¡Jo! qué partido

Hay que tragar saliva y respirar hondo antes de comenzar a hincarle el diente al Sevilla-Athletic, uno de esos partidos por los que sacan pecho los gerifaltes de la FIFA.
Los gerifaltes de la FIFA abominan la eventualidad de introducir tecnología en los estadios para corregir errores arbitrales descomunales, como los que cometió Clos Gómez, el árbitro del encuentro, porque, razonan, el error humano y todas las ulteriores repercusiones, principalmente la bilis que le sale por la boca al hincha del descomunal cabreo o cualquier irracional reacción que a veces provoca la pasión desaforada  por el fútbol, forma parte del invento y prolongan su vidilla terminado el evento, en esas magras tertulias cuajadas de exabruptos.
Y se quedan tan panchos elevando la injusticia a categoría.
En esta línea argumental encaja el criterio aplicado por Clos Gómez, y aquí no estamos hablando de errores humanos, sino de error técnicos: señaló dos penaltis contra el Athletic, ambos atribuidos a Ustaritz, y sin embargo no enseñó por eso cartulina alguna al central rojiblanco, como es de rigor en estos casos de flagrante delito contra la norma. Es una reacción habitual, un acto reflejo, cuando la mala conciencia invade la entraña del colegiado, pero como la rectificación, y más en campo ajeno, afea tiran por la calle de en medio, aunque luego se cortan y no amonestan al infractor, dejando así huella indeleble de su incompetencia.
Si un mal día tuvo Clos Gómez, peor aún lo tuvo Ustaritz, que para una vez que puede jugar y juega, y tiene la ventura de no lesionarse de vísperas, va y queda retratado en los dos penaltis, pero también en los otros dos goles del Sevilla, firmados por Luis Fabiano, ese delantero centro de la selección brasileña que, en plena crisis personal y al borde de la depresión, tuvo la oportunidad de romper su mala racha anotando sus primeros goles de la temporada.
Pero eso no fue lo peor. Lo peor del Sevilla-Athletic, que comenzó tan alegre y dicharachero, con las huestes rojiblancas campeando con donaire y autoridad por el césped del Sánchez Pizjuán, fue que acabó como el rosario de la aurora. Porque, asumido el robo arbitral y la injusta derrota, va Gabilondo y marca un portentoso gol, el 4-3, cuando apenas quedaban segundos para concluir el encuentro, sin tiempo material de reaccionar ni para ningún otro prodigio, con lo cual el hincha vuelve a sentir el horror por lo que pudo ser y no fue; y se acuerda otra vez de la madre del árbitro, y de su suegra, y del vecino de la suegra. O sea, que se cabrea doblemente. Es decir, se podía haber ahorrado dicho gol el elegante extremo guipuzcoano. Como el que metió en Valencia. O ante el Barça. Vaya racha, también, la del muchacho, especialista en goles tan hermosos como inútiles.
En cambio, los que anotó el Ilustrísimo Señor don Fernando Llorente (tratamiento que detenta desde que recibió el Premio Príncipe de Asturias, ¡ojo al dato!) tampoco sirvieron para nada, pero le mantienen en la buena racha, fundamental para alimentar la buena estrella de un delantero; adornan su espectacular palmarés personal y aumentan su prestigio y caché internacional.
Temí, en cambio, por Joaquín Caparrós, que masticaba el chicle con más frenesí del habitual, con el consiguiente peligro sobre su contenida lengua. Porque el técnico andaluz se la mordió de verdad al término del encuentro, cuando no quiso ni mentar al árbitro. Sin embargo dijo: “Cuando un equipo mete tres goles, no puede perder” y, efectivamente, perdió, luego también estaba alucinado con el embrujo sevillano.
Caparrós decidió poner al mismo equipo que ganó una semana atrás al Zaragoza, y se notaba que había buenas vibraciones, propósito de buen fútbol, pero también los desajustes defensivos habituales que permitieron al Sevilla, con sólo un par de oportunos arreones, desmoronar todo el trabajo rojiblanco, y así no se llega a ninguna parte. Tanto que las estadísticas indican treinta y una llegadas del Athletic sobre la portería del rival por dieciséis del Sevilla. Y sin embargo…
Caparrós volvió a darle la titularidad al jovenzuelo Iker Muniain, quien volvió a demostrar que tiene sitio en el once titular, y por eso mismo capacidad para opinar y expresarse en público, a pesar de ser todavía menor de edad, lo cual suena a solemne tontería, salvo para los dirigentes del Athletic.
Es curioso el criterio de Macua al respecto. Muniain, con 17 años, puede hablar ante los medios de comunicación. A Ibai Gómez, que está a punto de cumplir los 22 y, obviamente, es mayor de edad, se le niega el don de la palabra. Al parecer, los tres minutos que disputó ante el Zaragoza, en su debut oficial con el Athletic antes de sufrir la terrible lesión, no es tiempo suficiente para liberarse de la mordaza. Como en los cuadros del Greco, y según Macua, para que el Espíritu Santo se pose en forma de llama sobre las cabezas de los apóstoles rojiblancos y éstos comiencen a hablar en arameo es necesario… ¿media hora? ¿35 minutos quizá?
Misterio insondable. Y ridículo.

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