{"id":404,"date":"2013-11-18T19:38:11","date_gmt":"2013-11-18T18:38:11","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.deia.com\/historiasdelosvascos\/?p=404"},"modified":"2013-11-18T19:38:11","modified_gmt":"2013-11-18T18:38:11","slug":"los-ninos-de-la-guerra-libros-escondidos-y-voces-extranas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.deia.eus\/historiasvascas\/2013\/11\/18\/los-ninos-de-la-guerra-libros-escondidos-y-voces-extranas\/","title":{"rendered":"Los ni\u00f1os de la guerra: libros escondidos y voces extra\u00f1as"},"content":{"rendered":"<h1><strong><\/strong>La casa de la familia Lopezortega en la bilbaina calle Buenos Aires guard\u00f3 durante el franquismo los recuerdos en ruso de un ni\u00f1o evacuado en la guerra<\/h1>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter\" alt=\"\" src=\"http:\/\/static.deia.com\/images\/2013\/11\/09\/import_15748180_1.jpg\" width=\"614\" height=\"343\" \/><\/p>\n<div>\n<p>Joseba Lopezortega. Amorebieta-Etxano<\/p>\n<p>EN la madrugada (en realidad noche cerrada) del 14 de junio de 1937, tres d\u00edas antes de la ca\u00edda de Bilbao en manos de las tropas fascistas, centenares de ni\u00f1os vascos escucharon el inolvidable sonido de un tren avanzando camino a Santur-tzi, puerto en el que iban a embarcar en el <i>Habana<\/i>: al sonido del tren sucedi\u00f3 el de la bocina de un enorme buque. Demasiados sonidos para aquellos ni\u00f1os y ni\u00f1as. Entre ambos, y antes y despu\u00e9s de ambos, se hace doloroso pensar en los llantos y frases y caricias que debieron intercambiarse, llenos de urgencia y desgarro. Mi aita, Fidel Lopezortega Tellaetxe, era uno de aquellos ni\u00f1os. Pertenec\u00eda a un grupo que pocos d\u00edas despu\u00e9s, en el puerto de Pauillac, una peque\u00f1a localidad celeb\u00e9rrima por sus vinos situada en la orilla oeste de la desembocadura del Garona, trasbord\u00f3 al <i>Sontay<\/i>, un mercante a bordo del cual naveg\u00f3 hasta el puerto de Leningrado, actual San Petersburgo. Al puerto ruso llegaron unos quinientos ni\u00f1os vascos.<\/p>\n<p>Fidel, que hab\u00eda cumplido diez a\u00f1os veintid\u00f3s d\u00edas antes de embarcarse, fue operado de urgencia a su llegada a la ciudad del Neva. Fue una cirug\u00eda muy seria para la \u00e9poca, que precisaba de una trepanaci\u00f3n. Sali\u00f3 con bien, y tras la convalecencia viaj\u00f3 de nuevo en tren, esta vez hasta Kiev, actual capital de Ucrania, donde se reencontr\u00f3 con numerosos ni\u00f1os vascos en la Casa de Ni\u00f1os n\u00famero 13. All\u00ed, en Kiev, estaban los ni\u00f1os y ni\u00f1as cuando la ciudad fue copada por las tropas alemanas cuatro a\u00f1os despu\u00e9s.<\/p>\n<p>Aquel ni\u00f1o, ya un adolescente, sobrevivi\u00f3 en el Frente Oriental de la Segunda Guerra Mundial no sin pasar por terribles vicisitudes, y al concluir la guerra continu\u00f3 recibiendo formaci\u00f3n y se desenvolvi\u00f3 en la Rusia de Stalin. El gobierno de Franco no manten\u00eda relaciones diplom\u00e1ticas con la Uni\u00f3n de Rep\u00fablicas Socialistas Sovi\u00e9ticas, y regresar era sencillamente imposible por distintas razones. Pero Stalin muri\u00f3 en 1953, en 1955 Espa\u00f1a fue admitida en las Naciones Unidas, y a finales de los a\u00f1os cincuenta una parte de los ni\u00f1os de la guerra emigrados a Rusia regres\u00f3 a sus pa\u00edses de origen. Fidel Lopezortega estaba entre ellos.<\/p>\n<p><strong>El regreso<\/strong><\/p>\n<p>Fidel lleg\u00f3 a Bilbao en 1957, tras atravesar el Mediterr\u00e1neo desde Odesa hasta el puerto de Castell\u00f3n en uno de los viajes de repatriaci\u00f3n acordados entre ambos pa\u00edses. Llevaba en una maleta algunos enseres personales, y en otra una c\u00e1mara fotogr\u00e1fica <i>Kiev<\/i>, para negativo de 35 mm., y una ampliadora. Sab\u00eda que su padre era fot\u00f3grafo y \u00e9l deseaba reencontrar a su familia y sumarse a ese oficio. Pero el regreso no era f\u00e1cil. En un marco global, las autoridades franquistas acogieron a los repatriados con una duplicidad repugnante. Por un lado, premiaron a quienes accedieron a participar en la propaganda del r\u00e9gimen, que ten\u00eda inter\u00e9s en mostrarse como el pa\u00eds que volv\u00eda a abrazar a unos ni\u00f1os y ni\u00f1as que llegaban desde el infierno comunista, pero por otro lado sospechaban de ellos: tem\u00edan que fueran prosovi\u00e9ticos, y que pudieran dedicarse a actividades de espionaje. En el caso de Fidel las sospechas fueron particularmente intensas. Tras sus estudios, \u00e9l hab\u00eda sido asignado en la URSS al cuerpo de ferrocarriles, y en esa actividad transportaba tanques desde una f\u00e1brica siberiana a un emplazamiento en los Urales. Cuando supieron a qu\u00e9 se hab\u00eda dedicado, las autoridades franquistas lo pusieron en conocimiento de los norteamericanos, con quienes a partir de 1953 el franquismo fue tejiendo una relaci\u00f3n de devoto alineamiento. La inteligencia norteamericana, que ten\u00eda gran inter\u00e9s en saber todo lo posible del armamento sovi\u00e9tico, no dud\u00f3 en trasladarle a Madrid para someterle a interrogatorios. Pero Fidel no sab\u00eda nada de tanques, solo ve\u00eda sobre los trenes unas enormes y pesadas moles cubiertas de lonas. Hay que recordar que no exist\u00edan los sat\u00e9lites, y que de hecho el primero fue lanzado el 4 de octubre de 1957, cuando Fidel ya hab\u00eda regresado a Bilbao. Era el Sputnik I. La URSS y los Estados Unidos estaban por tanto ciegos, sin sat\u00e9lites, y ambos deseaban ver a trav\u00e9s de los ojos de posibles testigos. Fidel fue uno de ellos, aunque completamente insatisfactorio para los norteamericanos.<\/p>\n<p><strong>En el hogar<\/strong><\/p>\n<p>Como consecuencia de un suceso b\u00e9lico, concretamente una bomba que cay\u00f3 de pleno en un refugio mientras \u00e9l estaba fuera, Fidel fue el \u00fanico superviviente de un gran contingente de ni\u00f1os de la guerra y profesores que se dirig\u00eda hacia el Este desde Kiev, huyendo de los panzers y los aviones alemanes. En el caos de la guerra, nadie supo que Fidel hab\u00eda sido rescatado de entre los cascotes con vida, y se comunic\u00f3 a las autoridades internacionales que todo el contingente hab\u00eda perecido. De este modo, su familia recibi\u00f3 en Bilbao la noticia de su fallecimiento, y se le dio por muerto. Sin comunicaciones, sin correspondencia ni posibilidad de contacto, el hombre maduro y educado en otros valores y en otra cultura que llam\u00f3 a la puerta de su hogar infantil veinte a\u00f1os despu\u00e9s de abandonarlo, fue una aut\u00e9ntica aparici\u00f3n, e inevitablemente vino a trastocar el paisaje ya acomodado a su p\u00e9rdida que hab\u00eda construido su familia. Comenz\u00f3 a trabajar en la fotograf\u00eda hom\u00f3nima, <i>Fidel<\/i>, que regentaba su padre y que ocupaba la primera planta del n\u00famero 21 de la calle Buenos Aires de Bilbao, actual n\u00famero 15. All\u00ed, en un piso enorme, mitad vivienda, mitad negocio, en una tarde cualquiera de finales de los 60, o quiz\u00e1 muy a inicios de los a\u00f1os 70, tuve yo un primer conocimiento de la vida de mi aita en Rusia. Mis abuelos paternos ya hab\u00edan fallecido. Hablar de aquella tarde es, tras este extenso pr\u00f3logo, el objeto de este texto.<\/p>\n<p><strong>Libros escondidos, voces extra\u00f1as<\/strong><\/p>\n<p>Hab\u00eda en aquella casa distintas zonas con libros, pero entre todas destacaba un mueble de madera en la sala de estar, sesent\u00f3n, de aquellos que ocultaban un peque\u00f1o mueble bar esf\u00e9rico tras una puerta y ten\u00edan un par de estanter\u00edas sobre unas patas redondeadas que se iban estrechando al llegar al suelo. En alguno de mis juegos descubr\u00ed que, escondidos tras los libros visibles, hab\u00eda otros ocultos, cuyas letras no entend\u00eda. Eran caracteres cir\u00edlicos, y me resultaban tan incomprensibles que pronto los olvid\u00e9, porque ni siquiera llegaron a atraer mi curiosidad. Pas\u00f3 el tiempo. El hogar de mi infancia era alargado, dominado por un pasillo muy largo y ancho, y mi hermano Aitor y yo ten\u00edamos prohibido acceder a la zona de la fotograf\u00eda en los horarios en que se atend\u00eda a la clientela, un mandato que no siempre cumpl\u00edamos, pero que en general respet\u00e1bamos. Ambas zonas de la casa estaban divididas por una gran puerta batiente de dos hojas, y aquella zona donde aita y ama trabajaban nos impon\u00eda mucho respeto. La zona de trabajo constaba de un recibidor, un taller con el secadero de papel fotogr\u00e1fico y el retocador, un laboratorio con tiradora, ampliadoras y cubetas con qu\u00edmicos (revelador y fijador) y agua, un cuarto oscuro para la carga de placas y negativos y la galer\u00eda, con sus grandes focos y una enorme c\u00e1mara de madera y fuelle, para placas de hasta 24&#215;30 cm. Era una zona realmente excitante para un ni\u00f1o, y explorarla ten\u00eda cierto componente de aventura. All\u00ed, en el taller, descubr\u00ed por vez primera a mi aita hablando en una lengua ininteligible: el ruso. Le acompa\u00f1aban Elo y Ram\u00f3n, dos ni\u00f1os de la guerra que tambi\u00e9n hab\u00edan decidido regresar de la URSS. No les entend\u00eda, pero me qued\u00e9 escuch\u00e1ndoles. La situaci\u00f3n ejerc\u00eda cierta fascinaci\u00f3n: era como descubrir que ten\u00eda dos aitas. De hecho los ten\u00eda: uno el padre de familia trabajador, otro el que escond\u00eda de la curiosidad ajena su otra lengua y sus otros libros. Result\u00f3 que aquel grupo se reun\u00eda para hablar en ruso con alguna frecuencia, y consideraban sensato ocultarlo a los ni\u00f1os. Franquismo. Y durante el franquismo no s\u00f3lo era posible tener dos aitas, tambi\u00e9n hab\u00eda dos Bilbao. Al menos dos.<\/p>\n<p><strong>Bilbao antes de brillar<\/strong><\/p>\n<p>El Bilbao oficial era franquista y afecto al r\u00e9gimen. Celebraba sus fiestas y desfiles muy cerca de mi casa, desde donde tras las cortinas de uno de los balcones recuerdo haber visto desfilar tanques y tropas por la Gran V\u00eda y la plaza Circular. Era el <i>desfile de la Victoria<\/i>, y desde Bail\u00e9n se tiraban fuegos artificiales. Bajo el balc\u00f3n hab\u00eda una mercer\u00eda, que regentaba una mujer llamada Jesusa, que viv\u00eda sola en un peque\u00f1o hogar entre su lonja y mi casa, al que se acced\u00eda desde la puerta que se ve en la fotograf\u00eda de la escalera, bajo el cartel indicador. En aquella ciudad triste y dura Jesusa muri\u00f3 sola en su casa, y la polic\u00eda precint\u00f3 la puerta. Ten\u00eda un perrito que estuvo en mi casa unos d\u00edas, hasta que se lo llevaron algunos familiares de la difunta. Piso y lonja permanecieron cerrados mucho tiempo, porque aunque capital din\u00e1mica y de hecho destacada, Bilbao era una ciudad inmersa en la tristeza y la bruma del franquismo, y una lonja c\u00e9ntrica pod\u00eda dormir inactiva durante meses y meses.<\/p>\n<p>El otro Bilbao solt\u00f3 un burro en la Gran V\u00eda en pleno <i>desfile de la Victoria<\/i>, y comenz\u00f3 a pintar y liberar las calles con sus lemas. Fij\u00e9monos en la fotograf\u00eda de la fachada de la casa. A la izquierda se percibe parte del escaparate de una conocida librer\u00eda desaparecida, Mi\u00f1ambres. A la izquierda del portal est\u00e1 el local abandonado de la mercer\u00eda citada, y a la derecha unas oficinas del Banco de Santander. En los muros del Santander, una pintada: <i>Ikurri\u00f1a bai<\/i>. Esta pintada permite situar la fotograf\u00eda en los a\u00f1os 70 y avanzados, de hecho dir\u00eda que en el periodo de la Transici\u00f3n. Luego la mercer\u00eda estuvo cerrada durante bastantes a\u00f1os. Franquismo.<\/p>\n<p>Recuerdo el franquismo como una etapa de mi vida en que las fachadas estaban sucias, y los cristales rotos, y el idioma ruso se\u00f1alaba. Pero incluso en esto hab\u00eda otro Bilbao. Una ma\u00f1ana de un domingo, la radio hizo un llamamiento. Hab\u00eda ingresado en el hospital de Basurto un enfermo que hablaba una lengua eslava, y era urgente traducir su conversaci\u00f3n con los m\u00e9dicos. Mi aita cogi\u00f3 un taxi y se acerc\u00f3 al hospital en cuesti\u00f3n de minutos. Cuando lleg\u00f3, el enfermo ya ten\u00eda traductor (result\u00f3 que hablaba polaco) y otros voluntarios regresaban a sus casas. Muy pocos, claro, pero para m\u00ed fue una sorpresa.<\/p>\n<p>Y as\u00ed, lentamente, fui creciendo mientras la ciudad se limpiaba y liberaba.<\/p>\n<\/div>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La casa de la familia Lopezortega en la bilbaina calle Buenos Aires guard\u00f3 durante el franquismo los recuerdos en ruso de un ni\u00f1o evacuado en la guerra<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on get_the_excerpt --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on get_the_excerpt --><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1544],"tags":[],"class_list":["post-404","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-sin-categoria"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/blogs.deia.eus\/historiasvascas\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/404","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/blogs.deia.eus\/historiasvascas\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/blogs.deia.eus\/historiasvascas\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.deia.eus\/historiasvascas\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.deia.eus\/historiasvascas\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=404"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/blogs.deia.eus\/historiasvascas\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/404\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":405,"href":"https:\/\/blogs.deia.eus\/historiasvascas\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/404\/revisions\/405"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/blogs.deia.eus\/historiasvascas\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=404"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.deia.eus\/historiasvascas\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=404"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.deia.eus\/historiasvascas\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=404"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}