Señor Rajoy

Usted será próximamente investido presidente del gobierno español. A pesar de sus virtudes dialécticas, el sr. Pérez Rubalcaba no ha sido capaz de compensar el terrible hándicap que supone el haber pertenecido al partido y equipo bajo cuyo gobierno el Reino de España ha alcanzado la portentosa cifra de cinco millones de parados. En tanto que próximo presidente, mediante esta carta deseo formularle unos deseos, aunque sé que la probabilidad de que llegue a leerla es ciertamente baja.

Para la gran mayoría, la situación económica y sus manifestaciones más dolorosas, -el paro y el empobrecimiento generalizados-, son los grandes problemas a los que deberá usted hacer frente. No dudo de que así sea. Pero paradójicamente, quizás las cosas le resulten en ese terreno más sencillas de lo que imagina. En realidad pocos confían en que resuelva usted los problemas económicos que nos acucian. Y sin embargo, es muy posible que los electores se equivoquen, porque cuenta usted con otra ventaja: nadie se hace ilusiones y todo el mundo sabe que las recetas que va a aplicar van a ser de gran dureza. Por ello, va a tener un margen de maniobra considerable y eso facilitará su tarea.

En otro orden de cosas, tiene ante sí un reto al que quien suscribe concede notable importancia. Dicen las encuestas que los políticos son el tercer (el segundo, en realidad) gran problema que tienen los ciudadanos españoles. Yo, por supuesto, no suscribo esa idea, porque en buena medida constituye un intento palmario de evadir responsabilidades personales. Pero sea una idea correcta o no, es de extraordinaria importancia que los políticos recuperen el prestigio y la consideración pública perdidas. El buen funcionamiento de las instituciones y, por lo tanto, la resolución de los problemas, exige que los políticos cuenten con un mínimo de confianza por parte de la ciudadanía. Sin ella, la tarea se torna casi imposible pues es muy difícil resolver grandes problemas si las personas afectadas no son mínimamente cómplices de quienes deben tomar las decisiones. Es vital, señor Rajoy,  que hable a la gente con claridad y no se ande con rodeos; que combata la corrupción; que no evada responsabilidades ni culpe a los demás o a entes etéreos de cómo están las cosas. Actuando de esa forma se ganará el respeto de los ciudadanos y eso hará su tarea más fácil.

Usted ha demostrado un temple que pocos le reconocían; se ha sobrepuesto a una derrota quizás inesperada y ha sabido hacer frente a las emboscadas tendidas por algunos de los suyos. Euskadi tiene pendientes de resolución cuestiones de la máxima importancia. El final definitivo del terrorismo exigirá tacto y habilidad. Y buenos consejeros. Por eso, le ruego que haga oidos sordos a los gritos de esos sectores políticos y mediáticos a los que con tanta frivolidad gusta generar enfrentamiento y crispación. Si actúa con prudencia y criterio propio, y busca en Euskadi las necesarias complicidades, no solo resolverá uno de los problemas más antiguos de Euskadi y de España; evitará también alimentar victimismos interesados de impredecibles consecuencias en el futuro.

Estos son mis deseos, y creo que los de mucha otra gente. Muchos no nos hacemos ilusiones con usted. Pero precisamente por eso, tiene ante sí una oportunidad extraordinara.

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