A pesar de todo

Policía abate a hermanos Kouachi en el norte y a yihadista en este de Francia

Probablemente 2014 ha sido el mejor año de la historia de la humanidad; por citar los datos más remarcables, hay menos hambre, menos pobreza, menos mortalidad infantil y mayor esperanza de vida. Incluso considerando que ha sido el año del ébola y de las atrocidades del Estado Islámico, entre otros dramas, millones de personas han vivido en 2014 mejor de lo que habían vivido nunca. De eso iba a tratar hoy esta columna.

Pero cuando sólo habían pasado siete días desde que dejamos el año atrás, y como es de sobra conocido, dos militantes yihadistas, los hermanos Kouachi, asesinaron a sangre fría a 12 de sus conciudadanos, diez humoristas gráficos de la publicación satírica Charlie Hebdo y dos policías. Dos asesinos y quienes les han proporcionado apoyo logístico y cobertura ideológica han pretendido imponer al resto del mundo sus particulares obsesiones, su cosmovisión; han acabado con la vida de diez personas que ejercían su derecho a expresarse en libertad y dos que defendían el ejercicio de ese derecho.

Lo peor del asesinato son sus consecuencias: el dolor causado por la pérdida de vidas humanas en primer lugar y, en segundo, los efectos que causan acciones como éstas y que casi siempre se traducen en un retroceso de las libertades, esas pequeñas victorias que logran los terroristas con cada atentado que cometen. Pero además de las consecuencias, también me han preocupado otras cosas, muy en especial algunos diagnósticos del fenómeno yihadista.

No es lícito, como se ha hecho, considerar responsable del atentado al estado francés por, supuestamente, haber mantenido en la marginación a grandes masas de inmigrantes de credo musulmán. Por razones similares, tampoco lo es considerar responsables al conjunto de países occidentales del atraso en que viven muchos países de mayoría musulmana. Otros pueblos de diversas áreas geográficas y de distintas culturas y religiones han mantenido con Occidente una relación similar a la que han tenido aquéllos, pero no se han convertido en focos de terrorismo antioccidental. Es más, algunos han alcanzado un gran nivel de desarrollo.

Tampoco es lícito culpar al Islam o, de forma genérica, a la religión de servir de inspiración a una causa asesina. Se han cometido verdaderas atrocidades en nombre de “causas nobles”: la religión o la fe puede ser una de ellas, pero también se ha asesinado en nombre del socialismo, de la patria, de la razón y hasta de la libertad. La supuesta defensa de una causa mediante el terror o la guerra no invalida la bondad de la causa. Las causas, las ideas, han de valorarse según sus méritos, según la medida en que pueden contribuir a traer felicidad o todo lo contrario.

Me parece evidente que el mundo islámico tiene un serio problema con la modernidad. En la Edad Media algunos países musulmanes llegaron a ser faros intelectuales del Mundo, pero lo que podría haber conducido a una “Ilustración islámica” no llegó a nacer. Eso es hoy un grave problema, también para los países occidentales, pero ello no significa que se deba culpabilizar a Occidente por haber progresado como lo ha hecho gracias a los valores que alumbró el Siglo de las Luces.

El desafío yihadista ha causado ya enorme sufrimiento y causará aún más; muy probablemente es el principal reto que deba afrontar en los próximos años la civilización occidental. Del acierto en la tarea dependerá que lo supere o que sucumba; por eso es tan importante hacer un buen diagnóstico, y no eximir de responsabilidad a quienes la tienen. Y entre tanto, conviene no perder la perspectiva: el mundo sigue progresando, a pesar de todo.

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