Es la formación ¡estúpido!

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Según los datos de la EPA que acaba de hacer públicos el INE, el 28% de las personas mayores de dieciséis años tiene estudios superiores en España (36% en la CAV), la mayor parte de ellos universitarios. Si nos fijamos en la población activa, esto es, en las personas que trabajan o están buscando trabajo activamente, ha completado estudios superiores el 38% (51% en la CAV); o sea, en proporción hay más personas con formación superior entre quienes se encuentran laboralmente activos (38% vs. 28% para el conjunto de España y 51% vs. 36% para la CAV). Y si afinamos aún más y reparamos en las personas que están ocupadas, el porcentaje de ellas que tienen estudios superiores alcanza el 42% (55% en la CAV). Démonos cuenta de lo que esto significa: cerca de la mitad de las personas que tienen trabajo en España y más de la mitad en la CAV ha completado el máximo nivel de estudios. En lógica consecuencia de todo lo anterior, el porcentaje de parados que tiene formación superior es muy inferior al de todos los anteriores: un 22% en el conjunto de España (33% en la CAV) o lo que es lo mismo, sólo uno de cada cuatro o cinco parados españoles tiene estudios superiores (uno de cada tres en la CAV). Como estamos más acostumbrados a manejar eso que llamamos tasas, digamos que la tasa de paro del conjunto de la población española es del 23% (17% en la CAV), mientras que la de las personas con formación superior es de un 14% (11% en la CAV), siempre según el INE, porque los datos de paro que ofrece el Eustat para la CAV son algo inferiores.

Queda meridianamente claro algo que, no por repetido, se olvida con demasiada frecuencia: la formación es el mejor antídoto contra el paro. No es un antídoto perfecto; no existe tal cosa, pero es el mejor posible, y cuanta más formación se tenga, mejor aún. Hubo un tiempo en que proliferaban análisis frívolos según los cuales en España –y en Euskadi en mayor medida aún- había lo que denominaban un “exceso de formación”. Había que limitar el acceso a la universidad –decían- porque no hay mercado para tantas personas con formación superior. Ya entonces era un mensaje sin fundamento, porque las personas con más formación tienen, en general, un más amplio abanico de posibilidades. En ocasiones pueden verse obligados a aceptar trabajos de menor cualificación que la que tienen, eso es cierto, pero lo contrario nunca ocurre: una persona sin estudios superiores no puede trabajar de abogado, por ejemplo.

Hay cosas que no dependen de nuestra voluntad, como que la economía crezca. Otras cosas dependen poco, como que se implante una buena política de empleo (o sea, el contrato único). Pero las hay que sí dependen de uno mismo. La gente joven tiene que tener meridianamente claro que su futuro depende de la formación que adquieran, más que de ninguna otra cosa y más que nunca antes. Han de saber que sin formación cualificada sólo tendrán dos alternativas: optar a los trabajos que no quieran los demás o el desempleo. Y a los responsables institucionales toca implantar políticas pensadas para proporcionar oportunidades a los jóvenes. Las instituciones no pueden –ya no- dar seguridades; pero sí pueden, mediante buenas políticas públicas, ayudar a la gente a ser autónoma, apoyar a los jóvenes para que sean dueños de su destino, y en esas políticas, las de formación ocupan la posición central. Parafraseando al entonces candidato demócrata a la Casa Blanca, Bill Clinton: es la formación, ¡estúpido!