El hombre de Aguirre en Venezuela

Se cumplen 80 años de la llegada del primer navío del exilio vasco a Venezuela coordinado por el Delegado del Gobierno vasco en el país americano, Ricardo de Maguregui

Un reportaje de Iban Gorriti

Fue delegado del Gobierno vasco, el hombre del lehendakari Aguirre en Venezuela, país al que llegó en el primer navío que buscó el exilio desde Euskadi. De hecho, fue también el delegado de los hacinados en aquel buque que viajaban con la ikurriña por bandera. El PNV confió en él, en Ricardo de Maguregui, según se conserva escrito en una carta de Luis de Arredondo datada el 23 de junio de 1939 en Anglet (Lapurdi).

“El PNV desea que esta primera expedición de vascos a Venezuela lleve un buen orden, y necesita tener conocimiento de todas las incidencias de lo misma, tanto durante el viaje como a la llegada a Venezuela y mientras van colocándose en los diferentes puestos nuestros compatriotas expedicionarios. Para este fin delega el PNV en usted la representación provisionalmente en tanto se establezca alguna delegación definitiva para este grupo expedicionario”, aporta en su literalidad el periodista Koldo San Sebastián.

Imagen de la tripulación del primer viaje de vascos al exilio venezolano desde Francia, portando la ikurriña. Fotos: Familia Maguregui

Gracias a su tesón se pudo garantizar la permanencia del Gobierno vasco en el exilio. De todo ello atesora recuerdos uno de sus hijos, Iker Maguregui Munitxa. “Nuestro padre nació por partida doble el 9 de julio”, destaca, y detalla que en aquella fecha de 1915 llegó al mundo en Algorta -se cumplen 104 años de ello- y que el 9 de julio de 1939 arribó “sin visa a Venezuela que le extendió sus brazos”. Son 80 años redondos desde entonces.

Amigo del lehendakari Aguirre, colaboró durante la Guerra Civil en el desalojo de heridos y refugiados. Para entonces tenía estudios de marino mercante, comenzó su singladura como oficial a temprana edad y se certificó como capitán de Altura,navegando luego por Europa y América.

Maguregui se vio, como otros, en la tesitura de buscar nuevos horizontes ante el avance de las tropas golpistas que cercaban Euskadi. Logró para su exilio un Igarobide, como detalla el pasaporte euskaldun que poseía “expedido en París el 2 de octubre de 1938 por el Gobierno vasco en el exilio”, subraya Iker.

Fue a principios del verano de 1939 cuando concluyeron las negociaciones entre el Gobierno vasco en el exilio y el Ejecutivo venezolano, que permitiría la migración de los primeros tres contingentes de vascos que arribaron al país caribeño. Una vez acordada la partida por el general Eleazar López Contreras, presidente de Venezuela de la época, tuvo lugar el éxodo del primer grupo.

“A este se sumó mi padre, joven oficial de la Marina Mercante, exiliado entonces en Francia tras la caída del Norte. Durante algún tiempo, había esperado un contrato para navegar en una compañía naviera filipina. Decide ir a Venezuela. Era el único del grupo vasco que aún no había recibido visado”, apostilla su heredero. Sin embargo, en el tren que le lleva a Le Havre para embarcar, Jesús Iraragorri, médico contratado por Venezuela, le entrega una carta del Euzkadi Buru Batzar del PNV nombrándole responsable de la expedición.

Tras atracar en Venezuela, Maguregui envió un telegrama a Villa Endara, sede del PNV, informando de la llegada a puerto. “Como curiosidad, se lee en el pasaporte que el Gobierno venezolano le da el visto bueno de entrada, sin embargo en Francia no ocurrió lo mismo: Nuestra autoridad consular en Le Havre no otorga el visto bueno correspondiente”. Aún así, partió.

Fueron 66 los pasajeros y sus respectivos familiares que conformaron aquel primer grupo de expedicionarios vascos que llegó a Venezuela. “Nuestro padre amó por igual a Euskal Herria y a Venezuela, pues si bien nació en Euskadi, Venezuela lo acogió en esa difícil contingencia, en su condición de exilado al igual que los demás miembros de la diáspora vasca, brindándoles la posibilidad de surgir empezando de cero y formar una familia junto a nuestra madre Iñese Municha”, asevera Iker Maguregui.

Clases en la Armada Vivió 65 años en ese país y falleció en Caracas en 2005. En aquellas décadas, vio la necesidad de crear una sociedad de beneficencia para atender a los heridos, enfermos y demás vicisitudes de los primeros inmigrantes, lo que constituyó el germen de Socorros Mutuos, primera entidad vasca que se creó en el país. Con el Gobierno de Eleazar López Contreras impartió clases en la Armada venezolana y después fundó la Escuela de Marina Mercante, contando con el título número 1 de capitán de Altura.

Como delegado en Venezuela del Gobierno vasco, sucedió a José María Garate. Fundó y dirigió en 1940 la Escuela Náutica de Maiquetía y le fue otorgada la Orden Francisco de Miranda, aportada por el presidente Rafael Caldera en 1997. “El sentimiento de amor por Euskadi y por Venezuela lo heredamos sus hijos y nieto, quienes no estamos dispuestos a olvidar nuestros orígenes. La historia de los Maguregui, al igual que la que no han difundido muchos protagonistas de la diáspora vasca, alimenta el placer por conocer la historia verdadera”, enfatiza Iker.

Los Usatorre Royo, una peculiar saga de marinos de Lekeitio

Los cuatro hermanos acabaron dispersados y abrazando ideologías diversas tras el estallido de la Guerra Civil

Un reportaje de Iban Gorriti

EL periodista Koldo San Sebastián rescata del olvido una dinastía de hermanos marinos de Lekeitio, los Usatorre Royo, llena de curiosidades. “Por ejemplo, uno de ellos fue comunista en Moscú y otro, gudari, acabó siendo capitalista en Estados Unidos”, sostiene. Los cuatro hermanos y una quinta mujer eran de Lekeitio. “Los varones fueron marinos. Formaron una saga a la que el destino llevó por los derroteros más insospechados”, matiza San Sebastián. Los cuatro varones de la calle Ezpeleta pasaron por la Escuela Náutica de Lekeitio. La única mujer contrajo matrimonio y al enviudar, emigró a Francia y Bélgica. Regresó a Euskadi, a Begoña. Tuvo dos hijos: el varón estudió en Francia peritaje electrónico. Fue una única vez a navegar y naufragó. Su única hija vivía en Algorta.

Vicente, el segundo de los cuatro varones, considerado un gran profesional de la mar. Fotos: Koldo San Sebastián

El mayor de los hermanos, Marcelino Juan fue alumno modelo. Trabajó en Euskalduna; se afilió a UGT; hizo rutas por el Mediterráneo; se afincó en en Barcelona donde también se afilió a PCE, y participó en la fundación del PSUC: Partit Socialista Unificat de Catalunya. Fue jefe de la 122 Brigada Mixta La Bruja y teniente coronel de la 27 División del Ejército Popular. Ante el avance franquista, pasó a Francia y fue internado en el campo de Saint Ciprien. Sirvió en el Ejército Soviético, donde fue teniente coronel. Se casó en el frente con Maruja Cánovas, hija de marino. El matrimonio se divorció y ella volvió a casarse con el escritor César Arconada.

Hijo de este lekeitiarra fue Juantxo Usatorre, “uno de los mejores defensas del fútbol soviético”, subraya San Sebastián. Militó en el Torpedo, Spartak, Lokomotiv y en el Dinamo Minsk, mejor equipo de Bielorrusia. El deportista emigró a Barcelona con su madre en 1983. Falleció en esta ciudad en 1989 “debido a un sarcoma en una de sus castigadas piernas”.

Vicente, el segundo, comenzó su vida profesional en la Marítima del Nervión. “Estaba considerado como un gran profesional de mar y uno de esos capitanes que deja huella. Hizo su último viaje con 69 años”, precisa. Se jubiló en 1973 y se mudó a Getxo, donde falleció.

Del tercero de los hermanos, José María, se sabía entonces que un día desembarcó en Filadelfia y desapareció. Cuando su hermano Miguel llegó a Nueva York, trató de localizarle. Publicó un anuncio sin éxito. Gracias a un texto publicado en Lekeitio dio con él. Se supo que como había desertado de un barco, se cambió el apellido por Martin y por ello el anuncio no funcionó.

miguel, gudari en 1936 Miguel, el cuarto, fue gudari en la guerra del 36 y tras ser capturado en Liérganes, fue sometido a trabajos forzados, pasando por San Juan de Mozarrifar (Zaragoza), Huesca, Teruel, Guadalajara y Toledo. Una vez libre viajó a Buenos Aires. En 1942, partió rumbo New Jersey. El 17 de abril fue torpedeado dos veces por un submarino nazi. El capitán dio la orden de abandonar el barco. Auxiliados, atracaron en Nueva York. “En la Delegación del Gobierno vasco recibió un pasaporte (igarobide) con el que recorrió medio mundo”, aporta San Sebastián. Cuando los japoneses atacaron Pearl Harbour y Roosevelt declaró la guerra, la demanda de marinos en Estados Unidos creció. Se enroló en un barco hacia Inglaterra que participó en la invasión de Normandía. “Iban en convoy, atravesando el Atlántico y realizando un zigzag que despistaba a los submarinos”.

Realizó también el mismo trabajo en el Pacífico: por Australia, Nueva Zelanda e India en preparación a las tomas de las distintas islas ocupadas por los japoneses como Filipinas, Guam, Marshall, Iwojima y Okinawa. Recibió medallas de los frentes de guerra del Atlántico y una condecoración del Alto Mando.

Tras la guerra, le destinaron a Filipinas y Okinawa, donde pasó 25 años como capitán y jefe de puerto. Allí se casó con una japonesa a la que le dijo que “fuera a Euskadi a aprender euskera”, sonríe San Sebastián. Se retiró a Arkansas, donde vivió con una pensión del Gobierno. En 1950, consiguió la nacionalidad estadounidense. Un día, entró a Okinawa un barco con oficiales. Llegó quien allí era conocido como Mike. Al entrar a la cámara, los visitantes comentaron en euskera: “A ver si salimos pronto de aquí. Le damos unas botellas, tabaco y listo”. Usatorre les reprochó en euskera lekeitiarra: “¡A ver si pasáis las Navidades aquí!”. Pero: “¿De dónde eres?”, le cuestionaron. Él les respondió: “¡De la misma calle que tu primo que es de mi cuadrilla!”.

Miguel visitó Euskadi en numerosas ocasiones. En 1969 sufrió un atraco a mano armada. “Le robaron 700 dólares y un reloj. La noticia se publicó en ABC”. Mike envió a su hija a estudiar a la ikastola de Errenteria. Falleció el 15 de marzo de 2000. Se encuentra enterrado en un cementerio de Arkansas. “¡Hay que ver la guerra cómo dividió a los Usatorre por el mundo!”, concluye San Sebastián.

El maqui que desfiló en París junto a De Gaulle

La trayectoria del gudari Kepa Ordoki, que marchó en la capital francesa tras la derrota de los nazis, fue tan excelsa que a veces realidad y exaltación se confunden

Un reportaje de Iban Gorriti

a la hora de escribir la Historia, los investigadores deben ser muy cautelosos. ¿Dónde cohabita la delgada línea roja entre la épica magnificada y la información aséptica contrastada? Cada día desciframos ejemplos más cercanos a la primera enunciación que a la segunda. Una muestra de ambas es la notable vida de Ordoki, gudari que se llamó bien Pedro o Kepa, nacido en Irun en 1913 y fallecido en Baiona en 1993. La labor de este militante de ANV fue tan excelsa que en ocasiones aquellas personas que loaban sus odiseas acababan en el filo de la verdad.

Desfile de las tropas aliadas en París tras la liberación de la capital francesa de la ocupación nazi.Foto: Efe

Antes de trasladar la impresión que personas vivas aún conservan sobre este mando de los históricos batallones vascos San Andrés y Gernika, y que acabó desfilando con Charles de Gaulle en París al vencer a los nazis, resumimos palabras que firmó desde el exilio venezolano Mario Antelo. A su juicio, Ordoki “fue incluido en unas 50 listas de fusilamientos, pero su ejecución siempre fue aplazada por diversas circunstancias”. Lo publicaba en un texto de 1945 en el que también aportaba otras cifras, cuando menos, llamativas. “Fue tres veces detenido por los alemanes” y consiguió fugarse. En una ocasión, los nazis “le obligaron a comer siete ejemplares del periódico clandestino Combat que llevaba consigo”. ¿Verdad o gloria?

El gudari portugalujo José Moreno fue uno de sus soldados, cuando Ordoki estaba al frente de la unidad San Andrés. “Recuerdo muy bien a Ordoki. Era un hombre, como se decía entonces, con muchos huevos. Era de carácter serio y muy buena persona. Le recuerdo cuando estábamos luchando en una ermita de Balmaseda. Él acabó escapándose y cogieron su testigo dos de Erandio, Juantxu y un tal Bilbao”, evoca Moreno, y pone énfasis en que le rindieron un homenaje en vida en Bermeo. “Comimos en el batzoki y allí fue la última vez que le vi, en aquel Gudari Eguna”, concluye el jarrillero que el 10 de noviembre cumplirá 101 años.

Ayuda a refugiados El gudari del batallón Gernika Francisco Pérez Luzarreta falleció el pasado diciembre a los 96 años. Poco antes de su despedida, narró a DEIA que en Pau se encontró con el afamado comandante Kepa Ordoki. “Era de ANV como yo, y venía con un grupo de vascos que estaba formando una unidad para luchar contra los nazis e intentar recuperar la República. Le pregunté cómo lo íbamos a conseguir, pero allá que fuimos”, aseveró.

En 1977 este diario entrevistó al comandante y le cuestionó la razón de luchar contra los nazis. Respondió tajante: “Porque yo era y soy nacionalista y antifascista cien por cien. Había visto aquí los barcos de guerra alemanes y sabía cómo se comportaban. Bien, el caso es que me lancé con unos compañeros a las montañas. Allí vivíamos camuflados y ayudábamos a cruzar la frontera a la gente que quería escapar de los nazis: a algunos los cogían luego los franquistas y los metían en el campo de concentración de Miranda. Había franceses, españoles y vascos conmigo. En el año 43 pedí al Gobierno vasco que me enviara a todos los vascos de la zona de Biarritz y con ellos organicé la Brigada Vasca”.

Después de mucho tiempo pegando tiros y pasando hambre, los de Ordoki entraron a formar parte del ejército regular de Francia, de Charles de Gaulle. Fue un acuerdo del Gobierno vasco y el galo. “Nos mandaron -respondía Ordoki- al frente. Nosotros íbamos con uniforme francés, pero con la ikurriña: nunca llevamos la bandera francesa. Sí, es verdad que me dieron la cruz de guerra, a otros compañeros también. El propio De Gaulle vino a felicitar a la Brigada Vasca por su comportamiento en la guerra. Nos mandaron desfilar por París”, detalló. Pero puso énfasis en que “yo estaba allí, pero nunca quise ir. Tampoco quería que me pusieran la cruz de guerra”.

Rendición nazi En la línea del frente, Ordoki era de pocas palabras, según defiende el gudari del batallón Gernika Miguel Arroyo, burgalés residente en Baiona. “Ordoki era parco en palabras y nunca hablaba de política. El sargento Carlos Iguiniz, también irundarra, siempre le acompañaba. Yo siempre estaba entre los primeros hasta el final de la Pointe de Grave donde se rindieron muchos alemanes”, trasmitía en 2016 en declaraciones a este medio.

Mario Antelo, desde Venezuela, recordó también el sino de los allegados del comandante. “Su familia, apresada en el barco Galdames en viaje de Francia a Euskadi, se hallaba igualmente encarcelada. Una hermana de 22 años pasaría siete en las cárceles de Saturraran, Burgos e Islas Canarias; otra hermana, de 15 años, dos en las de Saturraran y San Sebastián, y sus padres, dos años y medio en diferentes prisiones, sin otro delito que ser sus familiares. ¡Así era la justicia de Franco!”, enfatizaba.

A su entender, el relato de acciones como las de Kepa Ordoki nos invita a la reflexión y a preguntarnos si hemos sabido corresponder a aquel espíritu de lucha y de sacrificio contando estas historias. “¿No nos moverá la lectura de estos hechos a una curiosidad para editar sus biografías? ¿No creéis que los que pasaron por tales penalidades tienen derecho a no ser olvidados?”, concluye.

De seminarista a revolucionario comunista

También sindicalista y vasquista, El comandante Jesús Larrañaga fue uno de los comunistas más célebres en los primeros años del franquismo antes de morir en el paredón .

Un reportaje de Iban Gorriti

El comandante Jesús Larrañaga, conocido como Goierri, está considerado como el dirigente comunista de Gipuzkoa más conocido de todos los tiempos. El paredón puso fin a su lucha en vida hace 77 años. Entre sus continuos avatares, formó parte de otro episodio trágico desconocido. Según él mismo relataba, el final de la guerra le cogió en Alicante donde se amontonaron los derrotados. Consultado al respecto, el escritor Miguel Usabiaga explica a DEIA los pormenores de aquel episodio. “Se vivió una situación dramática. Se registraron 136 suicidios entre republicanos. Solo uno fue comunista, según especificó el propio Larrañaga al PCE. Tras ser detenido, fue llevado al campo de prisioneros de Albatera [municipio valenciano], con 25.000 presos”, señala el hijo de los también históricos comunistas guipuzcoanos Marcelo Usabiaga y Bittori Bárcena.

Jesús Larrañaga ‘Goierri’ interviene durante un acto en favor de la amnistía celebrado por el Partido Comunista. Fotos: PCE-EPK

Larrañaga fue cambiando sus ideales desde niño hasta llegar a ser un referente revolucionario. Nacido el 17 de abril de 1901 en Urretxu, era hijo de contratista de obras y de planchadora, descendiente del héroe de Trafalgar, el almirante Cosme Damián Churruca. Fue el tercero de cuatro hermanos.

Mudados a Beasain, los hermanos mayores -influenciados por la madre, muy religiosa- fueron jesuitas que marcharon de misioneros. Murieron jóvenes. Jesús también inició el camino religioso. Ingresó en el Colegio Apostólico de Javier, en Nafarroa. Tras tres cursos, hizo uno de seminario y otro en la Universidad Pontificia de Comillas, en Cantabria.

Sin embargo, “motivado por su rebeldía, abandonó los estudios religiosos”, explica Usabiaga. Aún así, en Beasain se afilia a Juventud Vasca-Euzko Gaztedia. “El vasquismo sentimental de su madre, en el que ha sido formado, le orienta. Le influyen las ideas de la insurrección irlandesa contra la corona británica de 1916, y se alinea con el grupo de Gudari, sección izquierdista en el nacionalismo vasco”, agrega.

En 1923 acudió a un congreso de la Juventud Vasca en Bilbao que acentúa su izquierdismo. Contactó con comunistas e ingresó en el sindicato nacionalista y católico SOV (antecesor de ELA-STV). Fue despedido de una empresa por llevar a cabo una huelga y decidió irse a Boucau, en Iparralde. “Boucau es un soviet, de hegemonía comunista. Ese ambiente precipita un cambio radical en Jesús durante el año y medio que vive allí”. Tras irse el padre de casa y su madre ponerse a trabajar en el Hotel María Cristina, Jesús se afincó en la capital guipuzcoana.

Influido por su experiencia en Boucau, ingresó en la Federación Vasco Navarra del PCE. Su prestigio en las luchas obreras de la ciudad crece. Fue el comunista más célebre del momento. Fueron frecuentes las detenciones, también de Larrañaga, dando con sus huesos en la cárcel de Ondarreta. Frecuentó el periódico Euskadi Roja “donde conoció a mi padre, el joven Marcelo Usabiaga, a quien tomó cariño y le llamó El Estudiante”, explica el escritor.

Tras producirse el golpe de Estado y Larrañaga, respetado por obreros y campesinos, fue nombrado comisario de Guerra de la Junta de Defensa de Donostia y de Gipuzkoa. A Larrañaga le encargaron encargarse del batallón MAOC-1, del que fue comandante. A partir de entonces el grupo fue bautizado como Batallón Larrañaga y posteriormente fue nombrado comisario general de todo el Ejército del Norte.

Detenido en Lisboa Tras la derrota en Asturias, marchó a Valencia donde intervinó en el Comité Central del PCE. “Explicó ante el buró político del Partido Comunista las causas de la derrota en el Norte, ante el que hizo autocrítica”, precisa el escritor que, a renglón seguido, añade que fue detenido al final de la guerra en Valencia e ingresó preso en el campo de concentración de Albatera. Mantuvo secreta su identidad y se fugó del campo llegando a Francia, a Boucau y París. Envió a toda la familia a la URSS, mientras que él marchó a la República Dominicana y a Cuba para unirse a la dirección del partido en el exilio.

Desde Cuba, partió a Lisboa como puente para llegar a España con la misión de introducir un grupo dirigente para reorganizar el Partido Comunista en la clandestinidad. Allí fueron detenidos y entregados. En el juicio, el grupo de siete persona fue condenado a muerte, uno evitó el paredón, el resto no. Sus compañeros de Porlier le despidieron cantando La Internacional desde sus celdas.

Larrañaga y sus cinco camaradas fueron fusilados el 21 de enero de 1942 en el cementerio del Este, en Madrid. “Siempre prefirió la primera línea, la más expuesta, una vida marcada por la valentía y la entrega a la causa”, concluye Usabiaga.

El asesor de Kennedy y la resistencia vasca

William Attwood corroboró en un artículo en ‘The New York Herald Tribune’ la “eficaz” existencia en Euskadi del equipo clandestino que negó la policía de Franco en 1947

Iban Gorriti

AQUEL hombre que escribía discursos al malogrado presidente estadounidense John Fitzgerald Kennedy también publicó artículos sobre la resistencia y el Gobierno vasco durante el franquismo. Uno de ellos brotó en el famoso tabloide The New York Herald Tribune en febrero de 1947. Años más tarde, William Attwood, como se llamaba, acabaría designado embajador de EE.UU. en Guinea y Kenia.

Attwood, nacido en París y educado en la Universidad de Princetown, fue paracaidista en la Segunda Guerra Mundial. Después publicó sus crónicas en el diario desde la edición internacional de la capital regada por el río Sena. Su cercanía a la frontera con Euskadi le posibilitó abundar en el rol y diatribas del totalitarista Franco y entrevistarse con el Movimiento de Resistencia Vasca.

El informador gritó al mundo que el movimiento clandestino vasco era “eficiente, aunque lo menosprecie la policía de Franco”. Lo tecleaba en febrero de 1947. El asesor de JFK se mostraba sorprendido por las cualidades, identidad y actuación del que cita como Consejo de Resistencia que “recibe órdenes de los exiliados en París, y trabaja para sostener la moral del pueblo”.

El presidente Kennedy con sus embajadores. Attwood es el primero por la derecha. Foto: Efe



Constataba que el franquismo seguía mintiendo y negando que existiese una clandestinidad vasca. Su tesón lo llevó a cotejar esas (des)informaciones. Se citó con portavoces de la desobediencia política vasca. “¡La precaución fue extrema en mi reunión con los líderes del Movimiento de Resistencia!”, admiraba.

Desde París trasladó a Nueva York que, antes de su primera reunión con los representantes del Movimiento de Resistencia Vasca, se citó con el entonces jefe de la Policía de Donostia, Félix Andrade Orejuela: “Entre otros de sus deberes, tiene el de suprimir las actividades subversivas”.

Calificó a Andrade de “caballero afable” que trató de restar importancia al sentimiento nacionalista vasco. Así, justifico que “el rumor que circula con respecto al movimiento de resistencia no es más que propaganda de París”. A la reunión se unió la hija del agente. “No debe creer toda la propaganda que circula”, le espetó. “Los españoles que creemos en el general Franco no necesitamos hacer propaganda. Queremos que los americanos nos comprendan mejor”.

A partir de ahí, negar la mayor. Con una carcajada rechazó la difusión de periódicos clandestinos. “Los pocos fanáticos nacionalistas vascos que existen no son más que rojos que se cuelan desde Francia y nadie los toma en serio”, menospreció. Agregó con un esbozo a lápiz que el lauburu, “emblema nacionalista vasco, se asemeja a la esvástica nazi. ¿Ve usted? Son todos nazis”.

Attwood se llena de ingenio en ese momento y presenta al progenitor de Andrade. “Su padre, que ya no luce la condecoración que le otorgaron los nazis durante la guerra, volvió con una pequeña bandera de madera que tenía los colores, rojo, blanco y verde, de los vascos. Aquí está un recuerdo que tengo para usted”, le entregó.

Al recién llegado se le escapó que “los rojos exiliados en Francia hicieron flotar banderas como esta sobre las aguas de la bahía de la Concha”, por lo que el activismo estaba como las ikurriñas, a flote. Sabedor de que había metido la pata, volvió al ataque: “El cuento sobre la existencia de periódicos clandestinos no es más que eso, un cuento”, y le enseñó fotos de monjas al parecer mutiladas por los republicanos durante la guerra.

Días después conoció al artífice que se las había arreglado para hacer que “cien ikurriñas” flotaran sobre las aguas de la bahía de Easo, durante las regatas de septiembre. “Estos hombres ni son comunistas ni exiliados”, contraponía el policía. Esa persona de la que no desvela su identidad pudo ser el gudari Joseba Elosegi porque narra que en las regatas de traineras acontecidas el 18 de julio, “aniversario de la rebelión del Generalísimo Franco contra el Gobierno español”, la bandera “patriota” vasca ondeó sobre el pararrayos de la iglesia donostiarra del Buen Pastor.

Se mantuvo en aquella altura a la vista de la población todo el día hasta que Franco ordenó a los bomberos descolgarla. “Cada semana del último verano, la policía de Franco se tuvo que dedicar a borrar las expresiones gráficas de la resistencia vasca en pueblos y villas de esta provincia de Gipuzkoa”, remachaba.

Santo y seña La mayor parte de estas manifestaciones estaban organizadas por el Consejo Nacional de Resistencia Vasca, “una organización formada de acuerdo con los planes trazados por el Gobierno vasco en el exilio”. El Consejo le relató el alcance de sus actividades, en una reunión que “tuvo que prepararse como lo hacen conspiradores en una película de ese género y que parece increíble tenga que ser así en un país europeo, tras la caída de Hitler”, se sorprendía. Una escueta llamada de teléfono a su hotel le permitió conocer a una mujer que le trajo “un pedacito de papel en el que aparecía el santo y seña”.

En el “oscuro” sitio convenido, halló a unos hombres que le llevaron a un apartamento “bien amueblado”. “Allí hablé con prominentes profesionales y hombres de negocios de la ciudad, que son los jefes del movimiento de resistencia en esta parte de la península. Estas aparentemente melodramáticas precauciones están plenamente justificadas en el San Sebastián de hoy”, relata.

A su juicio, Franco ya no fusilaba, sino que directamente torturaba a sus prisioneros “al estilo nazi, cada día”. Los juicios eran pospuestos “indefinidamente” y no existía autoridad alguna ante la que pudiera reclamar la familia del detenido.

La policía secreta, organizada y entrenada por Heinrich Himmler “cuando visitó España en 1937, conoce todos los trucos del oficio”. Attwood se sorprendió al observar que cohabitaban en el movimiento miembros nacionalistas y quienes no se significaban como tales. “¡Cinco partidos políticos!”, enfatizaba, y citaba cuatro: “El prominente es nacionalista y, por orden, el republicano, el socialista y el comunista. Ya que la mayoría de los vascos son católicos devotos, el PNV, católico en su mayoría, es la facción que ejerce el control general”.

El movimiento, a su parecer, era “eficiente”, y le extrañaba “cómo había podido este pueblo sobrevivir físicamente”. Gracias a la solidaridad. “Unen sus recursos y se ayudan los unos a los otros”. Hasta 1947, las actividades clandestinas se limitaron a mantener la moral del pueblo vasco mediante manifestaciones perennes. “No pasa una semana sin que algún pueblo vasco sea animado con banderas nacionalistas o inundado con periódicos clandestinos”. Con querencia antifranquista vaticina: “La libertad no se halla muy lejana”.