El frío regreso de la URSS a Santurtzi

Los niños de la guerra exiliados a Rusia testimonian en el documental ‘Huérfanos del olvido’ el trauma de volver a un país distinto al que soñaban. “Costó mucho”, afirman .

Un reportaje de Iban Gorriti

EL regreso a Euskadi de aquellas personas que fueron exiliadas durante la guerra de 1936 fue un trauma que muchas aún no han superado. Es el caso de las protagonistas del nuevo documental Huérfanos del olvido, del realizador burgalés Lino Varela, quien recoge testimonios vivos y desgarradores de mujeres y hombres del Estado que fueron evacuados a la URSS en barcos como El Habana.

Palabras directas de su corazón a la boca, enfatizan que cuando volvieron no se encontraron el país que esperaban, aquella patria de la que les hablaban. No existía. Era un Estado totalmente distinto y de hecho, matizan algunas, aguantaron por sus familias. “Fue dura la adaptación” o “costó mucho”, señalan.

Niños exiliados a Rusia en 1937 en una imagen del documental ‘Huérfanos del olvido’, del realizador Lino Varela.Foto: Archivo Guerra y Auxilio

Una de ellas es Vitori Iglesias Martínez, de Santurtzi, actualmente de jóvenes 87 años. “Yo llegué 20 años después y me dijeron que aquella era mi madre. No sentí nada. Yo no la reconocía. Ni amor ni cariño. Nada”, detalla a este medio. De hecho, en el transcurso de la película se derrumba -“soy muy llorona”, advierte- y atestigua que “nos querían cuando estábamos lejos. Cuando estábamos cerca ya no nos querían”.

Iglesias zarpó de su villa marinera junto a su hermano, Francisco. Este último acabó luchando junto al ejército ruso contra los alemanes en el cerco nazi de Leningrado, episodio del que se han cumplido 75 años a finales de enero. “Hemos estado en San Petersburgo, nos invitaron y hasta Putin estuvo en el acto de conmemoración”, agradece.

Pero volvamos al puerto de Santurtzi. 1937. Fueron unos 3.000 niños y niñas los que desde diferentes puntos del Mediterráneo y del Cantábrico acabaron atracando en la Unión Soviética, en una acción solidaria que trataba de apartar a los menores de los frentes de batalla, de salvarlos de los horrores de una guerra en la que, por primera vez en la Historia la retaguardia, las ciudades alejadas de los frentes y la población civil habían acabado siendo objetivos militares -luego se reprodujo una situación parecida por activa y por pasiva durante la Segunda Guerra Mundial-.

De este modo lo detalla Pelai Pagès i Blanch, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Barcelona: “Los niños y niñas siempre eran las víctimas inocentes de la guerra y en el caso de la guerra civil no faltan episodios dramáticos de niños muertos en injustos bombardeos protagonizados por la aviación fascista. De los casi 33.000 niños que fueron acogidos en diferentes países de Europa y México para salvarlos de los horrores de la guerra, casi el 10% llegó a una Rusia pletórica en demostrar su solidaridad con la España republicana”.

Estreno en Moscú Vitori, nacida el 12 de febrero de 1932, recuerda que a su salida de Santurtzi les bombardeaban desde el aire. Llegaron a Francia y allí subieron al vapor galo Sontai. “El viaje duró como una semana”. A sus cinco años, les dijeron que estarían fueran de casa “tres o cuatro meses, y fueron 20 años”, subraya la coprotagonista de Huérfanos del olvido, filme que pudo materializarse con el apoyo a la asociación Archivo Guerra y Exilio (AGE) de Madrid con motivo de un viaje a Rusia por el 80 aniversario del exilio en 2017. Una exposición de este comprometido colectivo y la película itinera estos días por el Estado. Está a falta de fecha de proyección en Euskadi, según confirma a este diario Dolores Cabra, de AGE. El director Lino Varela aporta que “la película se estrenó el pasado mes de noviembre y actualmente está en fase de explotación comercial tanto en festivales como en cines y televisión. El próximo 30 de marzo la estrenamos en Moscú”.

Llegado a suelo en paz, en un principio todo fueron alegrías y agradecimientos. Hasta que estalló la Segunda Guerra Mundial. Sufrieron un segundo exilio. “De vivir como reyes en Leningrado y Moscú”, les evacuaron por el río Volga a Saratov, a 850 kilómetros de la capital. “Del 41 al 45 fueron los peores años de mi vida. No llegaba comida, los inviernos eran durísimos. Morían algunos de los españoles”, lamenta Iglesias y va más allá: “Había hórreos con trigo, cebada, avena… pero lo primero era para el ejército. Nosotros robábamos haciendo un agujero y podíamos comer pequeños talos”.

Les faltó alimento, pero no educación. “Aún estando enfermos, venían a darnos clase a la misma cama, de la que no nos podíamos levantar por el frío que hacía”. Ella acabaría sacando el título de Técnico Agrónomo. “Se nos educó en español en todos los aspectos. De hecho, el gobierno pagaba un sueldo por estudiar, ya que lo consideraban un trabajo mental”, matiza.

Al acabar la guerra les enviaron a Moscú y se encontraron con una encrucijada para volver a casa. “Stalin dijo que solo nos devolvería cuando España fuera una república, ya que de una república habíamos llegado a la URSS. Y por el otro lado, Franco no nos quería porque nos consideraba espías. Al final, el regreso se dio por la Cruz Roja en 1956”. Entretanto, cartas las justas y a través de personas en terceros países. “Yo mandaba una carta a Francia y de allí la enviaban a casa”.

Críticas a Vox Y tocó el reencuentro. Frío. “Me fui con 5 años y volví con 25. Llegué a un mundo totalmente distinto. De hecho, ni nos daban DNI, solo una tarjeta amarilla y en la de mi hermano ponía prófugo. Fue muy dura la vuelta”. Su padre había fallecido cuatro años antes. “Murió con las ganas de volver a verme después de dos décadas de sufrimientos”, explica quien el viernes tomó parte en la manifestación por el Día internacional de las mujeres en Bilbao. “No podía faltar tal y como están las cosas. Lo de Vox es una vergüenza. Con tantas mujeres que están matando y que digan lo que dicen. A ratos quito la tele. Es indignante. Quieren llevarnos a los tiempos que sufrimos”, señala.

Los presos que llevaron el tren a Bermeo

Franco inauguró en 1955 la vía de ferrocarril construida por ‘libertos’ del dictador procedentes de diferentes lugares de España. Algunos se quedaron

Un reportaje de Iban Gorriti

el próximo año se cumplirán 65 años de la llegada del ferrocarril a Bermeo gracias al trabajo de esclavos de Franco de la Guerra Civil, a quienes nadie nunca ha reconocido lo suficiente esta labor, como no lo hizo el dictador el día de la inauguración de la vía el 16 de agosto de 1955.

Guardias civiles sobre un puente vigilando a los presos trabajadores. Fotos: Archivo del Museo Vasco del Ferrocarril

Entre aquellos presos había un grupo denominado libertos, algunos de ellos vascos. El director del Museo Vasco del Ferrocarril de Azpeitia, Juanjo Olaizola, los define como “antiguos presos que, al ser condenados a destierro y no poder, por tanto, regresar a su tierra natal, optaron por continuar trabajando en sus antiguos puestos”. El investigador hace un paralelismo con los trabajos forzados del Valle de los Caídos de Madrid. “También allí hubo libertos que tenían que seguir picando piedra para ganarse la vida. No tenían otro recurso, porque no podían volver a su pueblo por ser declarados peligrosos y estar en libertad provisional”, subraya.

Aunque para algunos eran anónimos, aquellos libertos de Busturialdea tienen nombre y apellido. Es el caso de Antonio Jiménez Navarro, padre del reconocido escritor de Mundaka Edorta Jiménez, y también José Martos Justicia, Manuel Miguel Pastor Escribano o Miguel Martínez Márquez. Los tres primeros de Jaén, y el cuarto de Málaga.

Antes de conocer pinceladas de la vida de Jiménez, Olaizola precisa a este diario que la mano de obra de presos y penados interviene en el ferrocarril de Amorebieta a Bermeo en dos etapas diferenciadas. La primera, tras de la caída de Gernika en manos del ejército golpista que había provocado la Guerra Civil. Este periodo se prolongaría hasta 1945. La segunda, desde la creación del destacamento penitenciario de Bermeo el 21 de enero de 1953, hasta su disolución el 30 de mayo de 1958. “En la primera etapa -matiza el investigador-, la inmensa mayoría de los penados eran represaliados republicanos, gudaris, milicianos y soldados, mientras que en la segunda eran principalmente presos condenados por delitos comunes”.

También hubo, como curiosidad, un comandante acusado de un delito de “fraude a la intendencia militar”, y cuatro guardias civiles que fueron condenados en Consejo de Guerra el 5 de junio de 1955 por quebrantamiento de consigna y cohecho, en un caso de contrabando de diversos materiales.

Aunque los libertos eran en principio trabajadores libres, continuaron sujetos a la disciplina militar de los destacamentos de trabajadores de los que seguían formando parte, siempre bajo la amenaza de que cualquier denuncia podría quebrar su régimen de libertad condicional. “Muchos de ellos, al no disponer de un domicilio, establecieron su residencia provisional en las propias dependencias del centro de reclusión, situado en la calle de los Tilos, en el antiguo colegio de los Agustinos. Incluso los habitantes de la comarca difícilmente distinguían entre penados y libertos”, matiza Olaizola.

Finalizada la reconstrucción de Gernika, los libertos continuaron trabajando en diversas obras realizadas en la comarca, como en la construcción del ferrocarril entre Sukarrieta (hoy Busturia-Itsasbegi) y Bermeo. De aquel grupo, Olaizola halló hace quince años certificados en el Centro Penitenciario Bilbao, en Basauri.

El padre del literato Edorta Jiménez, Antonio Jiménez Navarro Remolín, era natural de Villagordo, Jaén. Fue sentenciado en Consejo de Guerra, en Córdoba, a 20 años por el delito de rebelión militar. Desde la cárcel andaluza lo destinaron a Gasteiz en 1940. Un año después, a la bilbaina de Larrinaga, “aunque ante la saturación de presos de esta dependencia fue recluido en el centro penitenciario que había sido establecido en la fábrica de la Tabacalera”.

Decretado su traslado a Madrid, no llegó a efectuarse la orden. En 1943, fue encuadrado en batallones de trabajadores que desarrollan su actividad desde la prisión provincial de Bilbao. “Con el fin de iniciar la tramitación del expediente de libertad condicional, la prisión provincial de Bilbao solicitó informes al Ayuntamiento, Delegación de Falange y Guardia Civil de Villagordo, con resultados negativos, ya que las tres entidades coincidieron en señalar sobre Antonio Jiménez Navarro: con frecuencia sería increpado por el vecindario, al tratarse de un exaltado anarquista y de un sujeto peligroso para nuestro régimen”.

A pesar de que un informe del médico de la prisión provincial de Bilbao certificaba que Jiménez padecía “insuficiencia mitral compensada y por tanto se considera inútil para el trabajo”, fue trasladado al destacamento penal de Gernika trabajando a partir de esta fecha en las obras de reconstrucción de esta ciudad, así como en las de renovación y mantenimiento del ferrocarril de Amorebieta a Sukarrieta.

destierro En 1943, obtuvo la libertad condicional con destierro, por lo que, ante la imposibilidad de regresar a su tierra natal, debió optar por continuar trabajando por cuenta de las diversas empresas contratistas de las obras de reconstrucción de Gernika y del ferrocarril en su nueva condición de liberto, fijando su primera residencia en la calle de los Tilos de Gernika, precisamente en el centro de reclusión del antiguo colegio de los Agustinos. El día 25 de mayo de 1950, obtuvo su licenciamiento definitivo. Sin embargo, “él contaba que no sabía cuándo había dejado de ser preso y pasado a ser legal”, lamenta Olaizola.

La espía vasca de la alta sociedad

Ana María Bidegaray colaboró con el Gobierno vasco en los años 40 del siglo pasado para destapar a nazis y fascistas huidos a la diáspora uruguaya y argentina; Bélgica y Cruz Roja la condecoraron por sus servicios

Iban Gorriti

hay un episodio en la vida de Ana María Bidegaray que resta por estudiar de una forma más pormenorizada. La mujer natural de Hazparne, tras una humanitaria labor protagonizada en la Primera Guerra Mundial, continuó con su lucha política desde las altas esferas de la sociedad. Lo hizo ya en Uruguay y con la máxima de hallar nazis y fascistas ocultos en el país americano, en el que muchos buscaron anonimato y una nueva vida sin juicios de guerra.

Carne hoy de película de Hollywood, la labortana, de quien se celebra estos días una biografía tecleada por Arantzazu Ametzaga Iribarren, colaboró con el Gobierno vasco en el exilio. Lo hizo como parte de una célula de siete personas que actuó en Uruguay entre 1943 y 1949 para favorecer la captura de agentes españoles, italianos y alemanes que buscaron residencia en el país. Sobre esta estructura ha comenzado a investigar el docente universitario Xabier Irujo, editor del libro María Ana Bidegaray (Euskal Herria, 2019) y colaborador en la investigación histórica del personaje que resucitan del olvido. “Bidegaray colaboró con esta red y también con el Comité Belga de Socorros de Guerra, así como con la Cruz Roja en la Segunda Guerra Mundial”, modula Irujo. “Hasta el punto de que terminado el conflicto, una vez más, fue condecorada por la Cruz Roja por ayudar a humanizar la guerra, ya que colaboró otra vez enviando alimentos y víveres sobre todo a Iparralde”, subraya.

Consultada por DEIA sobre este capítulo del periplo vital de Ana María, Arantzazu Ametzaga, madre de este director del Centro de Estudios Vascos de la Universidad de Nevada (Reno), admite que en el recién estrenado volumen no abunda en este episodio. “Seguimos investigando al respecto. Se sabe que un submarino alemán se hundió frente a Montevideo y que los nazis buscaron asilo en Uruguay y en Argentina. Yo puedo decir que en los trece años que viví allí no conocí un alemán”, aporta la autora que cuenta ya con 30 divulgaciones.

Con quien sí tuvo gusto de compartir horas, aficiones, cuitas, sueños… fue con la propia Bidegaray, a quien desde la distancia y el cariño llamaba Marianita y la consideraba una heroína que labraba, además, como ella la palabra escrita. “El espionaje es una traición, pero nunca tuvo mala conciencia por ello porque lo hacía desde una misión humanitaria”, analiza, y va más allá en su explicación: “Mi familia y la suya coincidieron en una idea del siglo XIX de hermandad vasca. El tío Manuel Irujo fue quien encarnó la expresión humanizar la guerra. Y ella lo hizo desde Iparralde y Uruguay. Tanto una familia como la otra buscaron llegar a las raíces de nuestro pueblo”, compara. Transmite además que Ana María conoció al lehendakari Aguirre tanto en su primera visita a Montevideo camuflado como el Doctor Álvarez como en las sucesivas oficiales. “Ella se movía fácilmente en la sociedad, en el centro vasco, con el Laurac Bat y de las reuniones obtenía información como servicio de espionaje, pero tenemos muy poca al respecto. Es secretuda”, califica.

En 1956, Ametzaga se despidió de ella. “Fue una de las últimas personas que abracé allí”, evoca quien dejó atrás a quien considera una mujer adelantada a su tiempo y condecorada tras la Primera Guerra Mundial por el rey de Bélgica y en la Segunda Guerra Total por la Cruz Roja. “En virtud de su esfuerzo por salvar prisioneros de guerra de campos de prisioneros alemanes y enviar alimentos a Bélgica e Iparralde, fue también escritora, activista social, madre y una intensa amiga para mí”, apostilla la investigadora.

Pero, ¿por qué el olvido de una figura tan clave? Arantzazu no duda en denunciar la primera razón desde su prisma feminista. “Lo soy y por ello se le ha olvidado primeramente, por ser mujer. Si hubiera sido hombre su importancia hubiera sido mayor”, dice. A renglón seguido, determina que la comunidad vasca en Uruguay es importante, aunque simbólica, y “todo se va apagando con el paso del tiempo, más en un país que vivió una depresión política y económica. No corrían tiempos para los héroes humanitarios”.

Mujer vanguardista El periodista Aitor Azurki, activo conocedor de la memoria histórica vasca, coincide con Ametzaga e Irujo en su importancia. “El libro es una gran aportación a la Historia vasca, ya que descubre la vida de una mujer vanguardista e internacional por su labor humanitaria, política, social y cultural del siglo XX en Europa y América”, enfatiza la primera. Añade que es “una de las mujeres vascas más importantes y desconocidas del pasado siglo” en Euskadi.

Irujo avanza por la misma senda. “No hay muchos ejemplos de féminas tan activas en el curso de la Primera Gran Guerra. Por si fuera poco, durante la contienda dio a luz a dos de sus hijos”, subraya. Con 28 años fue condecorada al término de la contienda por Alberto I de Bélgica, país del que su marido era cónsul. “Este pasaje de su vida es totalmente desconocido e inédito”, estima Ametzaga, quien ha escudriñado en archivos históricos lo siguiente: “Aprovechó las relaciones diplomáticas de su marido para obtener información de interés sobre los campos de prisioneros que los alemanes organizaron más allá de las líneas de combate y organizó una red de rescate de prisioneros de guerra. Éstos eran conducidos desde el otro lado del frente hasta París y, desde allí, repatriados a sus países de origen”.

Su compromiso fue tal que Aran-tzazu Ametzaga no duda en asegurar que llegó a protagonizar la denominada Red Bidegaray, que ayudaba a prisioneros belgas a escapar de campos de prisioneros alemanes hacia las líneas aliadas y prestaba ayuda con alimentos y abrigo. Dicha Red Bidegaray sería “un antecedente” de la famosa Red Comète de la Segunda Guerra Mundial, la “red precursora”. También fue pionera como autora del primer libro editado en Uruguay con relación a la cultura vasca, Cuna Vasca, en el año 1948.

Ametzaga concluye con una de las máximas de Ana María Bidegaray: “Por este mundo solo se pasa una vez y quiero que ese paso que sea bueno”. Por este motivo, “luchó por los demás, tuvo un matrimonio feliz, descendientes, y era querida por todo el mundo”, pondera la autora del también reciente libro Irujo: una familia vasca.

La frustrada Marbella de Franco en Busturialdea

VECINOS DE LA COMARCA SE OPUSIERON AL PLAN, AL IGUAL QUE LO HIZO UN COMANDO DE ETA. LA MUERTE DEL DICTADOR EN 1975 ACABÓ POR DAR AL TRASTE CON EL PROYECTO

Un reportaje de Iban Gorriti

LA movilización popular de Busturialdea frustró los planes de Franco de convertir lo que hoy es la Reserva de la Biosfera de Urdaibai en un canal edificado desde Gernika-Lumo hasta Mundaka con un megapuerto deportivo incluido. La oposición a este proyecto se gestó con curiosas actuaciones a finales de los años 60. El fallecimiento del dictador en 1975 contribuyó asimismo a dar el carpetazo definitivo a aquella faraónica iniciativa franquista denominada Plan de aprovechamiento de la ría Guernica- Mundaca y que podría haber llegado a ser una Marbella vasca.

El estallido de la Guerra Civil en 1936 había detenido un intento similar de canalización de las marismas que había proyectado el Gobierno de la República española en 1934.

Bien conoce todas las particularidades el investigador José Ángel Txato Etxaniz, del colectivo Gernikazarra Historia Taldea. “Hasta fecha de hoy ha habido como ocho proyectos de canalización. El primero con Fernando el Católico en 1476 cuando vino a Gernika a firmar los Fueros. Los reyes hicieron un proyecto”, pormenoriza el investigador. Y va más allá al evocar que la sensibilidad ecologista que fue de la mano de la política nacería a finales de los años 60 y concluiría a mediados de los 70 del siglo pasado.

Corría el año 68 y mientras París ardía con las históricas movilizaciones de mayo, la Diputación provincial franquista anunciaba sin miramientos un plan de aprovechamiento de explotación y construcción en la ría de Gernika hasta su salida al mar. “Querían desecar las marismas, construir un puente que iría desde Sukarrieta a Kanala, un puerto deportivo…”, resume Txato al respecto.

Meses después, en octubre, los José Allende, Francisco Letamendia Ortzi y Jon Larrinaga pidieron a Perico Ibarra que solicitara a su padre que les ayudara a recabar más información sobre este plan. En enero de 1969, este grupo comenzó a movilizarse contra lo que consideraban “un desastre” a todos los efectos en aquel privilegiado litoral vizcaino.

Cabe subrayar que aún no existía la Reserva de la biosfera de Urdaibai. Tras unas protestas, la policía encarceló a uno de aquellos jóvenes en el Centro Penitenciario de Bilbao, en Basauri.

“En la primera semana de enero, miembros de un comando de ETA entraron a la Casa de Juntas y robaron los planos del proyecto que estaban expuestos para la ciudadanía. Saltaron la valla y se llevaron todo salvo la maqueta porque pesaba mucho… ¡Esa fue la primera oposición al plan!”, recalca el integrante de Gernikazarra, quien evoca que “los periódicos no publicaron nada al respecto. Salvo la Gaceta, que editó algo en pequeño, el resto no quiso que se supiera nada”.

En marzo de 1969 cayó la dirección de ETA y el plan mastodóntico siguió, como el agua de la ría, su curso. Sin embargo, entre 1970 y 1971, vecinos de Busturia plantearon crear una asociación. Así nació Auzokideak o Auzokideok, al tiempo que se comenzó a construir la conocida como Torre de Paco, un restaurante y hotel del cocinero Francisco de la Fuente. “El propio ministro Fraga propuso construir con dinero propio un parador en la zona”, evoca Etxaniz. Así las cosas, y con una concienciación política y ecologista en evidente crecimiento, se registraron las primeras alegaciones con el fin de paralizar el plan.

COSTA NUCLEAR El año 1973 estrenó calendario con el recordado lema Zain dezagun Busturialdea –cuidemos Busturialdea–. “Aún no se utilizaba la denominación Urdaibai”, matiza el historiador. El movimiento ecologista había llegado para quedarse y dio un paso más al frente al recibir la noticia de que se quería construir una central nuclear primero en Deba y Ogeia –Ispaster– y finalmente en Lemoiz.

“La cosa estaba al pil pil y uno de los que comenzaron las protestas, José Allende, se opone a la costa nuclear”, asevera Txato. Las luchas continuaron. Y llega 1975, año clave: Franco muere y con él también desaparece el plan de la Diputación. “Hoy no sería posible un plan así porque la Reserva de la Biosfera de Urdaibai está reconocida por la Unesco y es, además, la primera y única en el mundo que tiene una ley propia”, concluye el historiador gernikarra.

Muerte fraternal compartida en escenarios de guerra diferentes

Los hermanos Florencio y Víctor Arroita, gudaris de ANV, murieron con escasas horas de diferencia el 26 de abril de 1937 pese a estar luchando en distintos pueblos

Un reportaje de Iban Gorriti

EL dramaturgo Lord Lytton dejó escrito: “El destino se ríe de las probabilidades”. Y en ocasiones es cierto. ¿Cuántas posibilidades hay de que dos hermanos en una guerra sean heridos y mueran el mismo día en diferentes escenarios bélicos? El destino, si existe, fue así de duro con Víctor y Florencio Arroita Zarandona, hijos del sepulturero de Durango, Ruperto Arroita Abaitua quien, según datos consultados en el Archivo Municipal de la villa, trabajó en el camposanto municipal hasta 1932.

Ruperto Arroita, junto a sus hijas María y Juliana.Fotos: Aiyoa Arroita
Ruperto Arroita, junto a sus hijas María y Juliana.Fotos: Aiyoa Arroita

Las muertes de los dos jóvenes gudaris de los batallones Olabarri y ANV3 acontecieron durante la Guerra Civil. De forma más concreta, un día histórico en todo el globo terráqueo: el 26 de abril de 1937, jornada en la que explotaba y ardía la villa foral de Gernika-Lumo a causa de las bombas nazis alemanas y fascistas italianas. Víctor luchaba en el frente de Atxondo, tenía 29 años y estaba casado e iba a ser padre de forma inminente. Le mataron meses antes de que su mujer diera a luz.

Florencio había dado 20 vueltas al sol. El archivero municipal de Durango, José Ángel Orobio-Urrutia, aporta datos sobre este joven. “En el padrón de 1935 aparece Florencio, nacido el 9 de marzo de 1919, viviendo en el número 33 de Artekalea con su padre Ruperto y sus hermanas María y Juliana. Consta que trabaja de jornalero”, apostilla.

La investigadora de memoria histórica Aiyoa Arroita, natural de Ortuella, detalla que sus tíos abuelos murieron con escasas horas de diferencia y adelanta a este periódico que solicitará que se abra y exhume la supuesta fosa común que hay en el camposanto de Durango en la que podría encontrarse uno de sus familiares. “Víctor era del batallón Olabarri o ANV1, y cabo al cargo del orden público en Durango. Fue herido en un bombardeo de infantería ocurrido en el pueblo y fue trasladado al hospital de Basurto, donde falleció al día siguiente. Está enterrado en la fosa común de Derio. Mientras que Florencio perdió la vida en Axpe-Martzaa, hoy Atxondo, y podría haber sido llevado al cementerio de Durango”.

fosas sin abrir La autora, junto a Pablo Domínguez, del blog Crónicas a pie de fosa, lamenta que no se haya abierto ya el prado verde que hay en el cementerio durangarra sin tocar desde hace 80 años. Bajo ese impoluto manto -según hemeroteca consultada-, diferentes autores como Jimi Jiménez, Jon Irazabal o Robert Egby sopesan que hay zanjas sin abrir. Podrían descansar anónimos un centenar de cuerpos. Ninguna familia ni institución ha solicitado su apertura. Aiyoa es tajante al respecto: “He leído que hay quien dice que no hay que abrir esa fosas o zanjas, que solo dignificarlas. ¿Les importa más la hierba que los cuerpos? Tengo derecho a saber dónde está mi familiar para darle sepultura digna, llevarlo junto a los suyos en el panteón y cerrar el círculo para cerrar también mi herida”, enfatiza. Y recuerda igualmente que “alguien dio un golpe de Estado que llevó a Víctor y Florencio a luchar por las libertades y derechos humanos, y contra todos sus horrores; y que pongan una escultura, como dice alguno, ni a mí ni a mis parientes nos dignifica nada y más aún al lado de la capilla franquista construida en 1939 que hay allí”.

hijos del sepulturero El enterrador Ruperto estaba desposado con Concepción Zarandona. Tuvieron cuatro hijos: Florencio, Víctor, María y Juliana. “Un familiar nos dijo que eran cinco, que un bebé se le cayó a Ruperto a una tumba y murió, pero no sabemos si fue cierto”. Lo que sí es real es que Julia -como le llamaban en verdad en casa a Juliana- quedó encinta con alrededor de 20 años y como madre soltera decidió ella entregar a su bebé en la inclusa de Bilbao. “Sin embargo, su padre Ruperto, el sepulturero, le apoyó en todo momento y fue junto a ella dos meses después a recuperar al niño. De hecho, en las credenciales aparece él como padre y abuelo del recién nacido a quien llamaron Ruperto Domingo”, relata Aiyoa quien, por ello, considera que “Julia bebía los vientos por su padre, para ella era un dios”.

La investigadora ha solicitado tanto a Gogora como a la Sociedad de Ciencias Aranzadi la reclamación del cuerpo de Florencio. Y, ahora, está dispuesta a hacerlo también en el Ayuntamiento de Durango, consistorio en el que se creó una comisión civil y política denominada Martxoak 31 que trata asuntos como el expuesto. “Quiero que aparezca el cuerpo de Florencio. Necesito saber si está tirado aún en una campa. Soy la única que lo reclama, pero estoy en mi derecho. Si quieren solo dignificar esa supuesta fosa de Durango, que lo hagan también con todas y cada una de las cunetas…”, comenta Aiyoa Arroita. “A mí lo que me duele es que la cosa esté así sin saber quién es quién aunque pueda existir un listado. Yo quiero que mi familiar descanse de una vez por todas junto a los suyos, no olvidado”, concluye.