La diáspora de aviadores vascoamericanos

Un libro revela que más de 60 pilotos de origen vasco combatieron durante la Segunda Guerra Mundial defendiendo la bandera de los EE.UU.

Un reportaje de Iban Gorriti

uno solo. Un único aviador vascoamericano planea aún con vida de entre los más de 60 pilotos de esta comunidad que combatieron en la Segunda Guerra Mundial. Ellos no son más que la punta de lanza del cerca del millar de vascos que bregaron con Estados Unidos en aquel conflicto militar global que se desarrolló entre 1939 y 1945. El dato sale a la luz gracias a un riguroso estudio de la asociación Sancho de Beurko que se ha materializado tras tres años de arduo trabajo y entusiasmo en el libro publicado bajo el título Combatientes vascos en la Segunda Guerra Mundial (Desperta Ferro, 2018), trabajo que lleva las firmas de Guillermo Tabernilla y Ander González, así como con excelsas fotografías tomadas ex profeso por Jesús Balbuena Maeso.

Recreación de una escena bélica protagonizada por aviadores que aparece en la publicación.Jesús Balbuena
Recreación de una escena bélica protagonizada por aviadores que aparece en la publicación.Jesús Balbuena

Tabernilla, que ha escrito el capítulo dedicado a los aviadores vascoamericanos de los cuatro que tiene el libro, pone en valor a esta comunidad migrante porque es de las pocas minorías de Estados Unidos que cuentan con un estudio que reivindica su papel durante aquella guerra total. “Para la comunidad vasca reivindicar su papel en la llamada generación del sacrificio es muy importante porque de ese modo se cohesiona, se enorgullecen y pueden esgrimir que cuando su país de adopción les necesitó los vascos dieron un paso al frente, como antes lo habían hecho sus padres durante la Primera Guerra Mundial”, pondera.

La inmensa mayoría de estos aviadores nació en Estados Unidos y formó parte de la primera generación de vascoamericanos de progenitores -o progenitor- originarios de Euskal Herria. “No soy yo -matiza Tabernilla- quien les pone la etiqueta de vascos, sino que son miembros de la comunidad vasca en los Estados Unidos, en su mayoría en los condados ovejeros, criados en euskera una mayor parte y alfabetizados en inglés al llegar a la enseñanza primaria. No he cogido a los mexicanos con apellidos vascos ni mucho menos, pues estos últimos no entran en el proyecto, sino personas que se definen a sí mismas como vascos”, dista.

Sus perfiles son diversos. Los hay de las comunidades más grandes de vascos como Idaho, Nevada y California, pero también de otras más pequeñas, caso de Jordan Vallley (Oregón), Montana… “Se trata de pilotos y personal de vuelo de todos los aparatos que puso el Ejército, la Marina y el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos en vuelo durante la Segunda Guerra Mundial”.

Esta aportación en esta obra de investigación no había sido estudiada hasta la fecha, salvo alguna biografía en concreto. “Efectivamente, la prueba está en que a esta gente, salvo a Aldecoa, no le conocía nadie. Si reivindicamos el papel de la diáspora tenemos que apoyar trabajos como estos, además absolutamente desinteresados y sin lucro económico por parte de la Asociación Sancho de Beurko”, acentúa Tabernilla quien hace referencia a Manuel Aldecoa, “piloto derribado en Francia, ya que de los demás no se ha estudiado nada”.

El perfil medio es, salvo en el caso de León Indart y Valentín Berriochoa que son nacidos en Euskal Herria, llegados al mundo en Estados Unidos y de formación de secundaria y/o universitaria y “grandes cualidades para ser destinados a tareas tan especializadas”, enfatiza. En cuanto a sus carreras en la postguerra, Cobeaga, Etchemendy y Arriaga llegaron a coroneles de la USAF (Fuerza Aérea de Estados Unidos), Juanarena y Etchart alcanzaron los grados de tenientes coroneles, Bideganeta fue mayor y jefe de operaciones de un grupo de bombardeo en Inglaterra y Pete Cenarrusa, “el vasco más prominente de Idaho, piloto de los marines, califica. Etchemendy y Asla cumplieron la labor de jefes de grupo de caza durante la guerra de Corea, con grandes historiales de vuelo”.

El esquiador Eusebio Arriaga De entre los 60, Guillermo Tabernilla destaca la vida de Eusebio Arriaga. “A mí me chifla. Fue un mítico esquiador del Sun Valley de Idaho que incluso salió en algunas producciones de Hollywood antes de la guerra y después se destapó como un extraordinario piloto”. En cuanto a los condecorados, José María Malaxechevarría, quien al llegar su padre al continente americano simplificó el apellido como Echevarria, Charles Ugaldea, Cobeaga, Etchemendy, James Vidal Echevarria se cambió el nombre por el de James Vincent Powers. “Este tiene una novela autobiográfica escrita en la postguerra”. Otros son más desconocidos, como el otro vasco que se mató volando el P-38, además de Manuel Aldecoa; Joe Sara, que murió en un vuelo de pruebas. “En esta lista hay un total de 61, ya que he suprimido todos los que formaron parte de las Fuerzas Aerotransportadas como paracaidistas y el personal de tierra”, dice.

El autor ha consumado el proyecto trabajando en bases de datos de todo tipo: alistados en las Fuerzas Aéreas, obituarios, historiales de escuadrones y grupos de vuelo, prensa de Nevada, Idaho y California. De los aviadores vascoamericanos queda uno vivo: Raymond Ray Mansisidor que nació en 1924 en Boise (Idaho), donde ayudaba a su padre en el negocio de las ovejas. “Nos congratulamos de que aún esté entre nosotros. En 1960 se unió al grupo de danzas vascas Oinkari Dancers, en el que tocaba el acordeón junto a Jimmy Jausoro. En breve, se reunirá con otros veteranos de Idaho en un emotivo acto conmemorativo”.

El capitán que desapareció en un choque de trenes

Se cumplen ochenta años desde que Luis Aira, mando de una compañía del Batallón Perezagua, desapareció tras sufrir un accidente ferroviario.

Un reportaje de Iban Gorriti

Fue un sabotaje. Mi padre, miliciano del batallón Perezagua, murió en un accidente de trenes por la zona republicana de Tortosa”, se seca las lágrimas un hombre de 86 años, el mismo que con solo cinco primaveras escuchó a una mujer decir que habían asesinado a su progenitor. “Y me eché a llorar. Yo se lo comuniqué a mi madre. Te lo puedes imaginar…”, vuelve a emocionarse con razón en su hogar de Santutxu.

Este vizcaino hereda de su padre el nombre y apellido: Luis Aira, uno de los vecinos de Ortuella que murieron o desaparecieron durante la guerra de 1936 y la represión franquista. A día de hoy el Estado español es ya el país del mundo, tras Camboya, con más desaparecidos en una guerra. Son más de 114.000.

Luis Aira, con una foto de su padre en su piso de Santutxu. Foto: I. Gorriti
Luis Aira, con una foto de su padre en su piso de Santutxu. Foto: I. Gorriti

Para reconfortar de algún modo a la familia de este desaparecido -aunque el Gobierno vasco informó de que su cuerpo está en Tortosa-, dos miembros de la Mesa de la Memoria de Ortuella se acercaron a la vivienda de Luis hijo a entregar como reconocimiento una figura, un diploma, un DVD con su testimonio grabado y una foto del batallón Perezagua en la que se reconoce a Luis Aira Fernández, Lanpanas. “Hicimos un acto en su día y no pudieron venir”, detallan. DEIA vivió ese emotivo momento íntimo. Los investigadores Pablo Domínguez y Aiyoa Arroita acumulan años exhumando verdad histórica en su blog Crónicas a pie de fosa.

Esta pareja asevera que el choque de trenes que ha atormentado de por vida a Luis hijo ocurrió el 25 de septiembre de 1938 en la línea Tarragona-Barcelona en el momento álgido de la Batalla del Ebro. “Aún sueño con mi padre. Sí. Esto no se borra de la memoria. De lo malo me acuerdo siempre”, subraya como víctima de un episodio traumático que no se supera. “Dicen que hubo un jefe de estación franquista que se chivó de que el tren iba a transportar tropas de milicianos y pasó lo que pasó”, sopesa Luis, buen custodio de lo que ocurrió y ejemplo del caso que canta Fito & Fitipaldis: “Él también quiso ser niño pero le pilló la guerra”.

¡Y le pilló de pleno! De hecho, llama la atención que aquel hombre del que no se conoce dónde reposan sus restos consiguió llevar tras de sí a su familia: en su partida a Asturias, donde fue herido e ingresado en un hospital el 17 de abril de 1937, y en su llegada a zona republicana en Valencia, donde perdió la vida. Entonces sus hijos, su mujer María Ariño y la hermana de esta, sin tiempo de reaccionar, marcharon a Francia.

La familia conserva con mimo una foto que corrobora la necesidad del padre de tener cerca a los suyos y que nunca ha visto la luz hasta ahora. “En la foto, se ve a la mujer de blanco que es Emilia Ariño,
esposa del capitán y de negro María Josefina Aira, hermana suya. Se ve
cómo él se apoya en ellas porque fue herido en el frente de Asturias en
una pierna. De allí, fuimos todos a Valencia”, evoca Luis. “Lleva el gorro asturiano”, aporta Pablo Domínguez quien resume la biografía de aquel comunista llegado al mundo en el barrio Golifar de Ortuella en 1909. Al estallar la guerra, tras el golpe de Estado militar de julio de 1936, este minero casado y padre de tres hijos sumaba 29 años. Se alistó voluntario como miliciano republicano en el batallón Perezagua, del Partido Comunista de Euskadi (PCE). Alcanzó el grado de capitán de la 2ª Compañía y comisario político. “Antes de la guerra, yo ya vi a mi padre salir de casa huyendo saltando por la ventana”, detalla Luis, quizás por haber tomado parte su padre en la famosa Revolución de Asturias de 1934.

Bautizado a escondidas El minero Aira, de origen gallego, combatió en la batalla de Villarreal, en el frente de Asturias en 1937 como miembro de la División Vasca del Gobierno vasco y en la primera brigada compartida por los batallones Rusia y CNT 3 al mando del teniente de asalto Rehola, según informes del PNV conservados en París a los que ha tenido acceso este medio. “Sí, Rehola. Eso lo recuerdo”, confirma el hijo.

Tras la caída del Frente Norte se trasladó al de Levante para continuar luchando por la legítima Segunda República. Falleció hace 82 años. Luis hijo, bautizado a escondidas para que no lo supiera su padre comunista, guarda numerosos momentos terroríficos que narra emocionado como para soltar lastre. Tuvo una infancia nómada. Rememora cómo en una ocasión zarparon en barco hacia Francia y les interceptó el crucero fascista Almirante Cervera. “Llevamos mujeres y niños”, respondió uno del barco. “Y nos dejaron seguir”.

Recuerda cómo con la noticia de la muerte del padre y dejando el cuerpo en la nada informativa, su madre les exilió a Francia. Cómo pasaron por el puerto de La Molina, que estaba nevado. Del viaje guarda un testimonio estremecedor: En el convoy, algunas madres iban llorando mientras daban teta a sus bebés. Algunas se veían obligadas a dejar a hijos de la edad de Luis en el trayecto. “Nos recuerdo a nosotros, los niños, desnudos en un refugio. Con mucha miseria. Nos veíamos los piojos los unos a los otros”, enfatiza.

A su vuelta a Euskadi, con ocho años, sería el encargado para ir desde Getxo hasta Ortuella a por los productos de la cartilla de racionamiento. “Iba una vez por semana, desde Romo -donde mi madre comenzó a trabajar de interina para las ricachonas- hasta Portugalete, y en vez de usar el Puente Colgante Bizkaia yo pasaba en bote, que costaba menos dinero”, saca a lucir su sonrisa por primera vez durante la entrevista. Y rebobina para narrar otra anécdota: “Al venir de Francia me preguntaron de dónde era y como había estado en Santander, dije que de Santander y… me llevaron a Santander. Mi hermana, sin embargo, dijo Bilbao y vino a la primera…”, hace reír.

Las anécdotas se concatenan. “Las monjas me parecían demonios. Una vez en Las Arenas una mujer me dijo que le dejara la bolsa de la comida que yo llevaba y que fuera a por un balón que ella tenía. No quise. ¡Ella se quería quedar con mi comida!”, guiña el ojo. Son instantes de sonrisas hasta que emerge una nueva lágrima: “Mi abuela me contaba que mi padre era tan bueno que en ocasiones volvía a casa descalzo porque había dado sus zapatos a personas que lo necesitaban. El primer regalo que recuerdo de mi padre fue un caballo de cartón. También fue el último”.

El sueño del secretario de los Milicianos Socialistas

El padre del actual portavoz del Grupo Socialista en el Parlamento vasco desea que, del mismo modo que van a devolver los restos de Franco a su familia, entreguen los de los republicanos del Valle de los Caídos a las suyas.

Un reportaje de Iban Gorriti

Cuando la ocasión bien lo merece, el ortuellarra José María Pastor apaña un llavero que conserva con mimo y lo cuelga de su pechera como la mejor de las distinciones. La insignia luce tres colores: rojo, amarillo y morado, es decir, la legítima republicana española, y sobre ellos una leyenda: Milicianos socialistas.

Es el padre de José Antonio Pastor -actual portavoz del Grupo Socialista en el Parlamento Vasco-, y también el secretario de una asociación memorialista que llegó a tener 70 miembros, la de esos milicianos socialistas vascos que muestra con orgullo.

José Mari Pastor nunca falla en el homenaje anual de Artxanda a los gudaris y milicianos vascos.Fotos: Iban Gorriti
José Mari Pastor nunca falla en el homenaje anual de Artxanda a los gudaris y milicianos vascos.Fotos: Iban Gorriti

José Mari no fue miliciano, por edad, pero siempre fue -y lo es- un enamorado, un apasionado de la labor que labraron contra los golpistas de 1936 y el posterior franquismo. Fueron ejemplo para él. “Ramón Rubial se reunía con nosotros en la sede que teníamos en la calle Ercilla, actualmente ocupada por Eudel. Él fue el mejor lehendakari que ha habido. Daba todo lo que tenía y lo que fuera para que no le faltara nada a nadie. Era muy buena persona y nos ayudaba”, enfatiza Pastor senior, nacido en 25 de febrero de 1933 en Villasayas, minúsculo municipio soriano que a día de hoy no supera los 70 habitantes.

Mayúsculo, sin embargo, ha sido el trabajo que ha ejercido en la asociación de milicianos vascos. Y mayúscula también es su respuesta a la afirmación del periodista y profesor de la Universidad Juan Carlos I, Francisco Marhuenda, que aseveró en el programa televisivo La Sexta Noche que “no hubo socialistas luchando en la Guerra Civil; eran todos comunistas”. José Mari no se calla: “¿Cómo que no los hubo? ¿Qué hostias? Algunos estarían junto con los comunistas, pero, como por todos es sabido, los socialistas también lucharon contra Franco”, subraya.

A renglón seguido, su hijo, José Antonio Pastor, toma la palabra, visiblemente dolido. “Marhuenda es un ignorante y un maledicente. Me da asco oírle hablar y lo puedes escribir con todas las letras. En la guerra hubo batallones socialistas: los hubo de la UGT, de JSU, comunistas, de CNT… ¿Y la labor que hicieron socialistas en la clandestinidad?”, zanja.

Los Pastor acentúan la labor ejemplarizante de los milicianos, quienes, según coinciden, tuvieron un protagonismo tanto en la guerra como en “los Pactos de la Moncloa de la Transición porque nunca pidieron venganza. La guerra fue espantosa para ellos y lo único que no permiten es que se rían de ellos, por ello están contentos con que se exhuma a Franco del Valle de los Caídos”, aporta José Antonio.

José Mari asiente. “¡Pedro Sánchez ha hecho muy bien al lograrlo! Que se lleven a Franco y, de paso, que las miles de familias que tienen allí a sus parientes puedan hacerse con sus restos”, sueña quien cada año no falta en junio al homenaje que se oficia en Artxanda en recuerdo de los más de 40.000 milicianos y gudaris que lo dieron todo por los principios y libertades de Euskadi: en el frente de batalla, en Ias cárceles y campos de concentración del franquismo, en el exilio, etc.

La familia de Jose Mari llegó a Euskadi de Soria en los 50. Su abuelo, un comunista, encontró trabajo en la zona minera vizcaina y no se lo pensó. Más adelante llegarían también la madre de nuestro protagonista junto a él. El padre de este socialista de 83 años falleció cuando él solo tenía tres. Murió en los días de arranque de la guerra. “Los que se autollamaron nacionales le detuvieron a mi padre por socialista, pero le dejaron en paz por estar muy enfermo de silicosis cogida en las minas. Eso sí, le requisaron los animales que tenía…”, evoca. Con seis años, un “tío medio-cura” de Soria le internó en el seminario de Sigüenza (Guadalajara). “¡Meterme allí fue matarme!”. Su hijo sonríe: “Si quieres que tu hijo no crea en Dios, métele en un colegio de curas”. Y así fue: “Fue lo peor que me ha pasado, era peor que un cuartel. Si venía nuestra familia a visitarnos lo primero que hacían era quitarnos el pan blanco… para comérselo ellos”.

José Antonio detalla que comenzó a hablarles en casa sobre la guerra cuando acabó el franquismo. “Pero siempre recuerda lo del seminario como horrible. Nunca antes quiso hablar de nada, quizás por miedo, para salvaguardar a su familia”.

Entonces se afilió al PSE y fue delegado sindical en General Eléctrica, con planta en Galindo. Perdió su empleo por una huelga que protagonizó y por la que el régimen franquista le acabó deteniendo. Continuaría su trayectoria como mecánico en Renault y en Citroën, firma de automóviles en la que se jubiló.

Continuó como el miembro más joven de la asociación Milicianos Socialistas. “Nosotros, con otras personas como el gudari Moreno de Portugalete, fuimos los promotores del monumento de La Huella de Artxanda y el acto de homenaje”, subraya quien también conoció a Dolores Ibarruri, la Pasionaria. “Dolores venía a darnos charlas a la General Eléctrica. Era una mujer con la que se podía tratar, pero Rubial era más bella persona en todos los sentidos”.

Fortunato Aguirre, Mola y el taxista Arza

El 18 de julio se han cumplido 82 años del golpe de estado de 1936 y del día que detuvieron al alcalde de Lizarra por informar a la República de la inminente sublevación militar

Un reportaje de Iban Gorriti

ESTE pasado miércoles se cumplieron 82 años del golpe de estado que militares españoles urdieron contra la legítima Segunda República en 1936. Esta sublevación se truncó porque los demócratas reaccionaron y se alinearon enfrente de los Mola, Franco, Queipo de Llano… y estalló la guerra. Aquel luctuoso 18 de julio fue también el día en el que los facciosos arrestaron al alcalde de Lizarra, Fortunato Aguirre, del PNV. Tan solo dos meses después, fusilarían en Tajonar a quien había sido cofundador del club de fútbol Osasuna y de la ikastola de Estella, así como miembro del Napar Buru Batzar jeltzale.

Aguirre, con el Cuerpo de Policía Municipal de Estella. Foto: Familia de Fortunato Aguirre
Aguirre, con el Cuerpo de Policía Municipal de Estella. Foto: Familia de Fortunato Aguirre

Los golpistas detuvieron a Fortunato Aguirre Luquin porque el alcalde había advertido al gobierno republicano de que el gobernador militar de Navarra, el general Mola, tramaba junto a otros relevantes mandos castrenses un golpe de Estado. Custodiaba esa información de primera mano y otras que hicieron enervar a los antidemócratas.

Pero, ¿quién fue la persona que pasó información tan detallada a Fortunato Aguirre, natural de Arellano de 43 años? Consultada al respecto, su hija Mirentxu aporta ocho décadas después que la familia estima que fue labor de un taxista. “Sí, un taxista. Mi madre era quien nos contaba todo. Date cuenta de que mi hermana gemela y yo nacimos en noviembre de 1936, solo dos meses después de que fusilaran a mi padre, y no guardamos recuerdo alguno. Ella siempre pensó que fue un taxista, un tal Arza… y también un militar que no era de ellos”, aporta Mirentxu a DEIA.

Según el testimonio materno heredado por estas hermanas de 81 años, el taxista comunicaba al alcalde lo que escuchaba en los traslados de los mandos. “Claro, llevaba a los jefazos que se reunían en Iratxe….”, agrega la hija de Fortunato Aguirre. Y por otro lado, el militar de ideología republicana llegó a detallar al regidor una importante información. “Le contó que Mola y sus compañeros estaban acumulando armas que no eran para el ejército, sino que para dar un golpe de Estado”.

Así, la madre de Mirentxu y su padre político, Gonzalo Aristizabal Eraso, supieron que el día de su ejecución tres personas le trasladaron hasta Tajonar con una parada en Zirauki, donde le subieron a otro vehículo. A continuación, un sacerdote le confesó. “Ahora se cumplen 58 años de cuando recuperamos los restos de nuestro padre y los llevamos al panteón familiar de Estella”, relata y se emociona al evocar dónde estaban los restos. “Estaban en un campo y como sabíamos dónde le hacíamos una tumba con piedras y el del tractor nos lo respetaba. En Estella ya descansó”.

La familia conserva cartas que un “vaticanista” Fortunato Aguirre remitió desde la prisión al obispo Marcelino Olaechea (1935-1946), a quien conocía por el sacramento de Confirmación que se oficiaba también en Lizarra. “Olaechea le respondió a una carta, y otra persona a una segunda”. De nada sirvieron sus palabras. “Al parecer, argumentó a la familia que había tenido mucho miedo al bando de Mola y no se atrevió a decir ni mu. Que luego supo que Mola mató a media Navarra”, apostilla Mirentxu.

Sin embargo, su justificación caía en saco roto al saberse que el 23 de agosto de 1937, Olaechea apoyó a los golpistas convocando una “solemne procesión de rogativa” a la Virgen del Rosario en la que pidió “limosnas para quienes combatían por la causa de Dios y por España, porque no es una guerra, es una Cruzada, y la Iglesia no puede menos que poner cuanto tiene en favor de sus cruzados”. ​El alcalde murió asesinado con su traje gris y gabardina, meses después de comunicar al Gobierno de la República las andanzas de Mola, e incluso de que en el monasterio de Iranzu habían escondido un arsenal de armas. Asimismo, relató que se llevaban a cabo reuniones entre los conspiradores.

apresado y fusilado Fortunato tuvo conocimiento de la reunión que, el 16 de julio de 1936, tuvo lugar en el monasterio de Iratxe entre el general cubano y el general Batet, general republicano en jefe de la VI División Orgánica de Burgos, por iniciativa de este último, en la que trató de averiguar si Mola estaba implicado en la conspiración que se estaba preparando e incluso le pidió su palabra de honor de que no iba a sublevarse. No fue así.

Aguirre llegaría a hablar por teléfono con el presidente del Gobierno, Santiago Casares Quiroga, quien le ordenó que no hiciese nada. El día del golpe de Estado, Aguirre fue apresado por los sublevados, conducido hasta las cercanías de Iruñea y asesinado el 29 de septiembre de 1936 en Tajonar. Los fascistas registraron en sus documentos que Fortunato “fue hallado por un testigo que lo conocía, en estado de cadáver víctima al parecer de la lucha contra el marxismo”.

La familia le recuerda a día de hoy con el máximo cariño en estas fechas. “Le tenemos endiosado. Fue una buena persona, pero tuvimos nuestros complejos de niñas porque éramos hijas de ‘cocón’, es decir, de una mala persona porque era separatista y nos lo decían. Mi hermano José Miguel tuvo más complejo porque le llegaban a insultar. Tuvimos, eso sí, la suerte de que nuestra familia nos acogió muy bien, que no era lo normal entonces, por los casos que hemos conocido”.

Los fascistas fusilaron al devoto católico el día de San Miguel y estando su esposa embarazada. “Fuimos hijas póstumas y a las dos nos llamaron igual, pero al revés. A mí, María Miguela, es decir, Miren Mikele, Mirentxu; y a mi hermana Miguela María, esto es, Mikele Miren, Mikele, lo que nos ha creado numeras confusiones. Pero el asesinato de aita no fue lo único malo que ocurrió en la familia. Mi abuelo perdió a su yerno e hijos que tuvieron que exiliarse primero en Francia y luego en Venezuela. Una gran pena”, finaliza.

El inquietante grafiti ‘Katalina’

Un equipo de la UPV/EHU de Gasteiz ve un halo de misterio en una inscripción con nombre de mujer hallada en un nido de ametralladoras de los fortines de Ketura, en Araba.

Un reportaje de Iban Gorriti

los fortines de Ketura, en el municipio alavés de Zigoitia, forman parte de la primera línea de defensa republicana del sector de Ubidea en el frente del territorio de la guerra de 1936 en Euskadi. Un estudio arqueológico integral de la UPV/EHU destaca dos nidos de ametralladoras por la gran cantidad de grafitis de guerra que contienen y, entre todos ellos, hay uno que llama de manera especial la atención de los arqueólogos. “Hay un nombre que todavía permanece bajo un halo de misterio y es Katalina”, valora el historiador Josu Santamarina (Urrunaga, 1993), uno de los investigadores del equipo que culminó el estudio durante el año pasado.

Antes de entrar en materia sobre el enigma, es decir, sobre las hipótesis a cerca de quién fue esa mujer, los investigadores recuerdan que milicianos socialistas del Euzkadi’ko Gudarostea (Ejército de Euzkadi) dejaron decenas de inscripciones en el cemento fresco a modo de testimonio o “ego-documento” en este lugar. Pertenecían al Batallón 5º de la UGT Madrid. A pesar del nombre de su unidad, el grupo se creó en la Margen Izquierda de Bizkaia. Lo denominaron así como homenaje a la lucha republicana en la ciudad española.

En días en los que se consolidaba la resistencia republicana -un integrante del batallón firmó sobre el cemento el 10 de marzo de 1937- tras la ofensiva de Villarreal (Legutio), el fortín quedó decorado de grafitis. “La investigación partía de un estudio que apele a los sujetos, voces perfiladas en el cemento y partiendo de una perspectiva de género. Es decir, abandonando la idea de partida de que Katalina fuera una novia de, una hija de, una madre de…”, dice Santamarina.

En el origen, la premisas de investigación no recogían la posibilidad de hallar un nombre de mujer en primera línea. Y lo argumentan detallando que, tras el periodo republicano en el que las mujeres lucharon por tener voz en el espacio público, la guerra supuso una “vuelta al orden” patriarcal, es decir, los hombres en el frente y las mujeres en la retaguardia, según un estudio de Trullén.

A juicio de este equipo de arqueólogos, no solo fue así en la España golpista. “Si bien al principio del conflicto muchas mujeres combatieron en las trincheras republicanas de diversos frentes, pronto se tomaron medidas para prohibir o limitar su participación en este ámbito”, mantienen basando su discurso en trabajos firmados por Nash o Cenarro.

El equipo trató de dar con la identidad de Katalina consultando las nóminas del batallón vasco llamado Madrid. “No aparece ninguna Katalina en las nóminas del batallón. No aparece ninguna Katalina en los partes de operaciones republicanos ni en ningún otro documento consultado”, concluyeron.

Un vecino de la zona que hace frontera entre Bizkaia y Araba sí recordaba cómo su abuela comentaba que hubo mujeres asturianas combatiendo en la zona, “pero tampoco aseguró que este dato pudiese ser cierto”, contraponen.

Por ello, y en consonancia con la invisibilización histórica de las mujeres, Katalina sigue siendo un misterio. “A pesar de ello, su posición central en el campo epigráfico, casi envolviendo un lateral de la hoz y el martillo, parece indicar su importancia política. En cualquier caso, por el momento, no se disponen de más datos”, lamentan los firmantes del trabajo titulado Grafitis de guerra. Un estudio arqueológico de los fortines republicanos de Ketura (Araba), es decir, Josu Santamarina, Xabier Herrero, Pedro Rodríguez y José M. Señorán.

los grabados En este fortín -muy cercano al Museo de Alfarería Vasca de Elosu- los grabados de la guerra de 1936 se concentran en la superficie exterior de la cubierta. La mayor parte del campo epigráfico se sitúa en la mitad sur de la misma, precisamente en la parte del nido que presenta una altura menor y que, por lo tanto, ofrece unas condiciones “más cómodas” de acceso.

A primera vista y antes de iniciar el estudio arqueológico completo, se apreciaban ya algunas inscripciones: unos pocos nombres propios -Pablo Mendieta, José Luis Garai, capitán R. Alvar, Fidel Fernand o capitán Álvarez-, el nombre del batallón, la fecha y una hoz y un martillo de grandes dimensiones en una posición central. “Sin embargo, hasta que no se realizaron labores de registro nocturno con iluminación artificial y fotogrametría digital, no pudimos ver claramente otras marcas”, especifican.

Estos grafitis o inscripciones entre los que se encuentra Katalina se hicieron sobre cemento en esta zona conocida como Los Parapetos. En la parte central aparecen la hoz y el martillo cruzados, de evidente simbología comunista. “El batallón era de UGT, pero los socialistas en aquel tiempo tenían una mejor colaboración que en la actualidad, de hecho, hemos comprobado que muchos de aquellos milicianos socialistas del Batallón Madrid acabaron siendo comunistas”, analiza Santamarina. Pero, ¿quién fue Katalina? “Ojalá -concluye Santamarina- alguien supiera algo sobre ello. Ojalá hubiera alguna persona que todavía pudiera decirnos si sabe algo sobre ella o aquellas inscripciones”.