Perspectivas

Cada uno enfoca su vida desde una determinada perspectiva y luego el tiempo la va acoplando a la realidad. De pequeños queríamos ser bomberos o superhéroes pero el devenir de los acontecimientos nos hace desear ser funcionarios, especuladores de criptomonedas, o simplemente de sandías. Lo más rentable es especular con la energía pero los chiringuitos de ese negociado están todos cogidos ya.

Pero además de la perspectiva que se confunde con la expectativa, está de plena actualidad la perspectiva de género, jardín en el que no voy a entrar demasiado porque, diga lo que diga, siempre habrá gente mosqueada con lo que yo opine y no quiero mucho lío, que estamos todos muy sensibles.

Comenzó la historia a ponerse tensa con el llamado lenguaje inclusivo, el de niño, niña, niñe. Ahí ya se estableció una línea roja, de forma que aquéllos a los que les parecía bien eran unos progresistas del carajo, caraja, caraje y, los que despotricaban se convertían automáticamente en repulsivos fascistas defensores del heteropatriacardo, que ésa es otra. No se aprecia mayor empleo de este modelo de terminología salvo en políticos, sindicalistas y gente enrollada que, cuando sueltan un discurso tienen que triplicar cada sustantivo sensible de ser definitorio del género: “Estimados compañeros, compañeras y compañeres”.

Supongo que todo ello forma parte del progreso, aunque para gente como yo, absolutamente materialista y tendente a la gula, lo que más me preocupa ahora es la perspectiva de precio, o sea si lo que voy a comprar está caro, muy caro o carísimo, bien sea pescado, pescada, pescade o gasolina, gasolino o gasoline. Sé que es por puro egoísmo y cortedad de miras pero me preocupa más llegar a final de mes exhausto que ser no binario o Drag Queen con contrato indefinido de los del «fijo discontinuo» o intermitente.

Viene esto a cuento entre otras cosas porque el Gobierno Vasco, con el señor Arriola a la cabeza (el responsable de lo del vertedero de Zaldibar) ha decidido que los pisos tengan perspectiva de género. O sea, aunque no solucionan el cómo pagarlo para un single queer o para una pareja sexualmente autodefinida y con perspectivas de tener algún churumbel o en su defecto una mascota, mascoto o mascote, intentan compaginar superar el viejo heteropatriarcado con el nuevo modelo de convivencia.

Al parecer, además de tener más de 30 m2, las viviendas deben facilitar el reparto equitativo de los trabajos de la cocina, el uso de espacios comunes para el teletrabajo de los convivientes y, sobre todo, no jerarquizar el dormitorio y que, además, de la cama quepan otras cosas para uso de ambos, ambas o ambes durmientes. Sin embargo, no se menciona el tema del BCC o Baño Común Compartido. Bien sabido es que los hombres dejamos que la última gotita caiga libremente, dejamos la tapa del inodoro subida y la toalla de la ducha hecha un mondongo mojado tirado por cualquier lado. Creo que no se debe menospreciar la perspectiva de baños separados pero, entonces, los 30 m2 se nos quedan en nada. Quizás prescindiendo de la cocina y con un pequeño microondas bastaría.

Dicho todo ello sin ánimo de molestar, me atrevo a augurar que molestará a algún, alguna o algune tiquismiquis de esos, esas y eses que han hecho profesión o especialidad en eso del lenguaje inclusivo.

Publicado por

Iñigo Landa

Iñigo Landa Larrazabal (Bilbao, 1967) Destinado en la Agencia Espacial Vasca. Estudió Austronáutica en euskera y cursó el mismo máster que Pablo Casado en Universidad Rey Juan Carlos, el fugado. Vive en Bilbao

Un comentario en «Perspectivas»

  1. Lo difícil es pagar el pisito. Es lo que le pasa a IDA que dice que está harta de pagar un alquiler pero que la vivienda está por las nubes. Ya están tardando sus votantes en hacer un crowfunding para comprarle algo en la calle Serrano. Es insoportable para ella que Letizia viva en un palacete y ella que tanto hace por Madrid viva de alquiler con la inestabilidad emocional que ello implica.
    Antes le prestaba pisos Kike Sarasola pero se le ha jodido el chiringuito y anda corto de cash.

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