Sobrevivir al azar de Mauthausen

Marcelino Bilbao salió con vida de los experimentos del ‘Doctor Muerte’, el nazi al que identificó décadas después gracias a un ejemplar de la desaparecida revista ‘Interviú’

Un reportaje de Iban Gorriti

Solo le faltó resucitar después de morir. Y es que Marcelino Bilbao fue un hombre corriente, pero un superviviente desde el día en que nació. A este hijo de Alonsotegi le contaron que sus padres biológicos le abandonaron en el río Cadagua y que sobrevivió gracias a una persona que le halló tras oír sus sollozos. La familia López-Iglesias, con 21 hijos, lo adoptó.

Salió adelante, también, siendo adolescente y trabajando en condiciones precarias, lo que le despertó la sensibilidad por lo social, por el marxismo, primeramente abrazado a las Juventudes Socialistas Unificadas. Llegó el golpe de Estado de 1936 derivado en guerra y perduró en su fin de vivir. La CNT puso en sus manos su primer fusil y ascendió a teniente del batallón Isaac Puente. Sorteó la muerte también como testigo del bombardeo de Gernika y en la batalla del Ebro, condecorado con la Medalla al Valor.

Tras cruzar la muga en 1939, acabó con sus huesos en campos de concentración de Francia (Saint-Cyprien, Argelès-Su-Mer y Gurs) y, a continuación, en los de exterminio de Mauthausen y su anejo de Ebensee, en Austria. Sobrevivió, incluso, a la inoculación de veneno -benceno- en su corazón, experimento maquiavélico del conocido como Doctor Muerte, apropiado alias de Aribert Heim. Su otro apodo era El carnicero de Mauthausen. De hecho, el nazi fue acusado de torturar y matar a más de 300 prisioneros con los que practicó inenarrables experimentos médicos.

Marcelino también los sufrió, pero su pequeño cuerpo sobrevivió una vez más a semanas de experimentos como cobayas humanas. Un libro publicado esta semana lo difunde a dos voces: en primera persona, por el protagonista, y contextualizado por su sobrino nieto, el historiador Etxahun Galparsoro (Donostia, 1980).

El vizcaino fallecido en 2014 evoca en las 400 páginas del volumen cómo siete presos de los 30 que hicieron frente a los experimentos mortales siguieron con vida: «Cuatro españoles y tres rusos. En Mauthausen ocurrían este tipo de cosas terroríficas», testimonia Marcelino en la publicación. «Mi tío abuelo», continúa Galparsoro, «sí fue un superviviente, pero sobrevivió a aquel azar. En Mauthausen tuvo a su favor que jugaban bien a fútbol y por ello los presos alemanes le daban comida. Además, se unió a una red clandestina de contrabando de presos alemanes. Y por último, también se integró en la organización de una Red de Resistencia. Esos tres factores le ayudaron a sobrevivir, pero recordemos que allí todo era al azar y punto. Entraban para morir».

Bilbao no conocía el nombre real de aquel sádico nazi. Lo supo décadas después. Le puso cara de una forma anecdótica. «Lo identificó viendo una revista Interviú sobre nazis con empresas de armas en Alicante», explica Etxahun. De pronto, el superviviente vio la foto del Doctor Muerte y dijo a su familia que fue aquel quien le inyectaba veneno en su corazón.

Galparsoro, por su parte, trata de quitar todo resquicio de épica, a pesar de que la vida de Bilbao es de inusitado guion de película, toda ella, cada uno de sus días. «Sí, para una película valdría», asiente. Incluso para un segundo libro. «Lo tengo escrito en un cajón», apostilla quien ha tenido en cuenta que la editorial Crítica del grupo Planeta lo publique el 16 de enero, centenario del nacimiento del antifascista. Además, el 25 de enero se pone a la venta, aniversario de su fallecimiento. «Y el 27 de enero se celebrará el 75 de la liberación de Auschwitz, con la apertura de los campos», agrega desde Madrid, donde lo presenta estos días bajo el título Bilbao en Mauthausen, memorias de supervivencia de un deportado vasco.

El triángulo rojo El ensayo también narra la existencia de los triángulos invertidos rojos que obligaban a portar a los alemanes presos en el campo. Como el que desde hace años viste el hoy ministro de Consumo, el comunista Alberto Garzón. Marcelino portaba el azul con una S, de español apátrida. «Fue muy importante la labor de quienes llevaban triángulo rojo, eran alemanes arios que ayudaban al resto de aquel escalafón que seguían por orden los triángulos verdes, los negros, azules… Y al final de todos, los soviéticos considerados subhumanos y los judíos, que no eran raza humana», cita el autor.

Aquellos rojos, presos políticos, fueron víctimas del proceso que vivió Europa en el que hubo una ruptura con el viejo orden. Así lo estima Galparsoro: «Estos alemanes querían la democracia, como ocurrió con la Segunda República. Y de ahí surgieron primero el fascismo y luego el nazismo. Eran presos con conciencia que ayudaron a personas como Marcelino. Es el antifascismo puro y quien no se incluye ahí se retrata por sí mismo. Es como si les molestara que existan los Derechos Humanos», antepone el donostiarra, técnico en el centro de documentación Lazkaoko Beneditarren Fundazioa.

Su tío abuelo, aquel miliciano del Euzko Gudarostea -«así lo califica el BOE de la época», defiende Galparsoro- fue el preso número 4.628 del campo de la muerte, todo un superviviente hasta hace cinco años, cuando murió. «Sobrevivió -concluye- a su infancia y juventud por su dureza, porque era de acero, sin embargo eso no valía en Mauthausen, allí sobrevivió al azar que imperaba».

El miliciano del presidente

Alejandro del Amo, soldado del batallón Meabe, es la única persona a la que un presidente español, Pedro Sánchez, ha recibido antes de una sesión de control en el Congreso de los Diputados

Un reportaje de Iban Gorriti

Enrique, Julián, Quico y Alejandro fueron cuatro hermanos que ante el golpe de Estado de 1936 decidieron salir a encararse a aquellos militares sublevados y sus fieles. Lo hicieron divididos en dos batallones socialistas. El benjamín del cuarteto aún vive. Suma 99 años. Aquel julio que truncó la democracia republicana acababa de cumplir 16 veranos. Hoy, 83 calendarios después, narra orgulloso que ha conocido a Pedro Sánchez, investido esta semana presidente del Gobierno español.

Sin tramarlo, además, el de Sestao y residente en Barakaldo ha hecho historia. Meses atrás, ocurrió el encuentro y protagonizó el único caso en el que un presidente español ha atendido a un particular de forma oficial minutos antes de una sesión de control en el Congreso de los Diputados. También visitó el Senado.

Alejandro del Amo lanzó un consejo al jefe del Gobierno. “Le dije, a estos, a los fachis, ni pan ni agua. Antes de que te peguen leña, pégales tú”, le trató de persuadir. Sánchez esbozó una sonrisa y tuvo a bien responderle con una pregunta: “¿Crees que es tan fácil?, me dijo”.

Jandro (como todos le conocen) pudo llegar a fotografiarse con el presidente gracias al proyecto Último deseo de la Fundación Miranda que regenta la residencia en la que vive en Barakaldo. “El presidente se portó muy bien. Me gustó y me regalaron una corbata, una Constitución española, una taza…”, agradece quien nació el 9 de julio de 1920 en Sestao y tuvo cinco hermanos.

Tres fueron varones y dos mujeres. Los seis nacieron del matrimonio formado por Felipe del Amo, de Guadalajara, y María Benito, de Errenteria. El 18 de julio, Alejandro estaba de romería en Barakaldo. “Vinieron alguaciles que nos ordenaron ir a casa porque recuerdo que decían que había jaleo”, aporta. Los cuatro hermanos, simpatizantes socialistas, se alistaron voluntarios a dos batallones. “El hermano mayor, Enrique, me llevó a mí con él, de asistente. Yo sería el más pequeño del batallón Meabe, de las JSU. De hecho, mi hermano fue capitán del Meabe II y más adelante teniente coronel de la República. Mis tres hermanos pasaron, incluso, por la academia militar”, retiene orgulloso.

Julián (“nacido como Nemesio”) y Francisco militaron en el Indalecio Prieto, segundo de UGT. “Nunca me he afiliado, pero siempre he sido simpatizante del PSOE, y de la casa del Pueblo de Sestao”, argumenta. Del Amo matiza que fue el último en incorporarse al frente. “Fui más tarde porque me encargué de poner a salvo a mis padres, en casa de unos amigos en Putxeta (Abanto-Zierbena)”, asevera.

A continuación, el sufrimiento, aunque todos acabarían volviendo. Los cuatro. “En mi caso, hice de todo. Coger el fusil también. Recuerdo que resistiendo en Artxanda, nos dijeron que estaba el presidente Aguirre. Que había venido con un mosquetón a tal cota que no recuerdo. Quería que no bajásemos, que había que morir allí, pero nos retiramos. Fuimos a la estación de La Robla mientras bombardeaban los puentes…”, opina quien aquellos días aprendía esperanto.

Estando en Santander y viendo que los barcos prometidos no llegaban a exiliarles, le dieron un recado. “Vete a casa andando, pero antes córtate el pantalón de miliciano y no te entregues”, le dictaminaron y obedeció. “Salí a las nueve de la mañana de Santander y llegué a Sestao al día siguiente a las cinco de la tarde. No podía pararme ni tomar un tren… Nada. Incluso, no ir por donde hubiera gente. Por esa razón, no conservo fotos vestido de miliciano”, lamenta quien se aferra a su caja de cartón llena de instantáneas y recortes.

Sobrevivir al terror Sus hermanos continuaron en el frente. En los días de Artxanda, mientras él y su hermano Enrique frenaban a los franquistas, Julián caía herido por una bomba en Pagasarri. “En una ambulancia le trasladaron al entonces Asilo San Eloy de Barakaldo, que de forma paradójica está a unos metros de esta residencia en la que vivo. De aquí me llevaron al Hospital de Torrelavega y Enrique vino sa cuidarme. ¡Menudo abrazo me dio al verme! Me pedía que no le cortaran la pierna, pero estaba ya con gangrena”, silencia apenado.

A renglón seguido, narra su peor recuerdo vivido en días de guerra. “Fue cuando me dijeron que un amigo mío había muerto sobre la carretera por la andábamos. Volví corriendo atrás y al verle sin vida, lo aparté a la cuneta. Dije: A éste, fachis, no le aplastáis con vuestros vehículos”.

Acabada aquella pesadilla, los seis hermanos rehicieron como pudieron su vida durante el terror del franquismo. “Ahora quedamos vivos mi hermana Margari y yo. Marcelina también murió”, recopila y rememora otra despedida, la de su esposa, Asun. “Fue una pena. No le puse esquela ni hicimos funeral ni nada. ¿Para qué?”. Lo que no cuenta es que fallecida su mujer, se entregó en alma a cuidar a personas que sufrían la soledad en hospitales. Él mismo iniciaba conversación a quien veía solo en una habitación e iba a visitarle con una periodicidad. Utilizaba excusas como: “¿Me dejé un paraguas en esta habitación?” o “soy amigo de uno de tu pueblo”.

Y es que el miliciano Del Amo se considera a sí mismo como hombre de concordia. “Juntos, poniendo de nuestra parte y viviendo en paz, podemos hacer un mundo mejor”, valora, pero no baja la guardia. “Yo no les perdono lo que nos hicieron, ahora bien que nunca jamás vuelva a ocurrir. Me gusta empezar frases con nunca jamás…”, asiente.

Ahora espera a junio. A regresar al homenaje a los batallones del Euzkadiko Gudarostea que se oficia en la escultura de La Huella, en Artxanda. “Allí resistimos. Allí estuve yo y espero ir el próximo junio, aunque el gudari Moreno, con el que siempre estaba, ha muerto”, concluye uno de los últimos combatientes vivos del Ejército vasco de 1936.

El hombre del sombrero de fieltro

La prensa nacionalista valoró la figura del lehendakari Jesés María Leizaola en su retorno hace hoy 40 años como un referente de sacrificio y dignidad por una patria

Un reportaje de Iban Gorriti

Quienes han estudiado la figura del lehendakari Leizaola valoran que fue el hombre del PNV que se quedaba hasta el final cuando el resto de la ciudadanía ya había buscado destino a salvo: exilio o vuelta al hogar. En esa circunstancia, él resistía. Lo vivió en Bilbao ante la inminente ocupación franquista de la villa y lo repitió en París, a pesar del aliento exterminador de los nazis. Esperó, asimismo, con la serenidad que le caracterizaba al día de retorno a Euskadi sur: el 15 de diciembre de 1979.

Los simpatizantes del PNV se volcaron en el recibimiento de Leizaola, de quien se decía que era “el hombre que resistía hasta el final”. Foto: DEIA

La prensa nacionalista de la época se hizo eco del momento histórico con suplementos especiales. Tanto el periódico DEIA como la entonces revista Euzkadi. El lehendakari zarra retornaba tras 15.000 días de exilio, es decir, 43 años y nueve semanas. Continuando con cifras, el donostiarra recordaba que tenía 40 años cuando dejó Hegoalde y Aguirre, 32. “Fue el último en salir y el último en regresar”, le reconocía en los medios Mikel Isasi, consejero del Gobierno de Euskadi en el exilio.

Leizaola ansiaba con resignación el momento para volver a disfrutar de lo cotidiano. “Pronto llegará el día en que podré volver y pasear tranquilamente por donde quiera”, admitía en una entrevista concedida a este diario. Y la jornada llegó.

El entonces aeropuerto de Sondika se quedó pequeño para absorber a miles de vascos que “se estrujaron con el lehendakari”. Y hubo también a quien molestó su reaparición e intentó boicotearla. Así, se debió desalojar el aeródromo por una falsa amenaza de bomba. La hemeroteca cita otras curiosidades como que el avión en el que viajaba Jordi Pujol (Convergència i Unió) dio vueltas sobre la pista y volvió a Catalunya. Argumentaron que las condiciones de aterrizaje eran desfavorables, al tiempo que otros aparatos sí tomaban tierra.

Carlos Garaikoetxea aplaudió el retorno de Leizaola y valoró su persona con una reflexión: “No se suele echar en falta a la persona que nunca ha estado”. Hacía referencia a aquel hombre que nació el 7 de septiembre de 1896 en la Bella Easo y que moriría el 16 de marzo de 1989, hace ahora 30 años, tan solo una década después de su regreso. Señalaba al abogado y político del PNV guipuzcoano, al segundo lehendakari del Gobierno de Euskadi en el exilio tras la muerte repentina de José Antonio Aguirre.

A su recibimiento en Sondika le siguieron los homenajes en el histórico San Mamés, en el emblemático Hotel Carlton, en la casa de Juntas de Gernika. La mente de Leizaola, por otro lado, conocía con ojos abiertos la, para él, nueva Bizkaia. “Si hubiese sabido que un cargo me iba a durar lo que ha durado, hubiese puesto muchos obstáculos. Estaba mejor de segundo, porque, por ejemplo, podía estudiar”, anteponía tan solo en pensamiento y aseguraba no haber perdido el tiempo para seguir creciendo en sapiencia, otra seña de su talante. “En París, iba a la Biblioteca Nacional a investigar. Ahí está el documento más antiguo que se conoce donde está escrito la palabra vascones”, manifestaba a la revista Euzkadi quien con anterioridad había sido Ministro de Justicia de Aguirre.

El socialista Ramón Rubial se mostró más distante en la respuesta que la publicación Euzkadi solicitó a diferentes autoridades. De los consultados, fue el único que no quiso hacer una semblanza sobre Leizaola. Sin embargo, sí le reconoció una cualidad: “Aparte de su consideración ideológica, es un hombre profundamente humano”.

A 180 grados, Arantzazu Ametzaga dedicaba un extenso artículo de opinión sobre su figura bajo el título Al Gobierno de Euzkadi lo han sostenido los patriotas vascos. Leizaola se sentía tal. Aquí un ejemplo: “No he estado siempre exiliado porque a una tierra vasca -por Iparralde- he podido acudir en libertad. Eso ha hecho que nunca me haya sentido fuera de la patria”. A renglón seguido de esta entrevista, el histórico Manuel de Irujo analizaba que “ahora empieza la vida normal”, o eso ansiaba el navarro.

Los editoriales por su regreso se sucedían día sí y otro también. “Leizaola es un líder fiel a sus ideas, honesto, sobrio en su estilo y sacrificado en sus actuaciones”. A su llegada al Hotel Carlton, que fue sede del Gobierno vasco, Mikel Isasi le ensalzaba esa labor de ser el hombre que se quedaba hasta el final. “No quería nunca irse. Quiso quedarse en Bilbao más o menos camuflado. Lo convencieron a última hora. Y después con la ocupación nazi de Francia se quedó en Tarbes en días de persecución alemana en busca de Aguirre y de detención de Companys. Siempre ha tenido confianza ante los problemas”.

Y esa confianza fue reconocida y agradecida en cada párrafo de los medios jeltzales. “Con la vuelta del lehendakari, Euzkadi recupera su dignidad histórica”, publicaba Euzkadi en su especial, divulgación que costaba 30 pesetas en aquel 1979. Y, sobre todo, una persona se emocionaba al escribir sobre la figura del docto, sosegado, antimarxista, defensor de los derechos humanos, Leizaola. Era el capitán de gudaris del batallón Saseta y comandante del ejército republicano en Catalunya, Joseba Elosegi. “Vuelve un hombre de gran relieve, intelectual y patriótico, situado en las antípodas de la frivolidad. Mantuvo el difícil equilibrio de la justicia. No fue hombre de guerra, pero siempre un curioso de la estrategia militar”, diferenciaba quien se quemó a lo bonzo contra Franco. “Siempre tuvo la esperanza de defender la capital. Tuvo que rendirse aun no queriéndolo, tanto en Bilbao como en París”, apostillaba quien veía un paralelismo entre el sombrero de fieltro que distinguía a Leizaola y su patria, Euzkadi.

“Su sombrero simboliza alcurnia y ruina, perseverancia y austeridad. Como Euzkadi, un viejo pueblo ruinoso en su estructura, pero orgulloso de su ser, y esperanzado en el logro de su identidad”, reflexionaba. Elosegi afrontaba de este modo la txanpa final de su argumento: “Al terminar ahora su labor ante los suyos, entrega el testigo de su relevo, como símbolo de su buen hacer. Encontrará el calor que le ha faltado tras su sacrificio y dignidad. Son demasiados años para esperar en la oscuridad, en la privación, en la tristeza. Como su sombrero de fieltro”.

“Con toda la masa encefálica fuera”

El jesuita Alfonso Moreno, confesor de ejecutados, relata en su diario de 1937 cómo fusilaron los franquistas al poeta ‘Lauxeta’ y, al día siguiente, al Consejero Espinosa y Aguirre, capitán de Artillería .

Iban Gorriti

En días en los que Durango vive la capitalidad de la cultura euskaldun con su Azoka, cada año alguien cita a Lauaxeta, poeta y periodista vizcaino que murió asesinado por las tropas franquistas el 25 de junio de 1937. Fue fusilado tras visitar el 29 de abril la bombardeada Gernika junto a corresponsales de guerra galos de La Petite Gironde. Capturado, fue sometido a consejo de guerra, condenado a muerte y finalmente ejecutado en el cementerio gasteiztarra de Santa Isabel. A modo de cuenta atrás, el Gobierno Provisional de Euzkadi hizo todo lo posible por canjear al nacido en Laukiz en 1905 por otro prisionero sin éxito.

Esteban Urkiaga Basaraz, ‘Lauaxeta’ (segundo por la izquierda), fue fusilado por los franquistas el 25 de junio de 1937.Foto: Fundación Sabino Arana

El PNV conserva once páginas de diario “de un padre de la Compañía de Jesús, confesor de condenados a muerte y testigo presencial de ejecuciones”. En ellas, narra en primera persona los últimos segundos con vida de Esteban Urkiaga Basaraz, Lauaxeta, la brutalidad del impacto de la bala franquista. “Con toda la masa encefálica fuera”, llega a dejar impreso el sacerdote el mismo 25 de junio de hace 82 años.

Pero ¿quién fue el autor de este breviario no firmado? Consultados al respecto historiadores, valoran que puede ser “José María Lacoume o el Padre Moreno”, ambos ignacianos. “Puede que este texto corresponda a uno de ellos”, valoran desde Sabino Arana Fundazioa. El histórico jeltzale Iñaki Anasagasti, se decanta por “el Padre Moreno”, confesor de condenados a muerte en Gasteiz. Tras comparar los textos, queda claro que es el de Alfonso Moreno, cura con quien Urkiaga coincidió en días de seminario burgalés. “A los 21 años pasó a Oña, a completar sus estudios, que abandonaría al de dos años, en 1928, sin que los motivos que le llevaron a tomar la decisión resulten claros. Lo que sí sabemos es que en Oña conoció a uno de los hombres más importantes de su vida, el Padre Moreno, que reaparecería en su vida en las circunstancias más dramáticas”, según queda impreso en el proyecto Ehungarrenean hamaika, disco de homenaje a Lauaxeta (Gaztelupeko Hotsak, 2005).

El testimonio del confesor, sin duda, es espeluznante. El autor da comienzo a la página de aquel 25 de junio “con el mal sabor de boca de la ejecución de Esteban Urquiaga”. A continuación, enumera cómo se sentía el poeta, aún sabiendo que iba a ser asesinado. “Sereno y cristianísimo, plenamente sumergido en la apacible dulcedumbre de nuestra fe bien sentida y gustada a través del Nuevo Testamento, rumiado cotidianamente en la lentitud de las horas de cárcel, Jesús, vida, Jesús el único (repetía con frecuencia)”.

Recordemos que Esteban se formó precisamente con los jesuitas en Durango y Loiola. Tras Oña abandonó su noviciado, y se dedicó al periodismo, a la literatura y al euskera. Se afilió al PNV, organización en la que se hizo cargo de diversas publicaciones como el diario Euzkadi.

El análisis del confesor continúa. “Luego, a las 5 y media, los cuadros de costumbre; mientras hablaba con mi crucifijo, tiernamente emocionado por lo solemne del momento…”. Es el momento en el que fija su vista en el horror: “Toda la masa encefálica fuera”. El confesor le quita las medallas que Lauaxeta portaba consigo, recoge el Cristo del suelo del paredón y “el rosario con el que ha muerto”.

A continuación, a modo de despedida de aquel inolvidable viernes, apostilla cuatro entrecomillados que hacen prever que son algunas de las últimas frases pronunciadas por el periodista que en 1930 ganó el Primer Día de la Poesía con la obra Maitale kutuna. “Si he de pecar, quiero más morir ahora”. “Muero contento porque muero con Jesús”. “Confío plenamente en la Virgen”. “Dios… mi padre”.

Al día siguiente, el confesor vivió otra ejecución también en Gasteiz. “Cada fusilamiento lleva sus notas típicas diversificantes, apenas hay dos iguales. El de hoy, completamente nuevo: nada menos que el Ministro del Gobierno Provisional de Euzkadi, Alfredo Espinosa, del Departamento de Sanidad y Don José Aguirre, capitán de Artillería”, narra, añadiendo que fueron apresados gracias al piloto republicano traidor Yanguas, aviador “vendido” con quien viajaban de Francia a Bilbao y aterrizó en Zarautz.

“Carguen. Apunten. Viva España. Fuego. Dos cuerpos se desploman. Extremaunción”, detalla y aporta una paradoja que pone la piel de gallina. “Lo que es la vida. El sargento que hace seis años y aún menos le había hecho la guardia a Espinosa, cuando este era Gobernador Civil de Burgos, hoy lo va a fusilar. El guardia lo comentó ayer con el mismo Espinosa”, consejero bilbaino por el partido Unión Republicana.

El confesor asegura que tanto Espinosa como Aguirre le piden que quieren escribir todo lo que puedan antes de ser asesinados por los franquistas. De hecho, acabado el papel, el propio jesuita se ofrece a ir a por más. “Necesitan escribir. Es preciso aplazar la ejecución. Como máximo hasta las 5 y media. Se acaba el papel. Protestan. Voy yo, por favor, a buscar a la Residencia. Me lo agradecen mucho”.

De ese tiempo de escritura, a día de hoy se conservan frases dirigidas por Espinosa a su amigo el lehendakari Aguirre como la siguiente: “Mis pobres hijos, háblales, cuando sean mayores, de su padre y diles que les he querido con toda mi alma y que sigan mi ejemplo, que quieran a su Pueblo como yo le quise y si puedes consolar a mi pobre mujer, tú que tienes talento hazlo, pues pensando en ella, se desgarra mi alma. Ayer creo que fusilaron a Lauaxeta, otro mártir más. Hay muchos condenados a muerte”, le precisa. Fue enterrado en una fosa común.

La traición de Yanguas narrada por Aguirre

El lehendakari denunció en una carta el paso al enemigo del piloto republicano con las joyas de la Virgen de Begoña

Un reportaje de Iban Gorriti

Décadas atrás se extendió la creencia popular de que valores y joyas de la Virgen de Begoña fueron robados durante la Guerra Civil. El franquismo logró hacer calar esta versión al desinformar diciendo que las habían recuperado para la Amatxu. El difunto rector del santuario Jesús Garitaonandia, fallecido en 2013, gritó siempre a los cuatro vientos que no hubo sustracción alguna. “La realidad -defendía en DEIA- es que Fortunato de Unzueta, como responsable de la parroquia de Begoña, y Eliodoro de la Torre, consejero de Finanzas del Gobierno vasco, habían protagonizado una arriesgada operación de salvaguarda de las joyas guardándolas en un banco de Toulouse”.

Aguirre, delante de José Luis Irisarri, delegado del Gobierno vasco en México, en una imagen tomada en ese país. Foto: Sabino Arana Fundazioa

A sus investigaciones hay que sumar una carta que el PNV aporta ahora a este medio. Es una misiva del lehendakari Aguirre remitida desde París a José Luis Irisarri, entonces delegado del Gobierno vasco en México. El propio presidente del Ejecutivo cita a Fortunato de Unzueta y detalla la inesperada traición de un piloto republicano a quien se le encomendó trasladar las joyas religiosas a la ciudad francesa del Garona.

Aguirre mide sus palabras para informar a Irisarri de que el párroco fue quien entregó las alhajas sagradas a De la Torre. Y en ese momento, sin embargo, quita el freno y despega: “Fueron depositadas en una caja fuerte del Banco de Toulouse, de donde luego las arrebató y robó el aviador Yanguas en unión de Joaquín de Goyoaga, que por esto apreció proclamado héroe y caballero de España”. Y ahí recuerda que no solo desaparecieron las joyas de Begoña, sino que “ese caballero no ha respondido de las joyas de varias señoras pertenecientes a Emakume Abertzale Batza, entre ellas Doña Teresa de Azkue”.

En la comunicación que data del 28 de enero de 1955, Aguirre califica al aviador como “tenido por hombre de confianza”. Él debía depositar en el destino comunicado las joyas a su nombre y al de Antonio de Irala. Sin embargo, tras volar hasta Toulouse, el piloto no cumplió en su retorno ni con su palabra ni con la trayectoria. Cambió de bando y aterrizó en Zarautz cuando debía haberlo hecho en Bilbao.

Según indagaciones del párroco Garitaonandia, José María Yanguas no viajó solo en su retorno, por lo que entregó al enemigo a quienes volaron en la aeronave junto a él, caso de Alfredo Espinosa, consejero de Sanidad del Gobierno vasco. También el capitán-militar José Aguirre.

Avería ficticia

El avión había despegado el lunes 21 de junio a las 20.17 horas de suelo francés. Tomó tierra en la playa de Zarautz a las 21.30 horas. “La causa de este aterrizaje, según el piloto Yanguas, fue una avería, pero en realidad se trató de una traición muy bien preparada de antemano”, dejó impreso Garitaonandia, quien enumeró hechos que demuestran la traición: el aterrizaje era esperado porque se habían retirado las casetas de baños, y cuando el público, extrañado, preguntó por la causa, se dijo que esperaban a Franco”. El alcalde de Zarautz, por su parte, recibió la orden de apagar las luces que se vieran desde el mar, y el crucero Cervera y otros barcos franquistas tenían órdenes de no disparar sobre el avión. El rector de Begoña fallecido hace seis años obtuvo estos datos en la Fundación Sancho el Sabio.

El relato coincide con la carta del lehendakari Aguirre a Irisarri. Yanguas “entregó al consejero Espinosa Oribe, al comandante de artillería Aguirre, que fueron ejecutados, y a algunos otros pasajeros que sufrieron prisión. No sabemos cuáles fueron las complicidades que permitieron a Yanguas retirar, con su sola firma, las joyas depositadas”.

El líder jeltzale, al comienzo de la carta, argumenta que va a hacer un “resumen general y auténtico” de la información que el Ejecutivo tenía al respecto. Es decir, de la “evacuación de valores y joyas que ha tenido tanta publicidad en México”, precisa, y agradece a Irisarri sus declaraciones para salir al paso.

En la epístola, el presidente informa al delegado en la diáspora mexicana de otros breves temas. Asegura que le enviará por medio de Martín García Urteaga el texto de Fortunato Aguirre sobre las joyas, y otros como la traducción taquigráfica de “mi conferencia en el Ateneo Español”, y “para Ogoñope mi libro Entre la Libertad y la Revolución”. Asimismo, el lehendakari quiso facilitar a Irisarri la fotocopia de los párrafos del libro en los que “el general Galand narra cómo bombardeó Guernika, siendo miembro de una de las escuadrillas atacantes”.

Recuperar las joyas

Como final a la traición de Yanguas, Garitaonandia describió que el piloto acompañado de Goyoaga realizaron un viaje relámpago en automóvil a Toulouse con el objeto de recuperar las dos cajas con las joyas. Logrado este objetivo, al pasar la aduana de Irun, el 23 de junio de 1937, las dejaron en manos de Julián Troncoso, jefe de Servicios de Fronteras, para su custodia y entrega al general franquista Dávila. “Si estos dos personajes pusieron bajo custodia militar las joyas de la Virgen, ¿adónde fueron a parar las joyas de las emakumes de Bilbao, valoradas en su época en un millón de pesetas?”, se preguntaba, e iba más allá en su enfado: “Goyoaga se convirtió en el bilbaino que descubrió las joyas en Francia y que, gracias a su sagacidad, inteligencia y tacto las rescató para su Dueña y Señora (la Virgen de Begoña) y para España”.

Por todo ello, el rector durangués de Begoña luchó por la memoria, por la verdad “en defensa de la honestidad de Eliodoro de la Torre y Fortunato de Unzueta, tantos años injustamente cuestionada, y en honor a su sacrificio”.