…Sestaophoto 2014 y Juantxu Rodríguez…

El Festival de Fotografía de Sestao, Sestaophoto, ya está aquí. Desde el 9 de Mayo hasta el último día del mes, previo a que otras dos localidades vizcaínas como Durango con su original festival Begiraphoto y Getxo, con su más que consolidado en el ámbito internacional Getxophoto, se inunden de imágenes, es la localidad de la margen izquierda de la Ría del Nervión la que desbordará Fotografía por sus cuatro costados. El nivel expositivo que ha logrado esta nueva edición del Festival, es más que reseñable para un certamen tan joven como este. El entusiasmo, la pasión y el buen hacer de sus organizadores, sin duda, está dando sus frutos.

14-04-14 sestao photo

Exposiciones de fotógrafos consolidados de la talla de Ricky Dávila (quien insiste que, con su particular visión del mundo, no hay vodka en la luna), Txema Salvans (quien nos muestra ese otro Mediterráneo, de espaldas al mar, alejado de las grandes masas de bañistas y chiringuitos), Javier Arcenillas (sí, efectivamente, el hombre de las series de veintiuna fotografías, autor de inolvidables trabajos como Sicarios o aquellos dormilones sin justicia bautizados como «Sleepers», nos presentará en Sestao su visión de Transilvania) o Carlos de Andrés (madrileño, fotógrafo documentalista y una de las autoridades fotográficas del Estado), se unen a los experimentados -a pesar de su juventud- Jesús Madriñan (con «Boas Noites», una serie que incluye sus ya inconfundibles retratos nocturnos (reconozco que su «azulada» serie «Looking for something» me atrapó para siempre)) y Jordi Ruiz (quien nos acerca a una comunidad muy especial, los Menonitas, de quienes ya hiciera una premiada serie de retratos y que ahora nos los muestra a través de una grandísima serie de marcado carácter documental), así como al aire fresco del «cefecero» Godzilla (cuya particular «invasión» de las calles de Sestao promete no dejar indiferente a nadie). Proyecciones, talleres y el siempre bienvenido ambiente fotográfico en todo el pueblo completan la programación.

Photo Ricky Dávila
Photo Ricky Dávila

Txema Salvans - copia

Javier Arcenillas
Photo Javier Arcenillas
Photo Carlos de Andrés
Photo Carlos de Andrés
Photo Jesús Madriñán
Photo Jesús Madriñán
Photo Jordi Ruiz
Photo Jordi Ruiz
Photo Godzilla
Photo Godzilla

No, no se me olvida una muestra que sin duda toca la fibra sensible. Llega al corazón. Juantxu Rodríguez era un fotoperiodista que SIEMPRE tendrá un hueco en el alma fotográfica vizcaína. Cacereño de nacimiento y vasco de adopción, a pesar de lo corta que fue su carrera, es difícil entender la fotografía de prensa de este territorio en general y de la margen izquierda en particular sin el trabajo de Juantxu. El diario Deia, El País, Tribuna Vasca, Liberátion o el New York Times entre otros, publicaron sus trabajos. Años ochenta, una juventud sin esperanza, venda negra en los ojos y maldito polvo blanco en las venas. Años de familias rotas, de cenizas de los hornos altos, de esperanzas evaporadas, de desesperación compartida. Hace ya casi un cuarto de siglo que consiguieron apagar la cámara de Juantxu. Pero no velaron sus fotografías. Tampoco eliminaron de nuestra retina sus imágenes. Menos aún su recuerdo. Tuvo que ser en Panamá. Tuvo que ser después de fotografiar una morgue, como si de una macabra premonición se tratara. Un invasor uniformado, asesino con carta blanca, decidió quitárselo del medio. Veintidós años después de nacer sus ojos se cerraron para siempre.

Gracias de todo corazón a los organizadores de Sestaophoto por traernos su recuerdo y mantener vivo su trabajo sin tener que esperar al veinticinco aniversario de aquel maldito día.

Photo Juantxu Rodríguez
Photo Juantxu Rodríguez
Photo Juantxu Rodríguez
Photo Juantxu Rodríguez
Photo Juantxu Rodríguez
Photo Juantxu Rodríguez
Photo Juantxu Rodríguez
Photo Juantxu Rodríguez
Photo Juantxu Rodríguez
Photo Juantxu Rodríguez
Juantxu Rodríguez II
Photo Juantxu Rodríguez
Photo Juantxu Rodríguez
Photo Juantxu Rodríguez

«Una semana después de nuestra llegada a la capital panameña, Juantxu y yo regresamos a España. Yo lo hacía viva, por los pelos, y él, en un féretro sellado. Ésa es la pesadilla». (Maruja Torres)

Photo Juantxu Rodríguez
Photo Juantxu Rodríguez (Panamá)

«Durante el viaje de regreso a Madrid intenté sintonizar alguna emisora en onda corta, pero fue  imposible. Me quedé de piedra cuando vi en las portadas de todos los diarios el cuerpo de Juantxu tirado en el asfalto. El taxista me preguntó por qué lloraba y yo sólo pude enseñarle la portada del diario». (Gervasio Sánchez)

 

 

 

 

 

 

…Javier Arcenillas: «Shipbreakers, las termitas del mar»…

Los medios de comunicación no dejan de sorprenderme. Desconozco si serán las prisas, la falta de profesionalidad o simplemente la ignorancia, pero cada vez son más los errores que se cometen día a día. Ayer sin ir más lejos el locutor de una radio de ámbito estatal, mientras citaba las efemérides del día, no se le ocurrió otra cosa que decir que «tal día como hoy (por ayer), hace 146 años, se abolía la esclavitud en el mundo» (sic). Y tan ancho. Ni siquiera se paró un segundo a pensar en la barbaridad que había dicho. Efectivamente, un 6 de diciembre de 1865, se aprobaba la decimotercera enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, la cuál abolía la esclavitud en dicho pais: «Ni esclavitud, ni servidumbre involuntaria, deberá existir dentro de los Estados Unidos o ningún otro lugar dentro de su jurisdición». Pero obviamente, la esclavitud continuó hasta prácticamente nuestros días en muchos paises del mundo; de hecho, Mauritania la abolió de manera oficial hace apenas cuatro años. 

De todas formas, ¿no se trata de esclavitud el obligar a prostituirse a muchas mujeres del Este de Europa?, ¿no se trata de esclavitud el obligar a muchos niños y niñas a trabajar de sol a sol?, ¿no se trata de esclavitud el  someter a trabajadores a largas jornadas laborales por un sueldo mensual equivalente a lo que por estos lares nos costaría un café con leche en el bar de al lado? Un ejemplo de esto último nos lo mostró con unas duras imágenes de trabajadores en las minas de Brasil el maravilloso fotógrafo Sebastiao Salgado allá por la década de los 80. Pero no hace falta remontarse tres décadas atrás. Hoy en día, muchos trabajadores continúan ganándose el pan en condiciones infrahumanas. El fotógrafo Javier Arcenillas nos muestra a los trabajadores de Chittagong, una ciudad de Bangladesh cercana a la frontera con Birmania. A dicha ciudad llegan los barcos dispuestos a morir y a ser desguazados por miles de trabajadores que se afanan a diario para poder ganarse la vida. Cientos de barcos pasan por esta ciudad para ser reducidos a la nada, barcos que contienen sustancias como amianto, plomo o cadmio y que, más temprano que tarde, acabarán perjudicando gravemente a estos trabajadores. Javier Arcenillas,  muy acertadamente, tituló la serie «Shipbreakers, las termitas del mar» y a las maravillosas y duras fotografías obtenidas que nos hacen adentrarnos en esas playas reconvertidas en un «infierno de humo ardiente», le añadió un texto claro, conciso y lleno de sentimiento que nos ayudó a comprender la historia.

SHIPBREAKERS, LAS TERMITAS DEL MAR (Fotografías y texto Javier Arcenillas)

Photo Javier Arcenillas

A lo largo del año cientos de grandes barcos, muchos de ellos petroleros obsoletos, buscan un lugar donde poder ser desguazados. Por lo general, los países con este tipo de industria metalúrgica tienen un denominador en común, la pobreza. En Chittagong, Bangladesh, se encuentra el mayor cementerio marino del mundo. Chittagong es una ciudad ubicada en la parte oriental del país asiático, cerca de la frontera con Birmania. Cuenta con una población de cuatro millones de habitantes y en su costa se halla el puerto más importante de Bangladesh, clave para sus exportaciones. A pesar de haber podido optar por otro tipo de industria, los comerciantes de la zona decidieron convertir el litoral, que cuenta con algunas de las playas más bellas del mundo, en el mayor punto de desguace de barcos del planeta.

Photo Javier Arcenillas

Cientos de naves van a parar anualmente a esas costas, donde a diario una cantidad ingente de trabajadores desguazan con sus manos estas enormes moles de metal. Uno de los asuntos que causa mayor alarma social son los materiales de los que están hechos algunos de estos barcos. Muchos de ellos llevan en sus entrañas toneladas de sustancias contaminantes y muy perjudiciales para la salud, como es el caso del amianto. En estas playas, cuya vida gira en torno al reciclaje de metales, se obtiene el 80% del acero que requiere Bangladesh anualmente.

Photo Javier Arcenillas

Sabemos cómo nacen los barcos, cómo se botan navíos majestuosos al océano con botellas de champán. Pero pocos de nosotros sabemos cómo mueren. Cientos de barcos encuentran su final cada año. De transatlánticos de cinco estrellas a cochambrosos cargueros, auténticos vertederos flotantes, con su registro bruto de acero, asbestos y toxinas, que son arrojados a las playas de uno de los países más pobres del mundo. Los hombres que trabajan aquí son los desgraciados de la tierra. Hacen un trabajo sucio y peligroso por poco más de un euro por día.

Photo Javier Arcenillas

En una playa solitaria cerca de la ciudad de Chittagong, sobre el Golfo de Bengala, los barcos son abarloados o alineados como en cualquier puerto. Pero aquí serán desguazados, remache por remache, mampara a mampara, plancha a plancha. Cada pedazo de metal se envía a los hornos para ser fundido y convertido en barras de acero. Los barcos no mueren fácilmente. Son construidos para flotar, no para ser desmontados, derramando toxinas, aceite y lodo en los mares circundantes.

Photo Javier Arcenillas

Los hombres que trabajan aquí son empequeñecidos por los buques que desguazan, mientras los desmontan a mano en bloques grandes y pieza a pieza. La tecnología más sofisticada con la que cuentan en la playa es un soplete y la duración de su trabajo se mide más por la cantidad de gas de que disponen por jornada que por el número de hombres desmantelando. De día, los operarios parecen pequeñas termitas devorando un monstruo. De noche, con el fragor y el fuego candente contra el acero, la atmósfera de la playa parece estremecerse. Un infierno de humo ardiente.

Photo Javier Arcenillas

Esta industria, que emplea miles de hombres comenzó con un accidente: un ciclón. En 1965, una violenta tormenta dejó varado un gigantesco carguero sobre lo que era entonces una línea de costa prístina. Fue entonces cuando la gente comenzó a desmontar la nave apoderándose de todo lo que podían, más por curiosidad que por necesidad. Fueron los avispados hombres de negocios de la zona quienes tomaron nota de ello haciendo del paradisíaco lugar un varadero de desguace y contaminación.

Photo Javier Arcenillas

La familia Mohammed Mohsin (uno de los clanes del negocio) se ha hecho sumamente rica en estas playas con esta labor. Pagan millones de dólares por cada barco y sacan su beneficio gracias al acero que venden. El nombre de su empresa es PHP, que significa Paz, Felicidad y Prosperidad. En sus ostentosas oficinas no hay la menor imagen o logotipo que advierta sobre el medio ambiente o prevención de riesgos laborales.

Photo Javier Arcenillas

Una de las partes mecánicas más valiosas del barco es el propulsor. Se trata de una pequeña pieza que vale alrededor de 30.000 euros. Con cada barco que vara en la playa, la empresa en cuestión gestiona y reparte los elementos más valorados que van llegando, haciendo del negocio de los desguazadores de navíos un lucrativo holding formado por 30 astilleros invertidos, repartidos por una extensión de 10 millas de playa en las que 100 barcos, la mayor parte occidentales, son desmantelados cada año.

Photo Javier Arcenillas

“Este es el vertedero del occidente”, dice Mike Brull, un trabajador norteamericano contratado en los astilleros de los Mohsin y que vive en Chittagong. “Hacer el mismo trabajo en Estados Unidos resultaría muy caro. En Europa o América, este tipo de trabajos se realiza en diques secos. Los propietarios de estos navíos los venden aquí para el desguace. Si lo hicieran en América tendrían que pagar por llevar a cabo todo el proceso. De ahí la verdadera razón económica para hacerlo en Bangladesh. Los barcos son tan viejos y están tan pasados de moda que de representar un temible lastre se convierten en un inesperado activo. Por eso los barcos mueren en esta costa”.

Photo Javier Arcenillas

La nación más densamente poblada del mundo, y una de las más pobres necesita desesperadamente el acero para la construcción. Bangladesh no tiene ninguna mina de hierro. Las playas de estos naufragios inducidos, de estos shipbreakers, son como minas. Pero el acero es sólo la parte del trato. Hay muchas otras cosas en la cubierta y la bodega de un buque para vender. El desguace es de hecho una formidable operación de reciclaje. Se puede encontrar de todo en un mercado del borde de la carretera: Desde fregaderos a un bote salvavidas, bombillas, lavabos o escalerillas. Se estima que el noventa y siete por ciento de lo que formaba parte del buque es reciclado. El otro tres por ciento es la escoria que nadie quiere, por la que nadie puja residuos peligrosos, como asbestos, arsénico o mercurio, que son arrojados a un oscuro pozo, que acabará siendo una bomba de relojería ambiental. Los hombres que allí trabajan lo hacen en las condiciones más precarias. Carecen de sindicatos, equipo de seguridad o educación. Aproximadamente una cincuentena de proletarios pierde la vida cada año en accidentes, a menudo a causa de explosiones de los rudimentarios sopletes que manejan. Los operarios son alojados en camarotes sin camas que han sido recuperados de los barcos que ellos mismos desmenuzan. Muchos no son ni lo bastante viejos cómo para que les haya salido la barba. No son más que niños, como Vali, un joven dicharachero que trabaja desde los 14 años como termita de barcos de acero. Pero el trabajo infantil es uno más de los dilemas que se plantean en Chittagong. Otra es la catástrofe ecológica que organizaciones ecologistas llevan años denunciando.

Photo Javier Arcenillas

Mientras unos aseguran que Occidente no hace ningún negocio vertiendo basura tóxica sobre empobrecidas tierras de Oriente, los ecologistas condenan las espantosas condiciones de trabajo de estos obreros, la paga escasa y la carencia de la más mínima responsabilidad de los empleadores hacia los trabajadores que mueren o sufren accidentes o enfermedades. Y todo eso a pesar de que una ley internacional prohíbe expresamente el envío de basura tóxica de países ricos a países pobres.

Photo Javier Arcenillas

Rezwna Asan, miembro de la Asociación de Abogados Ambientales de Bangladesh, está a la vanguardia de la lucha contra la industria del metal y sus prácticas. Según Asan, los centros de desguace de Chittagong no respetan las mínimas normas ambientales. “Una industria que no puede cumplir con estas normas mínimas no debe funcionar. Si no puede pagar a un trabajador el salario mínimo no se puede funcionar. Y si no puede asegurar la mínima protección del medio ambiente tampoco debería funcionar”.

Photo Javier Arcenillas

Los reyes del negocio del desguace argumentan que la protección medio ambiente es un lujo reservado a las naciones ricas. “Es caro. No nos lo podemos permitir”, aseguran. Parar la industria de las termitas dejaría a 30.000 hombres sin trabajo y privaría a Bangladesh de su principal fuente de acero. De momento, la industria del desguace en Bangladesh navega a toda máquina.

Photo Javier Arcenillas

Página web Javier Arcenillas: http://www.javierarcenillas.com/index.html