El lehendakari Aguirre nunca comió un flan tan sabroso

Fallece Garbiñe Pérez Larrea a los 85 años, viuda de Santiago Aznar, el hijo del Consejero de Industria del primer Gobierno de Aguirre en el 36. Su hijo Xanti escribe una semblanza de su Ama.

Un reportaje de Xanti Aznar Pérez

Quisiera deshacerme de esto que llevo dentro”. Garbiñe musitaba en voz baja estas palabras. Sabía que su final estaba cerca. Quizás se refería a todas las calamidades que la acompañaron en una travesía triste en aquellos, sus primeros años de vida.

Garbiñe todavía no había cumplido los cuatro años cuando en 1937 junto a sus aitas Antonio Pérez y Antonia Larrea y su hermanita mayor Maitena comenzaron un forzoso éxodo. Huían de las tropas de Franco que habían dinamitado a un gobierno legalmente establecido y sometieron a la población civil a brutales bombardeos y a la metralla, con un ejército fuertemente apertrechado.

Apesadumbrados, toda la familia inició una penosa evacuación. Afortunadamente y gracias a la bondadosa ayuda de un empresario nacionalista vasco se refugiaron en un anexo de una casita cerca del faro de Biarritz. Parecía que la suerte soplaba a su favor, porque Antonia estaba embarazada y próxima a dar a luz pero repentinamente Maitena falleció. Antonia dio a luz a Andoni en un formidable Hospital La Roseraie, en Bidart, que el Gobierno vasco había reformado, y que anteriormente era un hermoso y señorial casino. Lo dirigió profesionalmente el Dr. Gonzalo de Aranguren, bilbaino.

De izquierda a derecha, Karmele, Itxaso, Garbiñe Pérez de Aznar, Iñaki, con Ingrid, y en sus brazos, Ainhoa; Xanti, Maite, Garbine y Ainara.
De izquierda a derecha, Karmele, Itxaso, Garbiñe Pérez de Aznar, Iñaki, con Ingrid, y en sus brazos, Ainhoa; Xanti, Maite, Garbine y Ainara.

A finales de junio de 1940 las tropas nazis invaden la costa vasca. Nuevamente el matrimonio, Garbiñe y el pequeño Andoni logran con mucha fortuna embarcar en Bordeaux hacia donde fuese. Después de navegar por el Caribe finalmente el vapor atraca en el puerto de La Guaira, Venezuela.

La próspera Venezuela Para la época Venezuela, a pesar de los vaivenes políticos, fue convirtiéndose en un país moderno y próspero gracias al petróleo. La familia Pérez Larrea se acomoda en una zona modesta y colonial de aquella Caracas antañona con clima primaveral. Antonia, la ama de Garbiñe felizmente da a luz a la primera de la familia en nacer en tierras venezolanas. La llamó Edurne. Todos sus hijos tenían nombres en euskera. Entretanto su marido Antonio tenía bastante trabajo como plomero y mejoraba económicamente, en aquel entonces pujante país que generosamente acogió a miles de refugiados vascos.

La diáspora vasca comienza a tener su vida social en un pintoresco Centro Vasco, ubicado en las esquinas de Truco a Balconcito. Una aciaga tarde Antonio sufre una opresión en el pecho, le irradiaba a la mandíbula. El doctor Bilbao lo lleva a casa y dice: “Es un infarto muy fuerte, no hay nada que hacer”. A las pocas horas fallece. Garbiñe, Andoni y Edurne quedan huérfanos de padre y Antonia demasiado afligida cae enferma de tuberculosis y la internan en el modernísimo hospital antituberculoso El Algodonal. Garbiñe forzosamente debe olvidarse de que era una niña, convertirse en mujer y encargarse del cuidado de sus pequeños hermanos. De Perogrullo, no lo hizo sola. La diáspora vasco-venezolana era enormemente solidaria en esa época. Al cabo de dos años entre la vida y la muerte Antonia sobrevivió a pesar de que le habían extirpado un pulmón.

En poco tiempo volvió a sus quehaceres de vendedora de ropa y logró levantar a los tres hijos con un tesón extraordinario. Garbiñe hermosísima levantaba admiración en todos los jóvenes del Centro Vasco. Estudió secretariado comercial en una buena academia que existía en Caracas. Un espigado Santiago Aznar Aguirre, hijo de Santiago Aznar Sarachaga, exconsejero del Gobierno del lehendakari Aguirre, fue el afortunado, se hicieron novios. No tardaron mucho tiempo en casarse. Al cabo de un año el matrimonio tuvo a su primera hija, Miren Garbiñe. Corría el año de 1953. Luego tuvieron seis hijos más: Xanti Andoni, Itziar Maitena, Miren Ainara, Itxaso, Iñaki Aitor y la séptima Miren Karmele. Séptima porque siete fue su número predilecto.

Garbiñe sentía una especial devoción por el cuidado de los niños. Su pediatra fue el ilustrísimo padre de la pediatría en Venezuela el médico caroreño Pastor Oropeza y su enfermera la negra Encarnación. Ellos hicieron de Garbiñe una experta en el cuidado de pequeños. Ojo de halcón para visualizar cuándo un niño estaba enfermo y luego cómo tratarlo.

Excelente cocinera También se convirtió en una apasionada y excelente cocinera. Por supuesto su especialidad era la cocina vasca, pero también la comida criolla. Hay una anécdota de cuando el lehendakari José Antonio Aguirre visitó Venezuela. Entre sus actividades asistió a una comida familiar que le ofreció su consejero y amigo Santiago Aznar. En esa cena el postre fue el famoso quesillo venezolano que había cocinado Garbiñe. El lehendakari lo saboreó y al terminar la cena dijo que jamás se había comido un flan tan exquisito. En otra ocasión, ya Garbiñe, más veterana de los fogones acostumbraba a dar cenas en su casa de Los Chorros a los altos directivos de la empresa General Motors que en aquella época era la mayor empresa del mundo y de la cual su marido Santi era subtesorero.

Los gringos acudían año tras año a aquellas cenas y se hicieron incondicionales seguidores de la cocina vasca. En una ocasión habían servido entre los entrantes una docena de caracoles a la vizcaina, uno de los comensales se levantó para ir al baño y al regresar se encontró con que los compañeros en plan de chanza le habían comido sus caracoles. El tío un corpulento catire no aceptó la broma y se enfadó de tal manera que quería irse a las manos. Los demás compañeros bromeaban y se reían hasta que finalmente lograron calmarlo. La guasa estuvo a punto de causar una verdadera trifulca.

Garbiñe tuvo además catorce nietos todos venezolanos y seis biznietos de los cuales uno nació en Venezuela, dos nacidos en Euzkadi, uno en Canadá y dos en Italia. Entre sus hijos y nietos hay de todas las profesiones. Ingenieros, abogados, un aviador, un experto en mercadeo y otras profesiones. Estudió euskera en los euskaltegis de AEK de Irun y Astigarraga hasta sus últimos meses de vida porque consideraba que era parte fundamental de su vida ciudadana y que el dictador Franco le había quitado.

Sus últimos años decidió vivirlos en su tierra natal Euzkadi pero con una dolorosa espina clavada en su corazón, ver sumida a Venezuela en una espantosa crisis económica, moral y política, producto del saqueo y la corrupción más grande de toda su historia republicana.

El inquietante grafiti ‘Katalina’

Un equipo de la UPV/EHU de Gasteiz ve un halo de misterio en una inscripción con nombre de mujer hallada en un nido de ametralladoras de los fortines de Ketura, en Araba.

Un reportaje de Iban Gorriti

los fortines de Ketura, en el municipio alavés de Zigoitia, forman parte de la primera línea de defensa republicana del sector de Ubidea en el frente del territorio de la guerra de 1936 en Euskadi. Un estudio arqueológico integral de la UPV/EHU destaca dos nidos de ametralladoras por la gran cantidad de grafitis de guerra que contienen y, entre todos ellos, hay uno que llama de manera especial la atención de los arqueólogos. “Hay un nombre que todavía permanece bajo un halo de misterio y es Katalina”, valora el historiador Josu Santamarina (Urrunaga, 1993), uno de los investigadores del equipo que culminó el estudio durante el año pasado.

Antes de entrar en materia sobre el enigma, es decir, sobre las hipótesis a cerca de quién fue esa mujer, los investigadores recuerdan que milicianos socialistas del Euzkadi’ko Gudarostea (Ejército de Euzkadi) dejaron decenas de inscripciones en el cemento fresco a modo de testimonio o “ego-documento” en este lugar. Pertenecían al Batallón 5º de la UGT Madrid. A pesar del nombre de su unidad, el grupo se creó en la Margen Izquierda de Bizkaia. Lo denominaron así como homenaje a la lucha republicana en la ciudad española.

En días en los que se consolidaba la resistencia republicana -un integrante del batallón firmó sobre el cemento el 10 de marzo de 1937- tras la ofensiva de Villarreal (Legutio), el fortín quedó decorado de grafitis. “La investigación partía de un estudio que apele a los sujetos, voces perfiladas en el cemento y partiendo de una perspectiva de género. Es decir, abandonando la idea de partida de que Katalina fuera una novia de, una hija de, una madre de…”, dice Santamarina.

En el origen, la premisas de investigación no recogían la posibilidad de hallar un nombre de mujer en primera línea. Y lo argumentan detallando que, tras el periodo republicano en el que las mujeres lucharon por tener voz en el espacio público, la guerra supuso una “vuelta al orden” patriarcal, es decir, los hombres en el frente y las mujeres en la retaguardia, según un estudio de Trullén.

A juicio de este equipo de arqueólogos, no solo fue así en la España golpista. “Si bien al principio del conflicto muchas mujeres combatieron en las trincheras republicanas de diversos frentes, pronto se tomaron medidas para prohibir o limitar su participación en este ámbito”, mantienen basando su discurso en trabajos firmados por Nash o Cenarro.

El equipo trató de dar con la identidad de Katalina consultando las nóminas del batallón vasco llamado Madrid. “No aparece ninguna Katalina en las nóminas del batallón. No aparece ninguna Katalina en los partes de operaciones republicanos ni en ningún otro documento consultado”, concluyeron.

Un vecino de la zona que hace frontera entre Bizkaia y Araba sí recordaba cómo su abuela comentaba que hubo mujeres asturianas combatiendo en la zona, “pero tampoco aseguró que este dato pudiese ser cierto”, contraponen.

Por ello, y en consonancia con la invisibilización histórica de las mujeres, Katalina sigue siendo un misterio. “A pesar de ello, su posición central en el campo epigráfico, casi envolviendo un lateral de la hoz y el martillo, parece indicar su importancia política. En cualquier caso, por el momento, no se disponen de más datos”, lamentan los firmantes del trabajo titulado Grafitis de guerra. Un estudio arqueológico de los fortines republicanos de Ketura (Araba), es decir, Josu Santamarina, Xabier Herrero, Pedro Rodríguez y José M. Señorán.

los grabados En este fortín -muy cercano al Museo de Alfarería Vasca de Elosu- los grabados de la guerra de 1936 se concentran en la superficie exterior de la cubierta. La mayor parte del campo epigráfico se sitúa en la mitad sur de la misma, precisamente en la parte del nido que presenta una altura menor y que, por lo tanto, ofrece unas condiciones “más cómodas” de acceso.

A primera vista y antes de iniciar el estudio arqueológico completo, se apreciaban ya algunas inscripciones: unos pocos nombres propios -Pablo Mendieta, José Luis Garai, capitán R. Alvar, Fidel Fernand o capitán Álvarez-, el nombre del batallón, la fecha y una hoz y un martillo de grandes dimensiones en una posición central. “Sin embargo, hasta que no se realizaron labores de registro nocturno con iluminación artificial y fotogrametría digital, no pudimos ver claramente otras marcas”, especifican.

Estos grafitis o inscripciones entre los que se encuentra Katalina se hicieron sobre cemento en esta zona conocida como Los Parapetos. En la parte central aparecen la hoz y el martillo cruzados, de evidente simbología comunista. “El batallón era de UGT, pero los socialistas en aquel tiempo tenían una mejor colaboración que en la actualidad, de hecho, hemos comprobado que muchos de aquellos milicianos socialistas del Batallón Madrid acabaron siendo comunistas”, analiza Santamarina. Pero, ¿quién fue Katalina? “Ojalá -concluye Santamarina- alguien supiera algo sobre ello. Ojalá hubiera alguna persona que todavía pudiera decirnos si sabe algo sobre ella o aquellas inscripciones”.

El gudari que resistió al interrogatorio de Melitón Manzanas

Francisco Pérez, uno de los últimos gudaris del Batallón Gernika que luchó contra los nazis en la II Guerra Mundial, sufrió en 1943 una semana y media de suplicio al que le sometió el policía torturador

Iban Gorriti

EL 1 de agosto cumplirá 96 años. Francisco Pérez, Paco, es uno de los últimos gudaris vivos de aquel especial Batallón Gernika que creado por el Gobierno Provisional de Euzkadi luchó en el exilio -una vez concluida la Guerra del 36- contra el nazismo en Francia en la II Guerra Mundial.

La edad no le amilana. “¡No! ¡Yo tengo muchas cartas que jugar aún!”, enfatiza quien día a día vive anónimo y sonriente a dos fotos en blanco y negro que conserva con especial cariño. Una, caminando junto a su esposa; la segunda junto a compañeros del Batallón Gernika y su perro. “Mi mujer falleció hace seis meses”, lamenta este hombre que sufrió los interrogatorios del temido Melitón Manzanas, policía donostiarra durante la dictadura de Franco y colaborador de la Gestapo nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Este jefe franquista de la Brigada-Político Social de Gipuzkoa acabaría asesinado por ETA en el que se considera primer atentado premeditado de la organización armada el 2 de agosto de 1968.

“A mí Manzanas me hizo un interrogatorio que duró semana y media. No me dejaba en paz. Era acoso constante. De mí querían que dijera quiénes pasaban armas por la frontera”, explica y aporta que “junto a él, vino otro policía especial de San Sebastián”.

Corría el año “1943 o 1944”, rememora. Eran días en los que se prohibió, por ejemplo, la fiesta de Carnaval y el considerado primer franquismo proseguía el proceso de fascistización iniciado en la guerra para asemejarse a la Alemania nazi y, sobre todo, a la Italia fascista, abortado en 1945 por la derrota de las potencias del Eje: Alemania, Japón, Italia y otros apoyos.

Ante Melitón Manzanas, Pérez, no soltó información alguna. “Por eso, me dijo que yo era el tipo más cínico que había pasado por allí. Es que yo nunca me he acojonado por nada”, subraya con voz firme. Cuando Manzanas acabó con sus interminables sesiones de interrogatorio en una villa de Irun le intentó chantajear. “Me dijo que diría a los republicanos que allí él no había tocado un pelo a nadie, pero ya le dije que cuando el río suena…” Acabó en la cárcel de Ondarreta donde pasó tres meses.

Y es que Paco no pasaba armas, pasaba personas al otro lado del Pirineo. Era mugalari. “Pasé a ocho o diez, todos de mi cuerda, es decir, de ANV. Lo hacía por el río Bidasoa que lo conocía mejor que nadie. Para mí era un juego de niños y nunca cobré a nadie por ello; yo ya tenía mi dinerito de trabajar en la Fábrica de Armas de Hendaia”.

Francisco llegó al mundo en el Roncal, en Jaurrieta, Nafarroa, cosecha de 1922. Era hijo de la ama de casa Manuela, y de Marcelino, militar republicano guarda de fronteras. Tuvieron cinco hijos. Paco fue el benjamín. Al estallar la guerra del 36 y con el avance de los fascistas, la madre con algunos hijos pasó la frontera y se exiliaron en Poitiers. El padre y su hermano Eladio son enviados a campos de trabajadores y África.

El resto de la familia viaja de Francia a Barcelona. “Al acabar la guerra fuimos a Irun. Pero fuimos recibidos como apestados”, denuncia. Con su padre y hermano libres, le tocó a Paco la mili del Ejército de Franco. “Me suscribí a Aviación, en Zaragoza, donde Sanjurjo… Siempre he sido rebeldillo y al destinarme a Tudela me ingresaron en un hospital por una afección a la columna vertebral y al sentirme tan vigilado y viendo que a la mínima torturaban, me las arreglé para escapar e irme a Pau”, rememora.

En la ciudad se encontró con el comandante Ordoki, que “era de ANV como yo y con un grupo de vascos que estaban formando una unidad para luchar contra los nazis e intentar recuperar la República. ¿Cómo lo íbamos a conseguir?”, se pregunta quien participó en batallas históricas.
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“El Batallón Gernika participó en la liberación de la comarca de la Pointe de Grave, en el Médoc, cerca de Burdeos. Durante los combates que tuvieron lugar en abril de 1945, pocos días antes del armisticio, cinco gudaris murieron y una veintena resultaron heridos”, resume el periodista Franck Dolosor, coautor de un documental sobre esta unidad.

“Me siento muy orgulloso -enfatiza Pérez a DEIA- por haber participado en aquellas batallas, por ejemplo, en la ocupación de un pueblo. Es un orgullo terrible. Y te voy a decir más: Moriré sintiéndome un héroe; el resto que me vea como quiera. Quizás soy el último del batallón vivo, pero nunca me he escondido. Cuando te escondes es más fácil que te den un tiro”, apostilla.

La inédita de integrantes de la brigada Gernika es una maravilla. “Entre otros están el capitán Intxausti y nuestro perro, mi perro Asta. Él siempre iba en cabeza de nuestros desfiles. La miro y pienso en reconocimientos. Me han hecho tres homenajes, pero las esferas superiores de la política nos acaban dejando tirados…”

Solo también se ha quedado hace medio año. Por ello, guarda con tanto calor la otra foto, en la que pasea junto a María Agirre, de Deusto, por las calles de Irun. Hoy, vive en una residencia en Bera y es visitado por destacados fotógrafos como Mauro Saravia. “Nosotros -concluye Paco- fuimos aquellos hombres que nos dejamos la piel, que hemos sido buenos y participamos en la eliminación de aquellos que trataron de hacerse con todo el mundo, un imperio. Podemos decir orgullosos, que conseguimos que la cosa no fuera a más”.

De la cripta franquista a la dignidad republicana

La familia del navarro Valentín Romeo Sagües visita Gernika-Lumo para recuperar los restos de su antepasado, fallecido en la batalla del Bizkargi en 1937

Un reportaje de Iban Gorriti

José Mangado, María Luisa Rebolledo y Maru Mangado, familiares de Valentín, junto a la cripta del cementerio de Gernika.Fotos: Hedy Herrero
José Mangado, María Luisa Rebolledo y Maru Mangado, familiares de Valentín, junto a la cripta del cementerio de Gernika.Fotos: Hedy Herrero

CASI lo han logrado! Ya tienen más cerca los restos de su familiar, aquel joven de 20 años de Mendavia que el bando golpista excarceló para llevarlo a luchar con ellos y que acabaría perdiendo la vida en el monte vizcaino Bizkargi. Resta menos tiempo para poder concederle la dignidad republicana que sentía Valentín Romeo Sagües, fallecido hace 81 años, y que su familia además ansía para preservar su memoria.

Casi lo han conseguido porque cuando esta semana todo estaba ya en sus manos, resulta que en la cavidad número 57 de la cripta franquista del cementerio de Gernika-Lumo no había un cuerpo sino dos. “Han tomado muestras de ADN para saber cuál de los dos era mi tío abuelo Valentín. Ahora hay que esperar”, detalla Maru Mangado tras días de emociones a flor de piel.

El sueño se acerca a aquel familiar del que no quedan fotografías porque sus allegados “por miedo” las quemaron cuando se mudaron de hogar. Los restos de Romeo Sagües se conducirán de la cripta franquista dedicada a los Caídos por Dios y por España de Gernika-Lumo a un mausoleo republicano de Mendavia. “Quiero sacar una foto a mi tía con los restos de su hermano, porque fueron sus lágrimas las que me dieron fuerzas para buscarlo”, agrega emocionada Maru, activista de la memoria que encontró la historia de su familia de forma fortuita, investigando para otras familias.

“Supe de su existencia por una lista de Juanjo Casanova, de los reclusos de la cárcel provincial de Pamplona, porque en ese momento yo estaba buscando presos de mi pueblo, Lerín, y leí los apellidos de mi abuela”, explica. Agrega que “entonces le pregunté a mi padre y me dijo que le sonaba que a un tío lo mataron en la guerra”.

Aquel tío era Valentín Romeo Sagües. Nació en Mendavia (Nafarroa) el 26 de mayo de 1916. Fue el octavo hijo y benjamín del matrimonio formado por Fermín Romeo Rada y Francisca Sagües Zalduendo. Cuando el niño sumaba 7 años, la madre y el padre se mudaron con cinco hijos a vivir a Iruñea, a la calle San Gregorio, número 40, cuarto piso, según el padrón del Ayuntamiento del año 1930.

Cuatro días después del golpe de estado de julio de 1936, Valentín fue encarcelado junto a otros compañeros republicanos en la Cárcel Provincial de Iruñea. “Un pariente nos contó que Valentín solía dormir con su hermano Córdulo y que debajo de la cama tenía un arma”, asevera. Fue ingresado el día 22 de julio de 1936 y permaneció recluido hasta el 27 de enero 1937. “Ese día le dieron la libertad para incorporarlo a la mili e ir obligado a la guerra con el bando golpista. Su salida fue firmada por el gobernador militar”, relata Iom Rodríguez Mangado, hijo de Maru.

Así las cosas, fue enviado como soldado del Regimiento América 23, 2º batallón, destinado a primera línea de combate en los frentes de Bizkaia. Murió en la batalla del Bizkargi el 10 de mayo de 1937 a los jóvenes 20 años: “Sabemos la fecha de la muerte por una publicación del BOE de 1940, donde sale una pensión que le pagaban a su padre. Está inscrito en los caídos de Pamplona y en el libro de los caídos de Navarra”.

De hecho, la familia va a solicitar que se le borre de los listados franquistas. “Es lo próximo que, si se puede, queremos hacer para que Valentín quede ya como republicano, darle esa dignidad. No queremos por nada que quede como un Caído por Dios y España, que fue forzado a ir con ellos. Para empezar en Mendavia lo van a inscribir en el listado de represaliados de la guerra”, enfatiza Maru.

Apellido cambiado Valentín fue enterrado en el cementerio de Gernika-Lumo, y más adelante sus restos fueron depositados en la cripta del mismo camposanto, pero con el apellido cambiado, “como Valentín Romero”. Angelita Mangado Romeo, sobrina de Valentín, recuerda ver “en mi casa a mi madre y a mi abuela, preparando la comida para llevarle al joven cuando estaba preso en la cárcel. Yo les acompañaba, hasta que un día nos dijeron que Valentín ya no estaba, que lo habían mandado a Bilbao de soldado”, relata. “Por ese motivo -continúa Maru- creemos que lo sacaron en libertad y sin dejarle ir a su casa lo enviaron a Bizkaia”.

El cuñado de Valentín, Antero Mangado Mangado, trató de ir a Bilbao a buscarlo. “Él tenía un camión que los que se autocalificaban como nacionales requisaron con chófer y todo, y los franquistas le mandaban ir a recoger muertos al campo de Ezkaba… Y en una de estas se fue a Bilbao a buscarlo, pero le dijeron que había muerto en batalla sin darle más datos se su paradero”, agregan. Una de sus credenciales informa de que “prestó servicio de lucha en el frente hasta Elorrio”.

La familia perdió el hilo de la investigación meses atrás. “Perdí la pista en la batalla del Bizkargi y ya no sabía por dónde seguir, hasta que hablando con dos amigos se lo comenté y me dijeron que mirarían. Estaban haciendo alguna investigación de los cementerios y al poco me dio su paradero”, sonríe Maru.

Ahora falta esperar con algún nervio de más. “Nervios porque tememos que se pueda dar el caso de que los dos cuerpos no sean el suyo porque la cripta la hicieron muy mal. Hasta eso hicieron mal”, subraya y va más allá: “Si no es uno de los dos, vamos al Ayuntamiento a que levanten toda la pared porque sé de más familias republicanas que quieren sacar a los suyos, por ejemplo una de Olite a la que los fascistas se llevaron a dos hijos a la guerra forzados”.

Los guardias civiles ‘rojos’ del Euzkadi’ko Gudarostea

Una quincena de miembros de este cuerpo formó a batallones como el Amayur o la Ertzaña en Euskadi.

Un reportaje de Iban Gorriti

Hay datos históricos que pueden hacernos abrir los ojos más de la cuenta cuando tratamos de informarnos. ¿Pudo ser el primer jefe de la Ertzaña de 1936 un guardia civil? ¿Pudo ser un miembro de ese cuerpo el mando supremo del batallón Amayur del PNV? Las dos preguntas tienen una respuesta común: sí.

Se estima que una quincena de miembros de la Guardia Civil participó en el bando republicano vasco entre julio de 1936 y el 24 de agosto de 1937. Una de las personas que mejor ha matizado ese maridaje que a día de hoy puede parecer paradójico es José Luis Cervero, escritor, periodista y parte del cuerpo de la Guardia Civil desde 1965. Consultado al respecto, este redactor de las desaparecidas Diario 16 e Interviú estima que “la labor de la Guardia Civil en el País Vasco fue muy importante porque fueron algunos de los que formaron a unas milicias y un ejército vasco que no tenía nociones militares”, aporta a DEIA.

A juicio de este profesional de la información que suma premios como el Ortega y Gasset de Periodismo, fue el Gobierno Provisional de Euzkadi quien solicitó instructores al Ejecutivo de la República. “El Gobierno central envía tropas a los cuerpos del Ejército del Norte. Es la Comandancia de Madrid quien manda militares y algunos se incorporan en él y dirigen aquellos cuerpos”, agrega el autor del libro Los rojos de la Guardia Civil. Su lealtad a la República les costó la vida, de 2006.

El primer jefe de la Ertzaña de 1936 fue Saturnino Bengoa, guardia civil de Orduña. Germán Ollero, por su parte, fue un comandante que acabó al frente del batallón Amayur del PNV. Como curiosidad, los dos hijos de este jefe del Estado Mayor de la 2ª División del Ejército de Euzkadi, también militares, se posicionaron con el bando golpista. Los tuvo enfrente.

El conocido jefe del sector de Elorrio durante la guerra fue otro guardia civil: José Bolaño, que murió fusilado en Santander. Y a estas recordadas figuras históricas cabe añadir a Juan Colina, Antonio Naranjo o Carlos Tenorio. Entre el resto, brilla además el tricornio de un alavés, Juan Ibarrola Orueta (Laudio, 1900-1976). Fue un militar y guardia civil que también se mantuvo fiel a la Segunda República. Alcanzó el grado de teniente coronel y ocupó el mando de una de las divisiones del Euzkadi’ko Gudaroztea en el sector de Otxandio. Tomó parte en la famosa batalla de Saibigain en la que el comandante del batallón Arana Goiri del PNV, Felipe Bediaga Aranburu, le llamó “cobarde” por no querer atacar una vez más a los fascistas; él cumplió la orden y falleció en el intento. Es más, a día de hoy su cuerpo aún no ha aparecido.

Al estructurarse el Ejército de Euzkadi en Divisiones, Ibarrola fue nombrado Comandante de la 1ª y bajo su dirección tuvo reconocimientos por su actuación en los frentes de Bizkaia y Santander. Posteriormente fue jefe del XXII Cuerpo del Ejército de Maniobras, tomando Teruel. “Tras la guerra, Ibarrola acabó vendiendo perfumes, era comercial de colonias”, explica Cervero.

Represaliados Si todos estos datos llaman la atención, hay uno más que quizás también lo haga. Según el interlocutor invitado, “con el golpe de Estado militar, la mayor parte de la Guardia Civil se posicionó en contra de la sublevación. Fueron contados los que se sumaron a los rebeldes”, explica, y pone como ejemplos “el caso de Barcelona, Madrid o ahí donde ustedes, en Bilbao”.

El libro hoy agotado Los rojos de la Guardia Civil. Su lealtad a la República les costó la vida detalla este punto. “Durante los años de la guerra española, fueron muchos los mandos y agentes de la Guardia Civil que no sucumbieron a los cantos de sirena de la nueva España. El mismo Franco pudo constatar que, en muchos lugares donde creía indudable el triunfo de su golpe militar, le salían al paso guardias civiles dispuestos a defender la legalidad del Gobierno al que servían, como siempre había aconsejado el duque de Ahumada, fundador del cuerpo”, expone.

Con todo, estos profesionales “rojos” acabaron siendo represaliados. Tuvieron que comparecer ante los piquetes de ejecución formados por los franquistas, pasaron a poblar las cárceles y los campos de concentración creados por las autoridades para eliminarlos. Desde la checa Spartacus a la comandancia de Marruecos, desde Córdoba a Legutio o Catalunya, Cervero, perteneciente a los Servicios Secretos de Información del cuerpo durante muchos años, dejó impreso que considera “brutal” la represión sufrida por sus compañeros de entonces. “Es una demostración de que a veces la lealtad impone un alto precio que hay que pagar”, concluye