Mercaderes, ‘banqueros’ y financieros vascos en la Edad Media

La actividad económica ligada al comercio y el transporte dieron a conocer a los vascos en la Edad Media en Europa, norte de África, Asia mediterránea y, más tarde, en América.

Un reportaje de Ernesto García Fernández

Enterramiento en la capilla de San Antón de la catedral de Santiago de Bilbao de los Arbieto, familia de comerciantes volcada en el comercio internacional a finales de la Edad Media.
Enterramiento en la capilla de San Antón de la catedral de Santiago de Bilbao de los Arbieto, familia de comerciantes volcada en el comercio internacional a finales de la Edad Media.

Recientemente se ha publicado un libro que contempla la historia de los mercaderes y financieros vascos de finales del medievo. Esta obra pone de relieve que los siglos XIII-XV fueron una etapa de florecimiento en la actual Comunidad Autónoma del País Vasco. En Araba, Gipuzkoa y Bizkaia se produjo un destacado renacer económico y social. Culpables y beneficiarios del mismo fueron en gran medida los mercaderes, banqueros, cambiadores, corredores de seguros marítimos, y financieros alaveses, guipuzcoanos y vizcainos.

Mayormente los vascos fueron conocidos en el exterior de Castilla, en Europa, en el norte de África, en la Asia mediterránea y en América debido a sus actividades económicas vinculadas al comercio y al transporte internacionales. La especialización de los habitantes de la costa vasca en la producción de barcos en los astilleros en ella diseminados, su habilidad para manejar estos medios de transporte, su conocimiento de la geografía costera atlántica y mediterránea, y sus relaciones contractuales con los intermediarios comerciales castellanos, aragoneses o genoveses hicieron de ellos una referencia clave en el ámbito del comercio internacional. Brujas, La Rochela y Londres fueron centros importantes del destino de las embarcaciones que partían de los puertos vascos. A estos lugares se portaban voluminosas cargas de sacas de lana y de hierro vasco, navarro o cántabro. Las naos y carabelas vascas traían de dichas localidades paños, cobre, obras de arte, tapicerías, etc. Lisboa fue otro puerto a donde arribaba metal vasco. La profesionalización de los vascos en torno a oficios asociados al comercio y al transporte les relanzó a la gestión de corporaciones mercantiles creadas para proteger los negocios ejecutados bajo su amparo. De hecho a lo largo del siglo XV veremos a vascos dirigiendo consulados de la corona de Castilla en Brujas, Siracusa, Valencia, Génova y Mallorca. En 1494 se creó el Consulado de Burgos. Los vascos formaron parte de dicho consulado contra su voluntad hasta la constitución del Consulado de Bilbao en 1511.

Separación de Burgos Ya antes de 1494 se habían producido intereses corporativos mercantiles entre mercaderes alaveses, guipuzcoanos y vizcainos. Las diferencias de los hombres y mujeres de negocios vascos con los mercaderes burgaleses estuvieron a punto de desembocar en la creación de un Consulado de Araba en 1498. Alaveses, guipuzcoanos y vizcainos bajo el impulso de los comerciantes de Bilbao defendieron de forma conjunta sus intereses frente a los promotores del Consulado de Burgos. Igualmente de forma separada iniciaron paralelamente conversaciones con la monarquía castellana para separarse del Consulado de Burgos. Una de estas operaciones tuvo como desenlace la autorización de los reyes para poner en marcha un Consulado de Araba. Finalmente esto no fue posible, pues vizcainos y guipuzcoanos, sin duda asimismo queriendo evitar que sus reivindicaciones frente a Burgos no se vieran debilitadas, alegaron que los alaveses ya formaban parte de su corporación preconsular. Los mercaderes de Araba se acabaron integrando en el Consulado de Bilbao en 1511 y batallaron con guipuzcoanos y vizcainos para que las decisiones adoptadas en la corporación vizcaina de Brujas, extensión del Consulado de Bilbao en Flandes, no pudieran llevarse a efecto sin que hubiera representantes de Araba en sus reuniones.

Hoy en día las cámaras de comercio vascas de Araba, Gipuzkoa y Bizkaia, han formado una organización común, cuya presidencia la ocupan bienal y rotatoriamente miembros de una u otra Cámaras territoriales. En la Edad Media hubo igualmente corporaciones de mercaderes en Araba, Gipuzkoa y Bizkaia. En Gipuzkoa y Bizkaia fueron sus exponentes las cofradías de mercaderes de Santa Catalina de San Sebastián y de Santiago de Bilbao, mientras que en Araba la corporación de mercaderes no llegó a constituirse en cofradía en Vitoria. Estas organizaciones estuvieron conectadas entre sí a causa de los lazos contraídos por motivos comerciales y en 1511 cuajaron en una organización común y con jurisdicción sobre los mercaderes de los tres territorios. Políticamente cada territorio tenía sus Juntas Generales, pero desde el plano del desarrollo del comercio internacional sus intereses acabaron confluyendo en una institución común para los tres territorios, el Consulado de Bilbao.

Los banqueros vascos no tuvieron las mismas características que los directores o presidentes de las actuales compañías bancarias. Eran propiamente mercaderes que se dedicaban a actividades de carácter bancario. Estos comerciantes del dinero no tenían edificios diferenciados de sus casas. El dinero que gestionaban no lo tenían normalmente en depósito, sino que les pertenecía. Los negocios bancarios podían establecerse en sus casas privadas, en las tabernas, en las posadas, en las plazas o en las calles. Se ocupaban principalmente de prestar el dinero acumulado proveniente de operaciones económicas llevadas a cabo en el comercio local, regional o internacional. También podían cambiar las monedas castellanas por las de otros países o reinos a donde se dirigían los castellanos que atravesaban esta zona fronteriza con Navarra y Gascuña. No hubo mercaderes de prestigio a los que sus vecinos vascos o castellanos, en uno u otro momento de su vida, no les hubieran solicitado dinero para pagar deudas o poner en marcha proyectos.

Ochoa Pérez de Salinas Este modelo de mercader banquero descrito tuvo su excepción. Hubo un banquero vasco que alcanzó una proyección notable por estar al servicio de la Corte y de los reyes de Castilla a fines del siglo XV y principios del XVI. Me refiero a Ochoa Pérez de Salinas, pariente de los Sánchez de Salinas, naturales de Vitoria. Ochoa fue un banquero al servicio de la Corte, invirtió a fines del XV altas sumas de dinero en compañías comerciales castellanas, y no siempre con resultados satisfactorios. De hecho sus decisiones económico-financieras le generaron enormes deudas. Casi todos los mercaderes banqueros vascos, por el contrario, se desenvolvieron en unos círculos económicos y territoriales mucho más limitados. A finales del siglo XV se registraron cientos de referencias de cartas de préstamo a gentes de Navarra, Araba, Gipuzkoa, Bizkaia, Burgos y La Rioja. Uno de estos mercaderes banqueros fue Juan Sánchez de Bilbao, el rico, un destacado prestamista. Este mercader internacional vendía sobre todo lana castellana y navarra en Flandes y de allí importaba principalmente paños que comercializaba con consumidores vascos, castellanos y navarros. Tenía una caja fuerte donde guardaba el dinero acumulado. Todo el mundo sabía en Vitoria y sus alrededores que si necesitaba moneda podía recibirla de este judeoconverso. Este les entregaba las cantidades demandadas a cambio de pagar unos intereses por el préstamo concedido. Ahora bien la fórmula utilizada no era la de solicitar un préstamo de dinero a devolver a unos plazos incluyendo un determinado tipo de interés. Este sistema, llamado usura, estaba prohibido por la Iglesia católica. Se utilizaban distintos subterfugios para soslayar dicha circunstancia. Los más frecuentes fueron los censos consignativos, los arrendamientos fraudulentos o la aparente venta de paños que escondía en el precio el interés. Igualmente en el País Vasco hubo personas familiarizadas con negocios específicamente relacionados con las finanzas públicas. Sobresalieron Juan Pérez de Lazárraga, Ochoa de Landa, Diego Martínez de Álava, antes de ser diputado general, el licenciado Diego Martínez de Álava, Fortún Ibáñez de Aguirre, Juan Martínez de Adurza, argentier del emperador Carlos V, Juan Sánchez de Salinas, Diego Martínez de Maeztu, Sancho Díaz de Leguizamón, Martín de Isasaga, Ochoa de Isasaga y Juan López de Recalde. Estos contaban en general con elevados medios económicos, estaban próximos a la Corte o que ejercieron de contadores de miembros de la realeza.

Gente letrada Era frecuente que los mercaderes fuera escribanos o hubieran estudiado en universidades castellanas. Algunos de ellos obtuvieron los títulos de bachiller o de licenciado en las universidades de Salamanca, Valladolid o Alcalá de Henares. En todo caso, los mercaderes, banqueros y financieros alaveses, guipuzcoanos y vizcainos eran gente letrada, sabían leer y escribir, y tenían sus propios libros de contabilidad donde anotaban con precisión las operaciones económicas de sus negocios. Sabemos que los mercaderes de San Sebastián y de Bilbao, bajo la cobertura de sus respectivos ayuntamientos, controlaban a su vez con bastante minuciosidad todo el movimiento de mercancías que salían de los puertos de estas villas. Las mercancías que salían o entraban a los puertos estaban sujetas a impuestos que recaudaban representantes de sus corporaciones. En el caso de la villa de Bilbao se nos han conservado gruesos Libros de Averías. Estos describen con detalle el volumen de las mercancías que se exportan e importan, su destino, el nombre de los dueños de las naves, el de los mercaderes que fletaban el barco y el de los factores que se hicieron cargo de las mismas a su llegada a los puertos. Las mujeres también aparecen nominadas a veces entre los mercaderes o factores. Tenemos noticias de mujeres que gestionaron negocios internacionales (Catalina de Mambrún y María Ortiz de Bermeo, vecinas de San Sebastián y Bilbao). Los Libros de Averías se hallan en procesos judiciales del Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. Fueron aportados como prueba en un pleito entre las villas de Bilbao y de Portugalete. En fin, estos apuntes y noticias pueden substanciarlas ustedes en el libro que titulado Mercaderes y financieros vascos y riojanos a fines de la Edad Media, editado el 2018 por Castilla Ediciones y que sus autores son Iago Irijoa Cortés, F. Javier Goicolea Julián y el que subscribe este reportaje.

Nuevo paisaje de Begoña La fábrica de Recalde

La que los vecinos de Begoña denominaban Fábrica de Recalde supuso el inicio de una transformación de este emblemático enclave hacia un perfil más urbano e industrial, que se prolongó desde 1878 hasta 1982

Amaia Mujika Goñi

LA anteiglesia o república de Begoña hasta su anexión definitiva a Bilbao en 1925 era un municipio de carácter eminentemente rural; un paisaje de verdes campas con huertas, frutales y viñas regadas por arroyos y regatos; de caseríos enlazados por caminos y estradas con la Casa de la República, las escuelas y el santuario; de lavaderos y fuentes, lugar de encuentro cotidiano de mujeres, y de tabernas y bodeguillas bordeando carreteras y calzadas por donde llegaba la vendeja a la villa. Un ámbito de vida tradicional que, condicionada por su proximidad a Bilbao, acogía dentro de sus límites, además de los conventos y casas de campo de la burguesía bilbaina, talleres y concentraciones extractivas y fabriles originadas tras la revolución industrial (Minas de Larreagaburu, Santa Ana de Bolueta, S.A. Echevarría y la Fábrica de Tabaco) con sus correspondientes bolsas de población obrera para las que se erigieron las primeras barriadas de casas baratas. Un nuevo paisaje en el que gradualmente se fue diluyendo la frontera entre lo rural y lo urbano, entre tradición y modernidad.

Entrada principal de la fábrica de Recalde en Begoña.Foto: S.A. Echevarria
Entrada principal de la fábrica de Recalde en Begoña.Foto: S.A. Echevarria

Uno de los protagonistas de este nuevo paisaje, en el que las verdes campas dieron paso a las chimeneas y además entendida como paradigma de modernidad, fue la fábrica de Recalde, origen de la industria siderúrgica S.A. Echevarría y para los matsorris simplemente la fábrica. Desde su origen en 1878 y aún después de su cierre en 1982 será parte y arte de la transformación urbanística y social de los barrios de Las Calzadas y Uribarri en Begoña. Considerada como modelo productivo y promotor de nuevas formas de relación social, la instalación fabril será percibida por sus trabajadores como algo propio y familiar en cuya gestación y transformación participaron compartiendo un destino común. Esta interrelación entre fábrica y comunidad, cambiante en el tiempo y no siempre amigable, contribuyó a configurar una identidad colectiva de barrio que a pesar de su desaparición física, sigue estando presente.

La S.A. Echevarría en Begoña La acería de Recalde, la fábrica para los begoñeses, tiene su origen en el taller de estampación de chapa litografiada (hojalata para botes de conservas) creado en 1878 por el herrero alavés José Echevarría Ascoaga (1811- 1896) en los terrenos del desaparecido caserío chacolí Chaquilante situado en la vaguada del Polvorín limítrofe con Bilbao. La incipiente instalación fabril recibirá el nombre de Recalde por el riachuelo que atravesaba la propiedad y desembocaba en la fuente del mismo nombre en la carretera del Cristo a Begoña (actual Avda. Zumalacárregui) por la que se le conocerá hasta su desaparición un siglo después.

En 1886 los tres hijos del fundador se incorporan al negocio, despuntando la figura de Federico (1840 -1932), quien, entre otras iniciativas industriales y comerciales, liderará la empresa familiar, vendiendo parte del terreno a la Fábrica Municipal de Gas, adquiriendo otros nuevos en la planicie superior y diversificando la producción con sucesivas instalaciones mecanizadas; taller de galvanizado, de baldes y sartenes (1886-90), de clavo de herrar (1887) y herradura (1897), siendo las dos últimas el verdadero soporte de la acería de Recalde y por extensión de la futura empresa siderúrgica S.A. Echevarría. En 1898, interesados en producir acero de calidad controlada, instalarán el primer Horno Martin-Siemens del Estado, sustituido en poco tiempo por uno nuevo de doble capacidad, y dos trenes de laminación, uno de desbaste y otro de perfiles comerciales.

En 1902, Recalde, integrada por siete naves, una docena de edificios industriales y un laboratorio sobre la ladera, es ampliada con la adquisición de Hierros y Fundición Santa Águeda situada a orillas del Cadagua en Castrejana. La nueva factoría constituida por una fundición, una trefilería accionada por energía hidráulica, derivados de alambre y un taller de clavos se completará en 1924 con un alto horno de carbón vegetal y una batería de coque de la sociedad Les Fours Lecocq, conectándose con Recalde mediante un ramal ferroviario y una tubería de gas. Entre ambas fábricas reunirán una plantilla de 313 trabajadores y una producción anual de 2.500 Tn. Entretanto, el 11 de febrero de 1920 Echevarría se constituía en S.A. y los ensayos de los ingenieros Mario Herrán y Santiago Vallhonrat lograban la producción de aceros especiales comercializados bajo la marca HEVA. Su alta calidad, premiada en las exposiciones nacionales e internacionales de 1925, 1929 y 1930, acelerará su implantación, monopolizando el mercado nacional de los aceros destinados a construcción, herramientas y automoción.

La Anexión El 1 de enero de 1925 Bilbao anexiona en su totalidad las anteiglesias de Begoña y Deusto. Tres años más tarde la S.A. Echevarría es declarada Industria de Utilidad Pública, anulando cualquier plan urbanístico que la ciudad tuviera sobre Recalde al tiempo que permitía a la fábrica expropiar los terrenos rurales adyacentes, sobre los que actuará hasta bien avanzada la década de los sesenta, ocupando paulatinamente toda la superficie de la planicie entre la Avda. Zumalacárregui, el antiguo cementerio de Mallona y el camino de Trauco, devorando los caseríos Calzadas, La Estrella, Echechiquerra y el campo de fútbol Cruce Verde de la Sociedad Deportiva Begoña que desde 1947 se había trasladado a Mallona. Sobre este último Echevarría levantará un espacio de recreo para sus trabajadores con ambigú, frontones, juego de bolos y cancha para los torneos de fútbol, baloncesto, balonmano y hockey que integraban el Club Deportivo Echesa hasta que a mediados de los sesenta la ampliación de Forja y Estampación obligará a cerrarlo trasladando la sede social y las competiciones deportivas al grupo de viviendas F. Echevarría, en Basarrate, a donde también se llevó el economato que estaba en el Callejón del Gas.

Entre 1939 y 1959 la autarquía económica y el fuerte intervencionismo gubernamental implantado por la dictadura empujarán a Echevarría a paliar los bajos salarios asumiendo la previsión asistencial y social de los trabajadores y sus familias con el fin último de cohesionar la plantilla y conseguir una mayor productividad. Se creará la Mutualidad de Asistencia Médico Quirúrgica y el Servicio de Asistencia Social que integraba la formación básica y especialización de los trabajadores y sus hijos con becas de estudios, colonias y la creación de escuelas de aprendices, la financiación para la adquisición o la construcción de vivienda de alquiler, la Caja de Previsión, el Día del Jubilado y el C.D. Echesa con más de 15 modalidades deportivas con el objetivo de impulsar los valores de esfuerzo y disciplina entre los jóvenes. El Club de Montaña estará integrado a partir de 1954 por hombres y mujeres, reflejo de la incorporación femenina a Echevarría en labores de secretaría y administración.

En la década de los sesenta, con una plantilla de 5.349 productores y a pesar de la política de innovación en tecnología y productos (inoxidables, refractarios y resistentes al calor) y de las sucesivas ampliaciones del espacio fabril, Recalde y Santa Águeda eran instalaciones obsoletas y constreñidas, situación agravada en el caso de la primera por el gran impacto medioambiental generado sobre Bilbao. Una atmósfera que envolvía la ciudad con el humo de sus cinco chimeneas, el golpeteo constante de los martillos de forja y las minúsculas partículas de carbón que impregnaban la ropa cuando llovía. Esta situación, unida a la promulgación de un Plan Siderúrgico Nacional (1964-72) de modernización y competitividad del sector de los aceros especiales, empujó a la S. A. Echevarría a construir en la vega de San Miguel de Basauri la Ciudad del Acero (1967), una moderna planta siderúrgica automatizada con una capacidad productiva inicial de 300.000 Tn., una plantilla joven y técnicamente preparada y una clara apuesta por la tecnología e innovación en I+D. Una apuesta continuada en el tiempo que le ha permitido llegar al presente bajo la marca Sidenor siendo un referente en producción y desarrollo de tecnologías en el sector europeo de los aceros especiales.

La crisis La crisis energética mundial de 1974 unida a la baja competitividad y sobrecapacidad de producción del acero vasco sorprendió a Echevarría sumida en una grave situación de duplicidad de producción y plantillas, abocándola a un Plan de Saneamiento en 1979, a incorporarse a Aceriales S.A en 1980, al cierre de Recalde en el 82, a la venta por secciones de Santa Águeda en el 84 y a una reducción de plantilla con la eliminación de 3.723 puestos de trabajo entre 1978 y 1981, la mayor parte en Recalde, con el consiguiente conflicto laboral que se sumó a la difícil situación socio-económica y política que vivía el País Vasco.

Tras el ingreso de España en la Unión Europea, el 31-12-1988 se constituyó el grupo industrial público Aceros del Norte ACENOR S.A. (a partir de 1991, Sidenor) en el que la S.A. Echevarría se integrará, circunstancia que supondrá su desaparición efectiva como empresa y su vinculación con la familia fundadora.

A pesar de que el cierre de Recalde estaba establecido para diciembre de 1978, los talleres de mantenimiento, control y tratamientos y el tren de doble dúo en laminación siguieron funcionando hasta 1982. Dos años después se procedía al derribo y desguace de los saqueados pabellones de hierro y ladrillo, de las chimeneas y del resto de las instalaciones supervivientes con la única excepción de la chimenea del tren de doble dúo, que se erigió a partir de 1987 en icono de la fábrica enterrada en el actual parque municipal de Etxebarria.

Humilde recuerdo para cien años de historia industrial.

Mucho queda por contar de Recalde y lo aquí relatado solo son retazos de la memoria individual y colectiva de un tiempo y una realidad vividos por sus trabajadores que hemos materializado en este artículo y en la exposición Dohaintzak 2013-2018 Donaciones que, hasta el 24 de febrero, se puede disfrutar en el Museo Vasco de Bilbao, para que no sean olvidados.

El desaparecido grafiti de aquel teniente coronel

Descubren que el carabinero irundarra Antonio Ortega, Director General de Seguridad del gobierno de Juan Negrín, se encuentra enterrado en una fosa común de Alicante

Un reportaje de Iban Gorriti

el histórico frente de Villarreal contó con un grafiti de la época que voceaba a quien lo leía: Un fusil no vale nada si no hay un pico junto a él. La cita es de Antonio Ortega Gutiérrez, un histórico carabinero comunista vecino de Irun que tras una trayectoria militar que ascendió hasta coronel acabó fusilado en Alicante el 15 de julio de 1939. Según ha podido saber DEIA, su cuerpo espera a la dignidad en una fosa común del camposanto de aquella ciudad. Como curiosidad conocida durante la contienda fue presidente del Real Madrid Foot-Ball Club, denominación de la entidad durante la Segunda República.

Cita original de Antonio Ortega en el frente de Villarreal.KUTXA FUNDAZIOA
Cita original de Antonio Ortega en el frente de Villarreal.KUTXA FUNDAZIOA

Aunque su biografía está al alcance de todos a golpe de tecla en internet, nuevos documentos indagados por Jimi Jiménez, miembro de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, aportan importantes datos que permanecían silenciados entre legajos franquistas.

La sentencia de muerte de Ortega y el libro de actas del cementerio de Alicante que ha cotejado sacan a la luz pormenores esclarecedores de su periplo y entrega antifranquista durante la guerra del 36. Consultado sobre si se procederá a exhumar la fosa en la que está su cuerpo, Jiménez matiza que “no se le conoce familia que pudiera solicitar la exhumación. Tal vez podrían salir sus restos si la familia de algún otro enterrado allí pide la búsqueda de su pariente”, ilustra el técnico de Aranzadi. Lo cierto es que el lugar de la fosa sigue sin tocar desde hace casi 80 años, como prado de hierba en el cementerio alicantino.

El procedimiento sumarísimo de urgencia de Antonio Ortega Gutiérrez, por su parte, detalla “las vicisitudes que vivió, sus grados de sargento, teniente… sus destinos”, agrega el antropólogo durangarra. Gracias a esta búsqueda, a partir de ahora se sabe que Ortega fue procesado antes de la Segunda República siendo sargento de carabineros y expulsado del cuerpo “por motivo de contrabando de armas” relacionado con la Sublevación de Jaca y por asalto al Gobierno civil de Donostia. “Que por ser elemento rabiosamente izquierdista fue readmitido en carabineros al instaurarse la República, siendo ya teniente al iniciarse el Glorioso Movimiento Nacional”, dictamina el texto franquista datado en 1939.

A partir de entonces, intervino en la defensa de Irun como uno de sus referentes “luchando contra las fuerzas navarras”. Ortega, nacido en un pueblo de Burgos, desempeñó el cargo de gobernador civil en Donostia. Mandó a las primeras milicias vascas en el sector de la Ciudad Universitaria donostiarra y ascendió a coronel en la 40 Brigada Mixta y después en la 7ª División.

Aunque las credenciales consultadas no lo citan, Ortega pasó después a la zona centro (Madrid) para asumir el mando de la Columna Vasca. Allí, sería director general de Seguridad del gobierno de Juan Negrín, presidente de la Segunda República en 1937.

Detenido en 1939 Siguiendo con la fuente franquista consultada, también fue destinado a Valencia donde fue director general de Seguridad entre mayo y julio de 1937. Su disposición continuó como jefe del 6º cuerpo del Ejército Republicano hasta mayo de 1938, fecha en la que fue ascendido a coronel y nombrado jefe de un cuerpo del Ejército, cargo que ocupó hasta el final de la guerra. Con la llegada del franquismo, Ortega llegó a Alicante “para embarcar y huir al extranjero, siendo detenido en el puerto”, apostilla el acta. Fue detenido el 13 de abril de 1939.

Por un “delito de adhesión a la rebelión” y por apoyar “la causa marxista” sufrió un consejo de guerra que falló condenar a Ortega a la pena de muerte el 12 de junio de 1939. A las cinco horas del 15 de julio siguiente fue fusilado con “cadáver reconocido” de aquel nacido en Rabé de las Calzadas en 1888, “hijo de Víctor y Ángela, casado y padre de cuatro hijos, de cabello entrecano, piel morena, cejas al pelo, nariz grande, cara redonda y de talla 1,630”, según el expediente procesal.

Jimi Jiménez valora que Ortega fue “una figura importante”. Argumenta que existe un grafiti de la época sobre una zona que estaban fortificando en el frente de Villarreal en la que aparece su frase “un fusil no vale nada si no hay un pico junto a él”. “Para el carabinero era tan importante el arma en la guerra como la labor de quien construía trincheras. Valoraba el trabajo en equipo, aquello que no se ve, y que, al menos en fotografía, ha trascendido hasta hoy”.

La familia Legasa, guardias civiles fieles a la República

La Guerra Civil les separó para siempre y su compromiso con el Gobierno legítimo republicano marcó su destino.

Un reportaje de Carlos C. Borra

LOS rigores de la guerra, capaces por sí solos de desgarrar a un núcleo familiar, se dejaron sentir de forma especialmente intensa en la familia Legasa, originaria de Nafarroa pero que se trasladó después a Bilbao, tras el alzamiento militar que impulsó Franco en julio de 1936. La condición de guardias civiles del patriarca, Ángel Legasa Bueno, y el primogénito, Ángel Legasa Bataller, y sobre todo el hecho de que se mantuvieran fieles al gobierno legítimo de la República convierte su caso en digno de atención. Porque se situaron en una especie de tierra de nadie, dejados de lado por los dos bandos en conflicto; por la evolución ideológica que protagonizaron, pasando de militar en el socialismo a abrazar el nacionalismo vasco y a desempeñar incluso un papel destacado en el Gobierno vasco en el exilio, en el caso de Legasa Bueno; y porque el estallido bélico separó para siempre los caminos del padre, la madre y sus tres hijos: nunca pudieron reunirse de nuevo. Como aseguró la matriarca, Adela Bataller, según testimonio de uno de sus nietos: “La Guerra Civil nos partió”.

Este potencial fue apreciado por el investigador barakaldarra, residente en Gasteiz, Aitor Lizarazu. Sumergido desde hace cuatro años en una investigación sobre el batallón UGT-8 que incluye desentrañar el perfil biográfico de sus integrantes, pronto llamó su atención uno de ellos, el propio Legasa Bataller, “cuya relevancia continúa en un segundo plano político por su pertenencia al Gobierno vasco en el exilio”, asegura a este medio. De ahí saltó a su padre, también guardia civil y con un papel destacado en la contienda, hasta completar el perfil familiar con los otros dos hermanos, José María y Luis. Una labor que se va ampliando con nuevos datos prácticamente cada semana y en la que Lizarazu ha contactado con algunos de sus descendientes.

“Los dos Ángel Legasa son personajes históricos de una gran importancia por todo lo que representan: son guardias civiles leales a la República que tuvieron la desgracia de ser dejados de lado por las dos partes”, agrega el investigador, que cuenta en su haber con una novela ambientada en la Guerra Civil, Querida Isabel: Cartas desde el frente, y varios libros de divulgación. A la hora de contextualizar el posicionamiento de esta familia, cita una frase de Legasa Bueno que “le perseguiría toda su vida: hay miembros de la Guardia Civil que tienen el cuerpo en Bilbao y la cabeza, la mente, el corazón en Burgos”, en referencia a la ciudad donde se encontraba el cuartel general del ejército franquista durante la contienda.

Este guardia civil natural de Larrasoaña, al norte de Iruñea, vinculado a la izquierda republicana y que en febrero de 1937 se afilió al Partido Socialista, se pronunció en estos términos durante el juicio que siguió al descubrimiento de que miembros del cuerpo habían escondido una ametralladora en la carbonera del cuartel de la Salve. Según el testigo, buscaban beneficiar al bando sublevado, tal y como recogieron medios como Euzkadi Roja y La Gaceta del Norte en enero de 1937.

Después de que la sublevación en Bilbao se quedara en una mera declaración de intenciones se crearon varias columnas para tratar de sofocar el alzamiento en Gasteiz. En una de ellas se enroló su hijo mayor, que en aquel entonces contaba con 26 años. Legasa Bataller acababa de salir de la academia de oficiales con el grado de teniente y acabó destinado en el batallón UGT-8, que se encontraba en Eibar en plena escalada bélica. Tal y como recoge el trabajo de Aitor Lizarazu, el destino de este batallón, en el que también se encontraba José María Legasa como voluntario, no fue nada halagüeño. Con las hostilidades concentradas en el norte, el UGT-8 trató de lograr la posición de Acondia pero fue repelido por el enemigo con gran número de bajas. El propio Ángel Legasa Bataller sufrió una “herida de metralla en pierna, tobillo derecho y bala antebrazo”. Pese a que fue calificada como herida leve, posteriormente derivó en la amputación de su pierna derecha.

Pese a este terrible resultado, Lizarazu concluye que “de los guardias civiles que participaron en el batallón de la UGT, el mejor parado fue Legasa Bataller porque únicamente perdió una pierna y acabó exiliado”. Efectivamente, el resto recibieron una bala en la cabeza, fallecieron en la batalla de Urkiola o fueron hechos prisioneros y fusilados. El UGT-8 acabó diezmado con más de 100 milicianos muertos y gran número de heridos. José María Legasa se libró de este aciago destino gracias a que se incorporó a la academia militar de Asturias con el objetivo de convertirse en oficial.

Evolución ideológica En tierras asturianas acabó también el progenitor de los tres hermanos, ya con 50 años de edad y plenamente comprometido con el mantenimiento de la legalidad republicana, como miembro de seguridad alejado de la primera línea de combate. Sin embargo, en octubre de 1937 los facciosos rodearon la ciudad y mientras José María logró escapar en primera instancia al esconderse en la casa de una mujer en Mieres, Ángel Legasa Bueno negoció su rendición junto a otros milicianos.

Entonces comenzó su periplo por los tribunales del régimen franquista, una situación agravada por su pertenencia a la Guardia Civil. Según el Archivo Histórico Provincial de Bizkaia, citado por Aitor Lizarazu, el patriarca de los Legasa ingresó en prisión el 28 de abril de 1938; el 11 de octubre se celebró su consejo de guerra y un año después su condena a muerte fue conmutada por 30 años de prisión mayor. Tras el final de la guerra el 1 de abril de 1939, saltó de prisión en prisión hasta acabar en el penal de Pontevedra.

Con su estado de salud cada vez más precario por su propia edad y por las deficientes condiciones de la cárcel, Legasa Bueno, que trataba a toda costa de mantener el contacto con sus familiares por carta, redactó su testamento. Falleció a finales de 1942 sin tener la oportunidad de recibir un indulto para poder reunirse así con sus allegados. Lizarazu apunta que fue enterrado en el cementerio católico de Pontevedra y que estaba previsto concederle la libertad condicional en 1944.

Exiliado en Francia Volviendo a Ángel Legasa Bataller, tras perder una pierna por sus heridas en combate y recorrer diversos hospitales ante el avance de los fascistas, se exilió a Francia el 2 de agosto de 1937 saliendo en barco desde Santander. Allí formó una familia, aunque debido a su imposibilidad de regresar a Euskadi, por el riesgo de ser detenido y entregado, decidieron que fueran su esposa y sus hijos los que pasaran la muga. De forma paralela se produjo su progresiva desafección de los postulados del PSOE y su acercamiento al nacionalismo vasco. La razón: “Las luchas internas por el control del dinero y el poder del gobierno de la República en el exilio”, según Lizarazu.

Esta evolución ideológica se concretó de forma harto explícita con el establecimiento de una delegación del Gobierno vasco en París tras el final de la II Guerra Mundial, donde comenzó a trabajar como secretario. En ese periodo se codeó con personalidades como el lehendakari Aguirre y Manuel de Irujo, y llegó a ejercer labores de “agente de información”, según su hijo Alexis Legasa, citado por Lizarazu. Tras la muerte de Aguirre en 1960 la delegación del Gobierno vasco cerró y el propio Legasa Bataller falleció en 1969, con seis hijos y sin haber logrado regresar a Euskadi.

Aitor Lizarazu resume que la familia Legasa “no hizo lo que más le convenía, sino lo que consideraba más correcto”. A preguntas de DEIA, agrega que “fueron consecuentes hasta el último momento y eso les hizo llevarse los varapalos que se llevaron. Fueron el modelo del fiel republicano, que cree en la legalidad republicana y en la democracia. Solo que a ambos lados se encontraron personas que no estuvieron a la altura de las circunstancias”.

Belloc, el olvidado refugio de los vascos

La abadía benedictina de Lapurdi acogió a muchos exiliados vascos que pasaban la muga durante la guerra civil, entre ellos aita Barandiaran, ‘Aitzol’ o el padre de Txiki Benegas o José Luis Anasagasti.

Un reportaje de Iban Gorriti

El Gobierno vasco ha celebrado en los últimos años diferentes actos memorialistas de homenaje y reconocimiento en localidades de Iparralde y Francia como Gurs, Bidart o Burdeos. El exsenador jeltzale Iñaki Anasagasti reivindica uno más para los sacerdotes benedictinos de Belloc, abadía que acogió a una lista interminable de personas exiliadas llegadas de Euskadi y de otros territorios, privadas de paz en días de Guerra Civil y posterior Segunda Guerra Mundial.

Sacerdotes en Belloc, fundada en 1875 y ubicada en Urt (Lapurdi). Fotos: Archivo de Iñaki Anasagasti
Sacerdotes en Belloc, fundada en 1875 y ubicada en Urt (Lapurdi). Fotos: Archivo de Iñaki Anasagasti

“Falta ese reconocimiento que el Gobierno vasco debiera hacer, tal y como el lehendakari Ibarretxe en su día fue al cementerio de Bidart o se va a Gurs”, incide Iñaki, hijo de José Luis Anasagasti, aquel gudari bilbaino comisario del Batallón Larrazabal en representación del PNV que, como otras decenas de ejemplos, encontró compasión, solidaridad y hospitalidad en Belloc. “Al menos un acto en el que se ponga una placa de reconocimiento y agradecimiento”, propone para aquel monasterio benedictino fundado en 1875 y ubicado en Urt (Lapurdi), a escasos 20 kilómetros de Baiona capital.

Listados de la época de la abadía detallan el paso de nombres y apellidos conocidos. “Junto a mi padre estuvieron también Barandiaran o Aitzol, y el padre de Txiki Benegas”, cita Anasagasti, y aporta curiosidades respecto al padre del socialista fallecido en 2015. “Se llamaba José María como él, era un joven letrado donostiarra que, entre otras cosas, era el abogado de los pleitos nacionalistas tras los mítines o los artículos en prensa de los dirigentes del PNV”, afirma. Agrega que “pertenecía con Julio Jáuregui y otros jóvenes inquietos a la AVASC (Asociación Vasca Social Cristiana), creada y dirigida por el sacerdote de Tolosa José Ariztimuño, Aitzol, autor de La Nación Vasca y hombre importante en la difusión de la cultura vasca y la recuperación del euskera”.

Tras la caída de Donostia en 1936, Benegas se refugió en Belloc para ir desde allí a la Universidad de Lovaina, donde estudió Economía. Ante los tambores de guerra en Europa, fue uno de los muchos jóvenes vascos que alcanzó Venezuela y estuvo un año más en Chile para recuperarse de unas fiebres contraídas. “Mi padre le conoció en Belloc y en Caracas, y cuando en 1960 volvió a Donostia le visitó en su casa de Aiete, al lado del palacio de la Cumbre, que se llamaba San Bernardo. Allí aprendí yo, de la mano de las hermanas de Txiki, a jugar al Monopoly, y de él, juegos de magia”, evoca Iñaki.

Junto a los Benegas y Anasagasti, se suceden en fotografías los Aitzol, Barandiaran, Antonio Labayen, Román Laborda, Leonardo Arteaga… Según relato de Anasagasti hijo, el sacerdote Aitzol quiso refugiarse en Belloc, pero el general golpista Mola, “enterado de los intentos de Ariztimuño, envió un mensaje al abad del convento de los benedictinos de Belloc, en el que le amenazaba de que si se le permitía la estancia tomaría represalias contra los también benedictinos del convento de Lazkao, en Gipuzkoa. “Ante semejante chantaje, Aitzol abandonó su residencia en Belloc y decidió partir a Bilbao el 15 de octubre de 1936 en el buque Galerna, que salió de Baiona”, agrega. El navío fue capturado en alta mar y el sacerdote apresado y llevado a Pasaia, y de allí a la cárcel de Ondarreta donde fue torturado. El día 19 de ese mes fue fusilado en el cementerio de Hernani.

“La cruzada católica de Franco reprimía con inusitada dureza a los vascos y no dudó en fusilar a 17 sacerdotes, entre ellos a Aitzol, por considerarlo nacionalista, sindicalista y precursor de la doctrina social cristiana”, enfatiza el exsenador jeltzale.

Txiki Benegas confió a Anasagasti que le impresionó que en los últimos momentos de vida de su padre, ya delirando antes de su muerte, en sus entrecortadas palabras “solo hablaba de que no llegaba el barco de Aitzol”.

Partida en dos El 28 de diciembre de 1936 en Belloc estaban los religiosos Barandiarán, José Ostolaza, Juan María Beobide Juan Aranguren y Justo Mokoroa. También otros jóvenes perseguidos como Francisco Lizarazu, Luis Bereziartua, Cándido Lizarazu, Antonio Aranguren, Julio Ruiz de Oyoaga, Arluciaga, el propietario de autobuses de Lazkao, Victoriano Sarasola y los gudaris Fernando Artola y Faustino Pastor Basurde. “Mi padre aparece en una tercera lista, procedente de Bilbao junto a Ángel Bilbao, que al parecer de allí se fue a Barcelona, y Adrián Urarte que también marchó a Venezuela y está enterrado allí”, apostilla.

En ese grupo también están Joaquín y Rafael Zubiria, Fermín Amundarain y Vicente Iraola, Sabin Estala, Francisco Gutiérrez, Alejandro Valdés y su hijo Imanol Valdés. Además, algunos pasaban a comer o pernoctar, caso de Nicolás Ormaetxea Orixe, Fermín Oñatibia, Alberto Onaindia, León Barrenetxea, Ignacio Eizmendi Basarri, Joseba Elosegui, Antonio Korta, José Alberdi, Belausteguigoitia, Antonio Salaberria, Pedro Goikoetxea y los consejeros José Mari Lasarte y Eliodoro de la Torre.

“En los apuntes a mano aparece que, por ejemplo, el sacerdote Eladi Larrañaga había celebrado su primera misa en Belloc y que quienes más tiempo habían estado habían sido el cura Estolaza, Ruiz de Oyaga, los dos hermanos Zubiria, Artola, Gutiérrez, Iraola, Amundarain, Urarte y mi padre. Lástima del tiempo que ha transcurrido para haber hecho una historia de aquellos años en los que Francia se preparaba, sin saberlo, para ser invadida por los alemanes y partida en dos”, subraya.

Legión de honor La abadía no solo protegió a nacionalistas vascos y a republicanos españoles, sino que también fue solidaria durante la ocupación nazi con resistentes franceses y pilotos enviados por la red Orion. Denunciados por ello en 1943, el prior y el superior fueron detenidos e internados en Dachau hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. El monasterio recibió la Legión de Honor y una estela recuerda este compromiso con la democracia y la libertad de estos monjes.

A partir de 1968 acogió, además, a miembros de ETA, que llevaron a cabo algunas de sus asambleas en esta abadía que fabrica quesos y que completa su economía con el cultivo de viñas, huertas y árboles frutales. “De aquella etapa en Belloc solo recuerdo que una vez me contó mi aita una de las bromas que le hicieron a un recién llegado a la abadía. Le dijeron que era costumbre que cuando llegaban al refectorio por primera vez se tumbaran con la cabeza mirando al suelo ante los benedictinos hasta que estos le diesen la orden de levantarse. Y al parecer uno de ellos picó el anzuelo e hizo toda aquella ceremonia”, sonríe Anasagasti. Agrega que recuerda haber ido con su padre en los 60 a Belloc, “pero llegamos a la hora temprana de la comida y no pasamos de la puerta. Su comentario fue que aquello estaba muy cambiado. Lógicamente, aquel abad de 1937 que le tenía en alta estima y le había redactado sus cartas de presentación para su viaje en 1939, ya había fallecido”.

Concluye solicitando de nuevo reconocimiento oficial del Gobierno vasco hacia aquellos benedictinos que posibilitaron que los exiliados vascos se libraran de campos de hacinamiento como el de Gurs