Bombardeos: cuitas de Cely por Bilbao y Gernika

La mano de Cely sobre una foto de ella y su madre

IBAN GORRITI

LA juventud de Marcelina Castro no fue de agua de Bilbao. La tragedia -escribió el sabio- es lo que muere dentro de una persona mientras vive. A esta nacida en el Regato, en menos de un año y medio, se le murió su hijo, Esteban, de 2 años y meses. Después, durante su segundo embarazo, su marido, el bilbaino Moisés Jiménez, de 24. Tan solo 18 días después nació Cely. «Mi madre me decía que se hizo tantas fotos conmigo siendo yo niña porque temía perderme también», relata Cely.

Por si fuera poco, comenzó la Guerra Civil. Madre e hija sortearon los bombardeos de la capital vizcaina. Vivían en Autonomía y cuando las sirenas anunciaban un posible ataque, corrían a «refugios que eran de muerte, hoy parecen de risa» -rememora-. Trataban de mantener el corazón vivo y sus ilusiones de futuro: «Las niñas íbamos con juguetes a un túnel en la parte de atrás de la plaza de toros y, más tarde, las amatxus nos llevaban la comida».

Las sirenas alertaban con «tres tonos». El primero era de acercamiento, el segundo, «más fuerte, que llegaban», y en el tercero, «caían ya». A Cely se le ha quedado el sonido de aquellas sirenas, como «de barco cuando hay niebla». El tercer tono era a lo bestia. «¡Increíble!». A pesar de vivir esos momentos de angustia superlativos, recuerda el día del bombardeo de Gernika, el 26 de abril de 1937. «Más que los que viví en mi propia calle. Lo de Gernika fue salir a la calle y la gente gritando Gernika arde, Gernika está ardiendo«, enfatiza. Tras reconocer que «aún hoy me emociona más por la trascendencia que tuvo y ver a la gente despavorida. En los bombardeos de Bilbao corrías y habías visto que no te había pasado nada, porque una niña no repara en daños».

La imagen de los bilbainos consternados por Gernika se mantiene fresca en la mente de Cely. «Era como parte del cuadro de Picasso, que luego hemos conocido. También se habló del de Durango, muy importante, pero el de Gernika, a día de hoy, lo llevo dentro». Otro recuerdo que jalona la infancia de esta vizcaina es la entrada de los militares españoles en Bilbao, el 19 de junio de 1937, dieciséis días después de la muerte del general Mola. «El día que entraron las tropas de Franco, mi tía de 18 años salió a verles. Se lanzaron obuses y la tía mayor salió a buscarle y se encontró con cadáveres, heridos,… Una le pareció por la ropa su hermana. Por suerte, no lo era. Se tenía mucho miedo a la entrada de Franco con la escolta mora, que se hablaba que violaban a mujeres y a la niñas».

Tal era el miedo que tenían a esta facción que guarda una anécdota al respecto: «Tocaron a la puerta y era un moro. En casa estaba una amiga de la familia, con sus dos hijos, que se sentía muy apoyada por mi madre ya que su marido se había ido de gudari y desapareció. Las dos vieron al moro y resulta que era un disfraz, de un vecino muy gracioso que se llamaba Floren. ¡Menuda broma! ¡Menudo susto!».

Con la llegada de los insurrectos, Marcelina decidió ir a Santander con su hija para embarcar y buscar la tranquilidad de Francia o Bélgica. «La despedida con la familia fue un drama, yo regalé los juguetes a mis primos», evoca Cely. Se dirigieron a la estación del tren: «Pasamos toda la noche esperando un tren. Cuando llegó era exclusivo para los milicianos heridos. Mi madre se cansó y volvimos a casa. La abuelita aún seguía llorando. Nos quedamos».

Marcelina regentaba una camisería. Y la cosa iba bien. Tuvo que llamar a más trabajadoras porque no daban abasto. «Cosían ropa para intendencia de los milicianos y para la CNT, recuerdo ropas con los colores rojo y negro». Cely y Marcelina fueron, en ocasiones, casi una misma persona. «Mi madre me protegió tanto… y para mí era todo». A los actuales hijos de Bizkaia, Cely les pide que «arreglen los problemas en los despachos. Que los fabricantes de armas dediquen el metal a cubertería o maquinaria de labranza. Que no haya más guerras».

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