Impresionismo electoral

elecciones_4646_11Estamos en campaña electoral, pero a ratos parece que no la hay. En la calle poco indica que vaya a haber elecciones dentro de unos días. No cuelgan, como antes, carteles de las farolas. Tampoco hay las grandes vallas publicitarias de antaño. Si acaso, cada varios centenares de metros aparecen en el paisaje urbano esas instalaciones provisionales que los ayuntamientos disponen para que unos pongan carteles mientras otros ponen los suyos y quitan los de los demás. Es la radio y, sobre todo, la prensa escrita y redes sociales de internet los medios que me traen los debates de campaña. Pero incluso esos debates los contemplo desde cierta distancia. Retengo, como mucho, algunas pinceladas y con ellas me hago una imagen un tanto impresionista de la campaña.

Hay partidos de los que se habla mucho en las redes y en la prensa de Madrid que por aquí dejan poco rastro. Ciudadanos es como si no existiera. Y Podemos, por su parte, me recuerda al gato de Schrödinger, porque está y no está. Está en las forales y dice cosas raras, pero en las municipales no acaba de estar. O sí, pero en espíritu; es un lío.

El Partido Popular tiene en Vizcaya una papeleta difícil. Por una parte, no han vuelto a obtener resultados similares a los de los años inmediatamente anteriores y posteriores al cambio de siglo. Por otro lado, tampoco han vuelto a tener un líder con el carisma y desparpajo de Basagoiti. Y por si eso fuese poco, los cuatro años de Rajoy en la Moncloa han tenido un efecto demoledor en las expectativas electorales de los populares vascos en general y vizcaínos en particular.

Los resultados andaluces parecen haber animado a la parroquia socialista y sus expectativas son mejores ahora que hace unos pocos meses. Sin embargo, eso no es suficiente para recuperar el protagonismo de antaño. Hace cuatro años se dieron un batacazo monumental y aunque aspiran a recuperar algunas posiciones, la presencia de los nuevos partidos quizás añada dificultad a la tarea. Encuentro, por otra parte, desconcertante el contenido de su campaña; no soy capaz de interpretar, por ejemplo, el significado de expresiones como la del cinturón rojo que se le quiere poner a Bilbao y sólo se me ocurren, al respecto, extrañas analogías medievales. Eso no casa, además, con esa idea de convertir la villa en ciudad de oportunidades.

Bildu en Vizcaya no representa lo que en Guipúzcoa. Y tampoco en Bilbao lo que representa en San Sebastián. Pero a día de hoy es el gran adversario del Partido Nacionalista Vasco. Con relación a los resultados de hace cuatro años, ya no goza del beneficio de la duda: para bien o para mal ya se sabe cómo gobierna donde gana. Y por otro lado, el abandono del terrorismo por parte de ETA ya no reporta réditos electorales. Sin embargo, la batalla por la hegemonía política en Euskadi se libra entre el PNV y la izquierda patriótica, y el territorio vizcaíno y, en especial, los municipios con mayor proporción de vascohablantes, son escenarios importantes de esa batalla.

El PNV tiene un elemento a su favor en Vizcaya: los ciudadanos de este territorio y, más en concreto, los ribereños del Ibaizabal-Nervión tienen, en general, la percepción de estar bien gobernados. Pero también tiene un elemento en contra: su hegemonía en el territorio puede desincentivar la movilización de los militantes y también la de los votantes. Quizás eso tenga que ver con lo que señalaba al principio: que a veces no parece que estemos en campaña electoral. Y al PNV eso no le conviene.

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