‘Aitzol’, un dinamizador de la nación vasca

Mikel Aizpuru

BERMEO. El sacerdote José Ariztimuño Olaso falleció en la madrugada del 17 de octubre de 1936 junto a la tapia del cementerio de Hernani. Su muerte tuvo un eco mucho mayor que el de otras muchas personas que perdieron la vida en aquellas mismas fechas en medio de la Guerra Civil. Este hecho no es extraño si tenemos en cuenta la prolífica personalidad de Aitzol, su pseudónimo más conocido y que era el apócope de sus dos primeros apellidos.

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‘Aitzol’ sacerdote

De Comillas a Vitoria, por el euskera y la salud

Hijo de una familia carlista profundamente religiosa, José Ariztimuño encaminó sus pasos hacia el seminario y la labor pastoral. Su primer destino fue el Seminario Pontificio de Comillas en Cantabria que abandonó en 1919, al parecer por su vinculación con un grupo de seminaristas preocupados por la lengua y la cultura vasca y por motivos de salud. Aitzol concluyó sus estudios en el Seminario Diocesano de Vitoria y se ordenó sacerdote en 1922. Su primer destino fue el Secretariado Diocesano de Misiones y en su labor en este organismo ya se apreciaron los rasgos fundamentales de su actividad futura: capacidad organizativa, preocupación por los medios de comunicación y desarrollo de los aspectos doctrinales de su tarea. En 1928 fue nombrado Secretario General de la Unión Misional del Clero de España. Un año más tarde, se trasladó a San Sebastián, donde, coincidiendo con el advenimiento de la Segunda República, inició una nueva etapa que le hizo conocido en todo Euskadi y, en especial, en Gipuzkoa. En ella combinó sus actividades pastorales con la predicación oral y escrita tanto en el terreno social, como en el cultural. Aunque su proximidad a las ideas del Partido Nacionalista Vasco era muy evidente, la mayor parte de su actuación pública se limitó a esos tres terrenos, si bien es innegable su capacidad de influencia entre dirigentes y seguidores de dicho partido.

Conviene subrayar que desde los tiempos de Sabino Arana hasta nuestros días, los nacionalistas españoles han atribuido a la Iglesia vasca el hecho de propagar el sentimiento nacionalista vasco, a pesar de que los datos indiquen todo lo contrario. Y es que los obispos de Vitoria y los jefes de algunas casas religiosas, además de poner trabas al nacionalismo, también se opusieron a todo lo que representara simpatía por el euskara. A medida en que se extendía el nacionalismo entre la sociedad vasca, también lo hizo entre los sacerdotes de la iglesia vasca, y algunos clérigos destacaron en política, asuntos sociales y, sobre todo, en la defensa y resurrección de la cultura vasca. Es el caso de Aitzol, pero también de otros sacerdotes propagandistas como Policarpo de Larrañaga o Alberto de Onaindia.

‘Aitzol’ teórico y estratega

Un verdadero empresario cultural sin ánimo de lucro

Aitzol tuvo un gran protagonismo durante los años de la República. Fue un verdadero empresario cultural sin ánimo de lucro. Son incontables los actos, periódicos y asociaciones que impulsó y lideró. Tomó el testigo de Antoine d’Abbadie en la organización de los Juegos Florales, dirigió la asociación Euskaltzaleak, orientada a la defensa y difusión del euskera, organizadora del Día de la Poesía y del Día del euskera y propietaria de la revista Yakintza; editó el diario El Día, muy próximo al nacionalismo vasco; se valió del sindicato ELA-STV para defender el cristianismo social y llegó a recibir críticas de la Iglesia por dar un discurso ante los comunistas en San Sebastián; también participó en los mítines a favor del Estatuto y en muchos actos políticos nacionalistas. Sus obras completas fueron publicadas en San Sebastián por la editorial Erein en 1986 y contienen numerosos artículos sobre toda clase de temas, desde la actividad misional a la investigación histórica, pasando por la descripción de los movimientos nacionalistas en otros países, el bertsolarismo, el folklore, la crítica literaria o la sociolingüística.

Las preocupaciones fundamentales de Ariztimuño fueron su labor sacerdotal, la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores vascos y el impulso del euskera y de la cultura euskaldun. La recuperación de esta lengua era el mejor reflejo de la vitalidad de la nación vasca. En este último terreno es muy conocida su evolución. En un primer momento apoyó la obra de poetas modernistas como Lauaxeta o Lizardi para construir un referente literario del renacimiento euskaldun. Al ver que estos autores no gozaban del apoyo del público, propugnó un lenguaje literario más apegado a la tradición oral vasca y dio un fuerte impulso al bertsolarismo, organizando el primer campeonato moderno de esta modalidad poética. Sus concepciones sociopolíticas se plasman en un libro titulado La democracia en Euzkadi donde se entremezclan rasgos del sistema foral con elementos democristianos. La fe católica, la conciencia nacional y la justicia social eran los elementos que permitirían la conservación y el despertar de la nación vasca.

‘Aitzol’ en la guerra civil

Ayudó a los refugiados que llegaban a Iparralde

Según el testimonio de Don José Miguel de Barandiaran, Ariztimuño procuró, desde el inicio de la guerra, que los nacionalistas no se enfrentasen a los militares sublevados, pensando que los nacionalistas estaban fuera del objetivo de aquellos. Encaminó, además, el esfuerzo nacionalista a defender personas y edificios en peligro. Cuando él mismo, a finales de agosto, tuvo que pasar la frontera, intentó humanizar la lucha, llegando a acercarse a Navarra para hablar con los militares, pero cuando estos intentaron detenerle apreció el verdadero significado de la guerra.

Tras residir en Hendaia, Aitzol se hospedó en el monasterio benedictino de Belloc, donde permaneció casi un mes. El sacerdote continuó escribiendo en los periódicos y ayudó a los refugiados que llegaban a Iparralde a encontrar alojamiento o trabajo. Aquellas actividades trajeron problemas al sacerdote, ya que los encargados de Belloc le confesaron que temían que los franquistas atacaran a los benedictinos de Lazkao con la excusa de que él se encontraba en una abadía de la misma orden. Ariztimuño decidió marcharse. El 15 de octubre, tras dar su última misa en Ziburu, se embarcó en el buque Galerna hacia Bilbao, pero la nave fue abordada cuando se encontraba a la altura de Pasaia. El capitán del Virgen del Carmen, (uno de los bous que lo detuvieron), cayó en manos republicanas meses más tarde y fue interrogado por un amigo de Aitzol, el abogado tolosano Germán Iñurrategui. Según la versión de este, el capitán sublevado había preguntado a Aitzol por qué volvía a la guerra y esta fue la respuesta del sacerdote: «La causa de Dios, primero, y la de mi pueblo después, precisa del auxilio espiritual de sus ministros, más, mucho más, en la guerra que en la paz».

La captura del buque Galerna se debió probablemente a una filtración de información o a la traición de su primer oficial. La prensa franquista, El Diario Vasco, en particular, aprovechó la ocasión para insultar al religioso tolosarra, calificándolo de «energúmeno», «siniestro» y «sacerdote separatista». La tripulación fue conducida a la prisión de San Cristóbal en Pamplona y los viajeros detenidos a la cárcel de Ondarreta en San Sebastián. Varios de ellos, incluido Aitzol, llegaron heridos por las maniobras de trasbordo de un barco a otro. Aunque hubo algunos rumores en el sentido de que fue torturado, no existen datos fidedignos sobre ese hecho, pero no puede descartarse tal posibilidad.

Aitzol y algunos de sus compañeros no permanecieron mucho tiempo en Ondarreta. Dos días más tarde, el 17 de octubre, un grupo de presos, que incluía a Aitzol, fue sacado de sus celdas y, tras mostrarles un documento en el que se les ponía en libertad, fueron conducidos en un camión hasta el cementerio de Hernani. Después de ser confesados, todos ellos fueron ejecutados por un pelotón formado por falangistas y carlistas. No se trataba de un caso excepcional, ni en el País Vasco ni en el conjunto de la España franquista. Podemos localizar muchos casos de personas que recibían la libertad para, una vez fuera de la prisión, ser fusiladas, sin que las nuevas autoridades se hiciesen responsables de la ejecución. Este hecho, además, evitaba tener que juzgar a los que iban a morir. Cerca de 200 personas murieron de esta forma en Hernani en el otoño de 1936. Además de Aitzol, otros siete religiosos vascos fueron ejecutados en dicha localidad por los muy católicos franquistas.

La oscuridad de aquellos acontecimientos dio pie a todo tipo de rumores, la mayoría de los cuales ensalzaban la valentía y el apego a la causa vasca que habían demostrado los sacerdotes. Pero no fueron solo los republicanos los que se dedicaron a extender este tipo de rumores. El cardenal Gomá, en una carta enviada al futuro papa Eugenio Pacelli comentaba lo siguiente sobre Aitzol: «Murió gritando Gora Euzkadi, Viva Euzkadi libre». Aunque un jesuita que acompañó al tolosarra en sus últimos momentos rechazó dicha versión. Nunca sabremos realmente lo que sucedió, ni si aquellos rumores eran ciertos o no, como por ejemplo, el que afirmaba que cuando el pelotón disparó, solo lo hirieron, y entre gritos de dolor se le acercó un oficial, un señorito de Bilbao, para darle el último tiro.

La inquina de los elementos sublevados contra Aitzol llegó al punto de que rechazaron la petición de su sobrino para sacar el cuerpo del sacerdote de la fosa común y llevarlo a un panteón. Estas circunstancias, unidas a su profuso activismo en el periodo republicano, convirtieron la figura de Aitzol en un verdadero mártir y en un referente, más citado que seguido, de la labor social y cultural del nacionalismo vasco.

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