Lixiviados municipales

zarama

Un amigo dice, medio en serio medio en broma y no sin una buena dosis de ironía, que la coherencia es virtud de mentes pequeñas. Y algo parecido deben de pensar los líderes de Bildu vista la facilidad con que han olvidado las consignas del pasado tras acceder a los gobiernos municipales en gran parte de Guipúzcoa. Resulta que, sin rubor alguno, donde antes dijeron digo dicen ahora Diego. Me refiero a las basuras, ese icono de nuestro tiempo, verdadero epítome de la política guipuzcoana.

Semejante mudanza es la que refleja la propuesta del equipo de gobierno donostiarra, rechazada el mes pasado en el pleno municipal, de crear la figura de inspector basuril. Se trataba de combatir el comportamiento incívico de la ciudadanía insumisa a las nuevas políticas de la basura. Tal inspector debería, según los designios de la autoridad, examinar las bolsas de basura por si los donostiarras se “despistan” diferenciando residuos de uno u otro tipo. Supongo que no es mala idea si de lo que se trata es de dar trabajo, con lo escaso que es ahora, menos aún si quien se beneficia del mismo resulta ser afín; pero es comprensible que a los potenciales afectados por la medida no les acabe de convencer que haya quien se dedique a hurgar en los objetos –orgánicos e inorgánicos- de los que se deshacen. Hay demasiada información contenida en esos residuos como para permitir que cualquiera se dedique a examinarlos.

Y algo más lejos han llegado en Hernani, donde, además de los inspectores, colocarán cámaras de videovigilancia para que los ciudadanos no se “equivoquen” al depositar las basuras en los denominados “puntos de emergencia”. Antes era la izquierda patriótica la que ponía especial énfasis en denunciar la instalación de cámaras de vídeo en lugares públicos. En los campus universitarios, sin ir más lejos, su organización estudiantil –Ikasle Abertzaleak– denunciaba el «control policial» que implicaba el funcionamiento de las cámaras y exigía su retirada; estaban instaladas para combatir el vandalismo que se ejercía sobre el patrimonio inmobiliario y mobiliario de la universidad, que en más de una ocasión se llevaba a cabo al calor de reivindicaciones de tinte muy patriótico y muy de izquierdas. Y de hecho, en el mismo Hernani habían retirado las cámaras que había en la vía publica porque “atentaban contra la intimidad de los vecinos”. Curioso.

Como es bien sabido, antes la izquierda patriótica promovía plataformas ciudadanas que exigían que cada adoquín que hubiera de colocarse llevase el refrendo de la correspondiente consulta popular. Y es más, esta misma semana quienes aspiran a la máxima responsabilidad en las capitales vascas han vuelto a defender con ardor la democracia directa y su herramienta máxima: la consulta a la ciudadanía. Pero lo cierto es que el discurso no se compadece con los hechos. Las plataformas surgidas en el territorio para exigir consultas que refrendaran las decisiones relativas a la nueva política de recogida de residuos no merecieron la consideración que, a la vista de los antecedentes, cabía esperar. No es que me parezca mal que los consistorios y alcaldes ejerzan las competencias que tienen asignadas; al contrario, me parece muy bien. Lo que sorprende es el cambio de criterio.

El mismo amigo que desdeña -medio en serio y medio en broma- la absoluta coherencia, afirma también que el agua pura produce cretinismo. Vista su incoherencia, eso mismo deben de pensar los máximos responsables de Bildu. Pero una cosa es el agua pura –por destilada y carente de preciosas sales minerales- y otra muy distinta son los lixiviados de la basura: huelen mal y pueden resultar tóxicos.

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