Un River-Boca en San Mamés

Con la Villa de Bilbao tan expectante y abierta a organizar acontecimientos de repercusión mundial, hay que reconocer que se nos ha escapado la oportunidad de albergar la Superfinal del Superclásico, acontecimiento empujado al exilio tras la enorme exhibición de incompetencia, forofismo y violencia entre dos tribus irreconciliables. Boca y River han propalado por todo el planeta el enorme problema que tiene Argentina, donde a través del fútbol fluye lo más abyecto de la sociedad y nadie le pone remedio.
Hay que tener en cuenta que Mauricio Macri, el actual presidente de la República, se lanzó a la política después de alcanzar la fama a través de Boca Juniors, club que presidió durante doce años (1995-2007), y tiempo durante el cual nada hizo, sino todo lo contrario, para arrancar, o cuanto menos desbravar, a la barra brava xeneize. Ahora clama contra el fenómeno, como si de súbito hubiera brotado de las alcantarillas cual torrente fecal.
A la búsqueda de un auténtica catarsis, está bien que el Partido del Siglo finalmente se pueda celebrar, pero allende los mares, allá en España, en Madrid, qué lástima.
La ciudad del buen rollo, que es Bilbao, lo tenía todo. Un estadio estupendo, amarga experiencia en tumultos con el fútbol a modo de excusa, pues también con eso se aprende, la hospitalidad de sus gentes y, sobre todo, ascendencia y una poderosa carga simbólica.
Hay que recordar que la Copa Libertadores fue creada en 1960 para rendir honores a los líderes de las guerras de independencia hispanoamericanas, y el legendario Simón Bolívar hunde sus raíces en Bizkaia. Y si por un lado aquel general brilló como nadie en el proceso descolonizador otro ilustre vizcaino, Juan de Garay, fue protagonista destacado de todo lo contrario. Rudo conquistador, gobernador del Río de la Plata y del Paraguay, y fundador de Buenos Aires, la casa madre de River y Boca.
Un monumento en su honor se levanta frente a la Casa Rosada, sede de la Presidencia argentina, y tras su pétrea figura un brote del Árbol de Gernika crece vigoroso, proyectando suave sombra sobre aquel impetuoso hidalgo que halló muerte a manos de los invadidos y ultrajados en nombre de Dios y el Rey.
Por un lado está Juan de Garay, figura icónica de aquella feroz tropelía de espada, cruz y codicia. Por otro, Simón Bolívar, el Libertador, y para cerrar el ciclo histórico, nada mejor que Bilbao con su Catedral, un templo de fútbol, paz y reconciliación.
Si Josu Urrutia y sus compañeros de junta dejaron escapar tamaña oportunidad es porque estaban a otra cosa. Estaban preparando la mudanza y encendiendo velas a la Virgen, no vaya a ser que allá por mayo tengan que ponérselas al diablo. Pensándolo mejor. Solo le faltaba al presidente en funciones que traer todo el follón del River-Boca aquí, en plena depresión, con el Athletic hecho unos zorros y en plena búsqueda del guapo que se hace cargo de este equipo lánguido para capitanear el desencanto.
Casualidad o no, tras la contundente victoria copera frente al Huesca asomó el primer candidato, Alberto Uribe-Echevarría, contador de la directiva y hombre de continuidad. Al día siguiente, el cocinero Aitor Elizegi también dio el paso, justo dos días después de echarse para atrás, dejando al personal desconcertado, por si acaso mañana a lo peor se retracta, un tanto perplejo y con muchas ganas de recibir detalladas explicaciones.
En su breve nota de presentación, Elizegi destaca, como es de ley, su “ilusión y compromiso” máximos para “devolver al Athletic al lugar que le corresponde”, enfatiza, y ardo en deseo de conocer a qué se refiere.
El cotarro se anima, cuando parecía que la deriva del equipo había incluso acabado con las vocaciones, porque hay que tener mucha fe y argumentos para aspirar al trono del Athletic en época tenebrosa.
“Las victorias hacen que la preocupación se libere y te llenas de confianza en la búsqueda de una nueva victoria”, señaló ayer Berizzo al amparo del 4-0 al Huesca, que el miércoles jugó con los suplentes y es incapaz de levantar cabeza. Es decir, que no es un referente precisamente para tañer las campanas.

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