El matadero franquista que toneladas de tierra no taparon

La verdad acaba saliendo siempre a la luz, es el caso de las fosas navarras de Franco en Ollakarizketa de 1936 con testimonios que ponen la piel de gallina

Un reportaje de Iban Gorriti

APARECIERON dos coches, el primero con bandera nacional y una camioneta con toldo. Mi padre y mis hermanas se apartaron. Yo me quedé y vi los fusilamientos. Aquel día trajeron diecisiete esposados de dos en dos. Los metían como a corderos en la primera borda, la borda Roncal. Los sacaron ya sin atar. En la parte izquierda de la fosa, un pistolero le pegaba un tiro en el corazón y caía. En la parte derecha, el segundo pistolero le pegaba un tiro de gracia. Los echaban a la fosa medio tiesos, de pies, para que cupieran más”.

Trabajos de Aranzadi en la zona de Nafarroa donde se exhumaron tres fosas con 20 cuerpos el pasado septiembre.Foto: Pablo Domínguez

El escalofriante testimonio pertenece a Félix Echalecu, navarro que en 1936 fue obligado a cavar y tapar diversas fosas en Ollakarizketa tras presenciar diferentes ejecuciones. Hicieron, según narra, una fosa de unos 100 metros de largo por 0,60 de ancho y un metro de profundidad para enterrar los cadáveres. “La gente miraba para otro lado mientras los asesinos mataban con total impunidad”, agregan los investigadores del suceso Pablo Domínguez y Aiyoa Arroita, de Ortuella.

El lugar fue elegido para ocultar las muertes de, por ejemplo, sacas que se hacían del penal provincial de Iruñea y tal vez otros producidos por “paseos” de vecinos de lugares de la zona de Iruzkun, Valle de Juslapeña. “Se ha demostrado que las historias que se contaban de boca en boca eran ciertas, no una leyenda urbana inventada por los rojos republicanos”, dice Domínguez.

En la actualidad, este “matadero franquista” es también conocido como “coto redondo”. Es propiedad de Miguel Vidart Falcón, nieto del que fue alcalde, Pedro Vidart, cuando “se produjeron los viles asesinatos en noviembre de 1936”. La orden de cavar la fosa la recibió el propio alcalde del Gobernador Militar de Navarra, según han cotejado.

Domínguez transmite que los crímenes fueron presenciados por una pastora de nueve años llamada Plácida Ibero. Nunca olvidó el lugar donde los enterraron, “tras asesinarlos impunemente”, y que indicó personalmente en 1979. Testigos de aquella primera exhumación popular recuerdan, 40 años después, la enorme emoción que sintieron y lo que vieron a medida que excavaban en la fosa. “Entonces todavía quedaban vivos muchos hijos de fusilados. A algunos se les reconocía quiénes eran por la ropa, por las zapatillas”, afirma una testigo de las exhumaciones de 1979.

A juicio del investigador, siempre se supo dónde estaban las fosas de la borda de Ollakarizketa. Pero mantiene que durante la dictadura de Franco era impensable hacer algo por rescatar los cuerpos de los familiares sepultados. “El miedo estaba latente y los que ganaron la guerra ocupaban puestos políticos y sociales que impedían las inhumaciones de personas republicanas, pero que Franco sí hizo por decreto en 1936 para exhumar a los muertos de su bando. En el mismo se pedía un censo de desaparecidos de la guerra y encargar a un grupo de expertos un protocolo de exhumación, además de preservar por ley las fosas comunes para que no se construyera sobre ellas”, explica.

Sin embargo, en Nafarroa hubo lo que se ha denominado exhumaciones tempranas, que comenzaron en la posguerra en 1939-1941 con la actuación en fosas con autorización del Gobernador Civil, tal y como consta en los archivos. Las siguientes se llevaron a cabo en 1952, 1959 y 1964 con la recuperación de restos, incluidos los del alcalde republicano de Lizarra, Fortunato Aguirre, enterrado junto al cementerio de Tajonar. “Entre ellas no estaba ninguna de las de Ollakarizketa”, matiza Domínguez.

Estas primeras exhumaciones, según los especialistas, se hicieron más con el corazón que con la ciencia médico-forense y terminaron de forma brusca tras el golpe de estado de Tejero en 1981. “Regresó el miedo a una nueva masacre y se abandonó todo hasta el año 2000, cuando regresaron las exhumaciones, pero ya por medios científicos”, pormenorizan.

Pese a todo ello, en más de 80 años el propietario de la finca nunca ha hablado. “Lo que no sabían es que después, alguien relacionado con el terreno o con permiso de éste, alteró la superficie de las fosas que se veían a simple vista y las cubrió con toneladas de tierra, hasta una altura de más de un metro en algunas zonas. La intención no era ocultarlas, pues ya se sabía dónde estaban, sino dificultar el trabajo de buscarlas”, agrega.

“Fosas del odio” Pero llegó 2019. Y llegaron al lugar los técnicos especializados de la Sociedad Aranzadi con el antropólogo forense Paco Etxeberria y la arqueóloga Lourdes Herrasti a la cabeza, siguiendo un protocolo y dentro del programa de colaboración Institucional firmado con el Gobierno de Nafarroa.

Pablo Domínguez acudió al lugar el 30 de septiembre a ayudar con las exhumaciones como miembro colaborador de Aranzadi. “Lo que presenciamos allí fue dantesco. Había tres fosas localizadas junto al edificio pastoril. Una de ellas estaba casi excavada y con los restos de nueve personas asesinadas a la vista. Detrás había otra fosa múltiple que dejaba entrever los restos de, por el momento, cinco personas y un gran hoyo central de una época antigua donde en 1979 habían rescatado los restos de dos personas de forma parcial y sin tocar al resto”.

En total localizaron 20 cuerpos en esas tres fosas y “no 16 como informaron los periódicos ese día, a causa de la falta de excavación de la segunda fosa que no estaba visible en su totalidad”, confirma.

A pesar del hallazgo de las tres fosas este año y la que se exhumó en 1979, se cree que aún quedan más enterramientos por descubrir. “Se sospecha de otra con cerca de 16 personas en las inmediaciones y varias más con un número indeterminado de cuerpos cercanas a las localizadas. Son fosas del odio de un pasado reciente de nuestra historia que nos causan vergüenza en pleno siglo XXI”, lamentan.

Individuas Peligrosas

El relato de las mujeres republicanas presas en Amorebieta durante el franquismo

Un reportaje de Ascensión Badiola Ariztimuño

ES un día lluvioso y hace frío en el norte. Un grupo nutrido de mujeres, que se aprietan la ropa contra el pecho para no tiritar, desciende de los vagones de mercancías del tren en la estación de Amorebieta y se sumerge en la nube de lluvia. Ha sido un viaje duro en esos vagones que son para transportar ganado. Vienen de la estación del norte en Bilbao, pero antes de eso han sido obligadas a subir al tren en otros lugares de la península. De este primer grupo, la mayoría procede de Madrid, pero pronto llegarán muchas más de otros sitios.

Taller de costura de las presas en Amorebieta; a la derecha, expediente de Antonia Torres y Orden por la que se reconvirtió el penal en prisión central de mujeres.

Las mujeres forman en fila de a dos, con disciplina casi castrense y atraviesan el pueblo hasta un edificio situado en la plaza del Kalbario nº 4, custodiadas por guardias civiles y militares. Están flacas, demacradas, desgreñadas, con los vestidos sucios y los zapatos de barro y algunas llevan un bebé en brazos o están embarazadas.

“¿Quiénes son?”, se preguntan los pocos viandantes que circulan por el pueblo a esas horas tan tempranas y alguien contesta: “Creo que son rojas”. “¿Para qué las traen aquí?” -pregunta otro-. “No lo sé, pero parece que las llevan al antiguo seminario, que ahora es cárcel de mujeres”.

Así comienza el periplo de las republicanas enviadas a Zornotza a partir de septiembre de 1939, cuando ya ha acabado la guerra. Llegan desde todos los puntos de la España franquista y el primer grupo procede de la cárcel de Ventas de Madrid, donde ya no caben más presas. Las envían a las cárceles del norte, donde todavía hay sitio y pueden repartirse entre Amorebieta, Durango y Saturraran. La mayoría pasará por las tres cárceles y por otras muchas más, de entre las que integran el circuito carcelario creado por el Régimen para encerrar a todas las individuas peligrosas, que hayan sido calificadas como tal en el correspondiente consejo de guerra y condenadas a cadena perpetua o a penas desde seis hasta veinte años.

La de Amorebieta será solo una prisión más del entramado carcelario que se reparte por toda la península, desde la cárcel de mujeres de Girona, la de Oblatas de Tarragona; Les Corts en Barcelona; Santa María del Puig en Valencia; Can Sales en Palma de Mallorca, la prisión de mujeres de Málaga, la de Guadalajara; Las Ventas y La maternal de San Isidro, ambas en Madrid; otras cárceles castellanas, gallegas, asturianas… hasta las cárceles vascas: Saturraran, Amorebieta y Durango.

Todas ellas tienen en común el ser prisiones centrales o de cumplimiento de pena, diferenciadas de las prisiones provinciales existentes en todas las capitales de provincia y de las prisiones habilitadas, figura esta última recurrentemente utilizada durante la guerra para recluir a hombres y mujeres republicanos o sospechosos de serlo, que ya no caben en las prisiones oficiales, pero que a partir de 1940 serán sustituidas por las prisiones centrales, creadas por la Dirección General de Prisiones.

‘Hospital prisión’ Es el caso de la de Amorebieta que, instalada en el edificio carmelita construido entre 1931 y 1933 con el fin de servir como seminario sin que llegue a funcionar como tal por estallar la guerra, es en 1939 Hospital prisión de mujeres, una cárcel habilitada creada para descongestionar la provincial bilbaina, hasta que el 13 de marzo de 1940, el director general de prisiones, Esteban Bilbao Eguía, recibe la orden de reconvertir la prisión habilitada de Amorebieta en prisión central de mujeres que funcionará hasta su cierre en 1947.

A partir de ese momento, empezarán a llegar mujeres de todos los rincones del Estado español. Mujeres activas, políticamente hablando, como Tomasa Cuevas, afiliada comunista, pero también mujeres campesinas que no saben leer ni escribir y cuya única relación con el marxismo tiene que ver con haber llevado comida a un hermano que pelea en el bando republicano en la zona de Santander, como es el caso de Palmira Marcos Abascal, acusada de auxilio a los guerrilleros de Cabárceno y enviada a Amorebieta. También habrá andaluzas que han robado los mantos de la Virgen en su iglesia para confeccionarse vestidos con los que ir guapas a visitar al marido a la cárcel, o han saqueado objetos eclesiásticos de valor, como cálices, cruces, portacirios, para revender y alimentar así a la prole, que tiene hambre.

Muchas son analfabetas, pero las hay enfermeras y maestras republicanas, que serán las encargadas de alfabetizar a sus compañeras dentro del programa de redención que se establece para reducir condena por día de trabajo, como es el caso de Marina, la madre de la entonces niña Marina García, encarcelada en Amorebieta.

El sistema carcelario franquista pone especial énfasis en la moralidad y la reeducación en prisión con arreglo al modelo de mujer defendido por el Régimen. Se acabó lo de no oír misa, o lo de ir vestida de miliciana o lo de intentar equipararse al hombre en el trabajo y en la calle. A partir de esta reeducación moral, las mujeres encarceladas aprenden los nuevos valores, los nuevos cantos, los nuevos gestos, como el del saludo brazo en alto, las oraciones… La nueva moralidad consistirá básicamente en ejercer las tres obediencias: al padre, al esposo, y al sacerdote.

De todo esto se encargarán las monjas, que usarán los malos modos, con favoritismos para las reclusas que rezan en misa y castigos crueles para las presas que se niegan a rezar. La madre superiora de las Hermanas de San José, Simona Azpiroz, forma parte de la Junta de Disciplina y de ella dependen los castigos y las propuestas de libertad condicional de las presas a su cargo.

Simona Azpiroz censurará las cartas de algunas presas, su única vía de comunicación con el mundo exterior. Los motivos que argumenta en uno de los casos es: Antonia Díaz trabaja bien formando a las reclusas, dada su calidad de maestra, pero últimamente, dado su nerviosismo la hemos tenido que retirar, hasta tal punto de que algunas cartas de la citada reclusa han sido rotas sin ser enviadas (…) la deficiencia que muestra la reclusa es típicamente izquierdista, se niega a que su cuñado sacerdote meta a su hijo en un hospicio y de ahí las malas relaciones con su familia.

Y es que la reclusa Antonia Díaz tiene a su hijo fuera de la cárcel, seguramente es mayor de tres años, la edad reglamentaria en la que los hijos son separados de sus madres para entregarlos en adopción bien a la propia familia, bien a una familia del régimen o si no para quedar bajo la tutela del Estado. Hasta esa edad, los hijos permanecen con sus madres dentro de la cárcel, algunos incluso han nacido entre cuatro paredes, sobre el suelo donde da a luz la madre sin ningún tipo de asistencia.

El testimonio de Trinidad Gallego, una de las presas de esta cárcel, madrileña y matrona de profesión dice: En Amorebieta las madres solo ven a sus niños un ratito al día (…) Los oyen llorar, pero las monjas no les dejan ir. Y si los niños están enfermos, tampoco. Y la que pare va cinco minutos a darle el pecho, pero nada más.

Lo peor es cuando los bebés enferman y mueren. La cárcel dispone de un médico, pero este solo acude a certificar la muerte para solicitar asistencia de enterramiento de beneficencia al ayuntamiento de la localidad. Así le ocurrió a la presa Julia Manzanal, una cigarrera madrileña, que llega a Amorebieta por haber sido miliciana comunista, cuando ve morir a su hija de nueve meses, sin que acuda nadie a remediarlo y tras haber pedido auxilio a gritos durante toda la noche. El médico certifica muerte por sarampión y las monjas le prohíben dar el último adiós a su hija muerta por ser “de las que no comulgan”.

Los niños ‘no existen’ Los niños solo adquieren identidad si están muertos y solo al ser registrados en el Juzgado de Paz, si no, no existen. Están junto a sus madres, pero no están inscritos en ningún sitio. Sus nombres ni siquiera figuran en el oficio que la superiora de la cárcel redacta para permitir la salida del cadáver del edificio ni en la solicitud al ayuntamiento para el enterramiento. El cuerpo anónimo es llevado en un carro con una mula hasta el cementerio. Alguna de las presas, como Tomasa Cuevas, cuando sale de Amorebieta y es conducida de nuevo a Ventas, llama a esta cárcel del norte El cementerio de las vivas.

No tienen nada que perder. El tiempo pasado en Amorebieta es un tiempo huero, desafortunado. El sufrimiento y la disciplina les ha hecho perder peligrosidad, como quien muda de piel y algunas han aprendido a leer y escribir, incluso han recibido instrucción elemental y educación religiosa básica. Cuando salen son menos peligrosas, aunque habrá que vigilarlas.

Cuando se clausura la cárcel en 1947, las mujeres regresan al tren, algunas para volver a sus casas en libertad vigilada; otras para ir al destierro y el resto, con destino a otra prisión, la de Segovia, más nueva y moderna, pero también más fría y hostil.

El castigo aún no habrá terminado para la mayoría.

Bodrios y reconquistas, el discurso ‘schmittiano’ del franquismo

La visión que el jurista alemán Carl Schmitt realizó tras la victoria de Franco sobre la importancia de la homogeneidad nacional no concluyó con el franquismo sino que sus opiniones han estado presentes en los debates de la etapa democrática

Un reportaje de Adrián Almeida

Desfile conmemorativo de la ocupación de Bilbao por las tropas franquistas. Foto: ‘Libro de Oro de Bilbao. Bilbao 1937-1939’
Desfile conmemorativo de la ocupación de Bilbao por las tropas franquistas. Foto: ‘Libro de Oro de Bilbao. Bilbao 1937-1939’

Tras la derrota de los no alzados en la guerra civil, surge una generación en el Estado que, para el sociólogo Ander Gurrutxaga, estará “socializada en un doble código: por una parte, el del vencido en la guerra, (…) por otra parte, el del vencedor, la nueva generación ha conocido su código socializador en las escuelas, universidades, instituciones e incluso en la calle”.

Se constituye así una doble socialización. Por un lado, el espacio público, en donde se da el Nosotros Presente. Por otro, el Ellos Pasado, que oficialmente es un ellos y un enemigo, pero que es un ellos cercano: la familia o los amigos. La victoria franquista realizó, como señalaría el jurista alemán Carl Schmitt, “la distinción política específica a la que las acciones y los motivos políticos se pueden reducir”: una distinción entre amigos y enemigos. Y de manera inversa, fue una invitación hacia el partisanismo para aquellas tendencias negadas y convertidas en el ellos oficial y a exterminar (los nacionalismos y el marxismo). Como recoge Franco Volpi, en el epílogo de la obra de Schmitt, Teoría del partisano, el partisano es un combatiente irregular, caracterizado por su movilidad, su compromiso político y su telurismo. Schmitt fue, de hecho, un pensador influyente en el nuevo Estado franquista al que se relacionaba con el pensamiento del conservador Donoso Cortés. Schmitt fue admirado también por Manuel Fraga.

Añadir, como ha recogido la profesora Luisa Elena Delgado, que “la influencia de Schmitt no terminó con el régimen franquista, antes al contrario, sus opiniones sobre el papel del Estado en la definición del enemigo, sobre su potestad de decidir sobre la excepción y, sobre todo, sobre la importancia de la homogeneidad nacional y el peligro que implica la división interna, han seguido bien presentes en los debates políticos y legales de la España democrática”.

El sentimiento de rechazo entre la izquierda a la nueva dictadura se transforma en un rechazo a la propia idea de España en la medida en que la victoria fascista se encarga de establecer una dictadura en cuya fase fundacional trata de orientar su idea -única- de lo que es España y los rasgos definitorios de lo que es un español. Todo lo que queda fuera de esa idea no es solamente divergente, sino que es un tumor en el cuerpo ideal, estanco y acabado de la nación española. En Euskadi y Catalunya, el tumor de la cuestión de clase, se funde con las aspiraciones nacionales y los rasgos objetivamente diferenciales (lengua, cultura, etc.) de estas comunidades.

Francisco de Cossío, periodista franquista, declaraba en su texto Hacia una nueva España: “Nos hallamos en una nueva Reconquista, y nuestra Granada, hoy, debe ser Barcelona, en donde hemos de extirpar a todos los traidores y salvar los buenos españoles que hay allí, prisioneros del separatismo”. El 8 de julio de 1937, el nuevo alcalde franquista de Bilbao, José Mª de Areilza, arengaba a los “soldados de España” desde el Teatro Campos de Bilbao: “La razón de la sangre derramada por Vizcaya es otra vez un trozo de España por pura y simple conquista militar.”

El historiador Núñez Seixas comentaba ante este tipo de declaraciones que “el lenguaje denotaba ya claramente que se trataba de una guerra por la unidad territorial, y no sólo espiritual, de España. En un principio, la toma de toda ciudad y todo pueblo por las tropas sublevadas (…) era considerada como una reincorporación a España”. En la misma línea, se han expresado, entre otros historiadores, Zira Box o Alberto Reig. No hay que olvidar que, a decir de Schmitt, la guerra moderna “trasladó el centro de gravedad conceptual de la guerra a lo político, es decir, a la distinción de amigo y enemigo”, de tal manera que la guerra moderna no es una guerra entre Estados; reglamentada y limitada. La guerra moderna es absoluta y total, en la medida en que el enemigo es un otro absoluto. Un criminal.

La ‘soberbia’ de Bilbao Así, el marqués de Valdeiglesias ante el bombardeo de Almería por un crucero alemán, advertía sin ambages: “el bombardeo no había sido dirigido contra España, puesto que la zona roja había dejado de serlo”. El 25 de junio de 1937, el diario Abc de Sevilla decía sobre la caída de Bilbao: “la soberbia del Bilbao insurrecto era tal vez la mayor de todas, porque en ella se reunían innumerables fuerzas del mal. Era un compuesto de todas las altaneras rebeldías, desde el obrerismo sin Dios, hasta el vasquismo que pretende poner a Dios por delante. No hay noticia en el mundo de un bodrio parecido. Las más antagónicas ideologías fraternizaban allí, suspendiendo eventualmente sus mutuas discrepancias ante una única razón de utilidad: la negación de España. El marxista ateo se avenía a luchar en los mismos batallones de los vasquistas cristianos, con tal de impedir la formación de una nacionalidad fuerte y unida, y los separatistas, con tal de hundir a España, se aventuraban a caer en una especie de neocristianismo realmente heterodoxo, o en un catolicismo que acaba por desobedecer las tendencias y las órdenes de Roma (…). Ese bodrio se ha deshecho ya”. Tras la victoria sobre Bilbao, los franquistas comenzarán a celebrar la llamada Fiesta por la Liberación de Bilbao. Unos homenajes a través de los cuales se fabricó, en palabras del historiador Aritz Ipiña, “un discurso mitificado, plagado de símbolos y ritos, en el que la guerra era mostrada como una lucha del bien contra el mal, la verdadera España contra la antiespaña, donde la única solución era la derrota total del enemigo”. El franquismo así (y el Abc en particular), como recoge el historiador José Ignacio Salazar Arechalde, identificó “Bilbao con una finca, España con su propietario y el nacionalismo con un precarista”.

El establecimiento definitivo de la dictadura da paso a la oficialización de los esbozos teóricos argüidos como causas del levantamiento nacional: la unidad de la patria, la unidad espiritual y el conservadurismo social. Tal establecimiento definitivo de unos principios fundacionales, derivará en la formación de los dos espacios sociales referenciados.

Exterminar al adversario La victoria en la guerra acabó con la vida de un enemigo físico, pero fue la dictadura quien se encargó, en base a la perpetuación de una contienda simbólico-represiva, de eliminar a los resistentes, los mundos, culturas, e imaginarios colectivos expresados por esa vida ahora muerta. Como dice el historiador Santiago Vega, se trataba de exterminar a los adversarios y a las ideas. La extinción de esas artes y maneras de pensar y la emanación de otros marcos de identidad, culminaría la tarea de la guerra moderna desarrollada por el franquismo. La criminalización del enemigo y el deseo de aniquilarlo absolutamente, constituyeron la base sobre la cual se sustenta el acto genocida del franquismo. Tal deseo aniquilacionista se impuso desde bien temprano. El 7 de octubre de 1936, se publica en La Voz de España el texto de Modesto Mendizabal Hay que españolizar Vasconia. El BOE del 24 de diciembre de 1936, se declaraba ilícita la producción, comercio y circulación de libros, folletos, impresos, grabados de carácter “disolvente”, arguyendo para la emisión de tal orden que “se ha vertido mucha sangre y es ya inapelable la adopción de aquellas medidas represivas y de prevención que aseguren la estabilidad de un nuevo orden jurídico y social”. En 1937 Franco decía combatir “contra todo lo que rebaja la dignidad humana”. En 1938 declaraba: “los criminales y sus víctimas no pueden vivir juntos”. La idea de criminales y víctimas ofrecía, según los historiadores Gutmaro Gómez Bravo y Jorge Marco, “dos simples imágenes que transformaron las normas morales de un importante sector de la sociedad española, y que asentaron las bases sociales de la dictadura”.

Con la dictadura, la dinámica del conflicto político se desenvuelve no solo en un campo de batalla físico, sino en los ámbitos público-privados de la vida los individuos. La idea de la guerra se retrae del campo de batalla real, al tiempo que el nuevo poder político trata de “reinscribir -en palabras de Foucault- perpetuamente esa relación de fuerza, por medio de una guerra silenciosa, y reinscribirla en las instituciones, en las desigualdades económicas, en el lenguaje, hasta en los cuerpos de unos y de otros.” Advertirá Gurrutxaga que “en el País Vasco esta relación va a ser vivida más dramáticamente, porque el cierre del espacio público que se produce en todo el Estado se le añade las características nacionales del pueblo vasco. La falta de un marco de expresión pública y el problema nacional se superponen y unifican en un país con una tradición nacional autónoma que, a lo largo de la historia, ha producido un código de funcionamiento social (…) de tal suerte que el conflicto por un marco de libertades públicas y el conflicto nacional son una misma cosa”.

Tras la derrota, el nacionalismo y el movimiento obrero, enemigos absolutos de las nuevas autoridades españolas, asentaron las bases de su colaboración conjunta, en el común rechazo al fascismo español, y al fascismo en general. En 1945, las fuerzas sindicales y políticas de ambas familias firmaron el Pacto de Baiona, el cual fue validado incluso por el Euzko Mendigoizale Batza (EMB), que había mantenido desde su nacimiento, una postura reacia a pactar con las izquierdas españolas, muy a pesar de que intelectuales de la rama Aberri y Mendigoxale, como Gallastegi, se hubieran situado cercanos a un nacionalismo obrerista o pequeño-burgués.

La derrota ante el fascismo y la definición de la antiespaña, provocó, en paralelo, la generación posterior de un nuevo nacionalismo vasco, que coaligará en una sola organización los presupuestos anatemizados por el franquismo: el nacionalismo y el socialismo. En efecto, la expresión del partisanismo en ETA, se caracteriza no sólo en el hecho del combate contra un nosotros oficial no reconocido, sino en el planteamiento del combate en un territorio limitable contra un enemigo global (el imperialismo).

Silbar a la autoridad no elegida: dos episodios ¿y una tradición?

Los silbidos en Bilbao a la infanta Isabel de Borbón y Borbón en 1893 y al himno español tras la ocupación franquista quedaron reflejados en la prensa y documentos de la época

Un reportaje de Luis de Guezala

Los fascistas cambian la bandera en el Bilbao recién ocupado.
Los fascistas cambian la bandera en el Bilbao recién ocupado.

En 1893, el mismo año en el que el nacionalismo vasco comenzaba su actividad pública liderado por Sabino de Arana, Bizkaia recibió la visita de una representante de la familia real española, triunfadora de la última guerra dinástica, conocida como carlista, que había asolado el País Vasco.

Se trataba de Isabel de Borbón y Borbón, primogénita de Isabel II, conocida también como la Chata. Siguiendo una tradición comenzada por su madre, la familia gustaba de aprovechar siempre que podía el clima veraniego de la costa vasca, menos tórrido que el de España. Y estas visitas vacacionales, si los que no trabajan nunca pudieran hablar de vacaciones, siempre se complementaban con actos políticos de afirmación nacional española y monárquica.

Vino la ilustre viajera a lo que pocos años antes había pasado de ser Señorío a Provincia, para participar en los actos de inauguración del Puente Colgante situado entre Portugalete y Getxo. Procedente de Donostia, viajaba acompañada nada menos que por la marquesa de Nájera, la condesa de Superunda y su secretario el señor Coello. En el trayecto por Gipuzkoa estuvo escoltada además por su gobernador civil, el señor Barrio, que se dio la vuelta al abandonar la comitiva su jurisdicción, pasando su carruaje de Deba a Ondarroa. En el límite de Bizkaia la esperaban, cómo no, el gobernador civil de este territorio y el presidente de su diputación, que había dejado de ser foral, manu militari, hacía diecisiete años.

Tras pasar por Lekeitio, cuya iglesia visitó recordando seguramente sus veranos infantiles en esta localidad, la Chata continuó viaje hacia Gernika. El gobernador y el diputado se le adelantaron para volver a recibirla en Gernika organizándole un refresco en la Casa de Juntas pero a la ilustre señora no le dio la real gana de aceptar la invitación. Tampoco aceptó un tren especial que se le preparó con la máquina Igartua, un coche-bufet y otros vagones de 1ª, uno de ellos engalanado apresurada y especialmente para la ocasión, y continuó el viaje hacia Bilbao en su carruaje. El diputado y el gobernador volvieron a apresurarse utilizando el ferrocarril para llegar antes que ella a Bilbao y poder recibirla nuevamente allí.

No sabemos si por tanto desplante o por las pocas simpatías que su familia tenía en el País Vasco y lo que esta señora representaba, el hecho es que a su llegada a Bilbao la población la recibió entre la frialdad y la hostilidad. Su comitiva, que entró por Miraflores, en donde se consiguió con muy poco margen de tiempo volverla a recibir, estaba compuesta por varios carruajes. Iba precedida por un escuadrón de guardia civiles a caballo comandado por el capitán Castro y al estribo del carruaje de la infanta marchaba a caballo el gobernador militar de Bizkaia, Aguilar.

El periódico bilbaino La Unión Vasco-Navarra por cuestiones legales no podía informar de cómo realmente se había recibido a la Chata, y por eso es necesario leer entre sus líneas:

El recibimiento ha sido cortés y respetuoso como acostumbra hacerlo el pueblo de Bilbao. Numerosos curiosos y curiosas se hallaban en la carrera y casi todos presenciaron el desfile sin dar muestras de entusiasmo. En Achuri se oyeron algunos vivas y otros a Vizcaya y a los Fueros y en el puente del Arenal varias palmadas. Varias…

Algunos procuraron anoche sacar gran partido de varios silbidos que se oyeron en el momento de entrar la Infanta en el Hotel. Esto hubiera sido impropio de Bilbao. Cierto es que hubo algunos silbidos, pero fueron de chicuelos que creyeron iban a ser atropellados cuando los soldados de caballería procuraron hacerse lugar en la calle de la Estación.

Informando de esta manera La Unión Vasco-Navarra, el periódico de Fidel de Sagarminaga, el último diputado foral vizcaino que rompió su vara de mando antes que entregarla a quien le sucedería, tras la abolición foral, como diputado provincial, burlaba a la censura. Adjudicaba el delito a menores de edad. Pero sobre todo nos permitía conocer un episodio de cómo los vizcainos silbaron a la autoridad no elegida. El primero del que se trata aquí.

Ocupación franquista El segundo episodio lo podemos conocer por otro texto, escrito con mucha más libertad, al no estar destinado a su publicación, sino que se trata de un informe privado. Avanzamos en el tiempo más de cuarenta años, situándonos en un momento mucho más terrible para Bilbao que el anterior, el de su ocupación por las tropas franquistas.

El autor del informe no puede ser sospechoso de simpatizar con los vascos al ser el cónsul de Italia en Donostia, una Italia fascista que, junto con la Alemania nazi, habían sido el principal soporte de los sublevados contra la II República. Y cuyas tropas habían participado activamente en la ofensiva sobre Bizkaia en la primavera de 1937, colaborando también en la ocupación de Bilbao. Este documento, recientemente descubierto por un equipo de historiadores en los archivos italianos, entre los que se encuentran mis amigos Xabier de Irujo e Iñaki Goiogana, tenía como finalidad informar al Gobierno fascista italiano de cuál era la situación en Bilbao y Bizkaia tras su reciente ocupación. El 20 de julio de 1937 Francesco Cavalletti di Oliveto informaba así a su Gobierno:

La situación de Bilbao viene actualmente caracterizada por tres elementos.

La vida ciudadana se está reanudando, la operación de ‘limpieza’ o de represión del nacionalismo vasco, la resistencia del vasquismo a la propaganda nacional.

La ciudad ofrece ahora un aspecto desolado.

La falta de agua, la dificultad de circular por la destrucción de los puentes, la carencia de mano de obra por el ingente número de emigrados, la imposibilidad de adquirir algunos géneros de alimentos y sobre todo el temor que constriñe a innumerables bilbainos a no mostrarse por la vía da más a Bilbao una atmósfera ausente y desconsolada.

Contribuye a esto la acción constante y enérgica de represión y de castigos, no obstante que […] no había habido actos de desorganización como en otros lugares de España después de la reconquista de los nacionales. La Justicia es severa, no se administra con criterio de objetividad o de imparcialidad o con toda la garantía judicial. Si los arrestos son numerosísimos, si los tribunales deben funcionar sin respiro se debe al hecho de que Bilbao sea esencialmente nacionalista, en todo Bilbao, salvo rara excepción […].

Todos los empleados del Ayuntamiento, en número de varios cientos han sido depurados y luego readmitidos caso por caso, solo después de una minuciosa investigación personal; a tal fin los diarios invitan a toda la población, bajo estrecho deber moral, a denunciar a los funcionarios que sean culpables de nacionalismo.

Lo que favorece de todos modos la actividad delatora, que no siempre esta inspirada en criterios políticos, sino que a menudo en razones personales y que hace pesar sobre la ciudad una atmósfera de mutua desconfianza.

Con todo, Bilbao, como lo ha indicado el mismo Alcalde, está considerada por los nacionales como una ciudad extranjera conquistada por las armas. Se trata de vencedores y de vencidos. La represión se acompaña de propaganda. Los diarios que han iniciado su publicación, es decir: El Pueblo Vasco, Hierro, El Correo Español, La Gaceta del Norte, buscan con rapidez catequizar a los bilbainos, sea repitiendo la obligación de saludar la bandera, los himnos nacionales, etc., sea con varios artículos sobre el nacionalismo vasco que ponen en evidencia los daños que ello ha acarreado a Vizcaya, su tendencia anticatólica, etc.

Todo este esfuerzo, sin embargo, tiene más bien un resultado modesto. Algunos episodios como la bandera nacional desgarrada, la exposición de la tricolor vasca, las pitadas a los himnos nacionales y a las películas patrióticas, etc., demuestran cual es el verdadero estado de ánimo de la población. El odio de los vascos por los españoles que son considerados como extranjeros no disminuye.

Tenemos así el testimonio de otro episodio en el que en Bilbao se silbaba a la autoridad no elegida. Desde la oscuridad de un cine o aprovechando una aglomeración en la calle. En un contexto de terrible represión, tras una derrota militar y en plena guerra, arriesgándose a la prisión, las palizas o los asesinatos, nuestros abuelos seguían silbando.

Sobre cómo ha continuado esta tradición hasta nuestros días no es ya labor del historiador el comentarlo, ni lo aconseja la prudencia.

Vitoria, 3 de marzo de 1976: jaque a la democracia

En la transición del franquismo a la democracia, los sucesos del 3 de marzo de 1976 en Vitoria, que se cobraron cinco vidas, fueron un aviso de que la inercia represora no cesaría tan fácilmente

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Un reportaje de Mikelats Ardanaz

Vitoria 3 de marzo de 1976. A las 17.00 horas es convocada una asamblea de trabajadores en la iglesia de San Francisco. La iglesia se halla abarrotada y rodeada de policía y manifestantes. El párroco impide la entrada de las fuerzas del orden en ella. Pero la Policía procede a desalojar el recinto eclesiástico.

-Se puede figurar, después de tirar 1.000 tiros y romper toda la iglesia de San Francisco, pues ya me comentará cómo está todo. (cambio).

-(…) ¡Muchas gracias! Eh, ¡Buen servicio!

-Dile a Salinas que hemos contribuido a la paliza más grande de la historia. Cambio.

-(…) tengo dos secciones y media paralizadas, la otra media tiene todavía unos poquitos… o sea aquí ha habido una masacre. Cambio.

-De acuerdo, de acuerdo. Cambio.

-Muy bien… pero de verdad, una masacre.

Es una parte de la transcripción de la cinta que un ciudadano vitoriano pudo grabar a la frecuencia modulada de la Policía la tarde del 3 de marzo de 1976. Vitoria “la ciudad donde nunca pasa nada”, según José Antonio Zarzalejos, enviado gubernamental a Vitoria, llevaba desde comienzos de año sumergida en un continuum de reivindicaciones laborales y huelgas que concluyeron aquella tarde con la muerte de cinco trabajadores y centenares de heridos.

Recién comenzado el nuevo año dieron inicio las negociaciones para la renovación de los convenios colectivos en las diferentes empresas vitorianas y con ello, las discrepancias. Los problemas en cuanto al tema de la renovación de los convenios comenzaron en Forjas Alavesas, pero pronto pasaron a Mevosa, Aranzábal, Gabilondo, Ugao y Orbegozo entre otros. Si bien al principio, la negociación la hacía cada empresa por su cuenta, vista la constante negativa de patronal y empresarios y visto que las consignas eran similares, unificaron la lucha y dieron paso a una movilización conjunta. Lo que se reivindicaba era un aumento salarial a 6.000 pesetas, semana laboral de 40 o 42 horas más media hora para el almuerzo, jubilación con sueldo completo y el 100% del salario en caso de enfermedad o accidente.

Tras los primeros fracasos en las negociaciones se decide salir a la calle; manifestaciones y huelgas serán las nuevas armas de reivindicación y presión que usarán los trabajadores para tratar de que se cumplan sus proclamas. Así, tras dos meses de lucha, numerosos detenidos y muchas horas de trabajo perdidas, se convoca una huelga general, que afectaría a toda la capital alavesa, para la jornada del 3 de marzo. Se buscaba paralizar la ciudad entera para así presionar para que, por un lado, las condiciones fueran aceptadas y para que, por el otro, los detenidos por manifestaciones fueran liberados. Debemos recordar que a pesar de que Franco ya había muerto, la Ley de Asociación no estaba vigente y la huelga era un recurso ilegal.

A las 10 de la mañana, tras las pertinentes reuniones de cada empresa, se decide salir a la calle a invitar a los demás vitorianos a unirse a la lucha. Es una huelga que se sigue de forma masiva. Sin embargo, las manifestaciones son rápidamente reprimidas por la Policía que trata de tomar la ciudad para mantener el orden. Para las 17.00 había sido convocada una asamblea conjunta en la iglesia de San Francisco, en el barrio de Zamacola. La selección de este emplazamiento no es algo casual ya que tanto trabajadores como Policía sabían que desde la firma del Concordato con el Vaticano II en 1953 los recintos eclesiásticos eran territorios en los que el Estado no poseía autoridad, y por tanto, salvo que tuviera la orden eclesiástica pertinente la asamblea se podría realizar a resguardo de la Policía. O eso creían al menos, porque los agentes, siendo conscientes de que no podían entrar, decidieron romper las ventanas y disparar al interior botes de humo, gases lacrimógenos, pelotas de goma y balas. El gentío que se encontraba en la abarrotada iglesia trató de salir como podía de aquel recinto en el que a duras penas se podía respirar, pero se encontraron en el exterior con las fuerzas del orden que no dudaron en usar toda la fuerza de la que disponían. Tal y como describe uno de los mandos policiales, en la citada transcripción, “esto es una batalla campal (…) es la guerra en pleno, se nos está terminando la munición, las granadas, y nos están liando a piedras”. De fondo de esta conversación se distinguen disparos de metralleta, gritos y bocinas de coches, que mediante el pañuelo blanco que ponían en las ventanillas señalaban que acudían a los hospitales a trasladar a los centenares de heridos.

Cinco muertos El saldo más triste, las cinco personas que aquella fatídica tarde del 3 de marzo de 1976 perdieron la vida a manos de las fuerzas del orden. Un cuerpo de seguridad que no dudó en mostrar y demostrar que aun habiendo muerto Franco, la larga sombra del franquismo seguía muy presente y que si bien, en teoría, se había dado inicio a ese periodo conocido como Transición a la Democracia, el camino que habría que recorrer para llegar a ella iba a ser largo, duro y, por desgracia, sangriento.

Las calles que aquella tarde se tiñeron de rojo, pasados dos días se vistieron de negro para acoger al gentío que asistió al funeral celebrado por los fallecidos. Bajo la atenta y desafiante mirada de la Policía, la tensa calma que caracterizó aquel periodo se fusionó con el dolor de aquellos ciudadanos que ni tan siquiera pudieron reclamar responsabilidades políticas ni policiales. Aunque el auditor militar que llevaba el caso consideró que los hechos producidos por la Policía Armada “eran constitutivos de un delito de homicidio, conforme con el artículo 407 del Código Penal” al no haber podido determinar quiénes fueron los autores concretos de los disparos, el sumario fue sobreseído. Al igual que también quedaron impunes los responsables políticos, como el entonces gobernador civil que emitió la orden de desalojo, Rafael Ladin Vicuña; el ejecutor del mando operativo de la dotación policial, Jesús Quintana Saracibar; el que fuera ministro de Gobernación, Manuel Fraga Iribarne, o el entonces ministro de Relaciones Sindicales, Rodolfo Martín Villa.

Si bien es cierto que penalmente hablando en aquel momento no hubo justicia, posteriormente, de la mano de la Asociación de Víctimas del 3 de Marzo se reabrió el caso y el Gobierno vasco concedió la condición de víctimas a los fallecidos. Recientemente, la jueza argentina María Servini reabrió el caso para esclarecer los sucesos.

Repercusión política La tarde del 3 de marzo de 1976, poco antes de que la Policía desalojara la iglesia, se reunía la Comisión Mixta Gobierno-Consejo Nacional para tratar el proyecto de Ley de Asociaciones Políticas. Estaban en aquella reunión, entre otros, Alfonso Osorio (ministro de la Presidencia), Adolfo Suárez (como ministro de la Gobernación, sustituyendo a Manuel Fraga que se encontraba en Alemania), Rodolfo Martín Villa (ministro Relaciones Sindicales) y el propio Arias Navarro (presidente de Gobierno). Terminada la reunión, con la batalla de Vitoria en marcha, Adolfo Suárez, como ministro de Gobernación en funciones, acudió al despacho para tomar el mando de la situación. Poco tuvo que hacer, salvo enviar un nuevo mando operativo a la ciudad y disuadir a un desbordado y dubitativo Arias Navarro de decretar el estado de excepción en la capital alavesa; que lejos de mejorar la situación, haría ver que el nuevo Gobierno no era capaz de mantener el orden en el país.

Este hecho no quedó como una simple anécdota, no al menos para uno de los personajes clave y determinante de este periodo, el rey Juan Carlos. Este pronto comenzó a juzgar la actuación de los personajes que se encargarían de llevar el rumbo de la nueva política y por ello, cuando tuvo ocasión de hablar con el ministro Osorio, de gran confianza para el monarca, no dudó en preguntarle por la actuación de Adolfo Suárez. Osorio, como ya lo hicieran otros ministros, resaltó la buena actuación del que entonces era ministro Secretario General del Movimiento, destacando además su capacidad de liderazgo en una situación tan complicada como la de aquellas jornadas.

El rey se fijó y vio en aquellos días la figura que sería la pieza visible del cambio de gobierno que conduciría a la democracia: Adolfo Suárez. El Gobierno de Arias Navarro, el primero de la Monarquía, se hallaba desbordado por las continuas pugnas políticas, crisis económica y conflictividad laboral y por ello cada paso que daba se analizaba con minuciosidad. Sin embargo, se vio que los pasos que daban iban en dirección contraria adonde se dirigía la política nacional. Debemos recordar que las huelgas del 3 de marzo no solo suponen un punto de inflexión en una tendencia huelguística en alza, sino que también es el trimestre con mayores movilizaciones y mayor conflictividad laboral, con más de 17.000 huelgas.

Los trabajadores gasteiztarras con la lucha de esos escasos tres meses demostraron que la organización sindical impuesta por el franquismo estaba obsoleta y que una nueva y diferente forma de organización y representación laboral era posible, viable y efectiva. Dejaron claro también que el pueblo quería participar en la vida política y que a partir de ese momento sería pieza fundamental del juego político. Hicieron ver además que los métodos y formas utilizadas por la Policía, y los mandos recibidos, seguían siendo iguales que en el periodo precedente, dejando ver que la larga sombra del franquismo seguía muy viva y habría de ser apagada con la luz de la democracia. Con todo, se vio que, el primer Gobierno de la Monarquía, y en especial su presidente Arias Navarro, era incapaz de liderar un país que reclamaba el cambio y no la continuidad del legado franquista.

Celebrados los funerales, aprobada una nueva ley sobre la regulación del derecho de asociación política y celebradas las pertinentes reuniones, los trabajadores volvieron a sus puestos de trabajo. Mientras que unos ficharon en sus puestos habituales, Pedro María Martínez Ocio, Francisco Aznar Clemente, Romualdo Barroso Chaparro, José Castillo y Bienvenido Pereda lo harían en el libro de la historia, en las páginas negras del sombrío capítulo de la Transición.