El Paraíso en la otra esquina

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El que se ha ido ha sido el año de Podemos. Y este 2015, si se cumplen las expectativas alimentadas por las encuestas, lo volverá a ser.

Hace aproximadamente un siglo el sistema político heredado del XIX, basado en la alternancia más o menos pacífica entre liberales y conservadores, entró en crisis en toda Europa. El triunfo bolchevique en Rusia y las posteriores victorias del nazismo y los diferentes fascismos supusieron el ascenso de ideologías de carácter organicista y, por ende, el debilitamiento de las visiones centradas en el individuo como sujeto de la acción política. Así, un siglo después de su emergencia en el terreno de las artes, el romanticismo había desembarcado con éxito en el campo de la política. De una u otra forma, con una u otra orientación, la clase y la nación pasaron a ser los sujetos políticos, en detrimento –como se ha dicho ya- del individuo. Las ideologías totalitarias acabaron retrocediendo a mediados del pasado siglo, aunque no sin dejar una fuerte impronta: desde entonces los sujetos colectivos no han dejado de ganar relevancia en la esfera política.

La ciudadanía europea ha asumido -en mayor medida en los países del sur del Continente- que el futuro de las personas no depende de ellas mismas, de lo que hagan, de su esfuerzo y su determinación, sino de fuerzas que están lejos de su control, fuerzas que determinan, sin que se pueda hacer gran cosa para evitarlo, el devenir de ese organismo -léase la clase o la nación- del que forman parte. Las élites políticas han logrado convencernos de que pueden resolver nuestros problemas e, incluso, de proporcionarnos la felicidad. Que eso no sea así no es cortapisa para que, una vez convencidos de lo contrario, no dejemos de reclamar al poder que cumpla sus promesas. Y frustrados por el inevitable incumplimiento, en vez de renegar de una vez por todas de pretensiones tan vanas, volvemos la mirada hacia quienes, en apariencia recién llegados, renuevan la promesa pero lo hacen sin la losa que supone haber demostrado ya ser incapaces de cumplirla y, por si eso fuera poco, sin haber tenido aún la oportunidad de corromperse, de convertirse en casta. De casi nada sirve ya, por cierto, que políticos y gestores honrados reivindiquen su limpieza; el recién llegado resulta a esos efectos mucho más creíble. El fenómeno, catalizado por la crisis económica más larga y profunda que han conocido varias generaciones, no se limita a España. De una u otra forma en gran parte de Europa surgen –o resurgen- formaciones que aportan soluciones sencillas para resolver problemas complejos, que ofrecen un futuro lleno de buenos alimentos y felicidad, que prometen, en definitiva, el Paraíso en la otra esquina.

Un siglo después de la crisis de las idolologías de la modernidad una nueva crisis asoma a las puertas de Europa, pero en esta ocasión, en vez de introducir en la arena política nuevos elementos ideológicos o de recuperar al individuo como actor y sujeto de la acción política, todo parece indicar que se exacerbarán los elementos más organicistas, otorgando al Estado una capacidad creciente para intervenir en la vida de las gentes. Lo hará en nombre del pueblo, de la clase, del género, del medio ambiente, del bienestar animal, de la nación o de lo que corresponda. Y servirá a sus propios intereses e, inevitablemente, a los de los poderosos. Quienes ahora llegan vienen a completar una tarea. No tiene por qué resultarles muy difícil, pues sus antecesores se han ocupado de la parte más ardua, la de convencernos de su necesidad.

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