Razones para pactar con el PSE. Razones para no hacerlo…

Las encuestas anticipan que en la próximas elecciones autonómicas el PNV obtendrá la victoria en votos y, probablemente, también en escaños, que EH Bildu será la segunda fuerza, y que a continuación irán PSE y PP. Así las cosas, muchos observadores sostienen que un gobierno de coalición PNV-PSE es el único escenario postelectoral realista, por lo que lo consideran prácticamente inevitable. Descartan cualquier combinación en la que entre el PP porque, consideraciones políticas al margen, la suma difícilmente arrojaría una cifra superior a 37. Y también descartan posibles acuerdos en los que participe EH Bildu; en el caso del PNV porque no tendría lógica un pacto entre rivales directos, y en el del PSE, no se sabe muy bien por qué. Supongamos, aunque sea mucho suponer, que efectivamente, solo el pacto PNV-PSE es realista. ¿Deberían pactar esas dos fuerzas? ¿Es, en verdad, inevitable tal configuración? Doy, a continuación, algunas razones a su favor.

Durante los últimos meses, desde que el PP retirara su apoyo al Gobierno presidido por Patxi López, este ha debido apoyarse en 25 parlamentarios. Y ha sido esa debilidad la que, finalmente, ha conducido a la convocatoria anticipada de elecciones. El resto de fuerzas políticas vascas no han dejado de recordar al lehendakari que no contaba con apoyo suficiente y que lo más lógico era que disolviera el Parlamento para abrir la vía a un nuevo periodo. Dado que, presumiblemente, el PNV no obtendrá más de 25 escaños, el mismo argumento esgrimido para pedir la disolución del Parlamento, valdría para justificar la necesidad de un gobierno de coalición.

La razón más poderosa, quizás, que se esgrime a favor de un pacto es que la situación económica es tan difícil, que solo un gobierno que cuente con mayoría absoluta se encontrará en condiciones de tomar las decisiones que hayan de ser tomadas para capear el temporal. No es mal argumento. Durante la mayor parte de la historia autonómica vasca, el gobierno se ha apoyado en mayorías absolutas, y los gobiernos de coalición presididos por el lehendakari Ardanza son un buen modelo de referencia a favor de ese argumento. En parte, fueron aquellos gobiernos los que implantaron las políticas que permitieron a la Comunidad Autónoma Vasca salir del agujero en el que se encontraba tras la debacle industrial de los años setenta.

Y existe un argumento adicional que, si bien no tan pragmático como el anterior, se refiere a una esfera simbólica también importante. En Euskadi convivimos, como es sabido, personas con sentimientos de pertenencia diferentes. Seguramente no se puede afirmar que esos sentimientos de pertenencia corresponden a dos únicas y monolíticas identidades colectivas, ya que cada persona es poseedora de su único y muy personal perfil. Pero simplificando y en lo relativo a la proyección política de esos perfiles, se puede afirmar que son dos los grandes conjuntos, el que agrupa a quienes se sienten solo o principalmente vascos, y el de quienes se consideran principalmente españoles. Pues bien, son muchos los que piensan que la mejor manera de integrar a esas dos comunidades en un proyecto de país abierto e inclusivo es contar con un gobierno en el que ambas sensibilidades se hallen presentes. Esa es, de hecho, la tecla que quiso tocar el lehendakari hace unos días cuando dijo que «el futuro de Euskadi pasa por la transversalidad». No es un argumento menor, en absoluto.

Y muy probablemente son estas tres razones, y otras que no se me han ocurrido, las que hacen que el gobierno de coalición PNV-PSE sea el que, según las encuestas, manifiestan preferir un mayor número de ciudadanos.

RAZONES PARA NO HACERLO

Ayer presenté un conjunto de razones a favor de la constitución de un gobierno de coalición entre el PNV y el PSE tras las elecciones de octubre. Sin embargo, hay también poderosas razones en contra de esa fórmula.

No son excepcionales los casos en los que un país es gobernado por un partido que cuenta con el mayor número de parlamentarios, pero que no alcanza la mayoría absoluta. La ventaja más importante de ese modelo es que da margen al juego parlamentario, a la negociación y a la llamada geometría variable. Flexibiliza el ejercicio de la política, ayuda a buscar soluciones que pueden ser satisfactorias para más partes, -aún a costa de que no lo sean totalmente para nadie-, y permite el concurso efectivo de más agentes. Por el contrario, en los gobiernos de coalición, una vez se acuerdan ciertas materias al comienzo de la legislatura, lo normal es que cada partido gobierne sus departamentos de acuerdo con su propios criterios, pero eso sí, con el apoyo de los socios.

En nuestro caso, todo hace prever que el partido mayoritario, presumiblemente el PNV, no superará el número de 25 parlamentarios, que son los que tiene en este momento el PSE. Y si con ese número el lehendakari López ha optado por no agotar la legislatura, ¿no sufriría un gobierno del PNV el mismo déficit de legitimidad? La respuesta es, por tres razones, que no necesariamente. Por un lado, el PSE no es en el actual Parlamento la primera fuerza, sino la segunda, y eso supondría una importante diferencia cualitativa; por el otro, no significan el mismo apoyo social 25 parlamentarios en la legislatura que termina que lo que significarán en el nuevo Parlamento, por la presencia de todas las fuerzas políticas a partir de noviembre; y por último, antes de la convocatoria, los principales partidos, salvo el PSE, habían demandado de forma explícita la convocatoria anticipada de elecciones.

Es cierto que una mayoría absoluta proporciona un apoyo seguro. La cuestión es: ¿al servicio de qué políticas? Un gobierno fuerte lo es, ante todo, por su capacidad ejecutiva, y esa capacidad se beneficia especialmente de la coherencia y cohesión interna. Es muy posible que un pacto de gobierno obligase a redefinir de tal forma los objetivos del partido vencedor, que su proyecto político podría quedar seriamente comprometido. Esto es algo especialmente importante en época de crisis, o cuando se quieren impulsar importantes transformaciones. Es obvio que también se necesitan mayorías, pero habría que tratar de alcanzar esas mayorías mediante el ejercicio de la política, y no necesariamente habrán de ser siempre las mismas.

Tenemos, finalmente, la cuestión de la transversalidad. Soy firme partidario de ella; de hecho, en 2009 hubiera deseado un gobierno de coalición entre el PNV y el PSE. Hoy, sin embargo, ese término ha adquirido un significado diferente al de entonces. La transversalidad, es decir, el acuerdo entre las expresiones políticas de diferentes sentimientos de pertenencia, ha de manifestarse en las grandes materias que el país necesita para avanzar, no necesariamente en el ejercicio de las tareas ejecutivas de gobierno. La apelación del lehendakari López, en el sentido de que el futuro de Euskadi pasa por la transversalidad no resulta, en ese sentido, genuina, como muestra el mínimo aprecio que le tuvo hace tres años y medio. En todo caso, si se trata de una propuesta sincera, lo lógico es que la ejerza en esas grandes materias que requieren acuerdos amplios o, incluso, en el mismo ejercicio de una oposición constructiva y «transversal». De lo contrario no sería sino un simple regate en corto, mera impostura.

El ejercicio de la política no goza de buena imagen. No solo tienen los políticos, en general, mala prensa; además, la política es vista con recelo creciente por parte de la ciudadanía. A esa percepción negativa contribuye la idea de que los políticos no se guían por principios, sino que su único interés es el de ocupar parcelas de poder a toda costa. Por ello, un posible gobierno de coalición en Euskadi, sea cual sea la combinación, correría el riesgo de ser percibido por amplios sectores sociales como una componenda, también en el caso de la fórmula que parece gozar de más respaldo social, la del pacto entre PNV y PSE. Para muchos, la suscripción de un pacto entre dos fuerzas que hasta el día anterior se han estado descalificando una a la otra con saña sería un ejercicio de cinismo político. Esa percepción resultaría muy dañina para la imagen de la política y para la credibilidad de los políticos. Y no olvidemos que la credibilidad de los líderes es ingrediente fundamental cuando necesitan ilusionar y movilizar a la ciudadanía.

Entramos así en el terreno de lo anímico y lo emocional, esferas que no deben despreciarse, ni contraponerse de manera radical al ejercicio de racionalidad que ha de inspirar la acción política. Pues bien, un posible gobierno de coalición PNV-PSE podría tener costes relacionados, precisamente, con esa esfera anímica a la que me refiero. ¿Cómo aceptaría la base social nacionalista ese pacto? Al respecto, no sirve la referencia de los ochenta; entonces, el trauma de la escisión facilitó sobremanera el acuerdo con un adversario con el que se habían producido entendimientos de gran trascendencia en el pasado. Pero el trauma reciente es otro ahora, y lo causó, precisamente, el PSE cuando decidió descartar al ganador de las elecciones como socio de gobierno. A nadie sorprenderá, por tanto, que tal y como señalan las encuestas, los votantes del PNV no se inclinen precisamente por la fórmula del gobierno de coalición.

Hay quien piensa que los militantes de los partidos aceptan sin rechistar lo que proponen las cúpulas. No es cierto, pero aunque lo fuese, una cosa es la afiliación y otra la base social. Un gobierno de coalición PNV-PSE podría tener efectos muy negativos para el PNV a medio plazo, en lo relativo a su rivalidad con la izquierda abertzale. Una parte significativa del electorado, si se ve defraudado por la política de pactos de su opción principal, bien podría optar más adelante por la abstención o por otra fuerza, y en este caso, la opción más lógica sería, precisamente, la izquierda abertzale. En otras palabras, ese gobierno de coalición podría tener costes muy altos para el PNV en el futuro cercano.

Si las encuestas no yerran demasiado y el PNV es, en efecto, el partido más votado el 21-O, se deberá enfrentar a un difícil dilema. Los resultados serán determinantes, y en este momento no se puede aventurar cuál será para él la mejor opción. Pero dudo que los argumentos que se barajen entonces vayan a diferir demasiado de los expuestos aquí anteayer, ayer y hoy. En el pasado ha habido gobiernos de coalición, pero eso no quiere decir que deba haberlos siempre. Como señalé en la primera parte de esta serie, muchos piensan que la coalición PNV-PSE es la única opción posible de gobierno; la ven como algo inevitable. Pero esa percepción de inevitabilidad, además de falsa, es peligrosa. Constituye, de hecho, una limitación muy severa para una sociedad que se reclama abierta, libre. Antes, la práctica terrorista, directa e indirectamente, contribuía a cerrar la sociedad, a hacer la política de mañana calcada de la de ayer, del todo previsible. Pero las cosas han cambiado y no hay razones para funcionar con esquemas del pasado. Otros países del mundo son gobernados sin el apoyo de mayorías absolutas. Quizás ha llegado ese momento para nosotros. La sociedad vasca sería, así, un poco más abierta.

 

 

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