El logro del Estatuto de Gernika, una historia de éxito

Lo que acabaría siendo la herramienta fundamental para el desarrollo del país nació en un momento político extremadamente convulso

Un reportaje de Eugenio Ibarzabal

han pasado cuarenta años y me toca escribir un artículo a propósito del aniversario de la aprobación del Estatuto de Autonomía del País Vasco, entonces popularmente llamado Estatuto de Gernika.

Y lo primero es traer hasta aquí los datos.

Estitxu, en la campaña a favor del Estatuto de Gernika.

El 25 de octubre de 1979 se puso a referéndum. PNV, PSOE, UCD y EE propugnaron el sí. Alianza Popular, origen del PP actual, pidió el no, pues el Estatuto atentaba, decían, contra la unidad de España. HB, que eran las siglas entonces de la izquierda aber-tzale actual propugnó tanto la abstención como el no. En su argumentación, que era varia, vino a destacar el siguiente eslogan: Si Navarra no vota, nosotros tampoco.

Los resultados fueron los siguientes: el sí representó el 53,1%; la abstención, el 41,1%; el no, el 3%, y los nulos y blancos, el 2,7%. El Estatuto se aprobó, pues, cabe así decirlo, muy justito.

¿Qué es luego lo que llega a mi cabeza a propósito de aquellos meses? La respuesta es una sensación de que, en aquel momento, todo parecía cogido con alfileres. Ahora tal vez sorprenderá lo que digo, pero lo recuerdo exactamente así.

Desde el 15 de junio de 1977, fecha de las primeras elecciones democráticas, habían pasado algo más de dos años, un período que, al menos para mí, resultaría eterno. El 5 de octubre de 1977 se produjo el primer atentado, que fue, para sorpresa hoy de algunos, obra de la extrema derecha, efectuada contra la revista Punto y hora de Euskal Herria. Tres días después, el 8 de ese mismo mes, ETA mataba a Augusto Unceta, presidente de la Diputación de Bizkaia, al tiempo que, días después, dicha organización afirmaba en su comunicado que “no ha cambiado nada. Aunque la amnistía fuera total, seguiremos practicando la lucha armada en tanto no se consiga la alternativa KAS y, más adelante, hasta que no se consiga un Estado socialista e independiente”.

El 14 de octubre se dictó, por fin, la ley de Amnistía en el Congreso y el 9 de diciembre salió el último preso, Aldanondo, ya que los presos históricos más señalados habían salido ya en junio a través de una estratagema legal, llamada extrañamiento, porque, si a la derecha española le interesa, siempre sabe encontrar los recovecos legales oportunos. Luego vino por parte de ETA lo que vino, con meses como el de mayo de 1978, con veinte muertos en sus atentados. La cifra media de muertos en los años 78, 79 y 80 fue de unos cien tan solo por parte de ETA. A no olvidar que, mientras tanto, ETA Político Militar se dedicó a atacar a empresarios, no se sabía ya muy bien por qué, y que la extrema derecha seguía haciendo de las suyas cuando y como quería, pues sus acciones siempre quedaron impunes.

Los antecedentes políticos del Estatuto no eran precisamente sólidos desde el punto de vista del apoyo popular. El debate constitucional previo salió como salió, de modo que la Constitución fue aprobada en el País Vasco tan solo con el 30,9% de los votos, con una abstención del 55,3%; un no, del 10,5%, y un porcentaje de nulos, del 3,3. Ha de saberse que el PNV optó por la abstención, por lo que una gran parte de esa abstención era activa. El 15 de junio dicho partido había logrado el 29,8%. Hagan la proyección que quieran, que es libre, y obtengan las consecuencias del grado de crispación y rechazo que, por lo que sea, existía en ese momento en nuestro país hacia la Constitución.

Difícil salida Y, sin embargo, el Estatuto había de acogerse a esa Constitución. Trato ahora de situar a los lectores de hoy en el enorme esfuerzo político que había que realizar para encontrar una salida a la autonomía vasca. ¿Cómo trabajar en aras a lograr un Estatuto que había de acomodarse a una Constitución aprobada por menos de la tercera parte de los vascos?, decían algunos, y no sin parte de razón. Pero si no se adoptaba ese camino, ¿qué alternativa quedaba?, pues la Constitución era un hecho aprobado y definitivo. Es verdad que no existía aún, como ocurre hoy, una interpretación cerrada y sesgada en contra de los nacionalismos vascos y catalán, pero, dentro de una cierta flexibilidad, el marco era el que era. Ahora bien, caso de no aceptar, ¿cuál era el camino a seguir? ¿Tratar de cambiar a tiros la Constitución y, mientras tanto, renunciar a un Estatuto, mejor o peor? En ese contexto tuvo que abrirse paso el Estatuto.

No voy a traer hasta aquí con detalle las vicisitudes de los debates y pasos que se dieron. Tan solo diré que, tras ser aprobado un proyecto por parte de la asamblea de parlamentarios vascos que contó desde el principio con voces discrepantes, UCD, la voz del Gobierno central de entonces, dijo aquello de “nos veremos en la Carrera de San Jerónimo”, es decir, que hacía saber que el verdadero debate se iba a producir en Madrid, no en Gasteiz. La derecha se opuso a 43 de los 46 artículos presentados. Eso era el 27 de junio de 1979. Al tiempo, Telesforo de Monzón afirmaba que “la aprobación de este Estatuto no va a parar la guerra”. En la calle se empezaba a gritar “Con el Estatuto, más represión”. No trato de hablar, por favor, de buenos y malos. Cada uno puede pensar hoy lo que considere oportuno; lo que trato de reflejar es el clima en el que nació y el enorme músculo político que fue necesario poner en marcha para aprobar lo que es la base sobre la que se mueve nuestro día a día de hoy.

Pero había una realidad aún más grave. Por primera vez desde hacía treinta años, en 1981, el PIB de este país presentaba un crecimiento negativo del 2%. El 50% de las empresas vascas estaban en quiebra. Pedro Luis Uriarte llegaría a afirmar entonces “que el País Vasco está en bancarrota y levantarlo va a costar Dios y ayuda”. Se estaban hundiendo las joyas de la corona de la industria vasca: la naval y el acero.

Y para arreglarlo, en ese mismo tiempo, había senadores de la izquierda abertzale que declaraban sin ambages que “hay que colapsar la industria vasca”. Dos explosiones interrumpieron el 90% del suministro de Iberduero, que paralizó a más de 25 grandes industrias y dejó sin luz a 100.000 personas. La cifra de paro era superior al 22% y el País Vasco había perdido más de 100.000 puestos de trabajo desde 1976. Digámoslo claro: era un panorama de caos.

Para terminar de contarlo todo, se podía ya observar el germen de futuros enfrentamientos en el seno del propio PNV, que entonces se plasmaba, simplificando mucho, entre partidarios de Xabier Arzalluz y los de Antón Ormaza.

Así se abrió paso el Estatuto, hasta que, finalmente, se aprobó.

Pero apenas lo celebramos en ese momento. Habíamos saltado a la calle por la amnistía, el Estatuto de autonomía, la legalización de todos los partidos políticos y contra el terrorismo. Sin embargo, una vez conseguido el Estatuto, la amnistía y la legalización de los partidos políticos, nunca lo llegamos a celebrar, en especial el Estatuto, con una auténtica fiesta en la calle. Es verdad que hubo mítines de campaña del referéndum en su favor, pero lo terminamos de asumir como si se tratara de un mal menor. Fueron tales las críticas, los juicios negativos, las barbaridades que tuvimos que escuchar en su contra por parte de ETA y HB, y tal su influjo, que terminamos pensando que el Estatuto de Gernika “no era para tanto”, que se trataba de una herramienta para salir adelante, pero “tan solo por el momento”. Eso es, solo un mal menor. Lo importante siempre parecía ser no lo que teníamos, sino lo que nos faltaba aún por alcanzar. ¿No decimos a nivel personal que hay que disfrutar de lo que se tiene? Pues algo de eso nos ocurrió con el Estatuto. Seguimos recordando y ansiando lo que nos faltaba. Si lo defendías a fondo, parecías escuchar: “Sí, está bien, pero eso no es de verdad lo nuestro, no hay que olvidarlo”. Parecía que nos estábamos defendiendo de las críticas que la izquierda abertzale y ETA nos hacían en ese momento.

Hostilidad de la derecha Al tiempo, la derecha vasca que tiene como origen Alianza Popular, que se opuso al Estatuto, jamás ha reconocido su actuación hostil y la impronta que su influencia tuvo en la opinión pública española a través de los medios de comunicación que controlaba. Seguía hablando de un contubernio entre el PNV y ETA. ¿Hay alguien en su sano juicio, visto lo visto, que podría justificar lo que entonces se dijo y escribió? Las hemerotecas están ahí. Son ahora cuarenta años de Estatuto. Sabemos ya muy bien lo que ofrece y lo que no. ¿Se puede seguir manteniendo las barbaridades que ha habido que escuchar y que aún se escuchan, tanto por la derecha como, en ocasiones, desgraciadamente, por la izquierda española?

Se me ocurren varias preguntas.

-En estos momentos se exige que algunos pidan perdón, pero la petición va dirigida tan solo exclusivamente a unos. ¿Alguien hasta el día de hoy ha pedido perdón por las barbaridades cometidas por la extrema derecha en aquellos años tan difíciles? ¿Quién purgó por todo lo que hicieron? Si todos nos pusiéramos a exigir a los demás lo que algunos exigen hoy a la izquierda abertzale, ¿hubiera habido Transición?

-¿Cabe imaginar lo que hubiera sido de este país si, lejos de decidir lo que decidieron, ETA Militar hubiera optado exclusivamente por la política en aquel aciago momento? ¿Cabe imaginar el sufrimiento que se hubiera evitado? Hay quien sigue pensando que el terrorismo coadyuvó al logro de un mejor Estatuto. Imposible comprobarlo. Caso de ser así, ¿compensó?

-Al margen de aspectos morales, sin duda claves, ¿cuándo va asumir la izquierda abertzale que, caso de seguir por el camino que entonces propugnaba, este País hubiera terminado en el caos? Y no pido que lo hagan en alta voz, no soy nadie para exigirlo, sino tan solo que hagan esa reflexión, y actúen en consecuencia, porque, en ocasiones, muy a pesar de tomar parte hoy, con absoluta normalidad, en las instituciones que nacieron con el denostado Estatuto, da a veces la impresión de que siguen pensando lo mismo.

El Estatuto es una historia de éxito. Algunos pensarán que de mucho éxito; otros de menor éxito. No entraré en ese debate. Pero si se mira bien, ya no tanto lo logrado, mucho o poco, allá cada cual, sino las circunstancias que hubo de superar para nacer, creo que no se puede menos de reconocer que aquello fue poco menos que un milagro. El mismo hecho de lograr, por horas, gracias al viaje en aquella avioneta, ser los primeros en presentarlo en el Congreso, le da incluso un toque de aventura, ya que hizo que ningún otro Estatuto, y más en concreto el catalán, lo condicionara luego en su tramitación. Hay, pues, razones para estar orgullosos, unos y otros, al menos por un día. Reconozcamos los hechos, aunque nos duelan, porque es la única manera de reconciliarnos los unos con los otros. Y mañana seguiremos trabajando, cada cual por su camino. Ahora que se habla tanto de disfrutar, no hubo oportunidad, ni por un momento, de disfrutar entonces del Estatuto. Siempre me quedé con esa pena.

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