El destino oculto del gudari sin identidad

Investigadores buscan dónde yacen los restos de Severino Ayerdi Arteche o Ceferino Arrese Letona, posibles nombres del soldado de Zeberio que desapareció durante la guerra

Un reportaje de Iban Gorriti

eS una de las aún 114.000 identidades en paradero desconocido tras la guerra de 1936. El suyo es un caso que amalgama curiosos enigmas solapados y que gracias a miembros de la agrupación Euskal Prospekzio Taldea y de la Sociedad de Ciencias Aranzadi ha ido viendo la luz. El esqueleto del gudari Severino, de Zeberio, debe yacer en algún lugar.

Vanessa Aierdi, Edorta Aierdi y Mikel Urkijo, familiares del gudari, junto al investigador ‘Ixile’, segundo por la derecha. Mauro Saravia

Su caso cumple en silencio diez años, no solo de palos de ciego, sino de concatenaciones conseguidas a golpe de ilusión, emociones a flor de piel y esperanzas. Con tesón. A modo de breve y rápida recopilación de datos, esta es la historia de un joven vizcaino del Ejército de Euzkadi que en un bunker cinceló su firma y detalló su procedencia: Zeberio. Los investigadores Alberto J. Sampedro Ixile y Mauro Saravia dieron con la familia del gudari. Como curiosidad, y vuelta de tuerca para el estudio, descubren que fue adoptado y amamantado, de forma solidaria, por una madre del pueblo. De cuatro hermanos varones, tres partieron como gudaris a la guerra a luchar contra el bando golpista. De ellos, Severino fue el único que no volvió al hogar. Desapareció.

En 2009, Ixile, socio de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, fue quien halló cerca de Legutio un fortín abandonado. Al entrar en él había una inscripción escrita a mano que decía: “De Ceberio, Severino Ayerdi Arteche”. “Este detalle fue publicado en un foro de Internet para ver si alguien podía dar una pista de esta persona, pero no fue el caso”, lamenta Ixile. El siguiente paso fue consultar al investigador de Ugao-Miraballes Ritxi Zarate porque Zeberio es un pueblo fronterizo a su municipio. El intento de Zarate, a su pesar, también dio resultado negativo.

En 2017, en una conversación entre Ixile y el fotógrafo Mauro Saravia, este último le dijo que la familia de su mujer “es de Zeberio de toda la vida”. “Me relató la historia de Severino y si podía investigar. Lo primero que hice fue hablar con mi suegra dando con los familiares ya que uno de los Ayerdi había sido entrenador de fútbol de mi mujer cuando era una niña”, asevera.

En ese instante, Saravia habla vía telefónica con Edorta, a la postre sobrino de Severino. Le aportó el hallazgo y se citaron en la plaza de Zeberio. “Fue así como un emocionado Edorta me comentó que Severino era hijo adoptivo de la familia y que su nombre natural era Ceferino Arrese Letona. Que lo habían ido a buscar a Bilbao para aprovechar la leche materna, ya que su abuela hacía poco había perdido un hijo, desarrollándose esta situación alrededor de 1917”, explica. Exhuman nuevos datos: que Severino era dantzari, “esbelto y ágil”, y el menor de los cuatro hermanos de sangre llamados Patxi, Cándido, Antolina y Pedro. Recordemos que él era el quinto, tomado en adopción.

Cita en el fortín Al dar los militares españoles el golpe de Estado y como consecuencia estallar la guerra, Patxi, el mayor, no fue llamado a filas ya que luchó en la Guerra de Marruecos. Cándido optó por unirse al Batallón nº 77, M.A.I. Irrintzi, del PNV. Pedro se alistó en el Batallón de Infantería nº 39 Arana Goiri, de ideología también jeltzale, y Severino se presentó voluntario y fue destinado al Batallón nº 2 de Ingenieros del Ejército Vasco.

Cándido y Pedro volvieron después de los años, no así Severino. “Cabe destacar -mantiene Saravia- que Pedro y Cándido no descansaron en buscar a su hermano, enviando cartas al Ejército y a las instituciones de aquellos años, y encontrando siempre respuestas negativas. Antes de fallecer, le pidieron a Edorta que continuara con su búsqueda”. Ellos mismos le trasmitieron que uno de los hermanos coincidió con él en Gernika antes del bombardeo, así como que vecinos de Zeberio aseguraban que se le vio por última vez en la Batalla del Ebro.

Con estos datos, los inagotables investigadores de Euskal Prospekzio Taldea y de Aranzadi comenzaron la investigación a través de archivos. “Durante años ha sido un caso muy distinto, pero sobre todo peculiar. Aparece en los padrones de Zeberio como Severino Ayerdi Arteche, luego como Ceferino Arrese Letona, lo que dificultó aún más encontrar indicios de su vida en el frente. Fue siempre muy confuso y con muchas incógnitas ya que no aparecía en ningún sitio”, sostienen.

A principios de este año, Mauro concertó una cita en el fortín que reunió a Euskal Prospekzio Taldea y la familia, ya que Edorta, agradecido, le urgió conocer personalmente a Ixile por ser quien encontró la pista de su tío desaparecido. Una vez allí, la familia identificó el lugar, lo recorrió y preguntó si es posible preservarlo ya que es “el último vestigio en vida de nuestro familiar”. Días después, eso sí, “se encuentra la primera esperanza”.

Localizan las nóminas del Euzkadiko Gudarostea en las que aparece Severino, pero con un error en el nombre, detallado como Severiano Ayerdi Arteche del Batallón nº 2 de Ingenieros. Estas credenciales oficiales están firmadas por el propio Severino hasta julio de 1937 siendo el último vestigio de su vida, “hasta el momento”. Hoy Severino continúa sin paradero conocido. “Las esperanzas no se pierden debido a que se puede contar con el apoyo de Gogora”, agradece Saravia.

El gudari que luchó contra el nazismo

El recién fallecido Francisco Pérez Luzarreta combatió en Francia en la Segunda Guerra Mundial con el Batallón Gernika

Iban Gorriti

Luzarreta, de modo solo queda con vida el burgalés afincado en Angelu (Lapurdi) Miguel Ángel Arroyo. No se conoce el rastro del donostiarra, residente en México Javier Brossa, también miembro del Batallón Gernika.

‘Paco’, junto al lehendakari, en un homenaje en Gernika.Foto: I. Gorriti
‘Paco’, junto al lehendakari, en un homenaje en Gernika.Foto: I. Gorriti

Los cuatro han sido y son los últimos en mantener los ideales de aquellos jóvenes que la historia recordará por el brío desplegado en la célebre batalla de Pointe de Grave, en el Medoc francés en abril de 1945. Tal y como documenta Franc Dolosor, periodista experto en el tema, en aquella batalla murieron cinco gudaris y una veintena resultaron heridos.

“Una persona buena, grande y ejemplar”, escribió el lehendakari Urkullu la semana pasada tras conocerse el deceso del gudari al que conoció con motivo del estreno de la película documental ‘Batallón Gernika, esperanza de libertad 1945-2015’, dirigido por Iban González. Urkullu destacó el compromiso con la democracia y con la libertad de Paco y sus compañeros del Batallón Gernika.

Pérez era especial para algunos. Lo era como el batallón al que perteneció. No se amilanó nunca. Coinciden en decirlo quienes le conocían. Como mugalari ayudó a cruzar a Francia a muchas personas a través del río Bidasoa durante la Guerra civil. Fue objetivo de Melitón Manzanas, policía donostiarra durante la dictadura de Franco y colaborador de la Gestapo nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Este jefe franquista de la Brigada-Político Social de Gipuzkoa acabaría asesinado por ETA en el que se considera primer atentado premeditado de la organización armada el 2 de agosto de 1968. “A mí Manzanas me hizo un interrogatorio que duró semana y media. No me dejaba en paz”, recordaba Paco.

Al igual que Urkullu, personas que trabajan a diario la memoria histórica también han reaccionado ante la muerte de este hombre que llegó al mundo en Valle de Roncal, en Jaurrieta, Nafarroa, en 1922. El fotógrafo vascochileno Mauro Saravia ha sido quien más le ha visitado en los últimos tiempos . “Con Paco tuve relación en los últimos momentos de su vida. Conmigo siempre tuvo una buena palabra, cordial, bromista, querendón…”, precisa, al tiempo que añade que “ayudó a muchas personas, no solo liberando Francia del nazismo sino como mugalari, salvando a mucha gente para que no fuese represaliada por el franquismo. Eso es lo poco que se sabe de su solidaridad porque no le gustaba alardear”.

Paco fue hijo de la ama de casa Manuela, y de Marcelino, militar republicano guarda de fronteras. Tuvieron cinco hijos. Él, el benjamín. Al estallar la guerra del 36, la madre y varios hijos cruzaron la frontera y se exiliaron en Poitiers. El padre y su hermano Eladio fueron enviados a campos de trabajo y a África.

El resto de la familia viajó de Francia a Barcelona. Al acabar la guerra fueron a Irun. “Pero fuimos recibidos como apestados”, denunciaba con su testimonio. Con su padre y hermano libres, le tocó a Paco la mili del Ejército de Franco. Se apuntó en aviación, en Zaragoza, “donde Sanjurjo… Siempre he sido rebeldillo y al destinarme a Tudela me ingresaron en un hospital por una afección a la columna vertebral y al sentirme tan vigilado y viendo que a la mínima torturaban, me las arreglé para escapar e irme a Pau”, rememoraba.

Iban González, director del documental, reflexiona sobre su talante. “Paco fue un libertario puro. Un señor libre, con alma joven. Valiente tanto para luchar en el campo de batalla, como para llorar al recordarlo para nosotros y nosotras”, exclama.

En Pau, el gudari se encontró con el afamado comandante Kepa Ordoki (Irun 1913, Baiona 1993), que “era de ANV como yo, y con un grupo de vascos que estaban formando una unidad para luchar contra los nazis e intentar recuperar la República. ¿Cómo lo íbamos a conseguir?”, se preguntaba.

Quienes le conocieron coinciden en señalar que nunca se escondió, ni calló, que era lo fácil en tiempos de dictadura. En sus últimos tiempos, además de sentirse héroe, como reivindicaba en ocasiones a pesar de también confesar que se sentía solo, era sabedor del cariño que se le profesaba cuando por alguna razón volvía su nombre o el del Batallón Gernika a la palestra. Le hicieron tres homenajes. A juicio de su sobrina, Maite Prieto, “el tío era una persona intachable en principios. Hacía gala de una fuerza vital impresionante. Ha ayudado a todos. Él llevó, por ejemplo, a represaliados hasta París… Como mugalari cada noche pasaba el río”, enfatiza. El marido de Maite, Luis Hernáez, le califica de “noble. No hablaba mal de nadie. Ha mantenido sus valores hasta el último día”.

Republicano

Paco enviudó de la deustuarra María Agirre el 13 de diciembre de 2017. Un año y diez días después ha fallecido él. “Nosotros -concluía Paco- fuimos aquellos hombres que nos dejamos la piel, que hemos sido buenos y participamos en la eliminación de aquellos que trataron de hacerse con todo el mundo, un imperio. Podemos decir orgullosos, que conseguimos que la cosa no fuera a más”.

Bien lo sabe Franck Dolosor: “Paco es una persona a la que hemos querido mucho. Como periodista es un honor haberle conocido. Las horas que pasamos con él valen más que el oro. Tenía mucha dignidad, las ideas muy claras y sabía expresarlas. Me impactó que me dijera siempre que nada había cambiado en el País Vasco. Le decía que Franco había muerto y que había un nivel importante de autonomía. Contestaba que aquellos quitaron nuestra república y que nunca la devolvieron. Hasta que la devuelvan, aquí no ha cambiado nada, decía”. El periodista Iñigo Camino visitó el tanatorio donde se despidió al gudari y donde recordó de él una frase: “El enemigo de la memoria no es el paso del tiempo, es el silencio, lanzó Paco con su incansable vitalidad”.

La familia va a cumplir el deseo de que las cenizas reposen allí donde murieron cinco gudaris de su unidad, en Pointe de Grave, en la Cota 40 de Montalivet. “Pensamos que las llevaremos en la primera quincena de marzo, sus restos descansarán allí donde él ha querido”, apostillan.

El último gudari de mar vivo

A sus 94 años, Juan Azkarate recibe un homenaje en Donostia como último superviviente de la marina auxiliar

Un reportaje de Iban Gorriti

debemos ser cautelosos cuando escribimos sobre memoria histórica. Muchas veces, demasiadas, caemos en el error de enunciaciones como la siguiente: “El último gudari de…”, y el no saberlo a ciencia cierta lleva a errar. Por suerte, hay más testigos del Eusko Gudarostea del lehendakari Aguirre vivos de los que imaginamos. Algunos, totalmente anónimos.

Juan Azkarate sí lo es. Es el último gudari vivo de la unidad del Gobierno vasco denominada Marina Auxiliar del Gobierno de Euzkadi. Fueron alrededor de mil personas las empleadas en este ejército y se sabe, por su listado, que el de Bermeo que perteneció a Solidaridad de Trabajadores Vascos (STV) es el único con vida. Días atrás, le rindieron un merecido homenaje en el Museo Naval de Donostia.

Si uno acude a conocer la curiosa biografía de Azkarate, Bermeo recibe al visitante con olor inconfundible a mar. Con sonidos de gaviota y volteo de campanas eclesiásticas. Con elegante vestimenta y porte, Azkarate recibe en su hogar al amigo con sonrisa firme, mano nonagenaria sincera y dedos experimentados que señalan al pasado desde un presente futuro.

Al grito de “Egun on, gudari!”, uno traspasa el umbral de su hogar. ¡Hay tanta piel en su cuerpo convertido en cuero labrado por las circunstancias! Héroe anónimo, hace gala de un cerebro que sortea olvido e, incluso, perdón sincero. Todo ello, a pesar de que sufrió una poco civil guerra tras el golpe de estado militar de 1936.

Aconteció poco después de perder a su madre, ahogada en la famosa barra de Mundaka que hoy navegan los surfistas. Eran días de huelga de panaderos en su pueblo y volvía de jornada de recados a Gernika-Lumo en barco. El cuerpo apareció sin vida en Laga. Juan sumaba doce años. Lo recuerda con hondo penar.

Se hizo gudari, de los más jóvenes. Tenía solo 14 años (se lo permitieron tras afiliarse al PNV y a SOV/STV) y una cara de retaco impresa en su ficha de la jefatura de guerra. Su padre, mientras tanto, también se sumó a construir trincheras.

Juan conoció y sufrió el mar, tierra y aire. “Las tres”, sonríe. Tres también fueron las veces que acudió y fue recibido por el lehendakari José Antonio Aguirre. Sufrió campos de concentración de Sur de Argeles e Irun. Cárcel en Larrinaga. Fue testigo de altos mandos que, de algún modo, les traicionaron. Lamenta que a políticos y otras personalidades “ricachuelas” se les facilitara el exilio. Lo reprocha aún.

Fue gudari del Bou Araba y del José Luis Díez. Fue camarero segundo y también ayudante de ametralladora en el bacaladero camuflado de guerra. Navegó en el Euskal Herria. Pasó hambre en la España republicana. Perdió todo contacto estando en Francia y pensó, desarraigado, hacer su vida lejos. Le sonaba bien ir a Venezuela, adonde no llegaría. Coincidió con Olaizola, con el tío del famoso artista fallecido Nestor Basterretxea (exalcalde de Bermeo), con el pintor Barrueta. Salió vivo de bombardeos como el de Barcelona o Granollers.

Se vio obligado a andar un día y una noche entera para ir al campo de concentración de Sur de Argeles, al grito de “alez, alez, y con golpes de culatas de rifle si se paraban”, propinados por los senegaleses encargados de su envío a este enclave perteneciente a Perpignan.

TRAS LA GUERRA La vida, curiosa ella, acabada la guerra le llevaría con su empresa de atúnidos a Senegal. Fue presidente de la Sociedad Azkarate Hermanos y sufrió en el país subsahariano la explosión de un compresor que le dejó ciego por un mes. Incluso mantenía la ceguera cuando regresó al pueblo natural de quienes entre sí se llaman txo.

Sin embargo (agárrense a los mecanismos de defensa de sus emociones), decía, “la guerra, lo sufrido en mi vida, no fue dolor en comparación cuando murió mi mujer el 8 de marzo de 2011. Yo era el primero que hubiera ayudado a que falleciera. Padecía Alzheimer y no hubo un día que no estuve con ella. Cada día le ponían un tubo. Aquello sí fue horrible”, compara con todos sus desastres vividos en la guerra civil y se emociona, la única vez en todo el encuentro.

Sus dos brazos aún portan las iniciales tatuadas de su Rosario Etxebarria Zulueta, aquella redera que conoció al día siguiente de salir de la cárcel bilbaina de Larrinaga, con la que compartió siete décadas. “Si me decían los franquistas qué era E. R., yo les decía que El Rey”, sonríe.

Juan Azkarate (Bermeo, 18 de junio de 1922) comienza a relatar en primera persona sus avatares con un llamativo “nació la guerra el 18 de julio de 1936, yo tenía recién cumplidos 14 años”. Él era un niño “espabilado” hijo de Felipe y Anastasia. El matrimonio tuvo once hijos pero, al morir la madre ahogada, ya solo quedaban, por diferentes circunstancias, cinco vivos. “Me llevaron a verla al cementerio. Dolor, sentí mucho dolor. Recuerdo de noche que los coches del pueblo se acercaron a Mundaka a alumbrar con sus luces la mar para ver si se podía rescatar a alguien. Mi madre sabía nadar, pero las corrientes…”, silencia ante la cámara de vídeo que le graba conmovido.

Un año antes, con once años, ya él mismo decidió dejar el colegio y ayudar a su padre en el puerto. “Era mal estudiante y buen dibujante”. Con el golpe de Estado ni se lo pensó: “Yo voy a la guerra”, dijo aquel que había sido alumno de un profesor republicano. “Esa suerte tuvimos con Don Gerardo Jiménez”, alza la voz y el dedo índice. Al crío le dieron un “jersey de invierno” como uniforme de la Marina Auxiliar de Guerra del Gobierno vasco y le alistaron en el bou Araba. En el Ejército del lehendakari Aguirre le pagaban 400 pesetas al mes. Sin cumplir 15 primaveras ya era gudari. El bou Araba fue a dique seco y en un principio le derivaron a un submarino, pero acabaría en el José Luis Díez y en Burdeos. “Los mandos del barco se pasaron como Goikoetxea al bando de Franco y nos devolvieron a España, a Santander. El viaje fue entre cortinas de humo, una hora de combate a oscuras. Ganábamos por velocidad”, recuerda.

periplo Allí le enviaron al Estado Mayor de Fuerzas Navales del Cantábrico. De ordenanza en tierra. “No conforme, me fui adonde el lehendakari Aguirre. En euskera le dije que quería volver a los bous. Pero me mandó a El Sardinero”. Sin embargo, con los franquistas allí, en el Euskal Herria fue a Asturias. Y en un mercante volvió a Francia. De allí, a Barcelona. Y volvió a visitar a Aguirre. Este le recordaba y le mandó a estudiar al mejor colegio, pero “no me aseguraban la comida”.

Y volvió por tercera vez adonde “José Antonio”, exclama. El lehendakari le destina al consulado de Cuba. “Pedí que me pagaran y me dijeron que 250 pesetas. Yo ni quería acabar en Cuba ni ese dinero, por lo que me fui”, enfatiza. Acabó en Aviación como “único vasco en Gerona”, matiza. Más adelante llegó el horror de los campos de concentración tras no aparecer un mugalari en una misión especial. “Éramos 50.000 en la playa de Argeles”. Y de Irun, los franquistas le llevaron a Larrinaga. Al salir libre, conoció al amor de su vida.

El gudari burgalés del Batallón Gernika

Miguel Arroyo es el último gudari superviviente localizado del grupo que participó en la segunda Guerra Mundial

Franck Dolosor

el documental Batallón Gernika, esperanza de libertad 1945-2015, dirigido por Iban González y producido por Baleuko, sigue proporcionando sorpresas inesperadas. La película narra la historia de la brigada creada por el Gobierno vasco en el exilio para ayudar a los aliados en la lucha contra los nazis que tenía lugar en Francia. La unidad militar vasca participó en la liberación de la comarca de la Pointe de Grave, en el Médoc, cerca de Burdeos. Durante los combates que tuvieron lugar en abril de 1945, pocos días antes del armisticio, cinco gudaris murieron y una veintena resultaron heridos.

Arroyo en su casa de Angelu enseña una caja en la que guardaba balas para Ordoki.Foto: F.D.
Arroyo en su casa de Angelu enseña una caja en la que guardaba balas para Ordoki.Foto: F.D.

Durante la grabación del documental protagonizado por Francisco Pérez, gudari navarro afincado en Irun, otro miembro del Batallón Gernika se sumó al proyecto: José Ramón Aranberria, Matxote, natural de Ondarroa y vecino actualmente de Getaria. A medida que el documental avanzaba surgió la esperanza de que otros miembros de la unidad o sus familias, cuyo paradero se desconocía, pudieran aportar sus recuerdos y experiencias. Y así ocurrió. El donostiarra Javier Brosa, afincado en México, contactó con los responsables del documental una vez estrenado. En otros casos han sido las familias de combatientes ya fallecidos quienes se han sumado. Gracias al documental, la familia del gudari donostiarra Antón Mugica ha conocido por fin cómo fueron sus últimos días. Con tan solo veinte años, el primer día del combate de la Pointe de Grave, falleció al pisar una mina. Sus hermanos Guillermo y Carmen tan solo sabían que desapareció en 1945 y que nueve años más tarde el Gobierno francés les informó de su muerte. Siete décadas más tarde han podido localizar y visitar la tumba de su hermano.

Hace unos días, tras una proyección pública del documental en el Museo Vasco de Baiona, un hombre de edad avanzada se levantó, y ante la sorpresa de los asistentes, explicó que la película contaba… “la verdad”. Se trata de Miguel Arroyo, nacido en Burgos en junio de 1924. “Yo estaba ahí y así lo vivimos. ¡Era soldado y fui uno de los colaboradores más cercanos del comandante Ordoki!”

A finales de los años 20 la familia Arroyo llegó a Bilbao, donde se afincó en el número 23 de la calle Uribarri. El monte Artxanda no tenía ningún secreto para un jovencísimo Miguel, que aún recuerda que dos bombas cayeron en la capital vizcaína el día del bombardeo de Gernika. En Uribarri, una casa quedó destruida y los vecinos se refugiaron en un túnel de la cercana vía férrea. Pocos días después, su madre y él subieron a un barco en Santurtzi con rumbo a Iparralde y se afincaron en Baiona. Su padre y sus cinco hermanos se quedaron en Bizkaia. Una de sus hermanas, que era comunista, se trasladó a Rusia mientras su hermano Ramón fue asesinado en circunstancias todavía desconocidas. Ochenta años después, Miguel no puede contener sus lagrimas al recordar el sufrimiento de su familia durante los años de la guerra.

En 1944 se apuntó en Burdeos junto a un amigo para combatir como voluntario en la Segunda Guerra Mundial. Las autoridades galas le mandaron a la localidad bearnesa de Caresse, donde Ordoki estaba creando la brigada vasca. Arroyo, que sigue definiéndose como apolítico, recuerda sobre todo el espíritu de camaradería que reinaba entre los miembros del Batallón Gernika.

“Los alemanes eran más fuertes porque iban mejor armados y en un primer momento consiguieron resistir gracias a sus impresionantes búnkeres”, precisa el gudari. “No sé si maté a alguno, no me acuerdo, disparas tanto que ya no sabes. Ordoki era parco en palabras y nunca hablaba de política. El sargento Carlos Iguiniz, también irundarra, siempre le acompañaba. Al principio, no teníamos buen armamento pero luego nos dieron morteros con los que pudimos destruir las posiciones alemanas en la carretera que conduce hacia Soulac. Yo siempre estaba entre los primeros hasta el final de la Pointe de Grave donde se rindieron muchos alemanes. Desde el comienzo, dos prisioneros alemanes nos acompañaron y nos ayudaban a reparar el armamento y los teléfonos”.

Arroyo salió ileso del combate pero no oculta que pasó mucho miedo. También fue testigo directo de la muerte de los gudaris Iglesias y Mugica. “Han pasado muchos años, pero me acuerdo de todos. Antonio Arrizabalaga me traía las municiones y luego pudimos llegar hasta el final de la Pointe de Grave siguiendo la vía férrea. Ahí, el ejercito francés comenzó a tirar hacia nuestra posición porque no pensaban que nadie había podido avanzar tanto”.

Miguel Arroyo es una fuente inagotable de anécdotas. Cuenta que el teniente eibarrés Andrés Prieto le castigó por haberse quedado un día más de lo previsto en Baiona con su madre. “Prieto era simpático pero quería mandar”. Y también recuerda la visita y el concierto que el célebre cantante Luis Mariano ofreció a los gudaris durante los combates en el Médoc.

Tras la liberación de Francia, el burgalés no participó en desfile del Batallón Gernika en Burdeos y tampoco en el posterior entrenamiento militar que supervisó el jeltzale Primitivo Abad en el castillo de Rotschild, en las afueras de París. “Teníamos que haber seguir luchando contra Franco pero fuimos desmovilizados”, recuerda el gudari. Las autoridades le dieron mil francos y le mandaron a Chiberta, en Angelu (Anglet). Desde allí trató de reunirse de nuevo con su familia en Bilbao, pero al entrar en Gipuzkoa fue detenido y le mandaron a hacer el servicio militar a Gasteiz. “Me consideraban como desertor, pero yo no era un asesino sino un soldado”. En los años cincuenta, Miguel consiguió la nacionalidad francesa y pasó a llamarse Michel Arroyo. Gracias a su nuevo estatus pudo volver a Bilbao a visitar a sus familiares sin temor a la represión franquista.

“No soy vasco, pero lo hice de todo corazón” aclara el gudari de 92 años, que también ayudó a varios ingleses a pasar la muga desde Iparralde hacia Gipuzkoa. “También pasé mucha información de un lado a otro. Tenía el pelo largo y escondía papeles en las orejas” dice sonriendo. Cada año, el Gobierno francés le concede una ayuda de 600 euros para agradecer su participación en la lucha contra los nazis.

Arroyo, que dirigió durante años una empresa de fontanería en la capital labortana, goza de su jubilación junto con su mujer y sus cuatro hijas cerca del puerto de Angelu, en el chalet que construyó él mismo y que lleva el emblemático nombre de La Roseraie. Un nombre simbólico, el del hospital que el Gobierno vasco en el exilio abrió en Bidarte para acoger a los heridos y civiles que huían de la Guerra Civil.

‘El vasco’, un camillero burgalés

La vida de Paulino Lafuente fue de entrega y socorro en su vida civil y en la línea del frente, donde auxilió a gudaris durante la ocupación de Bilbao

Un reportaje de Iban Gorriti

BURGALES

En las últimas fechas, diferentes asociaciones, historiadores y medios de comunicación han homenajeado, investigado o publicado sobre el papel de las maestras en la Guerra Civil, los brigadistas extranjeros que batallaron en Euskadi, el apoyo de asturianos al Eusko Gudarostea, los sacerdotes del bando republicano… Estas líneas son de recuerdo hacia el colectivo de sanitarios y camilleros, lo que en la Segunda Guerra Mundial se llamó medics.

Un ejemplo fue el de Paulino Lafuente Riancho, un fortachón camillero burgalés de casi dos metros de altura al que apodaban el vasco en el campo de concentración de Valdenoceda y que acabó residiendo en Muskiz y Ortuella, y dando hijos, nietos y biznietos a Bizkaia. Falleció en 2000 a los 83 años. “Nos alegramos de que se difunda que hubo muchas personas de fuera de Euskadi que pusieron todo el empeño e incluso su vida por delante, por defender esta tierra sin ser de aquí”, enfatizan la nieta de Paulino, Aiyoa Arroita Lafuente, y su marido, Jesús Pablo Domínguez.
credencial
Castellano de nacimiento y vizcaino de adopción, Paulino auxilió en el frente norte durante la última Guerra Civil desde Bilbao (formó parte de la resistencia a la ocupación de la capital vizcaina por parte de los afectos a los golpistas de 1936 en Artxanda) hasta León, donde fue apresado. Allí comenzó un amplio recorrido por campos de concentración, prisiones y campos de trabajo hasta su liberación en 1943.

Con 19 años, Paulino Lafuente Riancho (Quintanaentello, 1917) se alistó voluntario para luchar contra el ejército fascista, sublevados que acabaron fusilando a su padre. Tres de sus hermanos, además, fueron milicianos en el frente.

Él se alistó al ejército republicano como simpatizante de UGT y PS, siendo enviado al 1º Batallón de Sanidad del cuartel de El Alta, en Santander. Formó parte del contingente como camillero con la graduación de cabo. “Su compañía estaba siempre en primera línea del frente, entonces localizado en tierras montañesas de Burgos y Santander, desgraciadamente muy cerca de la casa familiar en Quintanaentello, Valdebezana”, valora la familia.

El ámbito de actuación de su compañía sanitaria abarcó hasta Bilbao cuando el Cinturón de Hierro comenzaba a caer. “Él recogía a los gudaris heridos en Artxanda (18 y 19 de junio de 1937) para trasladarlos fuera de las líneas de combate, a hospitales militares habilitados en la capital. Roto el frente de Bilbao, se optó por la evacuación rápida hacia territorio cántabro sin dejar de atender los heridos que iban cayendo en la retirada”, explican sus nietos.

En ese periplo hacia Santander estuvo a punto de perder la vida en Saltacaballos (Castro Urdiales), donde un batallón del PNV se encargó de defender la retirada de las tropas republicanas cuando el crucero Almirante Cervera les vio. “Contaba que estando la ambulancia recogiendo y trasladando a los heridos, un obús disparado por el crucero franquista atravesó la camioneta-ambulancia entrando por la puerta trasera y saliendo por el cristal delantero sin explotar. Vio de cerca la muerte, tan cerca que si estira la mano podría haberla tocado. Afortunadamente, el obús asesino pasó de largo”, agregan.

Paulino se negó a rendirse en Santoña y continuó en los frentes de Cantabria, Asturias y León. Fue apresado en el pueblo de Oseja de Sajambre “al bajar a buscar pan”. Fue internado en el campo de concentración de San Marcos, donde le obligaron a cavar fosas en el cementerio cercano para sus compañeros fusilados. Le trasladaron al Batallón de Soldados Trabajadores Asturias nº 21 y de allí al campo de concentracion de Valdenoceda, Prisión Provincial de Burgos, cárcel de Larrinaga en Bilbao, Prisión Provincial de Ávila y el campo de concentración de Miranda de Ebro, “donde decía que peor lo pasó”.

Después llegó el periplo por campos de trabajo: Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores nº 12 de Irurita (Nafarroa) y el nº 31 de Lavacolla (Santiago de Compostela-Galicia). Acabó su periodo de esclavo en Marruecos, donde limpió campos de palmito para plantar cebada para los caballos de los militares. Retornó al hogar en 1943 tras siete difíciles años. Se casó con Ramona, burgalesa que tenía casa en Muskiz y que conoció en la cárcel de Valdenoceda en 1943. “Se conocieron porque el padre de ella era un preso amigo de Paulino que le dijo que le trajera una manta, ya que el vasco se la quitaba”, sonríen.

Trabajó de carpintero y viviendo en Ortuella fue uno de los que ayudaron a rescatar a las personas que quedaron atrapadas en el barrio de Golifar cuando explotó la presa del lavadero de mineral el 11 de octubre de 1964, causando seis muertos. En la también recordada explosión del colegio de Ortuella estaba trabajando en Begoña. No pudo entrar al municipio hasta muy entrada la tarde, aunque su nieta Aiyoa estaba estudiando en el centro escolar. “Nunca quiso hablar de todo lo que sufrió, aunque poco a poco conseguimos sacarle cosas”, le agradecen con cariño hoy.