El cambio de hora

La Comisión Europea ha decidido que propondrá la desaparición del cambio de hora en la Unión Europea. Siempre he estado en contra del cambio de hora. En mi opinión, se ha dado un cuestionable ahorro energético, que nunca se ha demostrado que sea así.

Haciendo un poco de historia, el cambio de hora comenzó durante la 1ª Guerra Mundial en Alemania, países aliados y zonas ocupadas, al objeto de aprovechar la luz solar extra disponible en primavera y verano. Otros países secundaron la medida, incluido el Estado español, donde dejó de aplicarse en 1951 para retomarse en 1974, tras la crisis energética del 73. Y en el año 2001, una directiva europea impuso como obligatorio el salto adelante y atrás del reloj.

¿Ahorro de energía? Hasta ahora, la Comisión Europea, a través de diversos estudios, ha estimado el ahorro en el consumo eléctrico entre el 0,5 y el 2,5%. La propia Comisión ha valorado este ahorro como “relativamente modesto”. Por el contrario, diversos estudios estiman que el cambio de hora supone un gasto extra de energía.

En otras cuestiones, hay estudios que plantean que el cambio de hora afecta a la salud y a la calidad de vida, y, en esto coinciden, aunque la importancia que se le da es diferente, a los partidarios del cambio de hora y a los no partidarios. Los seres humanos ligan su ritmo con los ritmos naturales.  El cambio de hora perjudica al organismo, el cual debe de reequilibrarse, y, sobre todo, según estos estudios, afecta de manera más acusada a los más pequeños y a los mayores, más apegados a su ritmo biológico.

Es decir, algunos estudios sostienen que el cambio de hora no produce ahorro energético, otros, que es insignificante, y también algunos otros que lo aumenta. Sin embargo, sí que parece que hay unanimidad en que produce trastornos de diversa índole.

¿Por qué, entonces, se ha mantenido durante tantos años el cambio de hora? En mi opinión, por inercia. De esta forma se intenta aparentar que los gobiernos se preocupan por ahorrar energía.

Ahorrar y hacer ahorrar energía debe ser una obligación de la Administración pública. Cambiar de hora no produce ahorro económico ni energético, pero sí distrae de políticas comprometidas con el ahorro y contra el despilfarro energético.

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