La belleza de las mariposas

La ortiguera o mariposa de la ortiga (Aglais urticae). Foto. Asociación Zerynthia.

Las mariposas son la vanguardia de la primavera y, dentro de unos días, en los últimos días de febrero emprenden sus rutilantes y acelerados vuelos.

La primavera, como todo lo que pretende alcanzar el esplendor, se comporta con precauciones, con sondeos. A ráfagas, en suma… Lanza tentaciones de ella misma para indagar cómo de receptivo se muestra el paisaje. También se repliega hasta casi desaparecer y le deja la totalidad del derredor al frío, a esos blancos absolutos de la nevada.

Las misivas, en realidad anticipos o prólogos, resultan esencialmente cromáticas. Será el color, mucho más que el olor o el calor, lo que abra rendijas para la novedad en las puertas del calendario. Ya han amanecido tonos en unas pocas flores, comenzando con los narcisos. A los que se suman suspiros, necesariamente aéreos, en los primeros escalones del cielo. Ya estarán volando dentro de unos días unas pocas especies de mariposas.

Pocas invenciones de la vida alcanzan la compleja belleza de estos insectos. En ellos concurren una de las manifestaciones más veces evocadas de la fragilidad, algo que en absoluto se corresponde con la realidad. Porque las mariposas son tenaces, austeras, recias y hasta poderosas. Baten sus alas varias veces por segundo, alcanzan los 35 kilómetros por hora, resisten heladas si consiguen esconderse, y desafían al viento y a los pájaros que suelen perseguirlas.

Su suave cromatismo responde al papel de ilusionados reclamos que interpretan, a esa coquetería que la vida misma pone en marcha para lograr la atracción de los sexos. Una mariposa es un deseo a punto de cumplirse.

La mariposa Colias croceus. Autor: Asociación Zerynthia.

Y si delicada nos parece su locomoción zozobrante, todavía más suave resulta su alimentación básica. Porque estos insectos, que durante su fase de orugas son capaces de devorar ingentes cantidades de verde, cambian por completo al llegar a la madurez. Entonces buscan, con la lengua en espiral, el néctar. Un nutriente altamente energético destinado a permitir los tremendos esfuerzos que asegurar la descendencia exige.

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