De protector a ser fusilado

El sindicalista abertzale Juan Eskubi Urtiaga protegió a derechistas, pero, al mismo tiempo, su labor en el Comité de Defensa de la bombardeada localidad de Durango le llevó al paredón de Derio con apenas 31 años

Iban Gorriti

DOS bombardeos fascistas hicieron temblar en solo seis meses los cimientos de Durango y a familias de la villa durante la guerra aún calificada por algunos como civil. Bien lo supo el abertzale Juan Eskubi Urtiaga, representante del sindicato SOV (Solidaridad de Obreros Vascos) en la Junta de Defensa local, de la que fue presidente desde agosto de 1936. Es decir, solo un mes después del fallido golpe de Estado que militares españoles dieron en julio y que derivó en un finalmente conflicto bélico internacional.

El primer bombardeo sobre Durango que Eskubi conoció ocurrió el 25 de septiembre de 1936. El otro, el 31 de marzo de 1937 y días posteriores. En el inicial, los a la postre franquistas lanzaron unas bombas sobre el frontón descubierto de Ezkurdi en el que jugaban a pelota y descansaban algunos soldados republicanos. Murieron doce soldados y como venganza, se cree que fue el Batallón Rusia (JSU) quien sacó del calabozo local a 22 derechistas y los fusiló en el cementerio municipal.

Eskubi, en el centro de la imagen de camisa blanca y sin corbata, con amigos en 1930.Foto: Durango Kultur Elkartea
Eskubi, en el centro de la imagen de camisa blanca y sin corbata, con amigos en 1930.Foto: Durango Kultur Elkartea

Medio año después, el último día de marzo de 1937, llegó el banco de pruebas ya amenazado por el general golpista Mola. La aviación fascista italiana en operación coordinada por la Legión Cóndor nazi y aprobada por los sublevados contra la legítima Segunda República atentaron contra la población civil de la villa a cielo abierto. Asesinaron a, al menos, 336 personas ya registradas y destrozaron tanto casas particulares como patrimonio eclesiástico.

Eskubi acabaría fusilado con solo 31 años el 24 de octubre de 1938, hace 80 años. “El fusilamiento de Eskubi impactó por la relevancia que tuvo en la Junta de Defensa, organizando Durango bajo los escombros”, subraya Maria González Gorosarri, docente en la UPV/EHU e integrante de la asociación memorialista Durango 1936 Kultur Elkartea.

La entrega de este sindicalista afiliado a EAE-ANV tuvo consecuencias. “Fue uno de los primeros sindicalistas del Duranguesado. Él evitó fusilamientos de derechistas en 1936 y por los no evitados lo fusilaron”, mantiene el investigador iurretarra Jon Irazabal de Gerediaga Elkartea.

Como jefe de Orden Público, Eskubi, nacido en Begoña, cumplió funciones de policía, vigilancia de carreteras y edificios, emitió y pidió salvoconductos… “Protegió a derechistas de Durango, incluso hizo algún salvoconducto como al director del colegio San José Jesuitak”, aporta Jiménez, quien va más allá: “sin embargo el Ayuntamiento emitió informes negativos en su juicio como partícipe de los fusilamientos tras el bombardeo del 25 de septiembre”.

El también representante de las juntas de defensa de Lemoa y Ugao-Miraballes acabaría fusilado en Derio. No obstante, el técnico de la Sociedad Aranzadi matiza que “en la causa general no aparece su nombre por ninguna parte como partícipe de los hechos de fusilamiento en el cementerio”.

La asociación Durango 1936 Kultur Elkartea cuenta con un banco de entrevistas en su ejemplarizante web. Uno de los testimonios es de Juan Mari Eskubi Arroyo. El hijo del fusilado por los franquistas asegura que le acusaron “de tener influencia para hacer el mal”. Hace referencia al jaimista Adolfo de Uribasterra (carlista por el Partido Tradicionalista), quien según información del Archivo Municipal de Durango, desde 1931 hasta 1936 fue regidor y el 4 de agosto de 1937, en la primera sesión del Ayuntamiento tras la entrada de las tropas leales al golpe de Estado, volvió a ser nombrado alcalde. Su hermana estuvo casada con Esteban Bilbao, presidente de las Cortes.

“Adolfo -apostilla Eskubi hijo- manda un par de escritos y un telegrama al consejo de guerra para insistir que mi padre era una malísima persona y que merece el peor castigo. Que valiéndose de su influencia en el partido, sindicato y junta de defensa ordenó matar a aquellos 22 derechistas y a más gente”, lamenta, pero aporta el pensamiento contrario de otras personas de la localidad. “El doctor Navarro, tradicionalista, hace un certificado donde dice que tomaba decisiones que servían para salvar a la gente, que era una bellísima persona. Un director de Maristak también dice lo mismo, que daba salvoconductos para moverse con total tranquilidad. Capelastegui, de Hijos de Mendizabal, también hace un escrito a favor de mi padre. De Olma, también un tal Arieta no se qué… también dijo que era una bellísima persona”.

Mientras tanto, la familia que había sido exiliada por el Gobierno vasco a Burdeos tras la emigración interior en Bilbao y Santander, conoció la pena de muerte decretada en Santoña y su traslado a la cárcel vizcaina de Larrinaga.

Monseñor Laucirica, por su parte, echó al traste los intentos de la madre de Eskubi y su esposa de recabar apoyos para salvar su vida. “Una firma de este excelente representante de la Santa Cruzada de la Santa Madre Iglesia y del nacional-catolicismo que imperaba entonces era suficiente para salvar a mi padre y no se dignó en recibirles. Las despreció. Lo he oído contar siempre y no sé qué aspecto tenía pero yo le veo con cuernos y rabo en mis pesadillas”.

Juan Mari, además, evoca una llamada telefónica que recibió. “Me llamó por teléfono. Yo debo mi existencia a tu padre. ¿Cómo es eso?, le dije. Mi padre iba en aquella fila de prisioneros de la cárcel al cementerio para fusilarlos. Tu padre sacó de la fila al mío y dijo: ‘De este me encargo yo’. Mi padre, siempre según su versión, pensó que el tiro se lo iba a dar tu padre, pero qué va, se lo llevó al batzoki y le tuvo en la carbonera protegiéndole. Su madre le dio por muerto, pero el protegido le dio una foto con una nota al dorso para que supiera que seguía vivo. Nací en 1942, gracias a tu padre que le salvó de la muerte al mío”.

El misterio de las fosas comunes de Durango

Un informe del entonces consejero Jesus María Leizaola conservado en Venezuela confirma que en el cementerio de la villa fueron enterrados 127 cadáveres

Un reportaje de Iban Gorriti

Homenaje ante una fosa común en el cementerio de Durango donde descansan los restos de los asesinados por el franquismo. Fotos: Iban Gorriti
Homenaje ante una fosa común en el cementerio de Durango donde descansan los restos de los asesinados por el franquismo. Foto: Iban Gorriti

UN informe del entonces consejero de Justicia y Cultura, Jesús María Leizaola, revela importantes y novedosos datos sobre el bombardeo de Durango. El documento oficial repatriado por el PNV del exilio en Venezuela a Euskadi confirma que en el cementerio de la villa vizcaina hay dos fosas comunes, tumbas y panteones que acogen los restos de 127 personas, algunos identificados con nombre y apellido. El dato es importante porque los franquistas arrancaron las páginas del registro del camposanto para ocultar la verdad que ahora vuelve a salir a la luz y despeja todo tipo de dudas. En caso de estar juntas, podría ser el mayor acopio de asesinados resultante de un solo acontecimiento en la CAV.

“Este informe de Leizaola se conservaba en los archivos de Santiago Aznar, consejero de Industria del Gobierno del lehendakari Aguirre, y lo trajimos de Venezuela. Leizaola fue quien denunció al mundo el bombardeo de Gernika junto al alcalde y cura de la villa, como el corresponsal George L. Steer”, señalael exsenador Iñaki Anasagasti.

Leizaola apuntó en sus credenciales que la villa había sido bombardeada el 31 de marzo de 1937 y días posteriores de abril “por la aviación alemana”. Con el transcurso del tiempo se ha demostrado que el dato sobre la autoría era erróneo y que los autores de la matanza de personas de los dos bandos fueron los fascistas italianos de Mussolini, con el beneplácito de los militares golpistas españoles de Mola y la planificación de la Legión Cóndor de Hitler.

El informe, además, cuenta con el testimonio de una delegación inglesa que por aquellos días se encontraba en Euskadi y que fue testigo del bombardeo del 2 de abril de 1937. “Redactó un documento certificando la iniquidad cometida por la barbarie fascista”, cita el texto.

El parte oficial facilitado por el consejero de Defensa del Gobierno de Euzkadi data del día 5 de abril de 1937. “El número de víctimas causadas por esta acción vandálica es impresionante”, señala el documento y lo argumenta del siguiente modo: “Los muertos en Durango, en el momento mismo del feroz bombardeo, se elevan a 127. Y, posteriormente, a causa de las heridas recibidas fallecieron más de otro centenar de personas, pasando de 150 los heridos graves que recibieron asistencia facultativa en el Santo Hospital de Basurto y otros centros benéficos y diferentes pueblos. El número total de heridos se eleva a 300”.

La numeración correspondió al orden de enterramiento. Así, en la primera fosa, se concentraron 42 cuerpos, por 39 en la segunda. Además, hubo cadáveres a los que se les dio sepultura más digna -según el texto oficial- en tumbas y panteones. Uno de los casos es el de Teresa Minchero, que murió acribillada por los cazas italianos que iban asesinando a las familias que huían del cementerio durante la tarde del 31 de marzo. Teresa caminaba junto con dos sobrinas. Se tiró a la hierba para protegerlas de las balas y perdió la vida. Las dos niñas se salvaron, pero una de ellas perdió un brazo. Aún viven, Teresa en Las Landas (Francia) y Milagros en Hernani.

Reconfortado por conocer el paradero aproximado donde yacen los restos de su familiar, un descendiente de Teresa relata agradecido: “Acabamos de sentir una gran emoción al saber dónde puede encontrarse el cuerpo de mi tía abuela, Teresa Minchero Rubio. Nos pesa que muchos familiares que la conocieron ya no están entre nosotros y nunca supieron dónde se hallaba su cuerpo. Olvidarse de su sacrificio es como matarlas de nuevo”, enfatiza desde Hendaia Manu Muñoz Minchero, quien mantiene la esperanza de localizar los restos en el camposanto durangués. Su búsqueda continúa.

Siempre se ha creído que había una o dos fosas comunes del bombardeo en el cementerio de Durango. De hecho, hay un prado que se ha mantenido intacto entre las sepulturas y la capilla que los franquistas erigieron en 1939 tras derribar la anterior. “Será un panteón capilla para honrar a los mártires y héroes de campaña en el cementerio de Santa Cruz”, detallaba el pliego de condiciones guardado en el Archivo Municipal de la villa.

La opinión más extendida es que ese espacio podría acoger las dos fosas comunes. El historiador iurretarra Jon Irazabal siempre ha declarado que no se debiera exhumar. Familias como la de los Minchero aún sueñan con recuperar los restos de aquellos parientes que los franquistas les arrebataron y que, además, trataron de borrar con acciones como la de arrancar las páginas del registro del cementerio.

DESTRUCCIÓN MASIVA Así lo explicaban los observadores ingleses en el informe de Leizaola: “Esta tarde de 2 de abril hemos acabado de presenciar un espectáculo desgarrador. Hemos visitado Durango, una población grande, a 20 millas de Bilbao y seis de la línea de combate, y hemos visto la destrucción causada por un raid hace dos días, en el que dos religiosos y catorce monjas fueron muertos en la iglesia durante la misa, junto con muchas otras víctimas. Cuando nos acercábamos al pueblo, los aeroplanos volvieron. Les vimos dar vueltas encima de nosotros, y cuando estaban encima del pueblo oímos espantosas explosiones y vimos levantarse densas nubes de humo. Después visitamos la terrible devastación. La pequeña ciudad estaba completamente deshecha”.

Según detallaron el cónsul de S. M. Británica en Bilbao, Mr. Stevenson, y el deán de la catedral de Canterbury, Hewet Johnson, los bombardeos sobre la población de Durango no cesaron hasta quedar destruida. “En el orden de las actuaciones aéreas contra poblaciones civiles no hay hasta ahora en el mundo nada que pueda equipararse a esta monstruosa exterminación de la villa de Durango”, subrayaron.

Estos testigos se sorprendieron aún más al contemplar cómo los bombarderos arrojaban muerte sobre “el Hospital de sangre de Durango, a pesar de las visibles señales que demuestran su humanitario destino, pereciendo dos religiosas de la Caridad y sufriendo el edificio graves deterioros”.

 

El último viaje del tranvía entre Bilbao y Arratia

El bombardeo de la aviación italiana sobre Durango en 1937 provocó que esta línea dejara de funcionar para siempre.

Un reportaje de Iban Gorriti

EL Ministerio de Defensa ha publicado en su biblioteca virtual fotografías de la Guerra civil española. El director del Museo Vasco del Ferrocarril, Juan José Olaizola, ha localizado entre ellas la del furgón automotor Nº 50 de la Compañía del Tranvía de Bilbao a Durango y Arratia destrozado por un bombardeo en alguna localidad arratiana.

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La importancia de este medio de locomoción para civiles y soldados, y de transporte en aquellos días de incertidumbre fue máxima y vital. Como curiosidad, la línea citada no volvió a ponerse en marcha y así, por ejemplo, el tranvía de Durango dejó de funcionar para siempre el 31 de marzo de 1937, jornada en la que los aviadores fascistas italianos protagonizaron un desolador raid que acabó con la vida de más de 336 personas ya documentadas. Ahora bien, el furgón automotor Nº 50 de la imagen, tras ser reconstruido, “prestó servicio hasta 1955. Fue dado de baja el 30 de abril de ese año”.

Juan José Olaizola (Donostia, 1965) es la persona vasca más ducha en esta materia y matiza que “la Compañía del Tranvía de Bilbao a Durango y Arratia inauguró su línea en 1902, estableciendo desde sus inicios una dura competencia con el ferrocarril. Sin embargo, la guerra de tarifas terminó por derrotar al tranvía que, en 1911, fue adquirido por los Ferrocarriles Vascongados”.

Desde entonces, según ilustra, pasó de ser un competidor a un buen complemento del tren. No obstante, los daños provocados por la Guerra civil supusieron la clausura, en 1937, del tramo comprendido entre Amorebieta y Durango, tanto por los daños del bombardeo de Durango como por otros provocados por la aviación y artillería fascista en el trayecto, sobre todo en la zona de Montorra y el centro de la localidad zornotzarra.

“No cabe duda del carácter terrorista de esta acción de guerra -valora Olaizola-, con la que se pretendía atemorizar a la población civil y quebrar su espíritu de resistencia”. A su juicio, la Aviazione Legionaria también aprovechó la ocasión para destruir diversos objetivos militares ya que Durango se había convertido en un nudo de comunicaciones fundamental para la defensa de los flancos Este y Sur del frente del Norte.

En consecuencia, la estación del ferrocarril de Bilbao a San Sebastián donde, además, se encontraban los talleres principales de esta vía férrea, se convirtió en uno de los objetivos prioritarios de los bombarderos italianos ya que era un importante centro logístico para el transporte de tropas y equipos a los frentes de Eibar y Elgeta, a través de las líneas que se dirigían a Eibar y Elorrio.

Así, el bombardeo de la estación de Durango provocó daños muy cuantiosos: la marquesina que cubría las vías de la terminal quedó completamente destruida y los talleres muy afectados. Además, buena parte del material móvil estacionado en estas dependencias, así como la playa de vías, instalaciones de electrificación y otros equipamientos, resultaron seriamente dañados.

Al respecto, la propia Compañía de los Ferrocarriles Vascongados, concesionaria del ferrocarril de Bilbao a San Sebastián, identificó grandes averías en talleres y demás edificios de esta estación. “La reparación cortó 144.211 pesetas”, aporta. Otras reparaciones en gastos para talleres o coches sumaron 35.000 pesetas entre jornales y materiales.

En marcos de guerra, la neutralización de este tipo de transportes es siempre un objetivo militar de primer orden, por lo que el tranvía, al igual que el ferrocarril de los Vascongados, fue centro de diversos bombardeos.

Entre los blancos preferentes del autoproclamado Ejército Nacional se encontraba la carretera de Bilbao a Durango, cuyo trazado era en buena parte aprovechado por el tranvía, por lo que sus instalaciones, como hemos comprobado con el ejemplo de Durango, sufrieron daños de consideración.

Posteriormente, la retirada del ejército del Eusko Gudarostea y apoyos republicanos del Estado y brigadistas mundiales “trajo consigo la voladura de los puentes de Durango, Euba, Amorebieta y La Peña”, cita Olaizola.

Tras la conquista de Bizkaia por parte de los afectos al golpe de Estado de julio de 1936, se procedió a la reparación de los daños sufridos en las líneas del tranvía, salvo en el tramo comprendido entre Amorebieta y Durango, “ya que a las destrucciones sufridas por sus instalaciones se unía el poco interés de la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados por mantener un trayecto que la empresa consideraba suficientemente cubierto con su servicio ferroviario”, aporta.

De este modo, el 30 de noviembre de 1938 se inició el levantamiento de las vías y elementos de electrificación de esta sección.

Otro ‘Steer’ novela el Durango del año 1937

 Robert Egby escribe un segundo libro con el bombardeo de la villa como partida de la trama

Un reportaje de Iban Gorriti

With all best wishes. De este modo dedica sus libros el siempre imprevisible Robert Egby, escritor británico que estableció su residencia en Pemberton, Nueva Jersey. “Con todos mis mejores deseos”, deja escrito para el recuerdo de los lectores de libros como Por el amor de Rose, novela histórica que estrenó el año pasado y con localizaciones de Elgeta, Urkiola o el bombardeo de Durango del 31 de marzo de 1937.

Egby junto con su esposa Betty Lou visitaron en 2014 Euskadi para investigar sobre aquel capítulo que por desgracia durante días puso a Durango en el mapa del mundo. El propio George Lowther Steer, según comunica el historiador iurretarra Jon Irazabal Agirre, visitó la villa una semana después del ataque de los bombarderos y cazas italianos. El famoso escritor difundió la masacre que los militares golpistas españoles permitieron. “Como curiosidad -narra Irazabal a Egby en el interior de la Oficina de Turismo de Durango- la esposa de Steer acababa de morir y el corresponsal viajó a París a su despedida y entierro, y a los pocos días vino a Durango y posteriormente a Gernika”.

El angloamericano no pierde detalle. Apunta todo. No quiere errar. Con la historia no se juega, a pesar de que él la novele. Y en ese momento, Egby da a conocer que gesta en su seno un nuevo libro y que por ello esta semana ha vuelto a viajar a Euskal Herria. Que tiene entre manos una nueva novela -“no es la segunda parte de Por el amor de rose”, diferencia-, y que esta vez arranca en sus primeras páginas de nuevo con el bombardeo de Durango, la mañana de aquel 31 de marzo de 1937 que tanta impresión le causó cuando tuvo noticia de él.

El encuentro con el matrimonio que conforman Robert Egby (83 años) y Betty Lou Kishler (81 años) se produce en la Oficina de Turismo de Durango, ese municipio que “nos gusta mucho” y al que volvieron ayer sábado desde Donostia, donde han levantado su campo base este año.

Junto a ellos, la amable anfitriona del servicio del Ayuntamiento durangarra, la técnica Natalia Naverán. A la cita se suman en unos minutos el historiador Jon Irazabal, de Gerediaga Elkartea, sociedad de amigos de la Merindad de Durango que cumple este año su medio siglo de investigación y aportación a la cultura con actividades como la Durangoko Azoka de diciembre. Tras las presentaciones, se suma al grupo Javier Sarmiento como traductor.

Irazabal es sin lugar a dudas la persona que mejor conoce qué aconteció el 31 de marzo y días posteriores de abril de 1937 cuando un pueblo inocente fue banco de pruebas para el fascismo internacional. El de Iurreta ha escrito dos libros sobre este capítulo negro que dejó al menos 336 muertos documentados en la villa. Él fue quien descubrió que la creencia primigenia de que los alemanes bombardearon la localidad no era cierta: “fueron los italianos”, informa. “Primero encontramos un documento en Madrid y a partir de ahí viajamos a Roma y dimos con todos los escritos y fotografías que dejaban por sentado que se encargó el bombardeo a los italianos que estaban en Soria”, certifica Irazabal.

Egby ni pestañea. Betty Lou fotografía a los presentes sin perder ángulo. Suman 164 años, pero una actitud de querer informarse y aprender pasmosa.

Adelanta Egby: “Esta nueva novela que estoy escribiendo se pondrá a la venta en 2016, el año que viene”. Quienes le escuchan no pueden evitar querer saber algo sobre la sinopsis al desvelar que comenzará en la calle Kurutziaga de Durango minutos antes del bombardeo. “Allí estará una niña jugando con su muñeca. Minutos después, una vez que la aviación legionaria italiana arrasó la villa a las 8.30 horas, aparece muerta. Un familiar que encuentra a la pequeña fallecida acabará de mayor siendo un francotirador en el ejército inglés. Este mismo, volverá años más tarde a Euskal Herria buscando venganza y dará con una pareja que reside clandestinamente en Francia por ser miembros de la organización armada ETA”.

Para el resto habrá que esperar unos meses, así como para el título. “No tiene aún título fijo. Y como he dicho, aunque no es una segunda parte del libro Por el amor de Rose, sí he decidido que dos personajes de esa novela aparezcan en esta nueva”, avanza el escritor y editor, de reconocido éxito.

“Hemos venido a Durango otra vez a informarnos de qué ocurrió durante aquellos días de la Guerra Civil, por ejemplo qué pasó en Elgeta, en los montes Intxorta”, explica Egby; y Betty Lou agrega, agradecida, que “este país nos gusta mucho”.

Egby, un hombre espigado de talento incuestionable, comienza a recoger todos su enseres. Revisa sus apuntes: cómo fueron los militares golpistas españoles Mola, Franco y Vigón quienes dieron el consentimiento a la Legión Cóndor alemana de Hitler para que coordinaran una masacre que ejecutaron los pilotos de la Aviación Legionaria Italiana de Mussolini con sus bombarderos Savoya y los cazas CR32. Irazabal les deja con la boca abierta una vez más: “Los pilotos de los caza tenían la orden expresa de ametrallar a todas las personas que encontraran a su camino: daba igual si eran parte de la guerra o civiles o edades”.

Mola ya había avisado que o Bizkaia se rendía a los sublevados o la destruiría y “sin miramientos hacia los civiles”. Así, el asesinato de las más de 336 personas en Durango supuso, según los especialistas, un genocidio porque murió el 5% de la población que la villa tenían entonces censada. El matrimonio sorprendido con la beligerancia con la que actuaban los golpistas y sus aliados internacionales. De hecho, abrieron los ojos más de la cuenta al conocer el dato de que Mola premió a los pilotos que mataron con sus bombas a los durangarras con su envío a la ciudad de Zaragoza para celebrarlo con prostitutas, mientras numerosas familias en Durango lloraban a sus muertos inocentes. Casi ochenta años después, un anglosajón, como hizo George L. Steer en 1937, dará a conocer de nuevo al mundo aquella tragedia. La nuestra.

El movimiento anarquista en Durango en la II República

José María Larrinaga fue el referente de una organización a la que se acusó del asesinato del jefe de la guardia municipal

Un reportaje de I. Gorriti

EL anarco-sindicalismo re-presentado por la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) nace en Barcelona en 1910 en el congreso realizado por Solidaridad Obrera con el fin de conseguir por este medio el comunismo libertario. En Durango, según datos investigados por el archivero municipal José Ángel Orobio-Urrutia para el anuario Astola de Gerediaga Elkartea, el movimiento arrancó con afiliación escasa.

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El tribuno anarquista del norte Galo Díez pronunció un mitin en Durango en marzo de 1920 y varios sindicalistas como Fermín Manteca o Simón Marco estuvieron presos en la cárcel de Durango en 1921 “acusados de propaganda ilegal e incitación al desorden”, facilita.

La organización comienza en los años 30 con José María Larrinaga. En enero de 1932 la policía se incauta en Bilbao de 445 kilos de proclamas subversivas de carácter comunista y libertario, que figuran como remitidas desde el convento de jesuitas de Durango, en las que se dirigen “violentos ataques a la masonería, a la República y a los políticos republicanos”. Poco después, en mayo, son detenidos José María Larrinaga y León Escalona por colocar estos pasquines.

El 15 de septiembre de 1932, Ignacio Rojo, jefe de la guardia municipal, informa al alcalde de la detención el día anterior de Balbino Morado, Esteban Barreña, Antonio Lafuente, José María Larrinaga, Carlos Bilbao, Mauricio Aizpurua y Epifanio Osoro, por “reunión ilegal”.

Para Rojo se convierte en una obsesión personal la persecución de los elementos sindicalistas de la villa. La Dirección General de Seguridad había establecido en Durango una inspección de vigilancia encargada sobre todo de la represión de los nacionalistas vascos y de los anarquistas. En varias ocasiones los agentes de vigilancia se quejan al alcalde porque el citado jefe de la guardia se muestra reacio a facilitar información de “los individuos extremistas” de la localidad. Ante la presión del alcalde, Rojo le informa de que él se está ocupando de la persecución del grupo de sindicalistas, aportando la información de que los jóvenes Emeterio Raposo, Carlos Bilbao y Esteban Barreña se han fugado del hogar paterno y se dirigen a Zaragoza

Enero de 1933 es una fecha fundamental para el movimiento libertario en España y también en Durango. Los dirigentes de la CNT y de la FAI consideran que es momento de denunciar las penosas condiciones de vida de los trabajadores por lo que hacen un llamamiento a la insurrección general que produciría, por medio del “contagio revolucionario”, la aspirada revolución libertaria.

detención de Larrinaga El día 3 se descubre en Igualada que en una fundición propiedad del anarquista Antonio Guillén se están fabricando bombas preparadas para ser repartidas en todo el Estado entre los llamados grupos extremistas. En esta fábrica se encuentran tres mil bombas y varias cajas de explosivos. Se averigua que una remesa conteniendo dos cajas con 250 bombas y 180 kilos de peso en total se han enviado a Portugalete a nombre de un tal Ortiz y camufladas con el sello de una casa comercial de carbones de Bilbao. Cuando se presenta a recogerlas es detenido José María Larrinaga, a quien la prensa le atribuye la dirección de los elementos sindicalistas de Durango. La policía consigue saber por medio del citado Guillén que a primeros de mes se habían enviado a Durango dos cajas de bombas de 180 kilos de peso cada una.

El día 20, Ignacio Rojo, junto con miembros de la Guardia Civil de Durango, según informa en el parte que remite al alcalde, pone “a disposición” del gobernador civil a varios vecinos de filiación anarco-sindicalista (Isidro Echaburu, Emeterio y Francisco Raposo, Juan Ibarra, Esteban Barreña, Mauricio Aizpurua, Epifanio Osoro y Balbino Morado). Se les acusa de hacer explotar dos cargas de dinamita de gran potencia en un pinar de Bitaño y “como supuestos complicados en el último movimiento de carácter anarquista” que se había producido en la villa. También se averigua el paradero de dos kilos de material explosivo oculto en un palomar adosado a la casa de Epifanio Osoro en el número 28 de Artekalea. Todos ellos son encarcelados en la prisión provincial de Bilbao.

Larrinaga y los otros ocho compañeros son absueltos por “inculpabilidad”. Días después, el dos de septiembre, Ignacio Rojo informa al alcalde de que han aparecido varios pasquines colocados sin permiso en la villa anunciando un mitin de la CNT en la Terraza de Bilbao y denuncia que los autores del hecho son Emeterio Raposo, Esteban Barreña y José María Larrinaga.

Ante el continuo acoso al que son sometidos por parte del jefe de los municipales, la reacción no se hace esperar. El día 2 de enero de 1934, hacia las siete y veinte de la tarde y tras haber acompañado al alcalde al que ofrecía servicios de escolta, Ignacio Rojo es esperado por varias personas apostadas frente a las casas de los números 76 y 78 de la calle Olmedal, cerca de la ermita de la Madalena, y recibe tres disparos que le provocan la muerte en pocos minutos, a pesar de ser trasladado y atendido en la farmacia de Sanroma en la calle Uribarri. Detienen a los sindicalistas Juan Ibarra, Franciso Raposo y Balbino Morado. También se buscan a sus compañeros Esteban Barreña y Mauricio Aizpurua, pero estos han huido en el tranvía hacia Bilbao. Serían detenidos pocos días después.

Curiosamente, José María Larrinaga, jefe de los anarquistas de Durango, no participa en la operación ya que se encontraba detenido en el hospital porque el día 23 de noviembre se le había disparado el arma que portaba y había resultado herido de cierta gravedad. Y tampoco participan Epifanio Osoro y Justo Longarte, que estaban detenidos por insultos a la autoridad. Al funeral, presidido por el gobernador civil y el alcalde de la villa, acuden entre otros, Marcelino Oreja y varios líderes tradicionalistas de la provincia. El pleno del ayuntamiento, entre otros acuerdos, decide conceder una pensión vitalicia a los cuatro hijos y a Luciana Miguel, viuda de Rojo. Paradójicamente, tras la guerra civil, se le retira dicha pensión a la viuda por sus “simpatías izquierdistas”.