Ruido

Vehículo de limpieza (Imagen: villaviciosadigital.es)
Vehículo de limpieza (Imagen: villaviciosadigital.es)

Hay ruido por doquier; es intenso, ubicuo y constante. Nuestra especie ha inventado todo tipo de artilugios cuyo último y verdadero fin no es el declarado, me temo, sino simple y llanamente, hacer ruido. Esa es la razón, la verdadera razón, por la que hay taladradoras neumáticas; que hagan agujeros y sirvan para abrir zanjas no deja de ser una coartada; existen para producir ruido. Por eso hay automóviles; es una suerte que, además de generar ruido, sirvan como vehículos de transporte. Las atracciones de feria quizás diviertan a quienes las usan, pero su objetivo primordial es llenar el espacio de desagradables ondas sonoras. Y las máquinas que cortan césped están diseñadas para hacer el máximo ruido posible.

Las fiestas patronales de los pueblos son paradigmáticas, verdaderos festivales del ruido sin control. Por la tarde y buena parte de la noche todo tipo de acontecimientos se suceden en calles y plazas cuyo propósito real es hacer ruido: pasacalles, bajadas, conciertos, certámenes, etc.. Y al acabar, ya de madrugada, esas actividades y sus derivadas, con la excusa de limpiar las calles de los objetos y restos orgánicos e inorgánicos que deja la frenética actividad nocturna, nutridas brigadas de limpieza se afanan, con vehículos barredores, sopladoras de aire y demás artilugio, en hacer todo el ruido de que son capaces. Es ese ruido el que nos despierta en las mañanas festivas.

Los eventos deportivos y performances varias que se celebran en plazas y vías públicas, como carreras ciclistas, exhibiciones de deporte rural, sesiones de bicicleta estática callejera, etc., no se celebran, contra lo que declaran sus promotores y organizadores, para nuestro disfrute y solaz. Su verdadero objetivo es atronar el ambiente. Sólo así se entiende que esos eventos se acompañen con “música” de pésimo gusto –dicho sea de paso- al máximo volumen que la tecnología es capaz de producir.

Pasear por las calles de nuestras ciudades un día cualquiera se ha convertido en una experiencia acústica inenarrable. A las obras que se suceden aquí y allá en las que los operarios compiten por ver quién es más ruidoso, se añade el tráfico rodado y, últimamente con frecuencia e intensidad crecientes, las sirenas. Cada vez se oyen más y el volumen al que funcionan es cada vez más alto. Hay ciudades, como Madrid, en cuya enorme zona central se oyen de forma permanente; y en otras, como Bilbao, donde antes era excepcional, el ruido de las sirenas ya es frecuente y pronto será constante.

También hay modalidades de ruido que pueden parecer no serlo. La “música” que emite la emisora que sintoniza el conductor del autobús a un volumen que difícilmente se justifica o, cada vez con mayor frecuencia, las conversaciones “privadas” que sin asomo de pudor mantienen muchos de nuestros conciudadanos en cualquier parte y ante cualquier “audiencia”, son ruido. No es tan agresivo como el que producen las máquinas, pero es insidioso y agobiante.

El ruido es veneno. Con esa sabia sentencia expresaba una amiga el efecto que causa en nuestras mentes. Es veneno mental. Desintegra nuestro sistema cognitivo. Lo deteriora de forma irreversible. Por esa razón es asombroso que las administraciones colaboren entusiastas con la extensión del mal que ayudará a acabar con la civilización humana tal y como la conocemos. Pero más asombroso aún es que las organizaciones ecologistas no dediquen a la peor forma de deterioro ambiental que quepa concebir la atención y llamativas campañas que dedican a otras causas –como la antinuclear, antitransgénicos, antifractura hidráulica- que o bien son menores o son directamente absurdas. El ruido es el verdadero mal de nuestro tiempo. Sucumbiremos a él.

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