El matadero franquista que toneladas de tierra no taparon

La verdad acaba saliendo siempre a la luz, es el caso de las fosas navarras de Franco en Ollakarizketa de 1936 con testimonios que ponen la piel de gallina

Un reportaje de Iban Gorriti

APARECIERON dos coches, el primero con bandera nacional y una camioneta con toldo. Mi padre y mis hermanas se apartaron. Yo me quedé y vi los fusilamientos. Aquel día trajeron diecisiete esposados de dos en dos. Los metían como a corderos en la primera borda, la borda Roncal. Los sacaron ya sin atar. En la parte izquierda de la fosa, un pistolero le pegaba un tiro en el corazón y caía. En la parte derecha, el segundo pistolero le pegaba un tiro de gracia. Los echaban a la fosa medio tiesos, de pies, para que cupieran más”.

Trabajos de Aranzadi en la zona de Nafarroa donde se exhumaron tres fosas con 20 cuerpos el pasado septiembre.Foto: Pablo Domínguez

El escalofriante testimonio pertenece a Félix Echalecu, navarro que en 1936 fue obligado a cavar y tapar diversas fosas en Ollakarizketa tras presenciar diferentes ejecuciones. Hicieron, según narra, una fosa de unos 100 metros de largo por 0,60 de ancho y un metro de profundidad para enterrar los cadáveres. “La gente miraba para otro lado mientras los asesinos mataban con total impunidad”, agregan los investigadores del suceso Pablo Domínguez y Aiyoa Arroita, de Ortuella.

El lugar fue elegido para ocultar las muertes de, por ejemplo, sacas que se hacían del penal provincial de Iruñea y tal vez otros producidos por “paseos” de vecinos de lugares de la zona de Iruzkun, Valle de Juslapeña. “Se ha demostrado que las historias que se contaban de boca en boca eran ciertas, no una leyenda urbana inventada por los rojos republicanos”, dice Domínguez.

En la actualidad, este “matadero franquista” es también conocido como “coto redondo”. Es propiedad de Miguel Vidart Falcón, nieto del que fue alcalde, Pedro Vidart, cuando “se produjeron los viles asesinatos en noviembre de 1936”. La orden de cavar la fosa la recibió el propio alcalde del Gobernador Militar de Navarra, según han cotejado.

Domínguez transmite que los crímenes fueron presenciados por una pastora de nueve años llamada Plácida Ibero. Nunca olvidó el lugar donde los enterraron, “tras asesinarlos impunemente”, y que indicó personalmente en 1979. Testigos de aquella primera exhumación popular recuerdan, 40 años después, la enorme emoción que sintieron y lo que vieron a medida que excavaban en la fosa. “Entonces todavía quedaban vivos muchos hijos de fusilados. A algunos se les reconocía quiénes eran por la ropa, por las zapatillas”, afirma una testigo de las exhumaciones de 1979.

A juicio del investigador, siempre se supo dónde estaban las fosas de la borda de Ollakarizketa. Pero mantiene que durante la dictadura de Franco era impensable hacer algo por rescatar los cuerpos de los familiares sepultados. “El miedo estaba latente y los que ganaron la guerra ocupaban puestos políticos y sociales que impedían las inhumaciones de personas republicanas, pero que Franco sí hizo por decreto en 1936 para exhumar a los muertos de su bando. En el mismo se pedía un censo de desaparecidos de la guerra y encargar a un grupo de expertos un protocolo de exhumación, además de preservar por ley las fosas comunes para que no se construyera sobre ellas”, explica.

Sin embargo, en Nafarroa hubo lo que se ha denominado exhumaciones tempranas, que comenzaron en la posguerra en 1939-1941 con la actuación en fosas con autorización del Gobernador Civil, tal y como consta en los archivos. Las siguientes se llevaron a cabo en 1952, 1959 y 1964 con la recuperación de restos, incluidos los del alcalde republicano de Lizarra, Fortunato Aguirre, enterrado junto al cementerio de Tajonar. “Entre ellas no estaba ninguna de las de Ollakarizketa”, matiza Domínguez.

Estas primeras exhumaciones, según los especialistas, se hicieron más con el corazón que con la ciencia médico-forense y terminaron de forma brusca tras el golpe de estado de Tejero en 1981. “Regresó el miedo a una nueva masacre y se abandonó todo hasta el año 2000, cuando regresaron las exhumaciones, pero ya por medios científicos”, pormenorizan.

Pese a todo ello, en más de 80 años el propietario de la finca nunca ha hablado. “Lo que no sabían es que después, alguien relacionado con el terreno o con permiso de éste, alteró la superficie de las fosas que se veían a simple vista y las cubrió con toneladas de tierra, hasta una altura de más de un metro en algunas zonas. La intención no era ocultarlas, pues ya se sabía dónde estaban, sino dificultar el trabajo de buscarlas”, agrega.

“Fosas del odio” Pero llegó 2019. Y llegaron al lugar los técnicos especializados de la Sociedad Aranzadi con el antropólogo forense Paco Etxeberria y la arqueóloga Lourdes Herrasti a la cabeza, siguiendo un protocolo y dentro del programa de colaboración Institucional firmado con el Gobierno de Nafarroa.

Pablo Domínguez acudió al lugar el 30 de septiembre a ayudar con las exhumaciones como miembro colaborador de Aranzadi. “Lo que presenciamos allí fue dantesco. Había tres fosas localizadas junto al edificio pastoril. Una de ellas estaba casi excavada y con los restos de nueve personas asesinadas a la vista. Detrás había otra fosa múltiple que dejaba entrever los restos de, por el momento, cinco personas y un gran hoyo central de una época antigua donde en 1979 habían rescatado los restos de dos personas de forma parcial y sin tocar al resto”.

En total localizaron 20 cuerpos en esas tres fosas y “no 16 como informaron los periódicos ese día, a causa de la falta de excavación de la segunda fosa que no estaba visible en su totalidad”, confirma.

A pesar del hallazgo de las tres fosas este año y la que se exhumó en 1979, se cree que aún quedan más enterramientos por descubrir. “Se sospecha de otra con cerca de 16 personas en las inmediaciones y varias más con un número indeterminado de cuerpos cercanas a las localizadas. Son fosas del odio de un pasado reciente de nuestra historia que nos causan vergüenza en pleno siglo XXI”, lamentan.

Individuas Peligrosas

El relato de las mujeres republicanas presas en Amorebieta durante el franquismo

Un reportaje de Ascensión Badiola Ariztimuño

ES un día lluvioso y hace frío en el norte. Un grupo nutrido de mujeres, que se aprietan la ropa contra el pecho para no tiritar, desciende de los vagones de mercancías del tren en la estación de Amorebieta y se sumerge en la nube de lluvia. Ha sido un viaje duro en esos vagones que son para transportar ganado. Vienen de la estación del norte en Bilbao, pero antes de eso han sido obligadas a subir al tren en otros lugares de la península. De este primer grupo, la mayoría procede de Madrid, pero pronto llegarán muchas más de otros sitios.

Taller de costura de las presas en Amorebieta; a la derecha, expediente de Antonia Torres y Orden por la que se reconvirtió el penal en prisión central de mujeres.

Las mujeres forman en fila de a dos, con disciplina casi castrense y atraviesan el pueblo hasta un edificio situado en la plaza del Kalbario nº 4, custodiadas por guardias civiles y militares. Están flacas, demacradas, desgreñadas, con los vestidos sucios y los zapatos de barro y algunas llevan un bebé en brazos o están embarazadas.

“¿Quiénes son?”, se preguntan los pocos viandantes que circulan por el pueblo a esas horas tan tempranas y alguien contesta: “Creo que son rojas”. “¿Para qué las traen aquí?” -pregunta otro-. “No lo sé, pero parece que las llevan al antiguo seminario, que ahora es cárcel de mujeres”.

Así comienza el periplo de las republicanas enviadas a Zornotza a partir de septiembre de 1939, cuando ya ha acabado la guerra. Llegan desde todos los puntos de la España franquista y el primer grupo procede de la cárcel de Ventas de Madrid, donde ya no caben más presas. Las envían a las cárceles del norte, donde todavía hay sitio y pueden repartirse entre Amorebieta, Durango y Saturraran. La mayoría pasará por las tres cárceles y por otras muchas más, de entre las que integran el circuito carcelario creado por el Régimen para encerrar a todas las individuas peligrosas, que hayan sido calificadas como tal en el correspondiente consejo de guerra y condenadas a cadena perpetua o a penas desde seis hasta veinte años.

La de Amorebieta será solo una prisión más del entramado carcelario que se reparte por toda la península, desde la cárcel de mujeres de Girona, la de Oblatas de Tarragona; Les Corts en Barcelona; Santa María del Puig en Valencia; Can Sales en Palma de Mallorca, la prisión de mujeres de Málaga, la de Guadalajara; Las Ventas y La maternal de San Isidro, ambas en Madrid; otras cárceles castellanas, gallegas, asturianas… hasta las cárceles vascas: Saturraran, Amorebieta y Durango.

Todas ellas tienen en común el ser prisiones centrales o de cumplimiento de pena, diferenciadas de las prisiones provinciales existentes en todas las capitales de provincia y de las prisiones habilitadas, figura esta última recurrentemente utilizada durante la guerra para recluir a hombres y mujeres republicanos o sospechosos de serlo, que ya no caben en las prisiones oficiales, pero que a partir de 1940 serán sustituidas por las prisiones centrales, creadas por la Dirección General de Prisiones.

‘Hospital prisión’ Es el caso de la de Amorebieta que, instalada en el edificio carmelita construido entre 1931 y 1933 con el fin de servir como seminario sin que llegue a funcionar como tal por estallar la guerra, es en 1939 Hospital prisión de mujeres, una cárcel habilitada creada para descongestionar la provincial bilbaina, hasta que el 13 de marzo de 1940, el director general de prisiones, Esteban Bilbao Eguía, recibe la orden de reconvertir la prisión habilitada de Amorebieta en prisión central de mujeres que funcionará hasta su cierre en 1947.

A partir de ese momento, empezarán a llegar mujeres de todos los rincones del Estado español. Mujeres activas, políticamente hablando, como Tomasa Cuevas, afiliada comunista, pero también mujeres campesinas que no saben leer ni escribir y cuya única relación con el marxismo tiene que ver con haber llevado comida a un hermano que pelea en el bando republicano en la zona de Santander, como es el caso de Palmira Marcos Abascal, acusada de auxilio a los guerrilleros de Cabárceno y enviada a Amorebieta. También habrá andaluzas que han robado los mantos de la Virgen en su iglesia para confeccionarse vestidos con los que ir guapas a visitar al marido a la cárcel, o han saqueado objetos eclesiásticos de valor, como cálices, cruces, portacirios, para revender y alimentar así a la prole, que tiene hambre.

Muchas son analfabetas, pero las hay enfermeras y maestras republicanas, que serán las encargadas de alfabetizar a sus compañeras dentro del programa de redención que se establece para reducir condena por día de trabajo, como es el caso de Marina, la madre de la entonces niña Marina García, encarcelada en Amorebieta.

El sistema carcelario franquista pone especial énfasis en la moralidad y la reeducación en prisión con arreglo al modelo de mujer defendido por el Régimen. Se acabó lo de no oír misa, o lo de ir vestida de miliciana o lo de intentar equipararse al hombre en el trabajo y en la calle. A partir de esta reeducación moral, las mujeres encarceladas aprenden los nuevos valores, los nuevos cantos, los nuevos gestos, como el del saludo brazo en alto, las oraciones… La nueva moralidad consistirá básicamente en ejercer las tres obediencias: al padre, al esposo, y al sacerdote.

De todo esto se encargarán las monjas, que usarán los malos modos, con favoritismos para las reclusas que rezan en misa y castigos crueles para las presas que se niegan a rezar. La madre superiora de las Hermanas de San José, Simona Azpiroz, forma parte de la Junta de Disciplina y de ella dependen los castigos y las propuestas de libertad condicional de las presas a su cargo.

Simona Azpiroz censurará las cartas de algunas presas, su única vía de comunicación con el mundo exterior. Los motivos que argumenta en uno de los casos es: Antonia Díaz trabaja bien formando a las reclusas, dada su calidad de maestra, pero últimamente, dado su nerviosismo la hemos tenido que retirar, hasta tal punto de que algunas cartas de la citada reclusa han sido rotas sin ser enviadas (…) la deficiencia que muestra la reclusa es típicamente izquierdista, se niega a que su cuñado sacerdote meta a su hijo en un hospicio y de ahí las malas relaciones con su familia.

Y es que la reclusa Antonia Díaz tiene a su hijo fuera de la cárcel, seguramente es mayor de tres años, la edad reglamentaria en la que los hijos son separados de sus madres para entregarlos en adopción bien a la propia familia, bien a una familia del régimen o si no para quedar bajo la tutela del Estado. Hasta esa edad, los hijos permanecen con sus madres dentro de la cárcel, algunos incluso han nacido entre cuatro paredes, sobre el suelo donde da a luz la madre sin ningún tipo de asistencia.

El testimonio de Trinidad Gallego, una de las presas de esta cárcel, madrileña y matrona de profesión dice: En Amorebieta las madres solo ven a sus niños un ratito al día (…) Los oyen llorar, pero las monjas no les dejan ir. Y si los niños están enfermos, tampoco. Y la que pare va cinco minutos a darle el pecho, pero nada más.

Lo peor es cuando los bebés enferman y mueren. La cárcel dispone de un médico, pero este solo acude a certificar la muerte para solicitar asistencia de enterramiento de beneficencia al ayuntamiento de la localidad. Así le ocurrió a la presa Julia Manzanal, una cigarrera madrileña, que llega a Amorebieta por haber sido miliciana comunista, cuando ve morir a su hija de nueve meses, sin que acuda nadie a remediarlo y tras haber pedido auxilio a gritos durante toda la noche. El médico certifica muerte por sarampión y las monjas le prohíben dar el último adiós a su hija muerta por ser “de las que no comulgan”.

Los niños ‘no existen’ Los niños solo adquieren identidad si están muertos y solo al ser registrados en el Juzgado de Paz, si no, no existen. Están junto a sus madres, pero no están inscritos en ningún sitio. Sus nombres ni siquiera figuran en el oficio que la superiora de la cárcel redacta para permitir la salida del cadáver del edificio ni en la solicitud al ayuntamiento para el enterramiento. El cuerpo anónimo es llevado en un carro con una mula hasta el cementerio. Alguna de las presas, como Tomasa Cuevas, cuando sale de Amorebieta y es conducida de nuevo a Ventas, llama a esta cárcel del norte El cementerio de las vivas.

No tienen nada que perder. El tiempo pasado en Amorebieta es un tiempo huero, desafortunado. El sufrimiento y la disciplina les ha hecho perder peligrosidad, como quien muda de piel y algunas han aprendido a leer y escribir, incluso han recibido instrucción elemental y educación religiosa básica. Cuando salen son menos peligrosas, aunque habrá que vigilarlas.

Cuando se clausura la cárcel en 1947, las mujeres regresan al tren, algunas para volver a sus casas en libertad vigilada; otras para ir al destierro y el resto, con destino a otra prisión, la de Segovia, más nueva y moderna, pero también más fría y hostil.

El castigo aún no habrá terminado para la mayoría.

Nicolás María de Urgoiti, el gran dinamizador de la industria cultural en la Edad de Plata

Nicolás María de Urgoiti protagonizó el despegue de la industria editorial en el Estado español en el inicio del siglo XX e impulsó numerosos proyectos periodísticos

Un reportaje de Juan Miguel Sánchez Vigil

ha pasado siglo y medio desde que Nicolás María Urgoiti viera la luz por primera vez y casi siete décadas desde su fallecimiento sin que la sociedad haya reconocido todavía su aportación a la cultura. Este intelectual, cuya vida podría ser novelada por entregas -llegó a batirse en duelo con un magnate de la prensa por defender sus principios-, debería tener espacio específico en los libros de texto y ser estudiado en las universidades como ejemplo de empresario y modelo en la dinamización de la cultura. El editor Gonzalo Losada, creador de la magna colección Austral en los primeros meses de exilio bonaerense y de la editorial de su nombre, escribió sobre él en 1948: “Urgoiti es uno de los hombres de más auténticos valores que ha tenido España en lo que va de siglo. Estamos todavía tan cerca del bosque que no lo podemos ver, pero a medida que nos vayamos alejando, es decir, a medida que vaya transcurriendo el tiempo, se empezará a verlo en su conjunto, en sus contornos y en sus detalles, y los que tengan la suerte de contemplarlo se llenarán de respeto y admiración”.

Nicolás María de Urgoiti Achúcarro.

“Auténticos valores”, términos difíciles de conjugar y que definen la personalidad de quien dirigió La Papelera Española y puso en marcha el grupo Prensa Gráfica, modificando las estructuras mediante proyectos aún no superados.

Urgoiti nació en Madrid el 27 de octubre de 1869, hijo de Nicolás Urgoiti Galarreta y de Anacleta Achúcarro. Quedó huérfano de madre a los 8 años y pasó parte de su infancia en París antes de ser internado en las Escuelas Pías de Tolosa. Se licenció en Ingeniería de Caminos en 1892 en la Universidad Central de Madrid y se casó con su prima María Ricarda Somovilla Urgoiti, con quien tuvo ocho hijos: José Nicolás, Gloria, Graziella, Ricardo, María Luisa, Álvaro, Gonzalo y Nicolás.

En 1893 fue contratado por la Papelera Vasco-Belga de Renteria y en 1894 pasó a la de Cadagua, presidida por el conde de Aresti. Estas empresas se fusionaron el 25 de diciembre de 1901 para formar La Papelera Española y Urgoiti fue el elegido para dirigirla. Con la producción y venta de papel como objetivo, se instaló en la calle Barquillo de Madrid en 1905 y comenzó a expandir el negocio.

En esos años, la industria editorial española cobró auge gracias a la celebración en Madrid del sexto Congreso Internacional de Editores, organizado por la Asociación de Librería de España en 1908 con el objetivo de defender los derechos de autor y promocionar el asociacionismo.

La gestación de un imperio mediático

El proyecto de Urgoiti fue global, basado en la creación de empresas consumidoras de materia prima, pero con la premisa de generar contenidos de calidad. Así, en 1913 adquirió la revista Mundo Gráfico, que daría origen al grupo mediático Prensa Gráfica, competidor directo de Prensa Española, fundada por Torcuato Luca de Tena y de la que dependían el diario ABC y la revista de actualidad Blanco y Negro, además de otras especializadas. A Mundo Gráfico añadió La Esfera, que salió al mercado en enero de 1914, y el 26 de marzo de 1915 compró la Compañía Editorial Nuevo Mundo, editora de la revista del mismo nombre. En tres lustros hizo realidad su ambicioso plan empresarial, garantizando la producción y venta de papel además de ocupar un espacio clave en el sector informativo a través de las publicaciones periódicas.

Desde la fundación de La Papelera Española hasta el comienzo de la Guerra Mundial, en 1914, modernizó las instalaciones de la empresa para conseguir precios competitivos. La contienda provocó la escasez de papel y en consecuencia la intervención del Gobierno para la regularización de su consumo. El 7 de diciembre de 1915 pronunció una conferencia en el Ateneo de Madrid sobre la situación de la prensa española, culpando de los problemas a los intermediarios y en especial a los vendedores por las altas comisiones.

Esta falta de materia prima y la dificultad de importar pasta de celulosa de los países del norte de Europa, reactivó las papeleras españolas. Urgoiti renovó las plantas de trabajo de los talleres de Renteria y Arrigorriaga y el resultado fue el aumento de la producción, que pasó de 2.000 kilos de pasta diaria en 1917 a 8.000 un año después. También recurrió al reciclaje, recuperando papel viejo y de recorte mediante la instalación de depósitos de recogida de material.

La proa del cuarto poder en la prensa española

El proyecto de fundar un diario estuvo en la mente de Urgoiti durante años, siempre con la idea de producir y vender papel. Su primer movimiento fue relanzar El Imparcial, pero el acuerdo con su propietario, Rafael Gasset, no fue posible y se abrieron las puertas hacia El Sol. Dos años antes de que saliera a la calle, el 11 de junio de 1915, Ortega y Gasset reclamaba la necesidad de un periódico moderno: “Bastaría que frente a ABC surja otro periódico con los mismos elementos técnicos y un espíritu más alto para que le pase lo que a Blanco y Negro frente a Mundo Gráfico y a Nuevo Mundo. Un periódico que podría titularse XYZ para dar a entender que en materias de educación e interés público no quiere ser el alfa sino el omega”.

El 1 de diciembre de 1917 El Sol comenzó a venderse al precio de 10 céntimos, el doble de lo que costaban los demás; en esto y en sus contenidos sería siempre distinto. Surgió en plena guerra y sus páginas fueron plataforma publicitaria de toda la producción de Prensa Gráfica. Urgoiti, desde la presidencia, diseñó un equipo compuesto por Manuel Aznar, consejero; Félix Lorenzo, director, y Eduardo Ruiz de Velasco, redactor jefe, a los que se sumaría más tarde Ortega y Gasset. El objetivo fue relanzar la prensa desde la perspectiva empresarial y al tiempo renovar la política del país. Para ello contó en plantilla con intelectuales y periodistas de prestigio: Lorenzo Luzuriaga, Luis de Olariaga y Adolfo Salazar, y con colaboradores expertos: Mariano de Cavia, Nilo Fabra, Luis Bagaría, Corpus Barga, Salvador de Madariaga, Julio Álvarez del Vayo, Federico de Onís o Joaquín Montaner (Barcelona). Madariaga escribiría en sus memorias: “El aire estaba lleno de renovación. Esta palabra llegó a ser un santo y seña, casi una palabra mágica. Hizo de ella su divisa El Sol, nuevo diario fundado en Madrid por un industrial inteligente e intelectual, don Nicolás María Urgoiti, con una política limpia, ilustrada, generosa y liberal, libre de prejuicios y de compromisos. Rompiendo valientemente con el pasado”.

Un modelo editorial jamás superado

1918 fue un año de convulsiones sociales y políticas. La falta de materia y el elevado precio que el Gobierno alemán puso al papel, cartón, pasta de madera y celulosa redujo la exportación de libros españoles hacia América. El 14 de marzo La Papelera Española envió una circular a los consumidores notificándoles que la escasez de productos y la dificultad para adquirirlos obligaba a suspender los pedidos para fabricar papel. Meses después Urgoiti creó Calpe (Compañía Anónima de Librería, Publicaciones y Ediciones) con el objetivo de publicar y editar por cuenta propia y ajena toda clase de libros, obras literarias, artísticas, pedagógicas, científicas y profesionales que contribuyeran a la difusión del saber. Con la editorial activó una corriente ideológica laicista y progresista, representada por intelectuales como José Ortega y Gasset, Manuel García Morente o Ramón Menéndez Pidal, responsables respectivamente de los ensayos, las obras literarias y el primer diccionario. Además amplió el mercado del papel, introdujo las corrientes culturales del extranjero y abrió la exportación a América. El primer catálogo fue publicado en 1919 y el 12 de agosto de ese año lanzó la colección Universal, definida por José Carlos Mainer como una “creación editorial de La Papelera Española que, al enjugar excedentes de fabricación, se constituía así en pionera del paper back o libro de bolsillo en el mundo”.

En abril de 1919 Antonio Maura le propuso ocupar el Ministerio de Abastos, que no aceptó, y a finales de ese año dejó la dirección de La Papelera para dedicarse a la editorial y al periódico. En junio de 1920, la política de precios de la prensa originó un enfrentamiento con Miguel Moya, director de El Liberal, que le obligó a batirse en duelo con su hijo. Apenas dos semanas más tarde, el 1 de julio, presentó el diario La Voz, dirigido a un público general. Fue su director Enrique Fajardo, con Javier Bueno como redactor jefe, y en el que colaboraron Antonio Machado, Ramiro de Maeztu y Azorín. Su función fue contrarrestar las pérdidas económicas de El Sol. Lo consiguió durante una década con una tirada diaria media de 100.000 ejemplares.

Entre 1923 y 1925, Urgoiti tomó las riendas de Calpe y lanzó un conjunto de extraordinarias colecciones sobre diversas materias que engrosaron el catálogo. En otro golpe de efecto abrió la Casa del Libro en la Gran Vía madrileña, puso en marcha delegaciones de la editorial en Barcelona y Buenos Aires, y cerró el ciclo con la fusión con Espasa en diciembre de 1925, editora de la popular Enciclopedia Universal Ilustrada.

Durante la dictadura de Primo de Rivera se distanció de La Papelera Española por motivos políticos y se dedicó a la difusión de la industria editorial. En 1924 creó la agencia de noticias Febus, en 1927 organizó junto al director de La Vanguardia la delegación española del Congreso Mundial de Prensa de Ginebra y presentó en la Oficina Internacional del Trabajo el informe La organización de la industria papelera en España desde los años 1894 a 1926. En 1928 participó en la Exposición Internacional de Prensa de Colonia y en 1929 fue nombrado presidente honorario de la Federación de Prensa Española. En diciembre de 1930 el conde de Aresti, presidente del Consejo de Administración de La Papelera, le exigió que “respetara a la monarquía y a la Iglesia”, lo que provocó que Urgoiti abandonara El Sol, y con él sus fieles, entre ellos Félix Lorenzo, Ramón Gómez de la Serna y José Ortega y Gasset.

En abril de 1931 comenzó una nueva etapa al frente de Fulmen, editora del periódico Crisol, que pasó a titularse Luz en 1932. Militó en la Agrupación al Servicio de la República y en las elecciones generales fue candidato por Gipuzkoa, pero no fue elegido. A finales de aquel año un brote depresivo le llevó a ingresar primero en un centro de los alrededores de Madrid y luego en una clínica suiza, donde pasó la Guerra Civil. Los últimos años de su vida los dedicó a ordenar su archivo personal.

Además de las empresas citadas, creó otra docena: Tipográfica Renovación, Gráficas Reunidas, Sociedad Cooperativa de Fabricantes de Papel, Ibys (Instituto de Biología y Sueroterapia), Telas Metálicas Perot, Almacenes General de Papel, Sociedad Arrendataria de Manipulado, Onena, revista Voluntad y la agencia de publicidad Urgoiti, Salas y Porrero. Murió en Madrid el 8 de octubre de 1951.

El miliciano preso al que liberó Goicoechea

Epifanio Guridi relata en su diario cómo tras ser apresado por los franquistas logró coincidir con el famoso comandante republicano pasado al enemigo

Un reportaje de Iban Gorriti

nO son muchos los diarios de gudaris y milicianos que han trascendido o que aquellos soldados del Euzkadiko Gudarostea llegaron a escribir. Contados han sido los que han acabado impresos como libro y otros reposan en la memoria familiar. Un ejemplo de estos últimos es el Diario de Epifanio Guridi, antifascista del batallón 8 de la UGT durante la Guerra Civil. Su relato ha sido estudiado por Jon Ander Ramos, profesor de la UPV/EHU.

Fue en estas 120 páginas de los años 80 donde el antifascista de Eskoriatza relató una paradoja. El guipuzcoano se mostró en todo momento un ferviente defensor de la fortificación del Cinturón de Hierro que comandó Alejandro Goicoechea. Este último, el 27 de febrero de 1937, se pasó al bando golpista en Arlaban, a la IV Brigada de Navarra. Años después, fue el inventor del tren Talgo.

Guridi narra con entusiasmo los planes del Cinturón de Hierro de Bilbao. “Todo el País Vasco confiábamos en la enorme fortificación. Todos los alrededores de Bilbao se encontraban con nidos de ametralladoras, construidos por el afamado Goicoechea. Pero de nada sirvió. Una noche, este comandante se fugó con todos sus planos al enemigo cruel fascista”, denunciaba molesto.

La singularidad de este hecho es que, sin embargo, Epifanio acabaría libre tras ser apresado por el bando sublevado. La curiosa razón fue que coincidió con el propio Alejandro Goicoechea y este le aseguró que conocía a su familia y que, incluso, había una casa en común, por lo que le quedaban pocos días de guerra. Y así fue a raíz de la intermediación del de Elorrio.

El diario entregado por una hija del miliciano a Ramos describe que esta noticia aconteció un lunes. Epifanio, “conductor desde los 18 años y acordeonista que tocaba en romerías” -como narra el investigador- situó su camión para que lo cargaran los soldados del bando golpista. Entonces apareció Goicoechea. “Preguntó por el chófer del camión y le contestaron que estaba en su casa, y mandó que me presentara. Me preguntó si de verdad era yo de Eskoriatza y si vivía en la casa. Contesté que sí, que vivían mis padres desde cuando se casaron. Me dijo que era la casa de sus primas. ¡Qué coincidencia! Estará usted contento. Me estrechó la mano y me dijo: suerte que ya te quedan pocos viajes…”.

Sin embargo, hay que recordar que meses antes, cuando Epifanio militaba en el bando republicano que defendió desde el primer día en el comité de defensa de su Ayuntamiento, detestaba el golpe de Estado. Denunció en su diario el paso de bando de Goicoechea porque, según sus palabras, “para Euskadi fue una desmoralización tremenda”. Y va más lejos. Asegura que el 18 de junio de 1937, un día antes de la ocupación de los ya franquistas de Bilbao, el lehendakari “José Antonio Aguirre se presentó en Artxanda gritando y animando a todos los gudaris para que se resistiera, que en término de pocas horas íbamos a recibir cantidad de aviones y material necesario, y que lucháramos en defensa de Bilbao. Pero nos fue imposible resistir. Por las Arenas, Getxo, entraron los italianos con sus tanques orugas, y coparon Bilbao muy fácilmente”, valoró. “La desilusión invadió a las tropas republicanas”, concluía al respecto.

Echando la vista atrás, el capítulo de sus primeros días de guerra es propio de una secuencia cinematográfica. Tras el golpe de Estado fue uno de los últimos en abandonar Eskoriatza, pueblo en el que se crió en el seno de una familia humilde a la que llegó procedente del hospicio donostiarra. A pesar del estallido del conflicto y tras poner su camión a disposición del bando democrático, actuó en fiestas de Marín con su acordeón. Ese día, una mujer bajaba del monte “llorando, y nos dijo que suspendiéramos la fiesta, que estaban bombardeando Otxandio”. Guridi testimonia que el día 21 de septiembre se desalojó Eskoriatza, “excepto los cuatro del comité y yo”. Pasaron la noche en un coche, en un frontón. Haciendo guardias.

Al repique de las campanas de un convento indicando la entrada en Arrasate de las tropas enemigas, Epifanio se dirigió con el coche hacia Bizkaia por Kanpazar. En Elorrio vio un mitin de Pasionaria. Se afincó en Abadiño. Tuvo el valor de volver a trasladar a una persona a Arrasate. Acabaría en Bilbao e incluso con su batallón ugetista en Gijón o Cangas de Onís. Fue apresado por los sublevados en Comillas.

APRESADO “Aparecieron 60 aparatos alemanes e italianos. Me metí en una alcantarilla dejando mi moto en una cuneta. Oía ruidos de cadenas, asomándome a la entrada de la alcantarilla vi 25 carros de combate, con la bandera en lo alto, la bandera cruel, fascista”. Guridi se sintió vendido. Al anochecer, cogió nuevamente la moto y se dirigió a Comillas para entregar el parte. La comandancia había sido abandonada. Se dirigió al puerto donde vio zarpar un barco en el que iban los directivos de la comandancia. Solo en mitad de la noche, viendo cómo nadie más quedaba, “no le quedó más remedio a Epifanio que entregarse”. En ese momento comenzaría su largo periplo en el bando enemigo hasta dar con Alejandro Goicoechea y obtener su pasaporte a la libertad.

El mugalari de Felipe González

El bilbaino juan iglesias escondió en el exilio en Francia durante la dictadura de franco al que años después sería presidente del gobierno español aprovechando la red de paso de frontera del PNV

Un reportaje de Iban Gorriti

UN bilbaino fue quien posibilitó que el socialista Felipe González, a la postre presidente de España entre 1982 y 1996, alcanzara el exilio durante los años de clandestinidad antifranquista. Se llamaba Juan Iglesias Garrigos. y desde su base en Baiona daba cobertura al abogado sevillano llamado a liderar España aprovechando las redes del PNV.

Juan Iglesias, junto al lehendakari Aguirre, en el Congreso Mundial Vasco en París en 1956.

Los años sesenta llegaban a su fin y el joven abogado había finalizado sus estudios de derecho. Ya militante socialista, viajaba a Francia para reunirse con sus camaradas en el exilio y participaba en manifestaciones contra la dictadura de Franco. Este hecho le llevó a ser detenido en Madrid en 1971. Tres años después, González participó en el histórico Congreso de Suresnes, bautizado como el cónclave del “PSOE renovado”, encuentro vivido cerca de París del que salió nombrado secretario general. En aquellos años fue cuando su camarada vizcaino Juan Iglesias le posibilitaba “el pase de frontera que tenía organizado el PNV en la muga”, señala Iñaki Anasagasti, militante histórico de la formación jeltzale y buen conocedor de la historia reciente de Euskadi.

Juanito, como era conocido por todos, fue presidente del PSE, consejero del Gobierno vasco en el exilio y miembro destacado del Consejo General Vasco. Durante la Guerra Civil, fue hecho preso en el mítico barco cárcel Altuna Mendi, junto a Ramón Rubial y Santiago Meabe, y sufrió, además, el penal navarro de San Cristóbal, donde fue uno de los pocos que salieron con vida en su fuga, aunque en el intento perdió su brazo izquierdo. “Merece la pena sacar de las tinieblas su figura”, enfatiza Anasagasti.

Iglesias nació en Miraflores, Bilbao el 13 de marzo de 1915. Era hijo de castellanos de Pajares de la Lampreana (Zamora). A los seis meses, se mudaron a la calle Cantarranas. Su padre era un funcionario municipal, sastre y fundador del partido Izquierda Republicana. Juanito y sus cinco hermanos estudiaron en las escuelas de Urazurrutia. Con catorce, contaba que se hartó de los maestros. Así, sin que en su casa lo supieran, comenzó a hacer labores de recadista en el estanco del Teatro Arriaga, donde cobraba una peseta al día. Después trabajó con los Ruiz, propietarios del ultramarinos La Blanquita, en Colón de Larreátegui. Pero los Ruiz se arruinaron y pasó a la competencia: Sebastián de la Fuente. “De allí me echaron -narraba Juan- por malo, por rojo; sindiqué a toda la plantilla. Teníamos entonces el sindicato en la calle Jardines. Yo me había afiliado a UGT en marzo de 1930, con quince años”.

Participó en las revueltas de octubre de 1934. La revolución no triunfó en Asturias y pronto llegó la orden de Largo Caballero para que no se ejecutara ninguna acción armada. Detuvieron a Juan. Pasó siete días en el cuartelillo de la Guardia de Seguridad en Elcano. Le procesaron, pero la cárcel de Zabalbide estaba repleta. Por ello le encerraron en un viejo barco de carga fondeado en Axpe.

Antes de que estallara la guerra, Juan ya sabía que algo se cocía. “Ya conocíamos lo que estaba pasando en Garellano, donde se reunían los fachas. Había unos capitanes, militares muy famosos, sobre todo un tal Samaniego. Hasta que llegó la noticia de que se habían sublevado en Melilla”.

El domingo, 19 de julio de 1936, estaba programado un desfile por la Gran Vía. Se creía que, aprovechando su paso, parte de las tropas de Garellano tomarían la Diputación y se apoderarían de las autoridades. Por ello, narraba Iglesias, “a nosotros nos dieron unos revólveres tremendos, larguísimos, del calibre 38. Esperamos en la Diputación y no pasaba nada. Por lo visto, los falangistas no se atrevieron a dar el golpe, o ya habían tenido noticias de que en Garellano habían entrado los mineros y habían tomado el cuartel. Yo salí a volar los puentes de Orozko y Orduña…”, agregaba.

Iglesias fue detenido, conducido a Gasteiz y condenado a muerte. Le destinaron al fuerte de San Cristóbal de Ezkaba. Los presos prepararon la fuga más populosa que se haya conocido en el Estado y los funcionarios aquel 22 de mayo de 1938 acabaron matando a 206 esclavos de Franco en su huida. Pocos sobrevivieron. Uno fue Iglesias, quien a resultas de un balazo, perdió un brazo.

baiona Tiempo después recobró la libertad y colaboró en la organización del PSOE. Sin embargo, debió exiliarse por su militancia, y comenzó a trabajar en la delegación del Gobierno vasco en Baiona. En 1963 al fallecer Paulino Gómez Beltrán, fue propuesto por el PSE como consejero sin cartera del Gobierno vasco, cargo que ocupó hasta la disolución del Gobierno vasco en el exilio en junio de 1979.

Un año antes, fue propuesto como consejero de Trabajo en el Consejo General Vasco (órgano preautonómico del País Vasco), presidido por su correligionario Ramón Rubial primero y por Carlos Garaikoetxea después. Cesa en el cargo tras la constitución del primer Gobierno vasco posterior al Estatuto de Gernika en 1980. Fue igualmente presidente del PSE entre 1977 y 1982 y miembro del comité federal del PSOE.

“Juanito, como le llamábamos, y eso significa que era un tío cercano y familiar, fue un socialista muy leal al Gobierno vasco en el exilio y presidente del PSE cuando el PSOE de Nafarroa se salió del PSE, algo que le pareció muy mal”, apostilla Anasagasti, quien concluye con una anécdota: “Iglesias fue con el Consejo General Vasco a Madrid a presentar sus respetos al rey y como Juanito era manco, Juan Carlos le preguntó a ver qué le había pasado y él le respondió: Me lo quitaron en el fuerte San Cristóbal durante la guerra. Fue algo muy comentado”.

Murió en 2001 a los 86 años y tras 30 años de vida en el exilio francés. El día de su entierro, el PSE destacó de su figura “su lucha por la democracia, la libertad, la igualdad y las ideas socialistas”.