Kane y la cruz de San Jorge

No se puede discutir que el torneo de marras diseñado por la UEFA para poner un poco de pimienta a esas ventanas FIFA que periódicamente paralizan las competiciones domésticas llena la boca: la Liga de Naciones. No deja de ser un sucedáneo del amistoso de toda la vida, pero le encajas un traje de lentejuelas y aunque en realidad no cambia casi nada, la idea de dividir a Europa en categorías futbolísticas, con ascensos, descensos y una final a cuatro entre los mejores sirve de placebo a la hinchada más recalcitrante.
Por ejemplo, el partido de ayer entre Inglaterra y Croacia, con Wembley repleto de fieles ondeando con frenesí miles de banderas con la cruz de San Jorge. Viendo tanto entusiasmo, uno entiende que todo aquel gentío esperaba un desagravio. Con los croatas para empezar, que hace once años les dejaron fuera de la Eurocopa de Austria y Suiza derrotándoles en su sagrado templo y en el pasado Mundial de Rusia les eliminaron en semifinales, pero qué se habrán creído. Y probablemente con el continente entero, en plena gestación del Brexit y lo impertinentes que se están poniendo los burócratas de Bruselas para fijar las condiciones de la desconexión.
En este ambiente de crispación no hay nada mejor que el fútbol, gran legado británico a la humanidad, para recibir un chute de autoestima. Por eso mismo Harry Kane se ha convertido en el nuevo héroe inglés, a la altura del mismísimo Ernest Shackleton, aquel famoso explorador que tan bien supo inspirar al abnegado Josu Urrutia en su reciente alegoría sobre el Athletic.
Ahora bien, ¿qué ocurre con el derrotado; con aquellos equipos que no han sabido estar a la altura de las circunstancias?
Pongamos a los croatas. Cubrieron el expediente, sí, aunque para nada se asemejaron a esa manada de lobos hambrientos de gloria que hizo estragos en la reciente Copa del Mundo. Como saben, Croacia perdió la final ante Francia y acabó como subcampeón, y tercera fue Bélgica, otra selección con fútbol de quilates que sin embargo recibió ayer una soberana paliza por parte de Suiza (5-2).
Los suizos, como es natural, están que tiran cohetes por lo que ya consideran toda una proeza, y también estarán el próximo año en la inédita final a cuatro, como Portugal, que lo ha conseguido sin la participación de Cristiano Ronaldo en partido alguno.
Hoy se conocerá la selección que falta para completar el cuarteto. A Holanda, que fue incapaz de clasificarse para Rusia’2018, le sirve un empate en Alemania, que ya está ¡descendida!, lo cual también dejaría fuera a Francia, campeona del mundo en ejercicio.
O sea, que este remedo de torneo amistoso montado para rellenar huecos consuela al que busca consuelo, y le importa un pimiento a las selecciones con abolengo, a todos aquellos equipos que ya triunfaron donde tenían que hacerlo.
¿Y la española? ¿Recuerdan cómo sonaron clarines y timbales tras la victoria en Wembley y el 6-0 a Croacia? ¡Ha llegado la regeneración!, clamaron los exégetas de la cosa pasando de inmediato página al desastre en Rusia.
Luis Enrique, el adalid, además tiene arte sazonando la salsa con sus ocurrencias. Que Jordi Alba está que se sale, pues no le convoco, aunque sí cuando la prensa canalla da por hecho que no. ¿Que Isco no se come un rosco en el Real Madrid?, pues piedra angular de mi equipo. Y lo bien que se lo pasa Luis Enrique alineando contra viento y marea a David de Gea, por muchas barbaridades que digan.
Tras la derrota en Zagreb del pasado jueves, el seleccionador español optó por quitarle toda la importancia al asunto, resituando la pomposa Liga de Naciones como un torneo amistoso con un par de chocolatinas de premio. Estamos de transición, dijo, y lo verdaderamente importante es ahormar un equipo competitivo para afrontar la próxima Eurocopa. El argumentario tendría cuajo y sentido de haberse asimilado con menos fervorina el triunfo en Wembley y el 6-0 a Croacia, partiendo como partía España de un calamitoso Mundial.
Es decir, que la Liga de Naciones es como la antigua Copa Intercontinental, que si se gana toma la categoría de Mundial de Clubes y si se pierde se transforma en la Copa Toyota. O el Torneo de la Galleta de Aguilar de Campoo, que tiene tradición, aunque no tanta como el Teresa Herrera, que el pasado miércoles se convirtió en el primer título de la era Berizzo, una verdad como un templo, aunque suene a coña marinera. Porque, realmente, el personal no está para gaitas gallegas.

La perra suerte, el perro pulgoso

El parón liguero se ha cruzado en el camino del Athletic y sus jugadores, que a duras penas asimilan la atroz derrota en el Wanda Metropolitano mientras mascullan juramentos por la perra suerte, aunque después de doce jornadas a lo peor hay más cosas que la perra suerte. Cuando se produce un resultado así, tan cabrón, los jugadores necesitan de inmediato la revancha para encauzar tanta furia y aplacar la frustración y sin embargo los chicos deberán aguardar dos semanas hasta la próxima, con el Getafe en San Mamés a las doce, la hora del Ángelus. Sería aconsejable que hasta ese día los chicos empleen tiempo, mucho tiempo, en ensayar con profusión las jugadas de estrategia, sobre todo para evitar en lo posible disgustos como el del sábado.
Porque, esa es otra. Para más escarnio resulta que el Atlético culminó su épica remontada en el último minuto con el gol del cojo, o sea, que encima hubo regodeo. Todo el mundo hablando del famoso gol del cojo Godín, ¡y en el último minuto! y con el Cholo Simeone danzando como un poseso de alegría.
El gol del cojo, a perro flaco todos son pulgas, qué poco dura la alegría en la casa del pobre… El refranero entero se le vino encima al Athletic en el Metropolitano, pero tampoco conviene frivolizar más de la cuenta con el asunto. Berizzo, todo el mundo, calificó la derrota como injusta, pero analizando cómo se produjo, a causa de una grosera desatención colectiva en el último instante, con un balón que venía de frente, no caben los paños calientes. Hay que recordar que la única victoria del Athletic en lo que va de temporada ocurrió allá con la canícula, en plena Aste Nagusia, frente al Leganés y en el minuto 93, con aquel gol oportunista de Iker Muniain, a quien el técnico argentino al fin le vuelve a otorgar categoría de titular. Vaya lo uno por lo otro (la fortuna y la desdicha de marcar o recibir cuando el partido se acaba) y menos mal que aquel encuentro acabó 2-1, es decir, que en caso de empate a puntos el Athletic tiene de momento mejor coeficiente goleador que los pepineros por si un casual, Dios nos libre, está en juego el descenso de categoría. (Malas lenguas han sugerido que si Josu Urrutia adelanta las elecciones y no se presenta a otro mandato es para no ser ese histórico presidente con quien el Athletic bajó a Segunda, hay que ver lo mal pensada que es alguna gente).
Sí es verdad que Urrutia se gastó este año la friolera de 56 millones en reforzar la defensa con dos fichajes y sucede que el Athletic es el cuarto equipo más goleado de la categoría. Como también es cierto que Berizzo acaba de descubrir a Unai Núñez, que ya era hora.
Será conveniente que no cunda el pánico cuando Urrutia, guardián de las esencias, se marche y deje libre de ataduras a quien le suceda. La tentación de acudir al mercado invernal a por refuerzos, y estoy pensando en Llorente o Herrera, desafectos a la causa, entrados en años y sin duda carísimos para las prestaciones que podía ofrecer.
Habrá que apechugar con lo que hay y sobre todo reafirmar los votos de adhesión a la causa, lo cual implica infinita paciencia, comenzando con Berizzo, que todavía no ha repetido una alineación y no da más que tumbos. Sin embargo lo que propuso en el Metropolitano tuvo un punto de seducción e incluso invita a pensar que puede revertirse la caótica situación, más que nada porque no queda otro remedio. Y para otra vez no se fíen ni del cojo; joder, qué manera del palmar.

Luca, aurrera mutil

Tanto años añorando el viejo Atocha, tan entrañable, donde el rival sentía en el cogote el aliento de la afición txuri-urdin, para esto. Como saben, Anoeta se construyó con sustanciosa aportación de dinero público y eso llevó consigo un peaje, de tal forma que las autoridades del ramo decidieron inocular al flamante estadio una vocación olímpica que ha llevado a mal traer a la hinchada. Arrancar de Anoeta las pistas de atletismo fue una reivindicación legendaria, sobre todo cuando perdía la Real, y ahora que Anoeta vuelve a ser un campo de fútbol como Dios manda y el público está donde debe, no hay manera.
De cinco partidos disputados tras la remodelación, ni una victoria. Hasta el Rayo ha puntuado en Anoeta y el único triunfo del Valencia lo arrancó precisamente allí. ¿Castigo divino? ¿Maldición de la bruja? o simplemente que Garitano no encuentra la tecla propicia, el equipo tampoco da para más y seguramente la plaga de lesiones ha cercenado su potencial. La última, la de Luca Sangalli, ha llamado poderosamente la atención. Sobre todo por las características del mal, un ictus isquémico leve que sufrió el pasado miércoles, y el lugar y la hora en que se produjo, de madrugada, apenas iniciado el examen para sacarse el máster de Ingeniería Industrial en la Universidad de Mondragón. O sea que el mozo, de 23 años, que acaba de dar el salto al primer equipo esta misma temporada, es además un lumbreras que utiliza la cabeza para rematar, pero también para pensar.
La hinchada txuri-urdin le adora y se agarra a él para aplacar sus frustraciones. Han corvertido a Luca en el Héroe de San Mamés. Fue autor de un gol magnífico que reventó al Athletic y sujeto del penalti de Iñigo Martínez (¿recuerdan su ezpatadantza en los morros del canterano?). Luca representa el único referente amable en una temporada discreta (que para sí quisiera el equipo de Berizzo, dicho sea de paso). Por eso en los prolegómenos del partido ante el Sevilla fue recordado con mucho cariño, como es de ley, mientras se coreaba el nuevo himno del club, donde el Aurrera mutilak se ha sustituido por el Aurrera Reala, eliminando así el sesgo machista.
Lo que son las cosas. Sometido a debate público un leve cambio de la sintonía han saltado chispas sobre la piedra angular: la Real. Pero qué coño, lo que hay que eliminar es precisamente el símbolo borbónico que adorna el club, clamaron muchas voces aprovechando la coyuntura, pues fue Alfonso XIII quien ungió con su gracia a la Sociedad de Foot-Ball de San Sebastián desfigurándola de sus esencias para convertirla en símbolo de la rancia monarquía española.
Es lo que pasa cuando se remueven los pilares de un club: salen los fantasmas y lo que parecía signo identitario ahora incluso chirría a poco que uno se ponga digno.
La hinchada de otro club Real, el de Madrid, no creo que se plantee semejante asunto, pero sí lo debería hacer con su himno (los domingos por la tarde, caminando a Chamartín, las mocitas madrileñas van alegres y risueñas porque hoy juega su Madrid), que hiede un tufillo machista que tira para atrás. Y desde luego no voy a escribir sobre Vinicius, pero sí sobre los cojones de Santiago Solari, un técnico elegante y leído que sin embargo recurrió al fundamento más casposo y carpetovetónico del fútbol para expresar una idea. Hubo un técnico, Luiche, que en su etapa dirigiendo al Castellón (1989-91), acuñó un lema a modo de catón de su filosofía parda: las tres uves (voluntad, valor y vuevos). Y seguro que recuerdan al simpar Luis Fernández, que solía decir que quería jugadores con tres cojones, convirtiendo lo que para él seguramente significa bravura extraordinaria en una malformación capaz de provocar a los chicos un complejo atroz.
En fin, que en esas estamos. Franco regresa con un fervor que alucinas y reaparecen los cojones como fundamento para ganar un partido. Y en estas el Athletic juega hoy en casa del Espanyol, donde hace veinte años que no se come un rosco.

Poquito, puntito, pasito

Ahora resulta que todo ese tiempo, tanto esfuerzo y reiteración de movimientos hasta asimilar aquellos automatismos futbolísticos no sirven para nada. Ahora lo que vale es el fútbol directo, la agresividad y el sentido práctico con el objetivo primordial de mantener la portería a cero. Berizzo además lo reconoce con naturalidad pasmosa, sin alterar el gesto y un evidente grado de satisfacción. Resulta que el Athletic igualó con el Valencia, otro equipo desnortado que sólo ha logrado una victoria en trece partidos disputados (diez en liga y tres en la Champions). Se enfrentaron en San Mamés los reyes del empate y no ganó ni perdió nadie por pura lógica cartesiana y satisfacción de Berizzo. “El Athletic dio un paso adelante”, dijo, aunque en puridad debía haber dicho un pasito, y hablando de pasitos sucede que hasta el equipo de Ziganda cumplida la décima jornada deambulaba igualmente, pero al menos lo hacía con más donaire y firmeza.
Sin embargo conviene de momento mirar el lado positivo de las cosas y atender el mensaje lanzado por el técnico argentino. Con su planteamiento, el Athletic ha conseguido que el contrario no le meta un gol por vez primera en lo que va de temporada, y aunque el punto sumado parezca raquítico, conviene resaltar que la zona de descenso se aleja otro poquito.
Puntito, pasito, poquito. Y así, de forma cadenciosa, sin estridencias, huyendo de las glorias, pero también de los alarmismos, se ha consumido un cuarto de liga con el personal desencantado y aturdido.
El 0-0 ha dejado por fin en buen lugar a Iñigo Martínez y Yuri Berchiche, los dos fichajes más caros en la historia del Athletic y sobre quienes Berizzo mantiene su total confianza por mucho que la pifien. Como todo el mundo sabe, el precio de un jugador, y más si el que compra es el Athletic, no implica que sea un portento balompédico, por razones obvias. En cambio el mejor fichaje de la temporada, y así se puede catalogar a Iker Muniain después de sobreponerse a esa grave lesión que le mantuvo casi inédito la pasada campaña, chupó banquillo hasta el minuto 80, cuando la ofensiva final del Athletic además de músculo requería sutileza y visión de la jugada. Muniain es también el goleador del equipo, y de largo con sus cuatro tantos, pero según parece al mocete navarro le penaliza su levedad corporal. Con el Berizzo de pelota al piso, presión adelantada, orden e imaginación, Muniain sería capitán general. Con el Berizzo actual, de prudencia sobrevenida, ese a quien el nuevo empate le ha “dejado satisfecho” y descubre de súbito a Mikel Rico, Muniain se cae del once titular.
¿Esto es un fraude o hablamos de sentido común, a pesar de los pesares?
A la espera de noticias, asombran sucedidos que acontecen por ahí, como la fiabilidad del Alavés, que tampoco tiene luminarias, o del Espanyol, el próximo rival del Athletic, cuyos jugadores sí han pillado a la primera el estilo propuesto por Rubi; y qué me dicen del Valladolid, recién ascendido y con el presupuesto más bajo de la categoría. Un equipo, sobre todo, necesita alma y un estado anímico con la fuerza suficiente como para contrarrestar las carencias.
El clásico ha sido otro ejemplo palmario. Sin Messi, el Barça trituró al Real Madrid, que cuajó una primera parte lamentable, únicamente tuvo diez minutos lúcidos tras el descanso, y donde sus figuras y referentes (Sergio Ramos, Isco, Bale…) ni aparecieron cuando más se les esperaba, frente al gran contrincante, mostrando toda esa grandeza que les llevó al club más laureado del mundo.
Julen Lopetegui sale mal parado de la empresa apenas 134 días después de saltar por los aires de otra, la selección española, que también dejó por la puerta de atrás seducido por el gigante blanco. Si entonces la RFEF le pagó cinco millones de indemnización por despido, el técnico vasco se podría embolsar del Real Madrid 18 millones de euros por lo mismo, es decir, que el hombre suma fracaso tras fracaso hasta la fortuna total, de tal modo que el muy taimado está en condiciones de comprar una enorme finca para criar vacas, dar la vuelta al globo en primera clase o montarse un plan de pensiones de campeonato.
Ernesto Valverde, en cambio, sale de la empresa aclamado por crítica y público, lo bien que gestionó la baja de Messi, y lo listo que estuvo en los cambios, sacando a Dembélé y recolocando al astuto Sergi Roberto. ¡Ay!, que tiempos aquellos, cuando Txingurri vivía por aquí…