos compañeros a las montañas. Allí vivíamos camuflados y ayudábamos a cruzar la frontera a la gente que quería escapar de los nazis: a algunos los cogían luego los franquistas y los metían en el campo de concentración de Miranda. Había franceses, españoles y vascos conmigo. En el año 43 pedí al Gobierno vasco que me enviara a todos los vascos de la zona de Biarritz y con ellos organicé la Brigada Vasca”.

Después de mucho tiempo pegando tiros y pasando hambre, los de Ordoki entraron a formar parte del ejército regular de Francia, de Charles de Gaulle. Fue un acuerdo del Gobierno vasco y el galo. “Nos mandaron -respondía Ordoki- al frente. Nosotros íbamos con uniforme francés, pero con la ikurriña: nunca llevamos la bandera francesa. Sí, es verdad que me dieron la cruz de guerra, a otros compañeros también. El propio De Gaulle vino a felicitar a la Brigada Vasca por su comportamiento en la guerra. Nos mandaron desfilar por París”, detalló. Pero puso énfasis en que “yo estaba allí, pero nunca quise ir. Tampoco quería que me pusieran la cruz de guerra”.

Rendición nazi En la línea del frente, Ordoki era de pocas palabras, según defiende el gudari del batallón Gernika Miguel Arroyo, burgalés residente en Baiona. “Ordoki era parco en palabras y nunca hablaba de política. El sargento Carlos Iguiniz, también irundarra, siempre le acompañaba. Yo siempre estaba entre los primeros hasta el final de la Pointe de Grave donde se rindieron muchos alemanes”, trasmitía en 2016 en declaraciones a este medio.

Mario Antelo, desde Venezuela, recordó también el sino de los allegados del comandante. “Su familia, apresada en el barco Galdames en viaje de Francia a Euskadi, se hallaba igualmente encarcelada. Una hermana de 22 años pasaría siete en las cárceles de Saturraran, Burgos e Islas Canarias; otra hermana, de 15 años, dos en las de Saturraran y San Sebastián, y sus padres, dos años y medio en diferentes prisiones, sin otro delito que ser sus familiares. ¡Así era la justicia de Franco!”, enfatizaba.

A su entender, el relato de acciones como las de Kepa Ordoki nos invita a la reflexión y a preguntarnos si hemos sabido corresponder a aquel espíritu de lucha y de sacrificio contando estas historias. “¿No nos moverá la lectura de estos hechos a una curiosidad para editar sus biografías? ¿No creéis que los que pasaron por tales penalidades tienen derecho a no ser olvidados?”, concluye.

Pello María de Irujo Ollo: Historias de amistad y exilio

Pello María de Irujo vivió en primera persona la historia del nacionalismo vasco en buena parte del siglo XX, empezando por su época de estudiante en Lekaroz, siguiendo por los años duros de la Guerra Civil y el exilio en Argentina, y culminando con su regreso a Euskadi. Su hermano Manuel lo definió como “el arquetipo del resistente vasco”

Un reportaje de Mikel Ezkerro

Pello es el arquetipo del resistente vasco. Puede haber quien lo iguale, pero nadie que lo supere” (Manuel de Irujo). Escribir objetivamente sobre un amigo es difícil. Hacerlo sobre el mejor amigo de uno en la vida, y Pello Mari Irujo Ollo lo fue, es aún mucho más complejo.

Cuando en abril de 1949, con 39 años, pisó suelo argentino, debieron haber pasado por su cabeza, como si fuese una película, una serie de hechos que marcaron su vida hasta ese momento.

Recordaría la infancia en la casa familiar de Lizarra-Estella, Nabarra, donde su hermano mayor, Manuel, que le llevaba veinte años de diferencia, fue como su segundo padre, ayudando a la madre. Su progenitor, el doctor Daniel de Irujo Urra, que fue abogado defensor de Sabino de Arana Goiri en 1896 y 1902, falleció cuando Pello Mari tenía poco más de 1 año.

Pello Mari y Andrés Irujo Ollo, en la terraza de la Casa Irujo en 1936.Foto: Archivo Irujo-Amezaga

Le vendrían también a la memoria recuerdos de su etapa de estudiante en el colegio de los Capuchinos de Lekaroz. Durante esa época, en noviembre de 1930, se convirtió en uno de los primeros afiliados en Nabarra del naciente partido abertzale Euzko Abertzale Ekintza-Acción Nacionalista Vasca (EAE-ANV). En 1935 se graduaría en Madrid como abogado.

Llegando a Argentina, también tendría muy presente su actuación en Gipuzkoa, entre julio y septiembre de 1936, en los primeros momentos de la guerra incivil, cuando aún aquel territorio estaba bajo el control de la República. Y su participación en misiones de salvaguardia física de personas afectas al levantamiento franquista cuya vida corría serio riesgo, como en el caso del arzobispo de Valladolid, monseñor Gandasegui, un hecho que fue recogido por el canónigo Alberto Onaindia en su libro Hombre de paz en la guerra.

Igual que recordaría su detención en alta mar, en septiembre de 1936, por los franquistas y su posterior enjuiciamiento por un tribunal militar franquista que lo condenó a una pena de muerte. Esta decisión de los insurrectos haría que, entre otros, personalidades de América Latina pidieran la conmutación de esa pena capital, aunque no pudieron evitar que la condena le mantuviera en capilla durante más tres años, hasta noviembre de 1939. Tras ello, la estancia en prisión hasta 1943, cuando fue puesto en libertad, con la prohibición de residir en los cuatro territorios de Hegoalde.

Este exilio le alejó de su Patria y le llevó hasta Cuenca donde mataba el tiempo leyendo novelas de Pío Baroja. Fue allí donde recibió una tarjeta, firmada por Juan -en realidad Juan de Ajuriaguerra, líder del Partido Nacionalista Vasco-, que le invitaba con la frase bailar un vals a sumarse a la Resistencia Vasca.

Clandestinidad Pello Irujo sin duda recordaría, cómo tras esa invitación, pasó de inmediato a la clandestinidad en Madrid, formando parte de un grupo de patriotas vascos encabezados por Joseba Rezola, grupo del que asumiría su jefatura, entre 1944 y 1946, tras la caída de Rezola. Toda una época repleta de hechos propios de una novela, que le obligaron a pasar a Iparralde el 29 de septiembre de 1946. De allí se trasladó a París, desde donde partió hacia el este de Europa en calidad de agregado cultural de las embajadas de la República Española en Hungría y Bulgaria.

Era un largo y complicado camino el que unía su infancia en Lizarra con su llegada a Argentina. Seguro que todos esos recuerdos se agolparon en su cabeza en aquel momento. Lo que igual no se pudo imaginar es que aquel día iniciaba una estancia de 28 años en la República Argentina, la tierra que acogió y protegió a tantos miles de vascos.

Allí pudo, después de trece años, abrazar a su anciana madre, que fallece en 1950, a su hermana Josefina Irujo de Blanco y a su hermano Andrés María. Todos ellos ya vivían en este país desde la década de los 40.

En Buenos Aires comenzó a trabajar en la prestigiosa Editorial El Ateneo y en su tiempo libre ayudaba a su hermano Andrés, cofundador en 1941 con el doctor Isaac López Mendizabal de la editorial vasca Ekin. También se integró como guionista y asesor literario en la Agrupación Artística, Musical y de Danzas Vascas Saski Naski, dirigida por el donostiarra Luis Mújica, y que estaba conformada, entre otros muchos nombres, por el padre Francisco Madina, autor del famoso Aita Gurea, o el que sería luego afamado escultor Néstor Basterrechea. Será Pello Mari el introductor en Argentina del popular Baile de la Era, originario de Tierra Estella, que había bailado de joven junto al que sería alcalde de Lizarra, el nacionalista Fortunato de Aguirre Luquín, fusilado por los franquistas el 29 de septiembre de 1936.

Yo conocí a Andrés y a Pello Irujo un día de 1953, cuando yo tenía 15 años. Fue en la editorial vasca Ekin, donde fui con mi madre, vasca nacida en Bilbao, que deseaba comprar unos libros. Pero mi relación más profunda con Pello se inició al año siguiente, en 1954, cuando al ver mi interés por la Historia Vasca, en especial de los siglos XIX y XX, comenzó a aconsejarme libros e, incluso con el tiempo, a prestarme obras de su biblioteca particular. Mi relación se fue haciendo cada vez más frecuente en conversaciones de café. A él debo el haberme facilitado el conocer y tratar a personas de la talla vasquista del argentino doctor José María Garciarena Aguerre, en mi opinión, junto con el doctor Tomás Otaegui, los únicos dos teorizadores argentinos -y me atrevería a decir latinoamericanos- del nacionalismo vasco, o a vascos con probado currículo como Ildefonso Gurruchaga, Justo Garate, Luis González de Echevarri, el expárroco de Altsasu, Marino Ayerra, etc.

Llegada del lehendakari En diciembre de 1955, tras trece años de ausencia debido a la existencia del régimen peronista, se produjo la llegada del lehendakari Aguirre a Argentina, lo que me permitió escucharle en el Centro Laurak Bat de Buenos Aires.

Al año siguiente reapareció en la capital argentina, en forma de mensuario, Eusko-Lurra-Tierra Vasca, el órgano partidario oficial de Acción Nacionalista Vasca. Costeado desde Venezuela, sus responsables iniciales fueron el periodista José Antonio Olivares Larrondo, Tellagorri, y Pedro María de Irujo Ollo, asumiendo el primero de ellos el cargo de director. Tellagorri enfermó seriamente y falleció en 1960. Fue entonces cuando Pello Mari se hizo cargo de la dirección de Eusko-Lurra-Tierra Vasca, ocupación que mantendría hasta la desaparición del periódico en 1975.

Leyendo la colección completa de Eusko-Lurra-Tierra Vasca y en especial el periodo 1960-1975, es fácilmente verificable su línea editorial, democrática, vasca pluralista y republicana.

Pello Mari Irujo era la persona que estaba mejor informada de lo que sucedía en la Euskadi bajo la bota del franquismo, de los hechos que se producían en la clandestinidad. Dirigía un periódico que no era similar al resto de los existentes en la Diáspora Americana, destinados a los exiliados y antiguos emigrados. Este estaba destinado a ser leído clandestinamente en Nabarra, Bizkaia, Gipuzkoa y Araba, aunque, por supuesto, tuviese también lectores en Iparralde, París, Inglaterra, Suecia, Noruega, Suiza, Canadá, Andorra, la isla china de Formosa, Argelia, etc.

Sus contactos hacia 1960-61 con hombres de la nueva generación vasca explican la aparición en la publicación, bajo seudónimos, de nombres como José Luis Álvarez Emparanza, Julen Madariaga, José María Benito del Valle, José Manuel Aguirre Bilbao, Federico Krutwig Sagredo, etc.

Todo esto en momentos en que hay una consigna del silencio sobre estas personas y su ideario político. Consigna que Pello Mari Irujo no aceptó nunca. Junto a aquellos continuaron publicando otros como Ildefonso Gurruchaga, Marín Ugalde, Gabriel Goitia, Josu Osteriz, Carlos P. Carranza, Mikel Orrantia, etc.

Desde Buenos Aires, Pello Mari confeccionó una red de colaboradores que escribían directamente, desde Bilbao, el escolapio Justo Mokoroa; desde Donostia, Julio Ugarte, o desde Iruñea, Pedro Turullols. También colaboraban otras firmas conocidas desde México y Venezuela.

Desde París, Inglaterra o Donibane Lohitzune, allí donde se encontrase, su hermano Manuel de Irujo Ollo, que era lector desde la A a la Z del periódico, le enviaba todos los meses sus comentarios sobre los distintos artículos publicados, dando su opinión favorable o desfavorable.

El editorial era responsabilidad exclusiva de Pello Mari, como antes de 1960 lo fuera de Tellagorri. Yo, hasta mediados de 1960, me limitaba a ayudarle a hacer algunas labores administrativas, pero nada más.

Un día me sorprendió invitándome a escribir en Eusko-Lurra-Tierra Vasca y acepté. A partir de esa fecha, escribí bajo seudónimos cuatro artículos por número hasta el último publicado. Nunca tuve censura alguna, pero alrededor de unos pocillos de café -creo haber consumido cantidades fabulosas de fruto del cafeto con Pello- me comentaba en lo que coincidía y en lo que disentía.

Pello Mari fue mi mejor amigo en Argentina. Pasamos juntos cientos de horas de trabajo, de lectura de originales y de correcciones, de ayudar al armado en la imprenta, de llevar paquetes al correo, colocar sellos, escribir nombres con letras diversas…

Pello Mari vivió físicamente en Argentina durante 28 años, pero su corazón y su mente estuvieron siempre en Euskadi.

Eusko-Lurra-Tierra Vasca llegó al número 231 en septiembre de 1975 y dejó de publicarse porque Pello Mari cayó seriamente enfermo, siendo hospitalizado y soportando una larga convalecencia. Un día de 1977 me dijo que su hermano Manuel regresaba a Nabarra y que lo iba a acompañar a partir de entonces. Así lo hizo. Primero en Donibane Lohitzune y luego ya en Iruñea. Allí estuvo junto al León de Nabarra, siempre en un segundo plano, con esa humildad sobre la que el padre Iñaki de Azpiazu solía decirle, “Pello no es una virtud, es un vicio de tanto que abusas de ella”.

En Iruñea, primero en la calle Aoiz y, después del fallecimiento de don Manuel, en el piso de Iturralde y Suit, siguió trabajando por la confraternidad entre Nabarra y el resto del País Vasco.

Recordaré mientras viva las grandes lágrimas que le vi derramar en la plaza del Castillo de Iruñea tras el fracaso de una larguísima negociación política para conseguir una candidatura unitaria de todo el abanico aber-tzale en Nabarra.

En noviembre de 1982 lo visité. Estaba internado en el hospital de Iruñea. Allí estuve por espacio de varias horas hasta que llegó su sobrino, Pello Irujo Elizalde. No hizo más que hablarme de la necesidad de la coordinación de las distintas fuerzas abertzales. Algo que le obsesionaba y cuyo fracaso le dolía en el alma…

Fue la última vez que le vi.

El 24 de febrero de 1983, a los 73 años y dos días, falleció Pedro María de Irujo Ollo.

De él le oí decir, y más de una vez, a su hermano don Manuel, “Pello es el arquetipo del resistente vasco. Puede haber quien lo iguale, pero nadie que lo supere”.

Pello María de Irujo Ollo espera de parte de los jóvenes historiadores de Euskal Herria un merecido y profundo trabajo de investigación histórica. Lo mío ha sido apenas un intento de acercamiento a un hombre, a mi mejor amigo, al patriota cuya entrega a su Patria Vasca merece ser conocida y reconocida en la tierra que se extiende entre el río Adour y el río Ebro, porque así lo sintió siempre quien hoy descansa en su natal y querida Lizarra-Estella.

Este texto lo preparó Mikel Ezkerro para la Hermandad de Nuestra Señora de Aranzazu de Lima, fundada por miembros de la ‘nación vascongada’ en 1612, con motivo de los actos de conmemoración de los 75 años de la visita del lehendakari Aguirre a esta ciudad dentro de su primera gira americana (1942).