Progreso moral

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La pena de muerte es cruel y degradante, es el atentado máximo contra la dignidad humana. En la historia reciente, ha sido abolida en muchos países; cada vez son más los que no ejecutan a sus ciudadanos.

Viene lo anterior a cuenta del reciente informe de Amnistía Internacional sobre la pena capital. Según los datos de los que la organización internacional tiene constancia, el pasado año 607 personas fueron ejecutadas en 22 países, la mayoría de las cuales se produjeron en China, Irán, Arabia Saudí y Estados Unidos. No obstante, las cifras reales son muy superiores, puesto que China, que es el país que, con diferencia, más reos ejecuta, no hace pública esa información; por esa razón las ejecuciones en aquel país no figuran en este informe. Amnistía Internacional da cuenta de algunos retrocesos –más condenas dictadas en 2014 que en 2013, y un repunte de ejecuciones en el mundo islámico-, pero la situación es claramente mejor que la de décadas anteriores.

Uno de los aspectos más perturbadores del informe -para mí, al menos- es la presencia de los Estados Unidos en esa ominosa lista. Con esa salvedad los países donde se aplica la pena de muerte son de dudoso pedigrí democrático o, más bien, verdaderas dictaduras. Es normal, la democracia y la libertad han sido el caldo de cultivo también para el progreso moral, y en los países democráticos los ciudadanos no aceptamos esa forma de tortura y de degradación. Por eso perturba constatar la persistencia de la pena de muerte en uno de los países más democráticos del planeta. Porque al fin y al cabo, son los ciudadanos los que, a través de sus representantes, han decidido mantenerla en su ordenamiento jurídico. Y la aplican, como bien sabemos. Los Estados Unidos tienen uno de los sistemas penales más duros y su población reclusa es desproporcionadamente alta por comparación con la de los demás países democráticos. La aplicación de la pena de muerte es, en cierto modo, el vértice superior de una pirámide inicua.

John Gray, un pensador británico muy influyente, -y del que, por cierto, me encuentro en las antípodas- sostiene en su anteúltima obra, The Silence of Animals: On Progress and Other Modern Myths (2013), que en la historia de la humanidad no ha habido progreso. Se refiere a progreso moral. Afirma que bajo una superficial capa de civilización que nos da apariencia de ser mejores personas que quienes nos antecedieron, se esconde el mismo ser humano de siempre, la misma barbarie. Es una idea perturbadora, que desafía directamente la noción de que la humanidad ha progresado, no sólo en los aspectos materiales y en calidad y esperanza de vida, sino también en el terreno de la moral.

Creo que Gray se equivoca. Cada vez hay menos dictaduras en el mundo, cada vez hay más libertad y más democracia, cada vez son más los países que han abolido la pena de muerte. No es un camino sin retorno; en ocasiones la destrucción repentina del orden social hace aflorar de nuevo la sinrazón y la barbarie, pero cada vez son menos los países en que eso puede ocurrir con facilidad. Y aunque conviene no dar nada por asegurado, los países democráticos soportan mejor las tensiones internas y es más difícil que retrocedan. Por eso se afianzan valores humanistas que dificultan las prácticas crueles, deshumanizadoras. Con dificultad, altibajos y retrocesos ocasionales, el progreso que experimenta la humanidad en otras esferas también alcanza al orden moral. Gracias a esa tendencia secular el mundo es cada vez más civilizado, más humano, moralmente superior; en definitiva, es un mundo mejor.