…I oppose the Death Penalty (Pablo Ibar)…

Un día en el corredor de la muerte (Pablo Ibar)…

«Mis días habitualmente comienzan acompañados de fuertes gritos: «Chow time», lo que viene a significar que es la hora del rancho, como si fuéramos animales. Esto suele darse a eso de las cinco y media de la mañana; la comida llega en bandejas de plástico que deslizan bajo las barras de la puerta de las jaulas en las que estamos. El tamaño de las celdas es de aproximadamente de dos por tres metros, un espacio excesivamente pequeño para hombres que llevan aquí 25 o más años esperando su muerte.

Regreso al comienzo del día. Recibo el desayuno, que coloco en un bol para más tarde ya que no puedo comer y volver a dormir porque tendré acidez y dolores en el pecho. La otra razón por la que dejo la comida para más tarde es porque suelo tener hambre por las noches. Además, los veranos en Florida son extremadamente calurosos y muy húmedos. El único momento en el que tenemos temperaturas algo más bajas es a primera hora de la mañana, cuando el sol aún está bajo. Trato de aprovechar para dormir algunas horas antes de que me desvele el calor y los ruidos provocados por los golpes en las pesadas puertas, golpeadas por los oficiales para comprobar que están cerradas, a pesar de que tienen un tablero iluminado para saber si las puertas están o no cerradas.

En ese momento, es imposible dormir más; no tenemos aire acondicionado y te sueles despertar empapado en sudor. Tras asearme un poco, comienza el día. Acabo el desayuno que guardé antes; está frío, pero es mejor que sufrir la acidez. Después, normalmente trabajo en mi apelación, leyendo transcripciones o nuevas leyes que puedan afectar a mi caso con la esperanza de que pueda encontrar algún error que pueda ayudarme. También escribo cartas las personas que me muestran su apoyo, a mis amigos, a mi esposa y a mi familia. Todo esto si no nos permiten salir por la mañana.

Se nos permite salir dos veces por semana, dos horas cada vez. Unos días salimos por la mañana, entre las 9 y las 11 y otros por las tardes, entre la 1 y las 3. Fuera, puedes hablar con otros internos, jugar al baloncesto (mi deporte preferido), al vóley o hacer pesas y pasear. Sin embargo, si hay recuento, el tiempo de recreo es cancelado. También si llueve se cancela. Son sólo algunas de las causas por las que suele cancelarse el tiempo de recreo, lo que significa que perdemos el día y volvemos a las jaulas.

El almuerzo llega sobre las once y media o las doce. Si tengo hambre, almuerzo, pero si no, lo guardo para más tarde y así no pasar hambre por la noche. Luego continúo trabajando en mi apelación o respondiendo cartas. Suelo parar sobre la una y media o las dos para comenzar con mi rutina de ejercicio, que consiste en fortalecerme y algunos ejercicios cardiovasculares. Hago flexiones, algo de boxeo contra el colchón enrollado o levanto bolsas de libros, papeles o revistas. Después de dos horas, corro durante treinta minutos y acabo bastante sudado con estos ejercicios cardiovasculares.

La razón de tanto entrenamiento no es sólo por estar en forma física, sino también por razones de salud mental. Para mí, el ejercicio es como una terapia, me lleva fuera de estas paredes y de este aislamiento, me permite no pensar en mi situación. Por eso, trato de estar tan ocupado como me sea posible; para tener mi mente fuera de aquí y no echar de menos a mi familia. Supongo que tener una rutina me ayuda a sobrellevar mejor los días.

También el recibir visitas de mi familia o de mi esposa me ayuda; más de lo que ellos puedan imaginar. Sin su apoyo, sin su amor, sin ese contacto humano de la gente que de verdad te quiere, no sé qué sería de mi salud mental. Imagina estar encerrado, aislado del mundo exterior durante 20, 25 o 30 años sin contacto con amigos o con las personas queridas que se preocupan por ti. Hay mucha gente aquí que ha perdido su salud mental porque no tienen ese contacto, esa interacción con la familia o los amigos.

Regreso a mi rutina diaria. La cena suele llegar sobre las cinco y media o las seis de la tarde, momento en que suelo estar hambriento, por lo que suelo comer al instante. Después, todo depende de si es el día de la ducha o no. Se nos permite ducharnos tres veces por semana, durante unos diez minutos. Nos llevan a las duchas esposados por la espalda. Una vez en la ducha, nos quitan las esposas. Antes de que te des cuenta, la ducha termina y los guardias te vuelven a esposar y te llevan de regreso a la celda, donde estarás encerrado el resto de la noche y el día siguiente, siempre encerrado solo a la espera de la muerte.

Por la noche veo algo de televisión, la misma televisión que tienes que comprar en la prisión. Veo algún evento deportivo, algún partido, algún programa o, si hay suerte, una película. También se nos permite tener una radio, que por supuesto tenemos que comprar. Suelo escuchar bastante música; no podría imaginar la vida, aquí o fuera de aquí sin música. Otras veces leo un libro, pero suelo estar tan cansado de leer sobre mi apelación y las transcripciones del juicio que, la verdad, últimamente no he leído muchos libros.

Así, el cansancio llega y si no hace mucho calor, intento dormir. Me encanta dormir porque en este sitio no me pueden quitar mis sueños. Más tarde, vuelvo a escuchar los gritos: «Chow time» y me doy cuenta que sigo en este horrible y oscuro sitio… Mi día en el corredor de la muerte…» (Pablo Ibar, num L31274)

 

El caso Pablo Ibar…

El 25 de agosto de 1994 Pablo Ibar era acusado del asesinato de Casimir Sucharski, Sharon Anderson y Marie Rodgers, cuyos cuerpos sin vida habían sido encontrados apenas dos meses antes en un domicilio de la localidad estadounidense de Miramar, en el estado de Florida. Ese día comenzaba el calvario de Pablo Ibar. Y ese día también comenzaba un nuevo despropósito de la (in)justicia norteamericana. El primer juicio era declarado nulo, en 1998, al no llegar el jurado a un acuerdo en el veredicto. En enero de 1999 se posponía de nuevo el juicio contra Pablo Ibar debido a problemas judiciales del abogado de éste. A la tercera, sin embargo, el 14 de junio de 2000 Pablo era condenado a muerte, al igual que el otro acusado del asesinato de las tres personas, quien había sido condenado a la pena capital el año anterior.

La familia de Pablo se hizo entonces con los servicios del abogado Peter Raben, y comenzaba su lucha por la celebración de un nuevo juicio. El 7 de Septiembre de 2006 el Tribunal Supremo de Florida denegaba dicha posibilidad, a diferencia del otro acusado a quien se le permitía la repetición de su juicio. La familia no ceja en su empeño y emprende una nueva estrategia, la cuál ha sufrido un fuerte revés hoy mismo, ya que un juez de Florida rechazaba la petición de repetir el juicio de Pablo Ibar. Un fuerte mazazo para la familia sin duda.

Son muchas las irregularidades que alega la familia, entre las que se encuentran datos contundentes como el hecho de que «ninguna de las pruebas de ADN, huellas dactilares y análisis de pelos realizadas sobre muestras tomadas en el lugar de los hechos, corresponden con el ADN, huellas dactilares o pelo de Pablo, ello a pesar de que los asesinos permanecen durante 22 minutos en el salón de la casa, durante los cuales son grabados todos sus movimientos, lo cual permite ver donde pueden encontrarse muestras que permitan su identificación». 

Fotograma del vídeo del momento del asesinato, presentada como prueba principal para la acusación de Pablo Ibar

«La principal prueba inculpatoria para Pablo», alega la familia, «es una foto obtenida de una imagen de malísima calidad extraída del video que grabó el crimen y posteriormente manipulada». Y por si fuera poco «el mismo fiscal del caso que durante el juicio utilizó insistentemente esta imagen para convencer al jurado de la culpabilidad de Pablo, en el reportaje de la televisión pública vasca reconoce que él no hubiera sido capaz de reconocer a Pablo por dicha imagen.»

La lucha de Pablo Ibar y de su familia debe continuar. De momento Pablo sigue en el corredor de la muerte, en la prisión de Rainford, en Starke (Florida), desde hace ya doce años. Esperemos que no se convierta en una víctima más de la sinrazón y pueda más temprano que tarde posar con el cartel «I oppose the Death Penalty» con el que presos condenados a muerte que finalmente pudieron demostrar su inocencia, posaron ante la cámara de Scott Langley.

Photo Scott Langley, Sept. 2004 (Alan Gell, 6 años en el corredor de la muerte)
Photo Scott Langley, Enero 2009 (Curtis McCarty, 21 años en el corredor de la muerte)Photo Scott Langley, Julio 2006 (Darby Tillis, 8 años en el corredor de la muerte)
Photo Scott Langley, Enero 2009 (David Keaton, 2 años en el corredor de la muerte)
Photo Scott Langley, Julio 2006 (Gary Beeman, 3 años en el corredor de la muerte)
Photo Scott Langley, Enero 2009 (Greg Wilhoit, 6 años en el corredor de la muerte)
Photo Scott Langley, Julio 2006 (Harold Wilson, 16 años en el corredor de la muerte)
Photo Scott Langley, Octubre 2002 (Juán Melendez, 18 años en el corredor de la muerte)
Photo Scott Langley, Octubre 2000 (Paris Carriger, 21 años en el corredor de la muerte)
Photo Scott Langley, Enero 2009 (Randy Steidl, 17 años en el corredor de la muerte)
Photo Scott Langley, Octubre 2002 (Ray Krone, 10 años en el corredor de la muerte)
Photo Scott Langley, Julio 2006 (Ron Keine, 2 años en el corredor de la muerte)
Photo Scott Langley, Junio 2009 (Shabak Waqlimi, 13 años en el corredor de la muerte)
Photo Scott Langley, Julio 2005 (Shujaa Graham, 4 años en el corredor de la muerte)

«Un amigo me dijo que para apreciar lo bueno, hay que conocer lo malo. También tienes que pasar por lo negativo para conseguir lo positivo. Nadie, pero nadie merece tener que sufrir por algo que no cometió y si son culpables tener que pasar por algo tan horrible. No desearía esto a mi peor enemigo y nunca voy a entender como un gobierno puede hacer las leyes y romperlas cuando quiere sin ninguna consecuencia. Nadie tiene el derecho a decidir si un ser humano puede vivir o no. También entiendo perfectamente que hay crímenes que son horribles, pero si nosotros o el Gobierno hace lo mismo que un criminal. Donde va a parar, no somos mejor que los propios criminales.

Aquí dentro, en el corredor, tenemos que vivir completamente aislados. Sólo puedes salir de tu pequeña celda tres veces por semana. Dos veces al patio durante dos horas cada vez que sales y una más si eres afortunado y recibes una visita. También nos dejan ducharnos tres veces por semana durante 10 ó 12 minutos solamente. ¡Qué triste! ¿Qué clase de vida? Hay muchos que han estado aquí veinte, veinticinco y treinta años esperando su muerte. Yo no sé, pero me parece muy injusto e inhumano tener que cumplir un doble castigo.

En Florida ya han exonerado a 27 presos condenados a muerte porque fueron inocentes. ¡Veintisiete y sólo por ADN! Imagínate los casos donde no hay ADN. Para mí un solo caso es demasiado. Nunca pensé que algo como esto pudiera pasarme y cuanto iba a extrañar las cosas pequeñas y que uno da por sentadas. Aprecia lo bueno y deja que tu familia sepa cuánto les quieres y cuanto les agradeces todo lo que hacen por ti. Uno nunca sabe que es lo que puede llegar a pasar». (Pablo Ibar, num L31274)

http://www.pabloibar.com/

…campanades a morts…

 

I
Campanades a morts / fan un crit per la guerra
dels tres fills que han perdut les tres campanes negres.
I el poble es recull / quan el lament s’acosta,
ja són tres penes més / que hem de dur a la memòria.
Campanades a morts / per les tres boques closes,
ai d’aquell trobador / que oblidés les tres notes!
Qui ha tallat tot l’alè / d’aquests cossos tan joves,
sense cap més tresor / que la raó dels que ploren?
Assassins de raons, de vides / ,que mai no tingueu repòs en cap dels vostres dies
i que en la mort us persegueixin les nostres memòries.
Campanades a morts / fan un crit per la guerra
dels tres fills que han perdut / les tres campanes negres.

 

II
Obriu-me el ventre / pel seu repòs,
dels meus jardins / porteu les millors flors.
Per aquests homes / caveu-me fons,
i en el meu cos / hi graveu el seu nom.
Que cap oratge / desvetllí el son
d’aquells que han mort / sense tenir el cap cot.

 

III
Disset anys només / i tu tan vell;
gelós de la llum dels seus ulls, / has volgut tancar ses parpelles,
però no podràs, que tots guardem aquesta llum / i els nostres ulls seran llampecs per als teus vespres.
Disset anys només / i tu tan vell;
envejós de tan jove bellesa, / has volgut esquinçar els seus membres,
però no podràs, que del seu cos tenim record / i cada nit aprendrem a estimar-lo.
Disset anys només / i tu tan vell;
impotent per l’amor que ell tenia, / li has donat la mort per companya,
però no podràs, que per allò que ell va estimar, / el nostres cos sempre estarà en primavera.
Disset anys només / i tu tan vell;
envejós de tan jove bellesa, / has volgut esquinçar els seus membres,
però no podràs, que tots guardem aquesta llum / i els nostres ulls seran llampecs per als teus vespres.

IV
La misèria esdevingué poeta / i escrigué en els camps
en forma de trinxeres, / i els homes anaren cap a elles.
Cadascú fou un mot / del victoriós poema.

(«Campanades a morts» – Lluis Llach.  En memoria de los cinco obreros asesinados el 3 de Marzo de 1976 en Vitoria-Gasteiz).

I
Campanadas a muertos / hacen un grito a la guerra / de los tres hijos que han perdido / las tres campanas negras.
Y el pueblo se refugia / cuando se acerca el lamento, / ya son tres penas más / que tenemos que guardar en la memoria…
Campanadas a muertos / por las tres bocas cerradas, / ay de aquel trovador / que olvide las tres notas!
Quién ha cortado el aliento / de estos cuerpos tan jóvenes, / que no tienen más tesoro / que la razón de los que lloran.
Asesinos de razones, de vidas, / que no podáis descansar en ninguno de vuestros días / y que nuestras memorias os persigan hasta la muerte.
Campanadas a muertos / hacen un grito a la guerra / de los tres hijos que han perdido / las tres campanas negras.

II
Abridme el vientre / para su reposo, / de mis jardines / traed las mejores flores.
Cavadme hondo / para estos hombres, / y grabad su nombre / en mi cuerpo.
Que ningun oráculo / desvele el sueño / de los que han muerto /sin agachar la cabeza.

 

III
Tan sólo diecisiete años / y tú tan viejo, / celoso del brillo de sus ojos, / has querido cerrar sus párpados, / pero no lo conseguirás, que todos guardan esta luz / y nuestros ojos serán relámpagos en tus noches.
Tan sólo diecisiete años / y tú tan viejo, / celoso de tan joven belleza, / has querido romper todos sus miembros, / pero no lo conseguirás, recordamos su cuerpo / y aprenderemos cada noche a quererlo.
Tan sólo diecisiete años / y tú tan viejo, / impotente por el amor que tenía, / le has dado la muerte como compañía, / pero no lo conseguirás, que por lo que él quiso, / nuestros cuerpos siempre estarán en primavera.
Sólo diecisiete años / y tú tan viejo, / celoso de tan joven belleza, / has querido romper todos sus miembros, / pero no lo conseguirás, recordamos su cuerpo / y aprenderemos cada noche a quererlo.

IV
La miseria se convirtió en poeta / y escribió en los campos / en forma de trincheras, / y los hombres fueron hacia ellas.
Cada uno se convirtió en palabra / del victorioso poema.

(«Campanadas a muertos» – Lluis Llach.  En memoria de los cinco obreros asesinados el 3 de Marzo de 1976 en Vitoria-Gasteiz).

…la semana del footing…

Parece ser que ya han finalizado los atracones navideños que nos han hecho subir de todo… colesterol, triglicéridos, glucosa y, sobre todo, las ganas de hacer ejercicio. Concretamente, las ganas de salir a correr, que parece que es uno de los ejercicios preferidos estos días. Pero no se alarme, se calcula que en aproximadamente cinco o seis días esas repentinas ganas de hacer deporte se eliminarán completamente y todo volverá a la normalidad, querrá volver a sentarse en el sofá con una cervecita y hacer una sesión continua de «sillón ball».

Y si pasa una semana y no se le han quitado las ganas de seguir saliendo a correr, si además ha comenzado a cronometrarse y a apuntar los tiempos que ha realizado en su última sesión, se ha hecho un acérrimo fan del blog «Correr no es de cobardes» del gran Iker Martín Urbieta o, incluso, se le ha pasado por la cabeza la idea de ir a la tienda de deportes más cercana y gastarse los cuartos en un mejor equipamiento, entonces cuidado. Mucho cuidado. Está entrando en una fase preocupante. Hágase una pregunta, ¿está haciendo deporte para mejorar su imagen? Si es así, quizás el salir a correr tres o cuatro días a la semana esté perjudicando a su imagen más que el hecho de quedarse en casa tumbado. Usted tiene una reputación. Mínima, lo sé, pero la tiene. Y el ir a correr quizás esté haciendo que esa reputación se vaya al garete. ¿Ha visto la imagen que traslada a los demás cuando hace footing? ¿Cree que esa imagen de desgarbado, desaliñado, jadeante, sudoroso, con la mirada perdida, no queda en la retina de vecinos y conocidos? Por mucho que después se vista de punta en blanco, esa visión no se irá nunca de sus retinas. Quedará ahí para siempre. Cuando vaya a hacer la compra, cuando suba en el ascensor, en las reuniones de la comunidad… siempre tendrán esa imagen de usted.

Si aún así no cree que sea para tanto, quizás sea entonces el momento de ir a casa, encender el ordenador, entrar en este blog y volver a ver las fotografías de Sacha Goldberger (sí, el mismo autor que os presentamos en este mismo blog con su serie «Mamika») que incluimos a continuación. Sacha montó un estudio al aire libre en en el parque de Bois de Boulogne, cerca de Paris, y fotografió a desconocidos que hacían footing, encomendándoles para que volvieran a su estudio una semana después con sus mejores galas. El resultado es dantesco. ¿De verdad cree que merece la pena salir a hacer footing?

Por cierto, si cree que la solución pasa por comprar una cinta andadora o una bicicleta estática, permítame un consejo: busque una que tenga un buen asidero, siempre viene bien para colgar las camisas… que en definitiva, es para lo que la va a usar…

Photo Sacha Goldberger
Photo Sacha Goldberger
Photo Sacha Goldberger
Photo Sacha Goldberger
Photo Sacha Goldberger
Photo Sacha Goldberger
Photo Sacha Goldberger
Photo Sacha Goldberger
Photo Sacha Goldberger
Photo Sacha Goldberger
Photo Sacha Goldberger
Photo Sacha Goldberger
Photo Sacha Goldberger
Photo Sacha Goldberger
Photo Sacha Goldberger
Photo Sacha Goldberger
Photo Sacha Goldberger
Photo Sacha Goldberger
Photo Sacha Goldberger
Photo Sacha Goldberger
Photo Sacha Goldberger

«Quería mostrar la diferencia entre nuestro lado natural y brutal en comparación con cómo nos representan a la sociedad» (Sacha Goldberger)

…Amundsen y «la maleta australiana»…

Hace ahora cien años, en el Polo Sur, Roald Amundsen y Robert Falcon Scott luchaban a vida o muerte por ser el primero en llegar al punto más al sur del planeta. El 14 de diciembre de 1911, el noruego Amundsen llegaba a dicho punto, treinta y cuatro días antes que el inglés que, aunque muchos crean que no, también llegó. Este último, tal y como hoy en día es habitual en todas y cada una de las ascensiones a los picos más altos del planeta, se encargó de que hubiera instantáneas de muchos momentos de la expedición e incluso, a pesar de la dolosa derrota, del instante preciso en el que se encontraban en el polo sur geográfico. De hecho, como si de un acto de autoflagelación se tratara, Scott se hizo fotografiar junto a la misma tienda de campaña que Amundsen, el vencedor de esta particular carrera, había abandonado días antes.  

De izquierda a derecha: Scott, Bowers, Wilson y Evans (Photo Lawrence E.G. Oates)

Sin embargo parece que Amundsen no era tan amigo de la Fotografía como Scott. Así, aunque sí había alguna que otra fotografía de la expedición que llegó al Polo sur en primer lugar, no se sabía que hubiera una instantánea del momento justo, del instante concreto en el que se consiguió la hazaña. Según parece, en la expedición había una persona que sí quiso inmortalizar aquel momento, y con una pequeña cámara, obtuvo la instantánea. El año siguiente, en 1912, cuando la expedición llegó al puerto de Hobart (capital de la isla de Tasmania), entregaron los negativos a un prestigioso fotógrafo del lugar, J.W.Beattie quien a su vez los entregó a Edward Searle, su ayudante, para que los revelara. Sería el propio Searle quien recopilaría más tarde las imágenes obtenidas por la expedición, junto a otras fotografías de diversos lugares y gentes de Tasmania, en el álbum Tasmanian Views.

Fue muy posteriormente, ya en 1965, cuando la Biblioteca Nacional de Australia compró el álbum completo a la familia de Searle, entre cuyas fotografías se encontraba la del momento exacto en el que la expedición de Amundsen se encontraba en el Polo Sur, en aquel histórico 14 de Diciembre de 1911. «Sabíamos que se trataba de una foto de la expedición de Amundsen al Polo Sur, lo que ignorábamos era que fuese la única en el mundo», decía la Directora de la Biblioteca Nacional hace dos años, después de que el historiador Harald Østgaard Lund revisara hasta 700.000 imágenes de los archivos digitales de la Biblioteca Nacional de Australia, viajara hasta allí para dar con los originales de las fotografías de Amundsen e hiciera públicas las mismas.

Expedición de Amundsen en el Polo Sur, 14-12-1911 National Library of Australia

Pero quizás lo más curioso y sorprendente de esta versión australiana de la maleta mexicana, sea el hecho de poder ver en un mismo álbum fotográfico imágenes de idílicos paisajes y aborígenes semidesnudos de la isla de Tasmania entremezclados con las fotografías de unos hombres forrados hasta las orejas cerca de la congelación en un momento histórico e irrepetible.

La verdad es que el álbum de Edward Searle, Tasmanian Views, no tiene desperdicio…

National Library of Australia
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Expedición de Amundsen en el Polo Sur, 14-12-1911 National Library of Australia
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Más fotografías de Tasmanian Views en la Página Web de la National Library of Australia: http://www.nla.gov.au/apps/cdview?pi=nla.pic-an20595833

…Javier Arcenillas: «Shipbreakers, las termitas del mar»…

Los medios de comunicación no dejan de sorprenderme. Desconozco si serán las prisas, la falta de profesionalidad o simplemente la ignorancia, pero cada vez son más los errores que se cometen día a día. Ayer sin ir más lejos el locutor de una radio de ámbito estatal, mientras citaba las efemérides del día, no se le ocurrió otra cosa que decir que «tal día como hoy (por ayer), hace 146 años, se abolía la esclavitud en el mundo» (sic). Y tan ancho. Ni siquiera se paró un segundo a pensar en la barbaridad que había dicho. Efectivamente, un 6 de diciembre de 1865, se aprobaba la decimotercera enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, la cuál abolía la esclavitud en dicho pais: «Ni esclavitud, ni servidumbre involuntaria, deberá existir dentro de los Estados Unidos o ningún otro lugar dentro de su jurisdición». Pero obviamente, la esclavitud continuó hasta prácticamente nuestros días en muchos paises del mundo; de hecho, Mauritania la abolió de manera oficial hace apenas cuatro años. 

De todas formas, ¿no se trata de esclavitud el obligar a prostituirse a muchas mujeres del Este de Europa?, ¿no se trata de esclavitud el obligar a muchos niños y niñas a trabajar de sol a sol?, ¿no se trata de esclavitud el  someter a trabajadores a largas jornadas laborales por un sueldo mensual equivalente a lo que por estos lares nos costaría un café con leche en el bar de al lado? Un ejemplo de esto último nos lo mostró con unas duras imágenes de trabajadores en las minas de Brasil el maravilloso fotógrafo Sebastiao Salgado allá por la década de los 80. Pero no hace falta remontarse tres décadas atrás. Hoy en día, muchos trabajadores continúan ganándose el pan en condiciones infrahumanas. El fotógrafo Javier Arcenillas nos muestra a los trabajadores de Chittagong, una ciudad de Bangladesh cercana a la frontera con Birmania. A dicha ciudad llegan los barcos dispuestos a morir y a ser desguazados por miles de trabajadores que se afanan a diario para poder ganarse la vida. Cientos de barcos pasan por esta ciudad para ser reducidos a la nada, barcos que contienen sustancias como amianto, plomo o cadmio y que, más temprano que tarde, acabarán perjudicando gravemente a estos trabajadores. Javier Arcenillas,  muy acertadamente, tituló la serie «Shipbreakers, las termitas del mar» y a las maravillosas y duras fotografías obtenidas que nos hacen adentrarnos en esas playas reconvertidas en un «infierno de humo ardiente», le añadió un texto claro, conciso y lleno de sentimiento que nos ayudó a comprender la historia.

SHIPBREAKERS, LAS TERMITAS DEL MAR (Fotografías y texto Javier Arcenillas)

Photo Javier Arcenillas

A lo largo del año cientos de grandes barcos, muchos de ellos petroleros obsoletos, buscan un lugar donde poder ser desguazados. Por lo general, los países con este tipo de industria metalúrgica tienen un denominador en común, la pobreza. En Chittagong, Bangladesh, se encuentra el mayor cementerio marino del mundo. Chittagong es una ciudad ubicada en la parte oriental del país asiático, cerca de la frontera con Birmania. Cuenta con una población de cuatro millones de habitantes y en su costa se halla el puerto más importante de Bangladesh, clave para sus exportaciones. A pesar de haber podido optar por otro tipo de industria, los comerciantes de la zona decidieron convertir el litoral, que cuenta con algunas de las playas más bellas del mundo, en el mayor punto de desguace de barcos del planeta.

Photo Javier Arcenillas

Cientos de naves van a parar anualmente a esas costas, donde a diario una cantidad ingente de trabajadores desguazan con sus manos estas enormes moles de metal. Uno de los asuntos que causa mayor alarma social son los materiales de los que están hechos algunos de estos barcos. Muchos de ellos llevan en sus entrañas toneladas de sustancias contaminantes y muy perjudiciales para la salud, como es el caso del amianto. En estas playas, cuya vida gira en torno al reciclaje de metales, se obtiene el 80% del acero que requiere Bangladesh anualmente.

Photo Javier Arcenillas

Sabemos cómo nacen los barcos, cómo se botan navíos majestuosos al océano con botellas de champán. Pero pocos de nosotros sabemos cómo mueren. Cientos de barcos encuentran su final cada año. De transatlánticos de cinco estrellas a cochambrosos cargueros, auténticos vertederos flotantes, con su registro bruto de acero, asbestos y toxinas, que son arrojados a las playas de uno de los países más pobres del mundo. Los hombres que trabajan aquí son los desgraciados de la tierra. Hacen un trabajo sucio y peligroso por poco más de un euro por día.

Photo Javier Arcenillas

En una playa solitaria cerca de la ciudad de Chittagong, sobre el Golfo de Bengala, los barcos son abarloados o alineados como en cualquier puerto. Pero aquí serán desguazados, remache por remache, mampara a mampara, plancha a plancha. Cada pedazo de metal se envía a los hornos para ser fundido y convertido en barras de acero. Los barcos no mueren fácilmente. Son construidos para flotar, no para ser desmontados, derramando toxinas, aceite y lodo en los mares circundantes.

Photo Javier Arcenillas

Los hombres que trabajan aquí son empequeñecidos por los buques que desguazan, mientras los desmontan a mano en bloques grandes y pieza a pieza. La tecnología más sofisticada con la que cuentan en la playa es un soplete y la duración de su trabajo se mide más por la cantidad de gas de que disponen por jornada que por el número de hombres desmantelando. De día, los operarios parecen pequeñas termitas devorando un monstruo. De noche, con el fragor y el fuego candente contra el acero, la atmósfera de la playa parece estremecerse. Un infierno de humo ardiente.

Photo Javier Arcenillas

Esta industria, que emplea miles de hombres comenzó con un accidente: un ciclón. En 1965, una violenta tormenta dejó varado un gigantesco carguero sobre lo que era entonces una línea de costa prístina. Fue entonces cuando la gente comenzó a desmontar la nave apoderándose de todo lo que podían, más por curiosidad que por necesidad. Fueron los avispados hombres de negocios de la zona quienes tomaron nota de ello haciendo del paradisíaco lugar un varadero de desguace y contaminación.

Photo Javier Arcenillas

La familia Mohammed Mohsin (uno de los clanes del negocio) se ha hecho sumamente rica en estas playas con esta labor. Pagan millones de dólares por cada barco y sacan su beneficio gracias al acero que venden. El nombre de su empresa es PHP, que significa Paz, Felicidad y Prosperidad. En sus ostentosas oficinas no hay la menor imagen o logotipo que advierta sobre el medio ambiente o prevención de riesgos laborales.

Photo Javier Arcenillas

Una de las partes mecánicas más valiosas del barco es el propulsor. Se trata de una pequeña pieza que vale alrededor de 30.000 euros. Con cada barco que vara en la playa, la empresa en cuestión gestiona y reparte los elementos más valorados que van llegando, haciendo del negocio de los desguazadores de navíos un lucrativo holding formado por 30 astilleros invertidos, repartidos por una extensión de 10 millas de playa en las que 100 barcos, la mayor parte occidentales, son desmantelados cada año.

Photo Javier Arcenillas

“Este es el vertedero del occidente”, dice Mike Brull, un trabajador norteamericano contratado en los astilleros de los Mohsin y que vive en Chittagong. “Hacer el mismo trabajo en Estados Unidos resultaría muy caro. En Europa o América, este tipo de trabajos se realiza en diques secos. Los propietarios de estos navíos los venden aquí para el desguace. Si lo hicieran en América tendrían que pagar por llevar a cabo todo el proceso. De ahí la verdadera razón económica para hacerlo en Bangladesh. Los barcos son tan viejos y están tan pasados de moda que de representar un temible lastre se convierten en un inesperado activo. Por eso los barcos mueren en esta costa”.

Photo Javier Arcenillas

La nación más densamente poblada del mundo, y una de las más pobres necesita desesperadamente el acero para la construcción. Bangladesh no tiene ninguna mina de hierro. Las playas de estos naufragios inducidos, de estos shipbreakers, son como minas. Pero el acero es sólo la parte del trato. Hay muchas otras cosas en la cubierta y la bodega de un buque para vender. El desguace es de hecho una formidable operación de reciclaje. Se puede encontrar de todo en un mercado del borde de la carretera: Desde fregaderos a un bote salvavidas, bombillas, lavabos o escalerillas. Se estima que el noventa y siete por ciento de lo que formaba parte del buque es reciclado. El otro tres por ciento es la escoria que nadie quiere, por la que nadie puja residuos peligrosos, como asbestos, arsénico o mercurio, que son arrojados a un oscuro pozo, que acabará siendo una bomba de relojería ambiental. Los hombres que allí trabajan lo hacen en las condiciones más precarias. Carecen de sindicatos, equipo de seguridad o educación. Aproximadamente una cincuentena de proletarios pierde la vida cada año en accidentes, a menudo a causa de explosiones de los rudimentarios sopletes que manejan. Los operarios son alojados en camarotes sin camas que han sido recuperados de los barcos que ellos mismos desmenuzan. Muchos no son ni lo bastante viejos cómo para que les haya salido la barba. No son más que niños, como Vali, un joven dicharachero que trabaja desde los 14 años como termita de barcos de acero. Pero el trabajo infantil es uno más de los dilemas que se plantean en Chittagong. Otra es la catástrofe ecológica que organizaciones ecologistas llevan años denunciando.

Photo Javier Arcenillas

Mientras unos aseguran que Occidente no hace ningún negocio vertiendo basura tóxica sobre empobrecidas tierras de Oriente, los ecologistas condenan las espantosas condiciones de trabajo de estos obreros, la paga escasa y la carencia de la más mínima responsabilidad de los empleadores hacia los trabajadores que mueren o sufren accidentes o enfermedades. Y todo eso a pesar de que una ley internacional prohíbe expresamente el envío de basura tóxica de países ricos a países pobres.

Photo Javier Arcenillas

Rezwna Asan, miembro de la Asociación de Abogados Ambientales de Bangladesh, está a la vanguardia de la lucha contra la industria del metal y sus prácticas. Según Asan, los centros de desguace de Chittagong no respetan las mínimas normas ambientales. “Una industria que no puede cumplir con estas normas mínimas no debe funcionar. Si no puede pagar a un trabajador el salario mínimo no se puede funcionar. Y si no puede asegurar la mínima protección del medio ambiente tampoco debería funcionar”.

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Los reyes del negocio del desguace argumentan que la protección medio ambiente es un lujo reservado a las naciones ricas. “Es caro. No nos lo podemos permitir”, aseguran. Parar la industria de las termitas dejaría a 30.000 hombres sin trabajo y privaría a Bangladesh de su principal fuente de acero. De momento, la industria del desguace en Bangladesh navega a toda máquina.

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