Pello María de Irujo Ollo: Historias de amistad y exilio

Pello María de Irujo vivió en primera persona la historia del nacionalismo vasco en buena parte del siglo XX, empezando por su época de estudiante en Lekaroz, siguiendo por los años duros de la Guerra Civil y el exilio en Argentina, y culminando con su regreso a Euskadi. Su hermano Manuel lo definió como “el arquetipo del resistente vasco”

Un reportaje de Mikel Ezkerro

Pello es el arquetipo del resistente vasco. Puede haber quien lo iguale, pero nadie que lo supere” (Manuel de Irujo). Escribir objetivamente sobre un amigo es difícil. Hacerlo sobre el mejor amigo de uno en la vida, y Pello Mari Irujo Ollo lo fue, es aún mucho más complejo.

Cuando en abril de 1949, con 39 años, pisó suelo argentino, debieron haber pasado por su cabeza, como si fuese una película, una serie de hechos que marcaron su vida hasta ese momento.

Recordaría la infancia en la casa familiar de Lizarra-Estella, Nabarra, donde su hermano mayor, Manuel, que le llevaba veinte años de diferencia, fue como su segundo padre, ayudando a la madre. Su progenitor, el doctor Daniel de Irujo Urra, que fue abogado defensor de Sabino de Arana Goiri en 1896 y 1902, falleció cuando Pello Mari tenía poco más de 1 año.

Pello Mari y Andrés Irujo Ollo, en la terraza de la Casa Irujo en 1936.Foto: Archivo Irujo-Amezaga

Le vendrían también a la memoria recuerdos de su etapa de estudiante en el colegio de los Capuchinos de Lekaroz. Durante esa época, en noviembre de 1930, se convirtió en uno de los primeros afiliados en Nabarra del naciente partido abertzale Euzko Abertzale Ekintza-Acción Nacionalista Vasca (EAE-ANV). En 1935 se graduaría en Madrid como abogado.

Llegando a Argentina, también tendría muy presente su actuación en Gipuzkoa, entre julio y septiembre de 1936, en los primeros momentos de la guerra incivil, cuando aún aquel territorio estaba bajo el control de la República. Y su participación en misiones de salvaguardia física de personas afectas al levantamiento franquista cuya vida corría serio riesgo, como en el caso del arzobispo de Valladolid, monseñor Gandasegui, un hecho que fue recogido por el canónigo Alberto Onaindia en su libro Hombre de paz en la guerra.

Igual que recordaría su detención en alta mar, en septiembre de 1936, por los franquistas y su posterior enjuiciamiento por un tribunal militar franquista que lo condenó a una pena de muerte. Esta decisión de los insurrectos haría que, entre otros, personalidades de América Latina pidieran la conmutación de esa pena capital, aunque no pudieron evitar que la condena le mantuviera en capilla durante más tres años, hasta noviembre de 1939. Tras ello, la estancia en prisión hasta 1943, cuando fue puesto en libertad, con la prohibición de residir en los cuatro territorios de Hegoalde.

Este exilio le alejó de su Patria y le llevó hasta Cuenca donde mataba el tiempo leyendo novelas de Pío Baroja. Fue allí donde recibió una tarjeta, firmada por Juan -en realidad Juan de Ajuriaguerra, líder del Partido Nacionalista Vasco-, que le invitaba con la frase bailar un vals a sumarse a la Resistencia Vasca.

Clandestinidad Pello Irujo sin duda recordaría, cómo tras esa invitación, pasó de inmediato a la clandestinidad en Madrid, formando parte de un grupo de patriotas vascos encabezados por Joseba Rezola, grupo del que asumiría su jefatura, entre 1944 y 1946, tras la caída de Rezola. Toda una época repleta de hechos propios de una novela, que le obligaron a pasar a Iparralde el 29 de septiembre de 1946. De allí se trasladó a París, desde donde partió hacia el este de Europa en calidad de agregado cultural de las embajadas de la República Española en Hungría y Bulgaria.

Era un largo y complicado camino el que unía su infancia en Lizarra con su llegada a Argentina. Seguro que todos esos recuerdos se agolparon en su cabeza en aquel momento. Lo que igual no se pudo imaginar es que aquel día iniciaba una estancia de 28 años en la República Argentina, la tierra que acogió y protegió a tantos miles de vascos.

Allí pudo, después de trece años, abrazar a su anciana madre, que fallece en 1950, a su hermana Josefina Irujo de Blanco y a su hermano Andrés María. Todos ellos ya vivían en este país desde la década de los 40.

En Buenos Aires comenzó a trabajar en la prestigiosa Editorial El Ateneo y en su tiempo libre ayudaba a su hermano Andrés, cofundador en 1941 con el doctor Isaac López Mendizabal de la editorial vasca Ekin. También se integró como guionista y asesor literario en la Agrupación Artística, Musical y de Danzas Vascas Saski Naski, dirigida por el donostiarra Luis Mújica, y que estaba conformada, entre otros muchos nombres, por el padre Francisco Madina, autor del famoso Aita Gurea, o el que sería luego afamado escultor Néstor Basterrechea. Será Pello Mari el introductor en Argentina del popular Baile de la Era, originario de Tierra Estella, que había bailado de joven junto al que sería alcalde de Lizarra, el nacionalista Fortunato de Aguirre Luquín, fusilado por los franquistas el 29 de septiembre de 1936.

Yo conocí a Andrés y a Pello Irujo un día de 1953, cuando yo tenía 15 años. Fue en la editorial vasca Ekin, donde fui con mi madre, vasca nacida en Bilbao, que deseaba comprar unos libros. Pero mi relación más profunda con Pello se inició al año siguiente, en 1954, cuando al ver mi interés por la Historia Vasca, en especial de los siglos XIX y XX, comenzó a aconsejarme libros e, incluso con el tiempo, a prestarme obras de su biblioteca particular. Mi relación se fue haciendo cada vez más frecuente en conversaciones de café. A él debo el haberme facilitado el conocer y tratar a personas de la talla vasquista del argentino doctor José María Garciarena Aguerre, en mi opinión, junto con el doctor Tomás Otaegui, los únicos dos teorizadores argentinos -y me atrevería a decir latinoamericanos- del nacionalismo vasco, o a vascos con probado currículo como Ildefonso Gurruchaga, Justo Garate, Luis González de Echevarri, el expárroco de Altsasu, Marino Ayerra, etc.

Llegada del lehendakari En diciembre de 1955, tras trece años de ausencia debido a la existencia del régimen peronista, se produjo la llegada del lehendakari Aguirre a Argentina, lo que me permitió escucharle en el Centro Laurak Bat de Buenos Aires.

Al año siguiente reapareció en la capital argentina, en forma de mensuario, Eusko-Lurra-Tierra Vasca, el órgano partidario oficial de Acción Nacionalista Vasca. Costeado desde Venezuela, sus responsables iniciales fueron el periodista José Antonio Olivares Larrondo, Tellagorri, y Pedro María de Irujo Ollo, asumiendo el primero de ellos el cargo de director. Tellagorri enfermó seriamente y falleció en 1960. Fue entonces cuando Pello Mari se hizo cargo de la dirección de Eusko-Lurra-Tierra Vasca, ocupación que mantendría hasta la desaparición del periódico en 1975.

Leyendo la colección completa de Eusko-Lurra-Tierra Vasca y en especial el periodo 1960-1975, es fácilmente verificable su línea editorial, democrática, vasca pluralista y republicana.

Pello Mari Irujo era la persona que estaba mejor informada de lo que sucedía en la Euskadi bajo la bota del franquismo, de los hechos que se producían en la clandestinidad. Dirigía un periódico que no era similar al resto de los existentes en la Diáspora Americana, destinados a los exiliados y antiguos emigrados. Este estaba destinado a ser leído clandestinamente en Nabarra, Bizkaia, Gipuzkoa y Araba, aunque, por supuesto, tuviese también lectores en Iparralde, París, Inglaterra, Suecia, Noruega, Suiza, Canadá, Andorra, la isla china de Formosa, Argelia, etc.

Sus contactos hacia 1960-61 con hombres de la nueva generación vasca explican la aparición en la publicación, bajo seudónimos, de nombres como José Luis Álvarez Emparanza, Julen Madariaga, José María Benito del Valle, José Manuel Aguirre Bilbao, Federico Krutwig Sagredo, etc.

Todo esto en momentos en que hay una consigna del silencio sobre estas personas y su ideario político. Consigna que Pello Mari Irujo no aceptó nunca. Junto a aquellos continuaron publicando otros como Ildefonso Gurruchaga, Marín Ugalde, Gabriel Goitia, Josu Osteriz, Carlos P. Carranza, Mikel Orrantia, etc.

Desde Buenos Aires, Pello Mari confeccionó una red de colaboradores que escribían directamente, desde Bilbao, el escolapio Justo Mokoroa; desde Donostia, Julio Ugarte, o desde Iruñea, Pedro Turullols. También colaboraban otras firmas conocidas desde México y Venezuela.

Desde París, Inglaterra o Donibane Lohitzune, allí donde se encontrase, su hermano Manuel de Irujo Ollo, que era lector desde la A a la Z del periódico, le enviaba todos los meses sus comentarios sobre los distintos artículos publicados, dando su opinión favorable o desfavorable.

El editorial era responsabilidad exclusiva de Pello Mari, como antes de 1960 lo fuera de Tellagorri. Yo, hasta mediados de 1960, me limitaba a ayudarle a hacer algunas labores administrativas, pero nada más.

Un día me sorprendió invitándome a escribir en Eusko-Lurra-Tierra Vasca y acepté. A partir de esa fecha, escribí bajo seudónimos cuatro artículos por número hasta el último publicado. Nunca tuve censura alguna, pero alrededor de unos pocillos de café -creo haber consumido cantidades fabulosas de fruto del cafeto con Pello- me comentaba en lo que coincidía y en lo que disentía.

Pello Mari fue mi mejor amigo en Argentina. Pasamos juntos cientos de horas de trabajo, de lectura de originales y de correcciones, de ayudar al armado en la imprenta, de llevar paquetes al correo, colocar sellos, escribir nombres con letras diversas…

Pello Mari vivió físicamente en Argentina durante 28 años, pero su corazón y su mente estuvieron siempre en Euskadi.

Eusko-Lurra-Tierra Vasca llegó al número 231 en septiembre de 1975 y dejó de publicarse porque Pello Mari cayó seriamente enfermo, siendo hospitalizado y soportando una larga convalecencia. Un día de 1977 me dijo que su hermano Manuel regresaba a Nabarra y que lo iba a acompañar a partir de entonces. Así lo hizo. Primero en Donibane Lohitzune y luego ya en Iruñea. Allí estuvo junto al León de Nabarra, siempre en un segundo plano, con esa humildad sobre la que el padre Iñaki de Azpiazu solía decirle, “Pello no es una virtud, es un vicio de tanto que abusas de ella”.

En Iruñea, primero en la calle Aoiz y, después del fallecimiento de don Manuel, en el piso de Iturralde y Suit, siguió trabajando por la confraternidad entre Nabarra y el resto del País Vasco.

Recordaré mientras viva las grandes lágrimas que le vi derramar en la plaza del Castillo de Iruñea tras el fracaso de una larguísima negociación política para conseguir una candidatura unitaria de todo el abanico aber-tzale en Nabarra.

En noviembre de 1982 lo visité. Estaba internado en el hospital de Iruñea. Allí estuve por espacio de varias horas hasta que llegó su sobrino, Pello Irujo Elizalde. No hizo más que hablarme de la necesidad de la coordinación de las distintas fuerzas abertzales. Algo que le obsesionaba y cuyo fracaso le dolía en el alma…

Fue la última vez que le vi.

El 24 de febrero de 1983, a los 73 años y dos días, falleció Pedro María de Irujo Ollo.

De él le oí decir, y más de una vez, a su hermano don Manuel, “Pello es el arquetipo del resistente vasco. Puede haber quien lo iguale, pero nadie que lo supere”.

Pello María de Irujo Ollo espera de parte de los jóvenes historiadores de Euskal Herria un merecido y profundo trabajo de investigación histórica. Lo mío ha sido apenas un intento de acercamiento a un hombre, a mi mejor amigo, al patriota cuya entrega a su Patria Vasca merece ser conocida y reconocida en la tierra que se extiende entre el río Adour y el río Ebro, porque así lo sintió siempre quien hoy descansa en su natal y querida Lizarra-Estella.

Este texto lo preparó Mikel Ezkerro para la Hermandad de Nuestra Señora de Aranzazu de Lima, fundada por miembros de la ‘nación vascongada’ en 1612, con motivo de los actos de conmemoración de los 75 años de la visita del lehendakari Aguirre a esta ciudad dentro de su primera gira americana (1942).

Guerra Civil y represión franquista en Bakio

La ocupación de Bakio por las tropas franquistas dio paso a una dura represión contra hombres y mujeres por el solo hecho de ser nacionalistas vascos y defender las libertades

Un reportaje de Begoña e Igone Abio Zapirain

Con ocasión del 80º aniversario de la ocupación de Bakio por parte de las tropas franquistas, en la primavera de 2017 la asociación Makatzeko iturria, promovió una investigación con objeto de recuperar la memoria democrática del municipio, estudiando la evolución política que experimentó la anteiglesia a lo largo de la Segunda República y reconstruyendo los hechos que se sucedieron durante la Guerra Civil y la posguerra, con el propósito último de reconocer y rendir homenaje a las personas que sufrieron la contienda y padecieron la represión franquista por el solo hecho de haberse significado en defensa de la libertad y del autogobierno de Euskadi.

Vista panorámica de Bakio en los años 30 del siglo XX.

Con posterioridad, la Sociedad de Ciencias Aranzadi ha desarrollado un trabajo más amplio y ambicioso, que ha sido publicado recientemente, en línea con las monografías locales que esta entidad viene editando en los últimos años en colaboración con los ayuntamientos y bajo los auspicios del Instituto Gogora y la Dirección de Víctimas y Derechos Humanos del Gobierno vasco.

La comunidad local bakiotarra de la cuarta década del siglo XX, era una sociedad eminentemente rural, de incipiente proyección turística, cuya sociología electoral no había alcanzado aún la complejidad que ya entonces había llegado a adquirir en otros municipios vizcainos de mayor población e impronta industrial.

En las citas electorales que se sucedieron a lo largo de la etapa republicana, tan solo presentan relevancia dos bloques: el PNV, que es claramente mayoritario en las preferencias de los votantes bakiotarras de aquella época, y las derechas monárquicas españolas, tanto en su versión tradicionalista como en la dinástica. Ni las izquierdas ni las formaciones específicamente republicanas superaron el umbral de lo anecdótico. Y por lo que respecta a ANV, se puede decir que, entre 1931 y 1936, recibió un apoyo nulo por parte de los electores de la anteiglesia.

En los comicios locales del 12 de abril resultaron elegidos cuatro concejales del PNV y tres monárquicos. El alcalde, Leandro Oraindi, era caminero foral. Los restantes miembros de la corporación eran baserritarras. Los electos jeltzales, que tras la ocupación de Bakio serían objeto -junto a otros muchos correligionarios- de la inquina y la persecución del bando rebelde, además del alcalde Oraindi, fueron Doroteo Uriarte, Celestino Ibinaga y Segundo Markaida.

Oraindi representó a Bakio en las asambleas proestatutarias que se celebraron en Iruñea (1932) y Gasteiz (1933) y participó, también, en la votación que eligió lehendakari a José Antonio Aguirre (1936). A algunas de ellas asistió acompañado del secretario de la corporación, Ciriaco Egia, que también padeció la represión franquista.

Suspendido en 1934 Como ocurrió en la inmensa mayoría de los ayuntamientos vascos, el alcalde de Bakio fue suspendido en 1934, con ocasión del conflicto del vino. El episodio se dio cuando el Gobierno central pretendió, saltándose el Concierto Económico, reducir el impuesto sobre el vino, lo que hubiera dejado exhaustas las haciendas locales. En solidaridad con el primer edil, el resto de los corporativos reaccionó presentando su dimisión, no siendo repuestos hasta las elecciones generales de febrero de 1936 en las que venció el Frente Popular. Pero resulta importante reseñar que a la autoridad gubernativa le resultó especialmente costoso hallar candidatos dispuestos para conformar la Gestora que hubo de asumir la responsabilidad de administrar el Ayuntamiento durante el periodo de suspensión de los ediles, porque las personas que eran propuestas para tal cometido dimitían de los cargos para los que eran designados.

Pero el golpe militar y la inmediata Guerra Civil, arrumbaron con todos los proyectos municipales, cortando de raíz el decurso de la vida política local. A finales de 1936, el Gobierno vasco dispuso que se cubrieran las vacantes producidas en los ayuntamientos vascos por los concejales fallecidos o destituidos por su desafección a la República. De los tres electos monárquicos que habían sido cesados, solo uno pudo ser sustituido, porque los partidos del Frente Popular carecían de implantación en Bakio. El único elegido fue el jeltzale Félix Muruaga, a quien el franquismo sometería, también, a juicio sumarísimo, condenándolo a pena de cárcel.

Cuando las fuerzas franquistas entraron en Bakio, el 10 de mayo de 1937, el Ayuntamiento se había constituido en Zalla, a donde se había desplazado, con numerosos vecinos, huyendo de las hostilidades y peligros del frente. Al regresar, el día 4 de junio, se encontraron con una realidad muy diferente a la que habían dejado. La nueva corporación, designada por la autoridad militar entre personas afines al bando franquista, esbozaba ya las denuncias que iban a servir de base para organizar la represión política contra el nacionalismo vasco.

El alcalde tuvo que abandonar Bizkaia rumbo al exilio, de donde no regresó hasta años después. Los demás corporativos del PNV, al igual que las personas que habían desempeñado cargos internos en esta formación política, fueron sometidos a consejos de guerra sumarísimos, bajo acusaciones de corte estrictamente ideológico. Los delitos que se les imputaban consistían, exclusivamente, en circunstancias como las de ser “exaltado nacionalista-separatista”, “acérrimo nacionalista”, miembro de “la junta de la sociedad separatista”, “destacado nacionalista y propagandista de estos ideales”, “afiliado al PNV y muy destacado dentro del mismo por su influencia local”, “afiliado al PNV y considerado como separatista muy significado”, etc. Ese era todo su perfil criminal: su condición de nacionalistas vascos y militantes del PNV que habían concurrido a las elecciones en las candidaturas de esta formación, ejerciendo con probidad y responsabilidad los cargos públicos para los que habían sido elegidos.

Penas de muerte La ligereza de las acusaciones no distinguió entre hombres y mujeres. La máquina represiva del franquismo no entendía de modulaciones y matices. También a ellas se les hicieron imputaciones tales como las de ser “afiliada al partido separatista y mangoneante entre las emakumes”, “acérrima nacionalista”, o defender los ideales nacionalistas “en términos exaltados”.

Basta una superficial lectura de los sumarios para comprobar que los consejos de guerra no tenían por objeto, precisamente, administrar justicia, respetando los derechos y garantías de las personas procesadas. Antes al contrario, fueron meras farsas, concebidas y tramitadas con el único propósito de hacer efectiva la represión. En consecuencia, se prodigaron las condenas de privación de libertad, que las mujeres cumplieron en la cárcel de Saturraran y los hombres en las prisiones de Larrinaga, San Cristóbal y Puerto de Santa María.

Pero hubo, también, dos penas de muerte, que se ejecutaron de manera implacable en el paredón del cementerio de Derio. Los condenados fueron Francisco Uriarte y Aniceto Olaskoaga. El primero, casado y padre de seis hijos, había sido el presidente de la junta local del PNV cuando esta se reconstituyó, en 1931. Sobre el segundo, el bakiotarra y miembro de BBB Luki de Artetxe escribió, escandalizado: “Soltero, simple gudari, (fue fusilado) seguramente por confusión con su hermano Ignacio que era alguacil, ¡máximo delito!”

Por su parte, los jóvenes movilizados en la guerra, entre los que se registraban muchísimos socios del batzoki, padecieron, también, persecución, consejos de guerra y condenas de cárcel y de trabajos forzados en campos de trabajadores. Fueron mayoritariamente condenados por “auxilio a la rebelión” -sarcástica acusación para personas que se limitaron a defender las libertades democráticas frente a los rebeldes- pero a no pocos de ellos se les hicieron, también, imputaciones ideológicas que hacían notar su filiación al nacionalismo vasco y, particularmente, su vinculación al PNV.

Toca ahora recuperar su memoria y dar a conocer lo que ocurrió. A ese propósito responde el DVD que hace una semana presentamos en Bakio, que recoge el contenido de la conferencia que dos años atrás impartimos en la localidad, en el marco de los actos de conmemoración de la triste efeméride del 10 de mayo de 1937.

José Luis Arauzo, doble superviviente

José Luis Arauzo fue testigo de los bombardeos sobre Durango y Bilbao durante la Guerra Civil y junto a su padre trabajó en la construcción del campo de refugiados de Gurs.

Un reportaje de Iban Gorriti

hay historias que surgen por vidas que se cruzan: una plaza de un pueblo francés de Las Landas. Comienza una conversación entre unos turistas y unos vecinos del pueblo Vieux-Boucau que celebran unos bonitos actos de Navidad. De pronto, los residentes sorprenden al comunicar que son “de Durango”. El padre de familia, de 86 años, es testigo superviviente no solo del bombardeo fascista de la villa vizcaina de 1937, sino también de los de Bilbao, y guarda en su memoria la vida de su padre Sabino, miliciano socialista de corazón que luchó con el batallón cenetista Sacco y Vanzetti, y con quien, curiosamente, pasó un año trabajando para el campo de refugiados de Gurs, antes de ser campo de concentración.

Sus recuerdos son historia viva. “Tengo mucho que contar”, previene José Luis Arauzo Pérez, hijo de María y Sabino, vecinos en 1936 de la calle durangarra Uribarri. “Vivíamos en las casas que aún están en pie frente al cine Zugaza”, detalla quien nació el 12 de junio de 1932.

Imagen de uno de los destrozos causados por el bombardeo sobre Durango en 1937. Foto: Gerediaga Elkartea
Imagen de uno de los destrozos causados por el bombardeo sobre Durango en 1937. Foto: Gerediaga Elkartea

Su padre era un escultor y ebanista. Según informa la Fundación Indalecio Prieto, Sabino fue afiliado a la Agrupación Socialista local y miembro de la UGT de Durango, donde ocupó diversos cargos directivos. Años más tarde, durante su exilio en Francia, estuvo internado en los campos de refugiados Saint-Cyprien (Dordoña) y Gurs (Pirineos Atlánticos) antes de que llegaran los nazis. El 3 de noviembre de 1939 fue trasladado al hospital de La Roserie en Biarritz. Fue uno de los fundadores de las Secciones del PSOE y la UGT en Oloron, donde falleció el 30 de mayo de 1950.

“Mi padre tiene esculturas que son conocidas en Durango”, enfatiza José Luis. Unas de ellas son las de Bruno Mauricio de Zabala y de Fray Juan de Zumarraga que hay en el pasadizo entre el pórtico pequeño de Santa María y que sale al hoy bar Les Villes. Su hijo, Alain, aporta que él cree que también lo son las de “los dos hombres que están en Ezkurdi sobre las casas del batzoki de Ezkurdi”. Otras, confirmadas, están en el cementerio. “Mi padre trabajaba en una cantería de Montorreta”, matiza. El día del bombardeo de Durango, por la tarde, José Luis estaba con su madre en Landako, en la zona llamada Puente del Diablo. “Allí, donde un tubo cruzaba el río. De pronto comenzó el ruido, y un hombre le puso la zancadilla a mi madre y caímos los cuatro. Lo hizo para salvarnos la vida porque venía un caza ametrallando. Vimos cómo mató a algunos a nuestro alrededor”.

Reunida la familia sin muertes, Sabino animó a su mujer a ir a Bilbao a donde unos familiares. Cuando bombardeaban en la capital, se refugiaban en un túnel de la zona de San Francisco. “Allí me hice un día daño corriendo durante una alarma y aún tengo una mancha en la pierna”, aporta. De allí, continuaron hacia Santander, donde la familia accedió a un barco de pesca al que subía tanta gente que “mi padre sacó una pistola y dijo que nadie más”. En el trayecto se les acabó el carbón, y quemaron puertas y todo lo que podían. Llegaron a La Rochelle gracias a ser remolcados por un barco francés. El periplo continuó en tren a Barcelona.

regreso a durango Una familia acogió al pequeño José Luis y los padres estuvieron en otra casa. “Iba a un colegio catalán y olvidé el español. Cuando volvió mi padre no se lo podía creer…”. Su siguiente destino fue unas colonias en el exilio galo, a 200 kilómetros de París. “Entonces mi madre tuvo carta de mi padre diciendo que acabada la guerra podía volver a Durango sin peligro”. En el pueblo encontraron su casa desvalijada y sin los importantes muebles fabricados por el padre. Tuvieron que alojarse en una de familiares en Kalebarria que “estaba aún un poco tocada por el bombardeo”.

A José Luis no le iba bien en la escuela La Villa. “El director franquista me pegaba porque llegaba tarde. Yo me había hecho monaguillo como excusa porque no me gustaba el colegio, le dije a mi madre para irme con mi padre, que estaba en Gurs”. Tras un año allí -antes de que los nazis lo utilizaran como campo de concentración-, estuvieron ayudando a trabajar y residiendo “en unas casas de madera” fuera del centro. Con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, les dieron la orden a los exiliados de “volver a España en 24 horas. Yo estaba sin papeles, y me llevaron unos amigos. Mi padre se quedó. Estaba enfermo del corazón, tuvo tres infartos…”. Murió en Oloron a los 45 años.

Aquellas situaciones le pasaron factura a José Luis. “Siempre tenía el temor de que llamaran diciendo que mi padre había muerto, como ahora sufro cuando mis hijos van de viaje… Se me ha quedado dentro”. A Sabino le trataron su dolencia en Biarritz. “Mi padre era muy seguidor de Indalecio Prieto, que también padecía de corazón y estuvo ingresado en San Juan de Luz. Alguien le habló de mi padre y envió a un doctor especializado en ello a que fuera a verle. En el tiempo que estuvo en Francia solo el PNV o el Gobierno vasco le enviaban como 200 francos para vivir”, explica, y va más allá: “Mi padre nunca nos ha hablado de nada de ello. Nada”.

José Luis conserva en su hogar de Las Landas sus recuerdos, como algunas pertenencias de cuando era niño en el exilio, que nadie borrará de su memoria. “En Reyes me regalaron un burro hecho con tinajas y no se lo doy a nadie, ahí está, como mis cuadernos de la colonia”, se emociona. Las esculturas de su padre siguen en pie orgullosas en su Durango natal.

La familia Legasa, guardias civiles fieles a la República

La Guerra Civil les separó para siempre y su compromiso con el Gobierno legítimo republicano marcó su destino.

Un reportaje de Carlos C. Borra

LOS rigores de la guerra, capaces por sí solos de desgarrar a un núcleo familiar, se dejaron sentir de forma especialmente intensa en la familia Legasa, originaria de Nafarroa pero que se trasladó después a Bilbao, tras el alzamiento militar que impulsó Franco en julio de 1936. La condición de guardias civiles del patriarca, Ángel Legasa Bueno, y el primogénito, Ángel Legasa Bataller, y sobre todo el hecho de que se mantuvieran fieles al gobierno legítimo de la República convierte su caso en digno de atención. Porque se situaron en una especie de tierra de nadie, dejados de lado por los dos bandos en conflicto; por la evolución ideológica que protagonizaron, pasando de militar en el socialismo a abrazar el nacionalismo vasco y a desempeñar incluso un papel destacado en el Gobierno vasco en el exilio, en el caso de Legasa Bueno; y porque el estallido bélico separó para siempre los caminos del padre, la madre y sus tres hijos: nunca pudieron reunirse de nuevo. Como aseguró la matriarca, Adela Bataller, según testimonio de uno de sus nietos: “La Guerra Civil nos partió”.

Este potencial fue apreciado por el investigador barakaldarra, residente en Gasteiz, Aitor Lizarazu. Sumergido desde hace cuatro años en una investigación sobre el batallón UGT-8 que incluye desentrañar el perfil biográfico de sus integrantes, pronto llamó su atención uno de ellos, el propio Legasa Bataller, “cuya relevancia continúa en un segundo plano político por su pertenencia al Gobierno vasco en el exilio”, asegura a este medio. De ahí saltó a su padre, también guardia civil y con un papel destacado en la contienda, hasta completar el perfil familiar con los otros dos hermanos, José María y Luis. Una labor que se va ampliando con nuevos datos prácticamente cada semana y en la que Lizarazu ha contactado con algunos de sus descendientes.

“Los dos Ángel Legasa son personajes históricos de una gran importancia por todo lo que representan: son guardias civiles leales a la República que tuvieron la desgracia de ser dejados de lado por las dos partes”, agrega el investigador, que cuenta en su haber con una novela ambientada en la Guerra Civil, Querida Isabel: Cartas desde el frente, y varios libros de divulgación. A la hora de contextualizar el posicionamiento de esta familia, cita una frase de Legasa Bueno que “le perseguiría toda su vida: hay miembros de la Guardia Civil que tienen el cuerpo en Bilbao y la cabeza, la mente, el corazón en Burgos”, en referencia a la ciudad donde se encontraba el cuartel general del ejército franquista durante la contienda.

Este guardia civil natural de Larrasoaña, al norte de Iruñea, vinculado a la izquierda republicana y que en febrero de 1937 se afilió al Partido Socialista, se pronunció en estos términos durante el juicio que siguió al descubrimiento de que miembros del cuerpo habían escondido una ametralladora en la carbonera del cuartel de la Salve. Según el testigo, buscaban beneficiar al bando sublevado, tal y como recogieron medios como Euzkadi Roja y La Gaceta del Norte en enero de 1937.

Después de que la sublevación en Bilbao se quedara en una mera declaración de intenciones se crearon varias columnas para tratar de sofocar el alzamiento en Gasteiz. En una de ellas se enroló su hijo mayor, que en aquel entonces contaba con 26 años. Legasa Bataller acababa de salir de la academia de oficiales con el grado de teniente y acabó destinado en el batallón UGT-8, que se encontraba en Eibar en plena escalada bélica. Tal y como recoge el trabajo de Aitor Lizarazu, el destino de este batallón, en el que también se encontraba José María Legasa como voluntario, no fue nada halagüeño. Con las hostilidades concentradas en el norte, el UGT-8 trató de lograr la posición de Acondia pero fue repelido por el enemigo con gran número de bajas. El propio Ángel Legasa Bataller sufrió una “herida de metralla en pierna, tobillo derecho y bala antebrazo”. Pese a que fue calificada como herida leve, posteriormente derivó en la amputación de su pierna derecha.

Pese a este terrible resultado, Lizarazu concluye que “de los guardias civiles que participaron en el batallón de la UGT, el mejor parado fue Legasa Bataller porque únicamente perdió una pierna y acabó exiliado”. Efectivamente, el resto recibieron una bala en la cabeza, fallecieron en la batalla de Urkiola o fueron hechos prisioneros y fusilados. El UGT-8 acabó diezmado con más de 100 milicianos muertos y gran número de heridos. José María Legasa se libró de este aciago destino gracias a que se incorporó a la academia militar de Asturias con el objetivo de convertirse en oficial.

Evolución ideológica En tierras asturianas acabó también el progenitor de los tres hermanos, ya con 50 años de edad y plenamente comprometido con el mantenimiento de la legalidad republicana, como miembro de seguridad alejado de la primera línea de combate. Sin embargo, en octubre de 1937 los facciosos rodearon la ciudad y mientras José María logró escapar en primera instancia al esconderse en la casa de una mujer en Mieres, Ángel Legasa Bueno negoció su rendición junto a otros milicianos.

Entonces comenzó su periplo por los tribunales del régimen franquista, una situación agravada por su pertenencia a la Guardia Civil. Según el Archivo Histórico Provincial de Bizkaia, citado por Aitor Lizarazu, el patriarca de los Legasa ingresó en prisión el 28 de abril de 1938; el 11 de octubre se celebró su consejo de guerra y un año después su condena a muerte fue conmutada por 30 años de prisión mayor. Tras el final de la guerra el 1 de abril de 1939, saltó de prisión en prisión hasta acabar en el penal de Pontevedra.

Con su estado de salud cada vez más precario por su propia edad y por las deficientes condiciones de la cárcel, Legasa Bueno, que trataba a toda costa de mantener el contacto con sus familiares por carta, redactó su testamento. Falleció a finales de 1942 sin tener la oportunidad de recibir un indulto para poder reunirse así con sus allegados. Lizarazu apunta que fue enterrado en el cementerio católico de Pontevedra y que estaba previsto concederle la libertad condicional en 1944.

Exiliado en Francia Volviendo a Ángel Legasa Bataller, tras perder una pierna por sus heridas en combate y recorrer diversos hospitales ante el avance de los fascistas, se exilió a Francia el 2 de agosto de 1937 saliendo en barco desde Santander. Allí formó una familia, aunque debido a su imposibilidad de regresar a Euskadi, por el riesgo de ser detenido y entregado, decidieron que fueran su esposa y sus hijos los que pasaran la muga. De forma paralela se produjo su progresiva desafección de los postulados del PSOE y su acercamiento al nacionalismo vasco. La razón: “Las luchas internas por el control del dinero y el poder del gobierno de la República en el exilio”, según Lizarazu.

Esta evolución ideológica se concretó de forma harto explícita con el establecimiento de una delegación del Gobierno vasco en París tras el final de la II Guerra Mundial, donde comenzó a trabajar como secretario. En ese periodo se codeó con personalidades como el lehendakari Aguirre y Manuel de Irujo, y llegó a ejercer labores de “agente de información”, según su hijo Alexis Legasa, citado por Lizarazu. Tras la muerte de Aguirre en 1960 la delegación del Gobierno vasco cerró y el propio Legasa Bataller falleció en 1969, con seis hijos y sin haber logrado regresar a Euskadi.

Aitor Lizarazu resume que la familia Legasa “no hizo lo que más le convenía, sino lo que consideraba más correcto”. A preguntas de DEIA, agrega que “fueron consecuentes hasta el último momento y eso les hizo llevarse los varapalos que se llevaron. Fueron el modelo del fiel republicano, que cree en la legalidad republicana y en la democracia. Solo que a ambos lados se encontraron personas que no estuvieron a la altura de las circunstancias”.

El franquismo y la refundación de Euskaltzaindia

Tras la Guerra Civil y durante las primeras décadas de la dictadura franquista, Euskaltzaindia tuvo que hacer frente a un periodo de refundación que se extendió de 1936 a 1954

Antón Ugarte Muñoz

Cómo pudo la Academia de la Lengua Vasca (ALV) mantenerse en pie en el seno de un Estado dictatorial ultranacionalista español? Creo que las razones principales fueron dos. Por un lado, Euskaltzaindia como corporación no se posicionó a favor del Gobierno de Euzkadi durante la guerra civil española. Parece que hubo intención de tratar ese tema en una reunión en Bilbao a finales de 1936, una vez ocupada Gipuzkoa por las tropas de Emilio Mola, reunión a la que estaban convocados los académicos residentes en Bizkaia. Según testimonio de Bonifacio Echegaray, a la sazón miembro de la Comisión Jurídica Asesora de Euzkadi, el director de Euskaltzaindia -el sacerdote Resurrección Mª Azkue- fue conducido desde su residencia en Lekeitio hasta Bilbao para entrevistarse con el lehendakari José Antonio Aguirre, pero ningún vínculo orgánico y oficial se estableció entre la ALV y el Gobierno de Euzkadi. Este hecho probablemente fue valorado de forma muy positiva por las nuevas autoridades franquistas una vez que todo el territorio autónomo cayó en sus manos en 1937.

La segunda razón, estrechamente unida a la primera, es que los monárquicos maurrasianos que ostentaron el poder en Bizkaia tras la guerra civil consideraron que una Euskaltzaindia depurada de sus académicos abertzales -pues izquierdistas no los había habido nunca- bien podría servir como elemento simbólico para maquillar la política lingüística del falangismo dominante y tratar de arrebatar de esa manera la bandera del euskera al nacionalismo vasco, el cual acusaba al Nuevo Estado de estar llevando a cabo un genocidio cultural.

La ALV había quedado diezmada por la violenta contienda que asoló España entre 1936 y 1939, tras el fallido golpe de Estado contra la República. El erudito navarro Arturo Campión y el sacerdote vizcaino Juan Bautista Egusquiza habían fallecido de forma natural, pero sin ahorrarse el miedo a ser ejecutados por alguno de los bandos enfrentados. A consecuencia de su colaboración personal con el Gobierno de Euzkadi o con el PNV, se habían visto obligados a exiliarse en Francia los siguientes académicos: Bonifacio Echegaray, Severo Altube y el jesuita Raimundo Olabide. El fraile capuchino navarro Dámaso de Inza fue destinado por sus superiores a Chile, junto a otros compañeros de orden sospechosos de ser afines al PNV. Los académicos vasco-franceses se encontraron con una frontera férreamente controlada, primero, por motivo de la guerra civil española; en seguida, por la contienda mundial, y, a continuación, por el bloqueo diplomático antifranquista.

En suma, cuando R. M. Azkue aceptó las condiciones políticas exigidas por el franquismo para reanudar las actividades de su amada Euskaltzaindia, en el País Vasco-Navarro tan solo quedaban otros dos académicos para poder llevar a cabo dicha refundación: el exdiputado carlista Julio Urquijo y el sacerdote donostiarra Ramón Inzagaray. Las exigencias más importantes que el director de la ALV aceptó fueron las siguientes: sustituir a los miembros en el exilio por nuevos académicos de ideología derechista-españolista y dejar de convocar a los vasco-franceses.

Críticas a Azkue ¿Hasta qué punto se identificó el director de Euskaltzaindia con la ideología franquista? Resurrección María de Azkue, desde antes de la fundación de la ALV en 1919, había mantenido una relación conflictiva con el PNV, cuyo sector ortodoxo lo sometía a constantes críticas y desautorizaciones, tanto políticas como académicas. Al igual que muchos otros vasquistas de tradición conservadora e incluso antiliberal, pese a su indudable autonomismo, durante la guerra civil repudió la unión del PNV con el Frente Popular, y se abstuvo de mostrar su adhesión al Gobierno de Euzkadi. ¿Qué decir de Julio Urquijo, cuyo hermano, José María Urquijo, rival ultramontano de las izquierdas y del PNV, había sido ejecutado por sentencia de un Tribunal Popular en Donostia?

Una vez que el Frente del Norte cayó en manos de los sublevados, Azkue y Julio Urquijo acudieron a Salamanca en enero de 1938 como miembros de número de la Real Academia Española (RAE) -lo eran desde 1927, a consecuencia de un decreto de la dictadura primorriverista- a la constitución del nuevo Instituto de España (IdeE), donde juraron, junto al resto de académicos allí reunidos, lealtad al caudillo de España. Está sujeta a interpretación la sinceridad de dicho juramento, pero, así como otro miembro vasco de la RAE presente en Salamanca, el escritor Pío Baroja, se apresuró a refugiarse en París poco después, Azkue y Julio Urquijo participaron activamente -el segundo como secretario provisional- en las sesiones que la RAE realizó durante la guerra civil en Donostia, retaguardia cultural golpista y sede provisional de la RAE y del IdeE.

De esta manera, a pesar de las inevitables sospechas de criptonacionalismo vasco por parte del falangismo militante, Azkue y Julio Urquijo quedaron políticamente habilitados para refundar la ALV. Con el permiso de la Junta de Cultura de Bizkaia -presidida entonces por José María de Areilza-, un nuevo órgano que dependía de la Diputación Provincial, Euskaltzaindia fue autorizada a celebrar su primera sesión de posguerra en abril de 1941 en su sede oficial de Bilbao. Los nuevos académicos nombrados para sustituir a los miembros fallecidos o en el exilio, más allá de su vasquismo cultural, cumplían con las condiciones políticas franquistas: el abogado carlista Nazario Oleaga, quien ejercería de secretario;el sacerdote Pablo Zamarripa, el heraldista Juan Carlos Guerra y el archivero Juan Irigoyen. A propuesta de Resurrección María de Azkue, también fue nombrado académico el furibundo antiabertzale Eladio Esparza, representante oficioso de la Diputación Foral de Navarra.

Precaria vida académica El exiguo apoyo económico que las autoridades franquistas vasco-navarras otorgaron a Euskaltzaindia, la censura constante en lo que al uso público del vascuence se refiere y, por último, el temor a ser tachados de colaboracionistas por el nacionalismo vasco, obligaron a la corporación a llevar una precaria vida académica durante los años 40. Reducida a reunirse alternativamente en Bilbao y en San Sebastián, sin poder publicar su boletín oficial Euskera; su principal cometido fue continuar la elaboración del Diccionario español-vasco, proyecto que quedaría inacabado tras fallecer su principal responsable, Resurrección María de Azkue, en noviembre de 1951.

El enorme vacío dejado por el alma mater de la ALV, y, un año antes, por Julio Urquijo, fundador de la Revista Internacional de Estudios Vascos, se antojaba difícil, si no imposible, de llenar, debido al prestigio que ambos habían conferido a este campo de estudios durante la primera mitad del siglo XX. Uno de los postulantes fue el académico de padre alemán Federico Krutwig, quien entonces apenas contaba 30 años. En el acto público de ingreso del también joven académico Luis Villasante, fraile franciscano y futuro director de Euskaltzaindia, celebrado en Bilbao en mayo de 1952, Krutwig quiso borrar de un plumazo las acusaciones de contemporización franquista. En lugar de atacar directamente a la dictadura, se empleó a fondo en desautorizar públicamente a los Obispados de Bilbao y Donostia, recientemente desgajados del de Gasteiz, por marginar el euskera en sus diócesis. A pesar de que el discurso fue leído en el vascuence arcaizante que Krutwig había aprendido en obras de la Edad Moderna, fue denunciado inmediatamente por las autoridades provinciales presentes en el acto. Exigir públicamente que la Iglesia vasca se separase del Estado en su política lingüística, cuando la España nacional-católica surgida de la guerra civil se basaba en un pacto entre ambos poderes, fue una temeridad y una desastrosa táctica política. El vizcaino Krutwig fue el siguiente académico vasco obligado a marchar al exilio desde la guerra civil. Volvería a hacer gala de su extremismo dialéctico en el ensayo Vasconia (1963), el cual incluye el discurso de 1952 en su apéndice documental.

Con una corporación al borde del colapso y amenazada por el gobernador civil de Bizkaia, Genaro Riestra, el eje principal de la actividad académica se desplazó de Bilbao a San Sebastián hacia 1954 y buscó el apoyo de la Diputación Provincial de Gipuzkoa, presidida entonces por el tradicionalista José María Caballero. La dirección de Euskaltzaindia fue a parar a manos de Ignacio María Echaide, ingeniero provincial donostiarra e integrista católico a macha martillo; se nombraron académicos dos abogados derechistas guipuzcoanos -Antonio Arrúe y José María Lojendio- y se fundó en Donostia el Seminario de Filología Vasca Julio de Urquijo, cuyo origen se encuentra en el valioso fondo bibliográfico adquirido por la corporación provincial a la viuda de Urquijo. Tras superar los obstáculos políticos motivados por su condición de exgudari y expreso antifranquista, la dirección oficiosa del Seminario de Filología Vasca fue confiada a Luis Michelena, un hombre de cualidades extraordinarias, quien desde una posición externa u objetiva respecto del euskera -la de su labor lingüística y académica- como desde una posición interna o creativa -la de ensayista y animador de la revista Egan- supo encarnar la promoción del vascuence a nuevos niveles de relevancia y dignidad cultural.

Euskaltzaindia pudo así recuperar poco a poco su autonomía académica, convocar de nuevo a los miembros regresados del exilio y a los vasco-franceses, renovar sus estatutos, reanudar la publicación de su boletín, iniciar la descripción científica de un patrimonio secular, así como dar los primeros pasos en el proceso de estandarización literaria. Si bien continuaría siendo una entidad sin personalidad jurídica, tan solo tolerada por una dictadura firmemente establecida en el concierto anticomunista internacional, hasta que pocos meses después de la muerte del dictador, Francisco Franco, Euskaltzaindia fue reconocida como Real Academia de la Lengua Vasca por un decreto -preautonómico y preconstitucional- del Ministerio de Educación y Ciencia (1976).