Gracias por lo de Messi, Ernesto

Tengo que reconocer mi poca fe en el asunto. Me acordé de aquella sugerente frase de Joaquín Caparrós cuando entrenaba al Levante, ese día en el que arrancó la temporada 2013-14 en el Camp Nou (7-0): “Hemos salido del dentista y ahora que pase el siguiente”, dijo, y tratándose del coliseo azulgrana y la inercia de la costumbre, o sea, palmar sistemáticamente como bellacos, ya me imaginaba a los chicos de Berizzo viéndolas venir, como diciendo por lo bajines “¡ave Barça!, los que van a perder te saludan”. Y resulta que no, ¡albricias!, que salieron vivos de un desafío al que entraron sin pensar en el estridente taladro del dentista, y mucho menos en gladiadores resignados a su fatal destino, bien al contrario lo hicieron con bravura y mentalidad positiva, y en eso me parece que está la mano del técnico.
Aún con todo, permítanme la licencia: ¡Gracias, Ernesto! Porque, estarán conmigo, la constatación de no tener enfrente al mejor jugador del mundo y probablemente de la historia, protagonista de un sinfín de sarracinas, descongestiona el ánimo y eleva la moral, no me dirán que no. Había que ver a los muchachos en aquella primorosa primera parte, tan gallardos en su presión alta, sabiendo que si el Barça rompía sus líneas no estaba el genio argentino para castigar con sutileza su osadía.
“Es mi responsabilidad absoluta”, dijo Valverde tras el partido cuando se le preguntó por la súbita suplencia de Messi (con su consentimiento previo, claro está). Me da que le fallaron los cálculos al técnico extremeño. Realmente el partido tenía un contexto especial. El Athletic llegaba después de recibir una buena tunda frente al Villarreal en San Mamés. Pero mucho más acuciante parecía la situación de los azulgrana, increíblemente derrotados por el entonces colista Leganés con dos goles en un lapso de 69 segundos y sin la esperada reacción. “Un accidente”, explicó Valverde como causa, y le llovieron palos por todos los costados. Fue una cuestión de altanería, de exceso de confianza. En cierto modo hubo desconsideración hacia su modestísimo rival, y en el pecado encontró el Barça la penitencia, pero no el propósito de enmienda, pues al partido siguiente me da que Ernesto volvió a mirar por encima del hombro al Athletic, pues de otro modo habría dejado para mejor ocasión dar descanso de quien casi nunca descansa, porque sabe dosificarse como nadie, y también a Busquets, el hombre que da equilibrio al ensamblaje del Barça.
Casualidades de la vida, la última vez que el Athletic rascó algo en el Camp Nou (1-1) fue el 17 de enero de 2004, precisamente con Valverde de entrenador, cuando daba sus primeros pasos en Primera División. Hoy, en cambio, ha llegado a la cima gracias a su segunda experiencia en el club bilbaino: el FC Barcelona, donde se prodigan halagos, prestigio y honores, pero también donde más feroces e implacables son las críticas a poco que la nave pierda el rumbo. Hacía dos años que el Barça no enlazaba tres jornadas sin ganar, sumando dos puntos de nueve posibles, y ante rivales como Girona, Leganés y Athletic. A la falta de contundencia se une los problemas defensivos y la pobreza del juego desplegado, lo cual nos ha descubierto a un Txingurri nervioso, poniendo pretextos en ausencia de razones, y por vez primera cuestionado por el entorno. Aunque es verdad que la irregularidad del Real Madrid y Atlético atemperan la tensión, Valverde se la juega este mes, con partidos y rivales exigentes y sin lugar para la tibieza: el Tottenham en la Champions, y consecutivamente el Valencia, Sevilla, Inter, también en la competición europea, y a modo de corolario el Real Madrid de visita en el Camp Nou el 28 de octubre.
Tanto fue el desencanto que Messi, que acabó el partido hecho un basilisco, se asomó después ante los medios de comunicación para lanzar un aviso en clave tan críptica como sugerente: “Tenemos plantilla y jugadores para no depender de nadie”, o sea, de él, coautor del gol del empate en cuanto salió al escenario y de otro par de jugadas que no acabaron en gol de milagro. Entre ellas aquella falta que lanzó con su maestría habitual, hábilmente conjurada bajo palos por Óscar de Marcos, el héroe del partido. Merece la pena destacar el magnífico pase de Susaeta en el gol rojiblanco, una especie de desagravio por el error cometido una semana atrás en el Villamarín; conviene recordar que Berizzo igualmente dejó en el banquillo a Iker Muniain, su mejor hombre, probablemente para compensar lo de Messi, y ya se vislumbra el derbi con la Real, otra prueba de fuego para este desconcertante y aún por descubrir Athletic.

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