Aquella bomba olvidada

El reciente hallazgo en una casa de Bilbao de una bomba de la Guerra Civil sirve al autor para realizar un relato sobre el nacimiento y evolución de la guerra desde el aire

Un reportaje de José María Tápiz

La casa de Bilbao, en la plaza San Francisco Javier, sobre la que cayó la bomba, en una foto de los años 30. Fotos: Familia Tápiz
La casa de Bilbao, en la plaza San Francisco Javier, sobre la que cayó la bomba, en una foto de los años 30. Fotos: Familia Tápiz

DE todos es sabido que las guerras generan mucha chatarra. Chatarra a veces inofensiva pero en otras letal, como pueden ser bombas sin estallar. Sólo hace poco más de dos meses que en Alemania se ha producido el mayor desalojo de una zona habitada en dicho país desde el final de la Segunda Guerra Mundial. La causa: la aparición durante unas obras de una bomba aliada de casi dos toneladas lanzada sobre la ciudad de Fráncfort durante la citada guerra. La enorme peligrosidad de la bomba hizo que se desalojara a 60.000 personas mientras duraba la desactivación de la misma. Y en zonas de conflictos tanto recientes como antiguos es frecuente que se encuentren restos de este tipo. Y de cuando en cuando salen en la prensa noticias al respecto.

Hace pocas semanas, sin ir más lejos, salió una noticia en las redes sociales que pasó casi desapercibida, sobre la aparición en una casa de Bilbao de uno de estos macabros recuerdos. En este caso se trataba de una bomba del modelo B1E incendiaria de un kilo alemana, desarrollada en los años treinta y probada para su perfeccionamiento en la Guerra Civil española. Fue uno de los modelos que los alemanes lanzaron, entre otras localidades, sobre Gernika. Estos primeros prototipos eran aún, sin embargo, poco fiables, pues en muchas ocasiones no llegaban a detonar, aunque si se lanzaban en racimo -como era lo habitual- explotaban por simpatía, al caer varias sobre una misma zona. En modelos posteriores se solventó esa carencia, siendo utilizadas con profusión durante la Segunda Guerra Mundial, especialmente en los duros bombardeos de Londres durante la Batalla de Inglaterra, en 1940.

A estas alturas, seguramente muchas personas se hagan la misma pregunta: ¿por qué aparecen tantas bombas sobre poblaciones y ciudades indefensas? ¿Por qué se ataca a la población civil, cuando precisamente son ellos los más débiles en un conflicto armado, al no tener capacidad de defenderse? ¿Qué se gana con dicha estrategia?

Los bombardeos sobre la población civil se encuadraban en un nuevo modelo de guerra que se estaba desarrollando en el mundo en los años treinta del pasado siglo. La precedente Primera Guerra Mundial -conocida entonces como la Gran Guerra- había desvelado el enorme potencial que poseía la aviación. No en vano, a principios de esta los aviadores no eran más que simples exploradores aéreos, destinados a vigilar desde el aire las evoluciones de las tropas enemigas.

Con el desarrollo de la tecnología aérea, a los aparatos se les dotó de armamento y, posteriormente, de capacidad de bombardeo. Al final de la Gran Guerra todos los contendientes habían desarrollado numerosos modelos de naves aéreas, principalmente cazas y bombarderos. De esta manera, para 1918 todos los estados mayores reconocían, en mayor o menor medida, los efectos que podía causar una fuerza aérea eficaz y numerosa.

Ejércitos del aire Así, los gobiernos que con mayor claridad vieron las posibilidades de esta nueva herramienta de destrucción se aplicaron a desarrollar nuevos prototipos de aviones. Países como Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania o Italia fueron, paso a paso, desarrollando un ejército del aire capaz de cambiar en un determinado momento el curso de una guerra, como de hecho terminaría sucediendo.

Pero en una Europa en paz en los años veinte, ese esquema de guerra aérea no podía comprobarse sobre el terreno. Hubo que esperar a la siguiente década -los convulsos 30- para ratificar sobre el campo de batalla lo que los estados mayores profetizaban.

Y ese momento llegó desgraciadamente, en primer lugar en la llamada Guerra de Abisinia, que era el nombre de Etiopía entonces. Dicho país era independiente políticamente pero débil militarmente, y había puesto sus esperanzas de mantener su soberanía en la mediación internacional a través de la Sociedad de Naciones, de la que era miembro, y que era el precedente de la actual Organización de Naciones Unida (ONU). Pero la Italia fascista de Mussolini quería ampliar sus colonias en África y puso su mirada sobre Etiopía. No era la primera vez que Italia intentaba invadir Abisinia. La primera vez fue a finales del siglo XIX, pero la entonces joven república italiana fue estrepitosamente derrotada por las fuerzas nativas etíopes en la batalla de Adowa en 1896. Este fracaso alejó a los italianos de Etiopía durante más de treinta años.

Mussolini, al volver a poner en el punto de mira a Etiopía, se aseguró de no volver a repetir los errores de los italianos de décadas antes. Y para ello se apoyó especialmente en la nueva arma arriba citada: la aviación. Y en dos elementos que dicha aviación podía transportar, que eran las bombas de detonación y las armas químicas. De hecho, fue la primera guerra en la que se pudo comprobar sobre el terreno la potencialidad de los bombardeos: los soldados etíopes, mandados por oficiales mercenarios en muchos casos y carentes de armas antiaéreas, poco pudieron hacer contra el bombardeo sistemático de sus posiciones durante la breve guerra -de octubre de 1935 a mayo de 1936- que mantuvieron contra una fuerza italiana bien equipada, tanto desde tierra como desde el aire. Y a ello hubo que añadir el ensayo -luego explotado por la Alemania nazi- de bombardeos sobre la población civil, con el objetivo de quebrar la moral de los soldados que combatían en el frente, que veían que sus esfuerzos en tierra por contener al enemigo no servían para proteger ni a sus familias ni a sus ciudades.

‘Bombardeo de terror’ Nace así el concepto de bombardeo de terror, que tanta importancia tuvo luego en la Guerra Civil española y durante la Segunda Guerra Mundial. Un nuevo concepto de guerra psicológica que trazaron los alemanes en Durango y especialmente Gernika y que acabó siendo perfeccionado por los aliados, ocho años más tarde, en Hiroshima y Nagasaki.

Efectivamente, apenas acabada la Guerra de Abisinia comenzaba la Guerra Civil española. Y los efectos de la aviación se hicieron notar de inmediato: por una parte Franco consiguió trasladar a la península, con aparatos alemanes e italianos, gran parte del ejército de África en pocas semanas, ante la impotencia de los buques de la República estacionados en el Estrecho de Gibraltar que trataban de impedirlo. En una fecha tan temprana como el 22 de julio de 1936 se produce el bombardeo de Otxandio, en Bizkaia, que dejó más de medio centenar de muertos, la mayoría civiles. Este fue el preludio de otros muchos ataques en diferentes zonas de Euskadi. De hecho, la Campaña del Norte, como se definió entonces, tuvo un puntal importantísimo en la intervención aérea tanto en el frente como en la retaguardia vasca: para entonces las tropas de Mola contaban ya con la ayuda de la Legión Cóndor alemana y de la aviación italiana de Mussolini. Los bombardeos sobre poblaciones civiles cercanas o alejadas de frente comenzaron a ser frecuentes.

En algunos casos las incursiones aéreas eran imprevistas, como las de Durango o Gernika, sorprendiendo a la población en días de plena actividad económica o de feria, como ocurrió en ambas localidades. Pero en otros casos la agonía era mayor, puesto que los bombardeos se repetían una y otra vez, con la tensión y exasperación que eso conllevaba.

Así ocurrió en ciudades como Barcelona, Madrid, o entre nosotros, Bilbao. La villa no había sufrido ninguna agresión bélica desde la Segunda Guerra Carlista de 1872-1876, en la que fue sitiada y bombardeada durante febrero y mayo de 1874. Y se había perdido la memoria de aquellos bombardeos terrestres. En 1937 la situación era ya muy diferente. Los primeros ataques aéreos sobre Bilbao habían comenzado en septiembre del año anterior y se fueron incrementando a medida que avanzaba la guerra. Los efectos sobre los habitantes de la ciudad eran muy profundos. A la situación de racionamiento imperante había que sumar la obligación de refugiarse de los bombardeos cada vez que había una alarma antiaérea. En algunos casos eran simples incursiones de reconocimiento -en Bilbao a dichos aviones franquistas que sobrevolaban la ciudad para reconocer el terreno se les llamaba los alcahuetes-, pero otras veces eran ataques en toda regla. La espera, tanto en un caso como en otro, podía llegar a ser interminable.

Los bombarderos eran lentos, iban en formación -por lo que hacían un ruido considerable- y tardaban mucho tiempo en recorrer el espacio a atacar. Los refugiados podían oír los motores de los aviones acercarse más y más y también cómo las bombas caían cada vez más cerca. Al salir la angustia era comprobar si la casa en la que vivían había sido alcanzada o no. O si ese familiar del que no tenían noticias -un hijo que no llega a tiempo al refugio designado, un hermano en un refugio menos seguro- había sobrevivido o no al bombardeo. La tensión acumulada estalló de forma violenta el 4 de enero de 1937 cuando, tras un bombardeo especialmente virulento de la aviación franquista, fueron asaltadas las prisiones de Larrinaga, El Carmelo, Casa Galera y los Ángeles Custodios, dejando un balance de más de 200 presos derechistas muertos.

Los ataques aéreos sobre Bilbao no cesaron hasta la toma de la ciudad, el 19 de junio de 1937, dejando numerosas víctimas entre mutilados y fallecidos, además de múltiples artefactos sin estallar que fueron apareciendo con los años.

En el caso que abría este artículo, sin embargo, la historia tuvo un final feliz, puesto que la bomba cayó sin detonar en un momento indeterminado sobre Bilbao entre septiembre de 1936 y posiblemente, febrero de 1937. Pudo ser incluso uno de los artefactos lanzados por los alemanes en el tristemente célebre bombardeo del 4 de enero de este último año, citado arriba.

La casa de la bomba La casa alcanzada fue el bloque de viviendas de la plaza de San Francisco Javier, en el bilbaino barrio de Indautxu, concretamente el tejado del portal número 3 de dicho inmueble. Este edificio era, en aquel entonces, uno de los más sólidos de la zona -urbanizada en aquella época con muchos chalés y casas bajas- y había sido construido tan sólo un par de años antes, concretamente entre 1934 y 1935, momento en el que comenzó a funcionar como edificio de pisos de alquiler de la empresa Larrea S. L. Esta compañía había sido creada por dos señoras mayores, hermanas y solteras, cuya familia había hecho fortuna en México años antes. Una vez regresaron a Euskadi, decidieron invertir su capital en el negocio inmobiliario, encargando a la constructora Prudencio, José y Compañía la construcción del inmueble. Las obras costaron un millón de pesetas de aquel entonces y como curiosidad, en uno de los pisos de dicho inmueble vivía el destacado dirigente de Acción Nacionalista Vasca Anacleto Ortueta. El edificio, de hormigón armado, fue considerado por los peritos del Ayuntamiento de Bilbao como seguro en caso de bombardeos y fue declarado refugio antiaéreo, sirviendo como tal durante las cada vez más numerosas incursiones de la aviación del bando sublevado. Durante uno de ellos fue cuando cayó la bomba sobre el tejado de la casa, sin llegar a explotar por los defectos en el sistema de detonación antes comentados. La presencia de la bomba en el tejado se descubrió cuando uno de los vecinos de la séptima planta se percató de que tenía humedades en el techo de su vivienda y le comentó a uno de los constructores de la misma, José Tápiz, que precisamente vivía en la misma vecindad, lo que le pasaba. José subió al tejado y se encontró el artefacto incrustado en la techumbre del inmueble. Una vez avisados los artificieros y desactivada la bomba, José Tápiz se quedó con la misma como recuerdo.

Esta bomba, guardada en la casa durante ochenta años en un armario, apareció hace unas semanas durante una limpieza que su nieto José María Tápiz -autor de este artículo- realizaba en la casa con motivo de unas obras. Cuando la vio, José María -que estudió la carrera de Historia- se puso en contacto con la Fundación Sabino Arana con intención de donarla. Y así dicha bomba ha pasado a formar parte del museo de la Fundación con la intención de que no se nos olviden estos pasajes de nuestra historia reciente.

Bodrios y reconquistas, el discurso ‘schmittiano’ del franquismo

La visión que el jurista alemán Carl Schmitt realizó tras la victoria de Franco sobre la importancia de la homogeneidad nacional no concluyó con el franquismo sino que sus opiniones han estado presentes en los debates de la etapa democrática

Un reportaje de Adrián Almeida

Desfile conmemorativo de la ocupación de Bilbao por las tropas franquistas. Foto: ‘Libro de Oro de Bilbao. Bilbao 1937-1939’
Desfile conmemorativo de la ocupación de Bilbao por las tropas franquistas. Foto: ‘Libro de Oro de Bilbao. Bilbao 1937-1939’

Tras la derrota de los no alzados en la guerra civil, surge una generación en el Estado que, para el sociólogo Ander Gurrutxaga, estará “socializada en un doble código: por una parte, el del vencido en la guerra, (…) por otra parte, el del vencedor, la nueva generación ha conocido su código socializador en las escuelas, universidades, instituciones e incluso en la calle”.

Se constituye así una doble socialización. Por un lado, el espacio público, en donde se da el Nosotros Presente. Por otro, el Ellos Pasado, que oficialmente es un ellos y un enemigo, pero que es un ellos cercano: la familia o los amigos. La victoria franquista realizó, como señalaría el jurista alemán Carl Schmitt, “la distinción política específica a la que las acciones y los motivos políticos se pueden reducir”: una distinción entre amigos y enemigos. Y de manera inversa, fue una invitación hacia el partisanismo para aquellas tendencias negadas y convertidas en el ellos oficial y a exterminar (los nacionalismos y el marxismo). Como recoge Franco Volpi, en el epílogo de la obra de Schmitt, Teoría del partisano, el partisano es un combatiente irregular, caracterizado por su movilidad, su compromiso político y su telurismo. Schmitt fue, de hecho, un pensador influyente en el nuevo Estado franquista al que se relacionaba con el pensamiento del conservador Donoso Cortés. Schmitt fue admirado también por Manuel Fraga.

Añadir, como ha recogido la profesora Luisa Elena Delgado, que “la influencia de Schmitt no terminó con el régimen franquista, antes al contrario, sus opiniones sobre el papel del Estado en la definición del enemigo, sobre su potestad de decidir sobre la excepción y, sobre todo, sobre la importancia de la homogeneidad nacional y el peligro que implica la división interna, han seguido bien presentes en los debates políticos y legales de la España democrática”.

El sentimiento de rechazo entre la izquierda a la nueva dictadura se transforma en un rechazo a la propia idea de España en la medida en que la victoria fascista se encarga de establecer una dictadura en cuya fase fundacional trata de orientar su idea -única- de lo que es España y los rasgos definitorios de lo que es un español. Todo lo que queda fuera de esa idea no es solamente divergente, sino que es un tumor en el cuerpo ideal, estanco y acabado de la nación española. En Euskadi y Catalunya, el tumor de la cuestión de clase, se funde con las aspiraciones nacionales y los rasgos objetivamente diferenciales (lengua, cultura, etc.) de estas comunidades.

Francisco de Cossío, periodista franquista, declaraba en su texto Hacia una nueva España: “Nos hallamos en una nueva Reconquista, y nuestra Granada, hoy, debe ser Barcelona, en donde hemos de extirpar a todos los traidores y salvar los buenos españoles que hay allí, prisioneros del separatismo”. El 8 de julio de 1937, el nuevo alcalde franquista de Bilbao, José Mª de Areilza, arengaba a los “soldados de España” desde el Teatro Campos de Bilbao: “La razón de la sangre derramada por Vizcaya es otra vez un trozo de España por pura y simple conquista militar.”

El historiador Núñez Seixas comentaba ante este tipo de declaraciones que “el lenguaje denotaba ya claramente que se trataba de una guerra por la unidad territorial, y no sólo espiritual, de España. En un principio, la toma de toda ciudad y todo pueblo por las tropas sublevadas (…) era considerada como una reincorporación a España”. En la misma línea, se han expresado, entre otros historiadores, Zira Box o Alberto Reig. No hay que olvidar que, a decir de Schmitt, la guerra moderna “trasladó el centro de gravedad conceptual de la guerra a lo político, es decir, a la distinción de amigo y enemigo”, de tal manera que la guerra moderna no es una guerra entre Estados; reglamentada y limitada. La guerra moderna es absoluta y total, en la medida en que el enemigo es un otro absoluto. Un criminal.

La ‘soberbia’ de Bilbao Así, el marqués de Valdeiglesias ante el bombardeo de Almería por un crucero alemán, advertía sin ambages: “el bombardeo no había sido dirigido contra España, puesto que la zona roja había dejado de serlo”. El 25 de junio de 1937, el diario Abc de Sevilla decía sobre la caída de Bilbao: “la soberbia del Bilbao insurrecto era tal vez la mayor de todas, porque en ella se reunían innumerables fuerzas del mal. Era un compuesto de todas las altaneras rebeldías, desde el obrerismo sin Dios, hasta el vasquismo que pretende poner a Dios por delante. No hay noticia en el mundo de un bodrio parecido. Las más antagónicas ideologías fraternizaban allí, suspendiendo eventualmente sus mutuas discrepancias ante una única razón de utilidad: la negación de España. El marxista ateo se avenía a luchar en los mismos batallones de los vasquistas cristianos, con tal de impedir la formación de una nacionalidad fuerte y unida, y los separatistas, con tal de hundir a España, se aventuraban a caer en una especie de neocristianismo realmente heterodoxo, o en un catolicismo que acaba por desobedecer las tendencias y las órdenes de Roma (…). Ese bodrio se ha deshecho ya”. Tras la victoria sobre Bilbao, los franquistas comenzarán a celebrar la llamada Fiesta por la Liberación de Bilbao. Unos homenajes a través de los cuales se fabricó, en palabras del historiador Aritz Ipiña, “un discurso mitificado, plagado de símbolos y ritos, en el que la guerra era mostrada como una lucha del bien contra el mal, la verdadera España contra la antiespaña, donde la única solución era la derrota total del enemigo”. El franquismo así (y el Abc en particular), como recoge el historiador José Ignacio Salazar Arechalde, identificó “Bilbao con una finca, España con su propietario y el nacionalismo con un precarista”.

El establecimiento definitivo de la dictadura da paso a la oficialización de los esbozos teóricos argüidos como causas del levantamiento nacional: la unidad de la patria, la unidad espiritual y el conservadurismo social. Tal establecimiento definitivo de unos principios fundacionales, derivará en la formación de los dos espacios sociales referenciados.

Exterminar al adversario La victoria en la guerra acabó con la vida de un enemigo físico, pero fue la dictadura quien se encargó, en base a la perpetuación de una contienda simbólico-represiva, de eliminar a los resistentes, los mundos, culturas, e imaginarios colectivos expresados por esa vida ahora muerta. Como dice el historiador Santiago Vega, se trataba de exterminar a los adversarios y a las ideas. La extinción de esas artes y maneras de pensar y la emanación de otros marcos de identidad, culminaría la tarea de la guerra moderna desarrollada por el franquismo. La criminalización del enemigo y el deseo de aniquilarlo absolutamente, constituyeron la base sobre la cual se sustenta el acto genocida del franquismo. Tal deseo aniquilacionista se impuso desde bien temprano. El 7 de octubre de 1936, se publica en La Voz de España el texto de Modesto Mendizabal Hay que españolizar Vasconia. El BOE del 24 de diciembre de 1936, se declaraba ilícita la producción, comercio y circulación de libros, folletos, impresos, grabados de carácter “disolvente”, arguyendo para la emisión de tal orden que “se ha vertido mucha sangre y es ya inapelable la adopción de aquellas medidas represivas y de prevención que aseguren la estabilidad de un nuevo orden jurídico y social”. En 1937 Franco decía combatir “contra todo lo que rebaja la dignidad humana”. En 1938 declaraba: “los criminales y sus víctimas no pueden vivir juntos”. La idea de criminales y víctimas ofrecía, según los historiadores Gutmaro Gómez Bravo y Jorge Marco, “dos simples imágenes que transformaron las normas morales de un importante sector de la sociedad española, y que asentaron las bases sociales de la dictadura”.

Con la dictadura, la dinámica del conflicto político se desenvuelve no solo en un campo de batalla físico, sino en los ámbitos público-privados de la vida los individuos. La idea de la guerra se retrae del campo de batalla real, al tiempo que el nuevo poder político trata de “reinscribir -en palabras de Foucault- perpetuamente esa relación de fuerza, por medio de una guerra silenciosa, y reinscribirla en las instituciones, en las desigualdades económicas, en el lenguaje, hasta en los cuerpos de unos y de otros.” Advertirá Gurrutxaga que “en el País Vasco esta relación va a ser vivida más dramáticamente, porque el cierre del espacio público que se produce en todo el Estado se le añade las características nacionales del pueblo vasco. La falta de un marco de expresión pública y el problema nacional se superponen y unifican en un país con una tradición nacional autónoma que, a lo largo de la historia, ha producido un código de funcionamiento social (…) de tal suerte que el conflicto por un marco de libertades públicas y el conflicto nacional son una misma cosa”.

Tras la derrota, el nacionalismo y el movimiento obrero, enemigos absolutos de las nuevas autoridades españolas, asentaron las bases de su colaboración conjunta, en el común rechazo al fascismo español, y al fascismo en general. En 1945, las fuerzas sindicales y políticas de ambas familias firmaron el Pacto de Baiona, el cual fue validado incluso por el Euzko Mendigoizale Batza (EMB), que había mantenido desde su nacimiento, una postura reacia a pactar con las izquierdas españolas, muy a pesar de que intelectuales de la rama Aberri y Mendigoxale, como Gallastegi, se hubieran situado cercanos a un nacionalismo obrerista o pequeño-burgués.

La derrota ante el fascismo y la definición de la antiespaña, provocó, en paralelo, la generación posterior de un nuevo nacionalismo vasco, que coaligará en una sola organización los presupuestos anatemizados por el franquismo: el nacionalismo y el socialismo. En efecto, la expresión del partisanismo en ETA, se caracteriza no sólo en el hecho del combate contra un nosotros oficial no reconocido, sino en el planteamiento del combate en un territorio limitable contra un enemigo global (el imperialismo).

El coronel que alabó la República en Garellano

Fernández Piñerua contribuyó a que Bilbao fuera la única capital de la CAV en la que fracasó el golpe de Estado del 36

Un reportaje de Iban Gorriti

Imagen histórica del cuartel de Garellano. Foto: DEIA
Imagen histórica del cuartel de Garellano. Foto: DEIA

Hay biografías que debieran ser labradas por la importancia que han tenido esas personas en un determinado momento histórico. La actuación firme del coronel republicano Andrés Fernández Piñerua hacia el general Mola durante la jornada golpista del 18 de julio de 1936 debiera ser una de ellas. Sin embargo, se conoce su periplo vital con pinzas, con detalles que han publicado varios investigadores en sus trabajos y algún documento que ha llegado a nuestros días, 80 años después de aquel día en el que generales militares trataron de tomar el poder político vulnerando la legitimidad institucional establecida en el Estado.

Con todo, si con el estallido de la Guerra Civil la villa de Bilbao fue plaza republicana fue en parte gracias a Fernández Piñerua, quien al cargo del cuartel de Garellano acabó gritando a Mola un “¡Viva la República!” antes de colgarle el teléfono en el intento del general golpista de que se sublevaran. El periodista y corresponsal de guerra valenciano Vicente Talón Ortiz resume este episodio. “El drama de las guerras civiles es que, hablo genéricamente, se conocen todos. Por ejemplo, en Bizkaia, el coronel Andrés Fernández Piñerua Iraola se negó a declarar el estado de guerra en Bilbao pese a que Mola le había amenazado con fusilarle en la plaza de Zabalburu si no daba ese paso. Había tratado a Franco en África y mucho más el teniente coronel Vidal Munarriz, jefe del regimiento Garellano, pues fue su profesor de trigonometría”, cita.

Gracias a otro autor, Andoni Astigarraga, conocemos que al producirse el golpe de Estado no hubo unanimidad en el Regimiento de Garellano. Su comandante en jefe, el teniente coronel Joaquín Vidal Munárriz -acabó fusilado por los franquistas en 1939- era partidario de la legalidad republicana. La mayoría de sus oficiales, sin embargo, estaba influido por el UME (Unión Militar Española), de tendencia claramente totalitaria. “Por esta razón, cuando el gobernador militar interino, coronel Fernández Piñerua, formó a la oficialidad en el cuarto de banderas e invitó a los oficiales dispuestos a respaldar al gobierno de la República a dar un paso al frente, fueron muy pocos los que lo hicieron”. El resto fue detenido, entre ellos Fernández Ichaso, el capitán Ramos, el teniente Del Oslo y algunos oficiales más, siendo condenados a muerte y fusilados los tres primeros.

El grueso del Regimiento participó en el desfile militar del día siguiente y “en la fracasada expedición que al día siguiente partió a la reconquista de Vitoria”, agregaba Astigarraga y valoraba en la enciclopedia Auñamendi que “la adhesión final de la mayoría de los oficiales de Garellano a la República fue de gran importancia para Bizkaia, que contaba con muy pocos militares profesionales”. Mola, sin embargo, había pensado que se sublevarían. “Saldría bien si ciertos generales se levantaban porque acto seguido sus subordinados, coroneles y comandantes, les obedecerían según el canon y la jerarquía castrense, tomando primero el control de plazas como Bilbao, Donostia y Gasteiz, y después el resto de las respectivas provincias. A este núcleo militar debían sumarse las unidades de la Falange y de los Requetés, aparte de las organizaciones políticas como Renovación Española o los Tradicionalistas”, expone en el libro Al infierno o a la Gloria el autor Ingo Niebel.

Pero en Bilbao la rebelión no cuajó por una conversación telefónica entre Mola y Fernández Piñerua. El investigador Germán Cortabarría aporta lo que se dijo en aquella conferencia y que aparece en Historia Documental de la Guerra en Euzkadi, de Astigarraga. Piñerua era coronel y comandante militar de Bizkaia al producirse el golpe de Estado. Fue conminado a sumarse a lo que los facciosos llamaron “alzamiento nacional”. La conversación también fue recogida por el corresponsal George Lowther Steer en su libro El árbol de Gernika, aunque utilizó como interlocutor al gobernador civil Novoa Echevarría.

“-¿Es el gobierno militar de Bilbao?

-Sí. señor.

-De parte del general Mola que se ponga el coronel Piñerua.

-Hola.

-¿El coronel Piñerua?

-Sí, soy Piñerua. (No oíamos, manifiesta el testigo, quien llamaba desde Pamplona. Unos supusieron era el general Mola y otros que fue el general García Escámez, pero por lo que contestaba el coronel Piñerua se deducía que le conminaban apremiantemente para sumarse a la rebelión).

-…

-Yo no he dado mi palabra de honor.

-…

-Yo no me comprometí a sublevarme… (y balbuceaba), yo no corro con la responsabilidad…

Al llegar a este punto del diálogo, uno de los presentes, nervioso y exasperado por la conferencia, gritó:

-A cuadrarse los militares. ¡Piñerua, hay que ser leal!

-Sí, sí. Yo soy leal.

-No queremos sublevaciones. ¡Viva la República!

-¡Viva!, y el que había interrumpido la conversación, acercándose al teléfono, gritó:

-Aquí con los traidores no queremos nada.

Así finalizó aquella conferencia en que se solicitaba a las fuerzas de Bilbao su aporte a la rebelión militar”.

Por ello, Mola -según el libro de Talón Memoria de la Guerra de Euzkadi– “su actitud mereció que a las diez de la noche el general Batet le llamase desde Burgos felicitándole por permanecer leal, mientras que corrió el rumor de que Mola le había telefoneado a su vez para decirle que apenas tomase Bilbao le haría fusilar en la plaza de Zabalburu”, según el investigador Ritxi Zarate. Algunas informaciones apuntan que era bilbaino, pero otras -más fidedignas- aseguran que era de Gasteiz y residente en la capital vizcaina, en Garellano. Según un documento del régimen franquista, aportado por la Sociedad de Ciencias Aranzadi, Fernández Piñerua falleció a los 64 años tras un juicio en la salmantina Ciudad Rodrigo.

19 de junio de 1937: Agur Bilbao

El cinturón de hierro levantado para la defensa de Bilbao fue roto el 12 de junio. Esta es la crónica de la agonía posterior

Un reportaje de José Ignacio Salazar Arechalde

Columna de blindados de las tropas franquistas entrando en Bilbao por la Ribera, casi desértica. Foto: Sabino Arana Fundazioa
Columna de blindados de las tropas franquistas entrando en Bilbao por la Ribera, casi desértica. Foto: Sabino Arana Fundazioa

ERA una mañana fría de enero de 1941. El puerto de Marsella se encontraba atestado de viajeros. En uno de sus muelles aparecía amarrado el buque Alsina al que acceden fatigados un buen número de republicanos españoles, nacionalistas vascos y judíos de toda Europa. Comenzaba para muchos un exilio sin retorno. Algunos de ellos lo habían iniciado antes. Era el caso del abogado bilbaino José de Arechalde, secretario general de justicia en el Gobierno vasco, que recordaba en la cubierta del Alsina los días fatídicos de Bilbao en la primera quincena del mes de junio de 1937.

El cinturón de hierro, fortificación levantada para la defensa de Bilbao con pocos medios y escaso tiempo, había sido roto en el sector de Gaztelumendi el 12 de junio. Las tropas vascas combatían con medios precarios a un enemigo que les machacaba desde los aviones italianos y alemanes con total impunidad.

A media tarde, la artillería enemiga lanzaba sobre la villa tremendos cañonazos que derribaban varias casas de las calles Fernández del Campo, Iturriza y San Francisco. Consecuencia de este ataque fue también la destrucción del frontón Euskalduna.

Para el día 13 de junio, el monte Santa Marina ya estaba ocupado por las fuerzas enemigas. Así, las fuerzas atacantes dominaban la orilla derecha del río Ibaizabal y la ría de Bilbao.

A medianoche, el lehendakari Aguirre convoca a los principales responsables militares, y a los consejeros, Leizaola y Astigarrabia. La defensa de Bilbao en aquellas condiciones se muestra imposible.

El 14 se lucha por la posesión de Santo Domingo y, al día siguiente, el enemigo atravesaba los ríos Ibaizabal y Nervión y arrebataba a las fuerzas vascas la ermita de San Roque. El cerco de la villa estaba casi cerrado.

La batalla final El 16 de junio la batalla encarnizada se disputa ya en jurisdicción de la villa. El Gobierno vasco, se reúne con la asistencia de los mandos militares. La situación es tan desesperada que la sesión se celebra en la parte trasera del edificio de Presidencia porque la fachada que da a la plaza Elíptica recibía los disparos que llegaban desde Artxanda.

A las nueve y media de la noche, el lehendakari se dirige a los vascos desde Radio Bilbao. Lanza un mensaje dramático, invocando la historia gloriosa de la Patria, la fe en la victoria y la firmeza en la lucha. Con las tropas franquistas a las puertas de Bilbao, el Gobierno vasco se ve obligado a abandonar la villa esa noche e instalarse en la localidad de Trucíos.

Se forma entonces una Junta de defensa compuesta por los consejeros Leizaola, Aznar y Astigarrabia, y el general Gamir Ulibarri. En un bando firmado ese mismo día, se prohíbe que ninguna persona salga de sus casas desde las ocho y media de la tarde hasta las seis de la mañana salvo que disponga un pase especial de circulación.

Durante cinco larguísimos días, del 13 al 17 de junio, los batallones vascos resistieron de manera heroica en toda la línea que va de Santo Domingo a Enekuri, con violentos combates en San Roque, el Casino y el Funicular, soportando intensos bombardeos de la aviación enemiga, sin material antiaéreo ni un solo avión que pudiese hacerles frente.

No le faltaba razón a Pablo Beldarrain, el comandante de gudaris, cuando afirmaba: “Quizás pueda parecer exagerado pero, ciertamente, algo serio había ocurrido aquí, en Artxanda-Santo Domingo, ya al final de la guerra en Bizkaia, protagonizado por el saber estar de los Batallones de Euskadi, resistiendo a un enemigo cien veces mejor armado con el patrocinio de Hitler y Mussolini, a punto de caer sobre Bilbao”.

El ultimo periódico de la Bilbao republicana sale el día 18 de junio. Es el Euzkadi. En una especie de grito al mundo se alaba el heroísmo de los gudaris y se pide sacrificio.

En la madrugada del día 19, con la intervención del arquitecto Tomas Bilbao, se vuelan los puentes que cruzan la ría bilbaina, tratando de retrasar, aunque solo fuesen unas horas, el avance del ejercito franquista para que el operativo de evacuación se llevase a cabo de manera más ordenada.

Era llevar a la práctica lo que se acordó en la reunión del Gobierno vasco y que aparece en le informe de Aguirre en a la Republica, esto es, que las destrucciones de obras y bienes se limitasen a lo militarmente razonable. Esa fue la misma línea de actuación que llevó a la práctica el consejero Leizaola, consiguiendo de esa manera evitar la destrucción de diversos edificios como el de la Universidad de Deusto.

Presos liberados Durante los primeros días de junio, los presos de derechas, habían sido concentrados, para mejor garantizar su seguridad, en la cárcel de Larrinaga. El Gobierno vasco tuvo clara la decisión de darles la libertad. Es verdad que algunos sectores izquierdistas mostraron su disconformidad pero prevaleció la posición humanitaria.

No fueron pocas las dificultades que tuvieron que arrostrar las autoridades del gobierno y los mandos del Ejército vasco que participaron en esta operación.

Tuvo una intervención trascendental el inspector de prisiones Joaquín Zubiria. Al anochecer del día 18 de junio, agrupa a todos los presos, les entrega picos y palas al objeto de simular una salida de zapadores y, al mismo tiempo, se pone en contacto con las fuerzas enemigas.

Por otro lado, el comandante Francisco Gorritxo dirige el operativo militar distribuyendo a los gudaris del batallón Itxasalde por los puntos de Zabalbide, Iturribide y Atxuri para cubrir con seguridad la salida de los presos. Debió de hacer frente a la oposición de Jaime Urquijo, jefe sustituto de la VI Brigada, no sin riesgo de su propia vida, al que manifiesta de manera rotunda que actuaba bajo las ordenes del Gobierno vasco, según cuenta de manera pormenorizada en un informe que redacta a solicitud del PNV el 23 de marzo de 1938.

Otra entrega de unos 650 presos tuvo lugar en Trucíos, labor ejecutada por Ricardo Leizaola, José Manuel Epalza y León Urriza, actuación también arriesgada porque se ejecutó a la vista de milicianos santanderinos y asturianos, opuestos a esa liberación.

Ese rasgo humanitario no fue reconocido por las autoridades franquistas ni por los medios de comunicación a su servicio. Para estos, la liberación se transforma en evasión, cuando no en huida heroica y casi novelesca. Nada más lejos de la realidad. Los gudaris bajo las directrices últimas del lehendakari y la Consejería de Justicia, habían liberado a los presos quienes, como recuerda José de Arteche en su libro El abrazo de los muertos, gritaban entusiasmados en los jardines del Arenal. “¡Nos han salvado los gudaris!”. La manipulación de los datos concluirá con el discurso de Areilza en el que fijará la versión oficial del régimen franquista: Los presos habían huido y su salvación era obra heroica de los soldados de España.

Memoria manipulada Con la conquista de Bilbao por el Ejército de Franco, el nuevo poder instalado en la villa impone su relato. El primer alcalde franquista, José María de Areilza, durante los 250 días al frente del ayuntamiento impone una visión de una Bilbao española, imperial y guerrera, no solo en el discurso del Coliseo sino en una serie de alocuciones que, no por casualidad, tienen lugar en sitios significativos de la Villa. Ibaigane, la casona del empresario nacionalista vasco Sota, sirve para contraponer la soberbia de los millonarios bizkaitarras con la modestia falangista y, tomando posesión de Sabin Etxea, pretende acabar con el “dragón del separatismo vasco”. Los medios de comunicación afines en la villa a la dictadura, están plagados de cientos de artículos que enfocan la toma de Bilbao en idéntica dirección que Areilza.

Sirva como ejemplo el primer número de El Correo Español de 6 de julio de 1937 en el que su colaborador José María Arozamena en un articulo con titulo tan significativo como Lo que venimos a hacer en Bilbao, viene a sintetizar lo que para el régimen significaba la conquista: “La quimera dorada de la nacionalidad vasca ha quedado vencida por completo en la entrada vibrante de nuestras banderas victoriosas portando el modo y el estilo nuevo de la juventud”.

Cabe citar también a cierto tipo de intelectual como José Félix de Lequerica. La toma de Bilbao supone, para el que fuera ministro de Franco, el triunfo de lo mejor de la sociedad, lo culto y lo exquisito. Frente a ello el nacionalismo vasco y el socialismo representan lo plebeyo, lo zafio, en definitiva, lo innoble.

Memoria olvidada Con la muerte de Franco, la recuperación de esta parte de nuestra historia se realizó de un modo fragmentario. Es verdad que salieron a la luz libros prohibidos, escritos en el exilio, y se recopilaron testimonios de protagonistas de aquel tiempo que habían sido silenciados por la memoria impuesta por la dictadura.

Pero, sin embargo, siempre me ha sorprendido que, probablemente el día más trascendente en la historia de Bilbao del siglo XX, el 19 de junio de 1937, no haya sido objeto de mayores estudios entre historiadores, ensayistas, ni se haya rememorado de la manera que pide tan trascendental fecha. Y es que el fatídico 19 de junio supuso un corte radical en el devenir cultural, social y político de la villa. Durante casi 40 años se impone una Bilbao española y franquista a partir de un hecho fundacional violento, como fue el golpe de Estado y la victoria militar de Franco.

Supuso el exilio de miles de bilbainos, casi podemos hablar de una Bilbao exiliada, y la imposición de unas formas de vida. Faltan aun estudios completos sobre el número de exiliados, las requisas de sus bienes, las multas judiciales y gubernativas y otros tantas cuestiones cuyo impacto generó una autentica ruptura social.

Deber de memoria Es aquí cuando se hace preciso reivindicar el deber de la memoria. El hecho traumático de la conquista de Bilbao, no es simplemente un acontecimiento histórico que todo el vecindario de la villa debiera conocer. La memoria se relaciona con la idea de justicia y con la idea de deuda a los que nos precedieron. La deuda comprende la necesidad de guardar las huellas materiales, las documentales y, tomando prestadas unas palabras de Paul Ricoeur, exige “el sentimiento de estar obligados respecto a estos otros de los que afirmaremos más tarde que ya no están pero que estuvieron”. No se trata de defender la memoria por la memoria, ni de abusar de ella. Si es verdad que el dolor de los hechos nos remiten pasado, el valor moral que hemos reivindicado, el deber de memoria, se dirige al futuro.

Fin de trayecto Miles de bilbainos se vieron obligados a dejar su hogar. Algunos volvieron en plena dictadura. Otros se despidieron definitivamente de su Bilbao natal camino de un exilio eterno. Y aunque sus vidas transcurrieron por diferentes países y ciudades, en su memoria conservaron perpetuamente la casa de Bilbao donde nacieron, donde vivieron. Ese hogar permanente en el que pensaba José de Arechalde a bordo del Alsina. Aquel piso tercero, del número 1, de la calle Tendería.

Así pasen 80 años.

‘El vasco’, un camillero burgalés

La vida de Paulino Lafuente fue de entrega y socorro en su vida civil y en la línea del frente, donde auxilió a gudaris durante la ocupación de Bilbao

Un reportaje de Iban Gorriti

BURGALES

En las últimas fechas, diferentes asociaciones, historiadores y medios de comunicación han homenajeado, investigado o publicado sobre el papel de las maestras en la Guerra Civil, los brigadistas extranjeros que batallaron en Euskadi, el apoyo de asturianos al Eusko Gudarostea, los sacerdotes del bando republicano… Estas líneas son de recuerdo hacia el colectivo de sanitarios y camilleros, lo que en la Segunda Guerra Mundial se llamó medics.

Un ejemplo fue el de Paulino Lafuente Riancho, un fortachón camillero burgalés de casi dos metros de altura al que apodaban el vasco en el campo de concentración de Valdenoceda y que acabó residiendo en Muskiz y Ortuella, y dando hijos, nietos y biznietos a Bizkaia. Falleció en 2000 a los 83 años. “Nos alegramos de que se difunda que hubo muchas personas de fuera de Euskadi que pusieron todo el empeño e incluso su vida por delante, por defender esta tierra sin ser de aquí”, enfatizan la nieta de Paulino, Aiyoa Arroita Lafuente, y su marido, Jesús Pablo Domínguez.
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Castellano de nacimiento y vizcaino de adopción, Paulino auxilió en el frente norte durante la última Guerra Civil desde Bilbao (formó parte de la resistencia a la ocupación de la capital vizcaina por parte de los afectos a los golpistas de 1936 en Artxanda) hasta León, donde fue apresado. Allí comenzó un amplio recorrido por campos de concentración, prisiones y campos de trabajo hasta su liberación en 1943.

Con 19 años, Paulino Lafuente Riancho (Quintanaentello, 1917) se alistó voluntario para luchar contra el ejército fascista, sublevados que acabaron fusilando a su padre. Tres de sus hermanos, además, fueron milicianos en el frente.

Él se alistó al ejército republicano como simpatizante de UGT y PS, siendo enviado al 1º Batallón de Sanidad del cuartel de El Alta, en Santander. Formó parte del contingente como camillero con la graduación de cabo. “Su compañía estaba siempre en primera línea del frente, entonces localizado en tierras montañesas de Burgos y Santander, desgraciadamente muy cerca de la casa familiar en Quintanaentello, Valdebezana”, valora la familia.

El ámbito de actuación de su compañía sanitaria abarcó hasta Bilbao cuando el Cinturón de Hierro comenzaba a caer. “Él recogía a los gudaris heridos en Artxanda (18 y 19 de junio de 1937) para trasladarlos fuera de las líneas de combate, a hospitales militares habilitados en la capital. Roto el frente de Bilbao, se optó por la evacuación rápida hacia territorio cántabro sin dejar de atender los heridos que iban cayendo en la retirada”, explican sus nietos.

En ese periplo hacia Santander estuvo a punto de perder la vida en Saltacaballos (Castro Urdiales), donde un batallón del PNV se encargó de defender la retirada de las tropas republicanas cuando el crucero Almirante Cervera les vio. “Contaba que estando la ambulancia recogiendo y trasladando a los heridos, un obús disparado por el crucero franquista atravesó la camioneta-ambulancia entrando por la puerta trasera y saliendo por el cristal delantero sin explotar. Vio de cerca la muerte, tan cerca que si estira la mano podría haberla tocado. Afortunadamente, el obús asesino pasó de largo”, agregan.

Paulino se negó a rendirse en Santoña y continuó en los frentes de Cantabria, Asturias y León. Fue apresado en el pueblo de Oseja de Sajambre “al bajar a buscar pan”. Fue internado en el campo de concentración de San Marcos, donde le obligaron a cavar fosas en el cementerio cercano para sus compañeros fusilados. Le trasladaron al Batallón de Soldados Trabajadores Asturias nº 21 y de allí al campo de concentracion de Valdenoceda, Prisión Provincial de Burgos, cárcel de Larrinaga en Bilbao, Prisión Provincial de Ávila y el campo de concentración de Miranda de Ebro, “donde decía que peor lo pasó”.

Después llegó el periplo por campos de trabajo: Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores nº 12 de Irurita (Nafarroa) y el nº 31 de Lavacolla (Santiago de Compostela-Galicia). Acabó su periodo de esclavo en Marruecos, donde limpió campos de palmito para plantar cebada para los caballos de los militares. Retornó al hogar en 1943 tras siete difíciles años. Se casó con Ramona, burgalesa que tenía casa en Muskiz y que conoció en la cárcel de Valdenoceda en 1943. “Se conocieron porque el padre de ella era un preso amigo de Paulino que le dijo que le trajera una manta, ya que el vasco se la quitaba”, sonríen.

Trabajó de carpintero y viviendo en Ortuella fue uno de los que ayudaron a rescatar a las personas que quedaron atrapadas en el barrio de Golifar cuando explotó la presa del lavadero de mineral el 11 de octubre de 1964, causando seis muertos. En la también recordada explosión del colegio de Ortuella estaba trabajando en Begoña. No pudo entrar al municipio hasta muy entrada la tarde, aunque su nieta Aiyoa estaba estudiando en el centro escolar. “Nunca quiso hablar de todo lo que sufrió, aunque poco a poco conseguimos sacarle cosas”, le agradecen con cariño hoy.