Una derrota para la eternidad

Uno observa las caritas de los hinchas de Boca y poco menos que intuye la puerta del infierno. Definitivamente, no merece la pena sentir el fútbol de esta manera, desaforadamente, buscando el éxtasis y a la vez rayando la tragedia colectiva y personal. “Veinte años de penitencia”, aventuró Mauricio Macri, presidente de la República Argentina y expresidente del club xeneize, cuando se supo un River-Boca en la final de la Copa Libertadores (rebautizada Copa Conquistadores por razones obvias). Desde el partido de ida hasta el de vuelta, disputado anoche en el exilio madrileño por mor de la Conmebol, que aprovechó el desquicie para hacer negocio y universalizar un dislate, ha transcurrido casi un mes. Este fenómeno sí que será recordado por los siglos de los siglos, mayormente en Argentina, y de padres a hijos, de generación en generación, se transmitirá que aquel día River alcanzó la victoria más retorcida imaginada, sojuzgando a su irreconciliable rival en el mismísimo Santiago Bernabéu, el templo que hizo grande el más ilustre gallina de todos los tiempos, don Alfredo di Stéfano. Efectivamente. Veinte años de penitencia le aguardan al hincha de Boca. Y que Dios se apiade de su alma.
Personalmente hubiera querido que el triunfo se inclinara del lado bostero. No por nada en especial. Tenía curiosidad. Me hubiera gustado saber la reacción de la hinchada de River hacia sus barras bravas, los conspicuos batracios que provocaron la suspensión del encuentro de vuelta cuando 60.000 seguidores aguardaban anhelantes la revancha en el Monumental. Se quedaron sin el gran partido, con el boleto en la mano, la amargura y la incertidumbre. Por eso se merecía River la derrota, esperando que la viscelaridad provocada por esta afrenta trajera consigo la reacción. Una catarsis colectiva que definitivamente pueda combatir y terminar con los vándalos que fagocitan el fútbol y con esa laxitud política y social que les ha permitido prosperar. En cambio, ahí reaparecieron felices los barras, con sus negocios intactos, entre la marabunta que se arremolinó junto al Obelisco de la Plaza de la República para celebrar la gran victoria de River.
El partido comenzó muy táctico, nada que ver con el maravilloso descontrol que se vivió en la Bombonera, en el encuentro de ida, pero terminó emocionante. Un River-Boca fetén para empezar no admite a la hinchada rival, y en el Bernabéu estuvieron acodados y en sano pique los unos y los otros. En vez de bengalas, banderas con sus palos y pancartas con soflamas, el personal agitaba globitos, si acaso gesticulaba con frenesí, y cantaba. No paraba de cantar. Es decir, la versión europea del Superclásico quedó edulcorada, pero con esa pátina de sosiego y civilidad que difícilmente se hubiera dado allá en la Argentina. Huelga decir que el poderoso aparato policial montado hizo mucho al respecto, y quizá también la selecta representación que tuvo el privilegio (y el dinero) de viajar 10.000 kilómetros hasta Madrid para gozar o sufrir vilmente.
Pensando en los atribulados seguidores de Boca me pregunto cómo reaccionaría el hincha del Athletic ante un cataclismo semejante. Y me estoy refiriendo a lo que ustedes piensan, pero pocos se atreven a imaginar por miedo a lo desconocido. Sin embargo la eventualidad de un descenso del Athletic se proyecta como una amenaza latente, comprobada hasta la exasperación la contumacia del equipo. Tanto que hasta el presidente en funciones Josu Urrutia, tan paciente él, no tuvo otra que despedir a Berizzo y colocar a Gaizka Garitano en el timón, a ver si aguanta la zozobra. Comenzó con buen pie frente al Huesca, lo cual tampoco ha sorprendido a nadie. Otra cosa será el Girona, que aún no conoce la derrota en campo del contrincante, y la intriga de si, realmente, el invocado revulsivo surte su efecto entre los jugadores rojiblancos.
Aunque sea en lunes (otra vez, y desde luego no será la última), la expectación es tan grande que en cierto modo ha pasado a un segundo plano la batalla electoral para suceder a Urrutia en Ibaigane.
De Alberto Uribe-Echevarría se conoce casi todo, y Aitor Elizegi sugiere que desvelerá sus credenciales cuando se haga oficial la candidatura. De momento se sabe que se presentó una mañana ante los medios para hablar, a su aire y mucho, pero sin preguntas, y por la noche acudió a Telebilbao, donde solícitamente, entonces sí, respondió a las inquietudes del conductor del programa. Mal empezamos…

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