Un mente cuántica (reseña de “Esto no es una historia de amor”)

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No suelo escribir aquí reseñas de mis lecturas, pero ni esta es la primera ni será la última. Esta trata de la novela “Esto no es una historia de amor”, la opera prima de Jose A Pérez Ledo.

La novela tiene como protagonista a un personaje, Dani, que dice no creer en el amor romántico. Pero resulta que en un lance de la vida se enamora y la historia sigue un curso perfectamente homologable a muchas historias de amor de las que hemos visto en el cine, esas a las que el protagonista culpa de habernos hecho creer a todos que existe el amor romántico. En cierto modo podría decirse que se trata de una historia de meta-amor o una metahistoria de amor o como demonios se diga. O sea es una historia de amor que trata, en gran parte, del amor, del sentimiento amoroso.

Tal y como el propio autor ha declarado en más de una entrevista, el protagonista tiene mucho de sí mismo. Aunque técnicamente está confeccionada de otra forma –el protagonista se dirige sistemáticamente a una segunda persona que, deduzco, es el lector- en realidad es, en su mayor parte, un monólogo interior, una introspección. Dani nos cuenta cómo es o, mejor dicho, cómo se ve a sí mismo; nos enseña el contraste –brutal en muchos casos y de consecuencias trascendentales en el curso de la trama- entre lo que piensa o siente y lo que expresa. Y lo curioso es que ese contraste consiste en unas ocasiones en decir algo inconveniente –por no decir perjudicial- para sus propios intereses, cuando en realidad piensa o siente de otro modo, y otras veces consiste en lo contrario. Es como si el protagonista tuviese una mente cuántica, en dos estados a un tiempo, y sólo al vocalizar sus pensamientos se descubre, incluso a sí mismo, cuál de los estados se verbaliza y se expresa. Ese rasgo, que es fuente de problemas y malentendidos sin cuento, se va atenuando en el curso de la historia, hasta casi desvanecerse hacia el final.

“Esto no es una historia de amor” es también una obra generacional, evidente y explícitamente generacional. Porque las alusiones a su generación, a los llamados (¡cielo santo!) millennials son frecuentes. Entiendo que el autor ha tenido sus razones para haber optado por esa línea, pero no acabo de entender que resulte un rasgo tan explícito, tanto que incluso él mismo insiste en ese aspecto en las entrevistas promocionales. A mí me parece que esa insistencia limita de manera innecesaria el alcance de la novela. Porque en realidad, los rasgos definitivamente generacionales del protagonista y su universo de relaciones, son mínimos. Muchos de los dilemas a los que atribuye carácter generacional no lo son. No me atrevo a decir que algunos de ellos los hubiese de afrontar ya el mismísimo Cicerón, pero sí los afrontamos muchos de mi generación (20 años más viejo) y lo propio harán muchos de la de mis hijos (10-15 años más jóvenes). En su beneficio hay que decir que esa pretensión no supone ningún menoscabo para la novela. Es sólo que me ha llamado la atención.

La única debilidad que le he encontrado a “Esto no es una historia de amor” es seguramente una inevitable, y se refiere al dilema moral con cuya resolución se cierra la trama. Ese dilema es, de hecho, el elemento que domina la historia en el último cuarto de la novela y se plantea en términos de malos y buenos o, mejor dicho, de malos y los que no lo son. Para quienes nos hicimos mayores leyendo, entre otros, a Patricia Highsmith, no resulta fácil aceptar que en una historia real unos son los malos y los otros los buenos (o mucho menos malos). Pero claro, una comedia no tiene por qué ser una historia real; tiene que ser una comedia, y si una comedia basa una parte esencial de su trama en la resolución de un dilema moral, difícilmente pueden plantearse ambigüedades que oscurezcan el desenlace. Y es que todo no puede ser; a eso me refería cuando decía que la debilidad era, seguramente, inevitable.

Esa debilidad, sin embargo, no ha sido óbice para que la novela me haya gustado. He disfrutado mucho. Me ha tenido leyendo más tiempo del que me puedo permitir. Y en más de una ocasión me ha dado que pensar. El ejercicio de introspección es interesante y cuando se refiere al entorno, al mundo en el que vive, a las relaciones entre las personas, el autor formula observaciones agudas, propias de alguien que observa la realidad con una mirada particularmente incisiva y habituada a detectar pequeñas (y no tan pequeñas) incongruencias por doquier. Me han resultado especialmente interesantes, y muy graciosos, los dilemas de corte feminista. Y me ha encantado la relación del protagonista con sus padres, una línea argumental muy potente en la novela, a veces más incluso que la línea principal.

“Esto no es una historia de amor” es una novela entretenida, con un argumento que engancha y muy, muy divertida. No he perdido la sonrisa a lo largo de sus más de 400 páginas y en más de una ocasión me ha provocado carcajadas. Eso sí, también me ha provocado una desazón considerable, porque en lo sucesivo no dejaré de pensar qué es lo que verbaliza la mente cuántica de Jose A. cuando habla y manifiesta alguna opinión. Especialmente preocupantes las que se refieran a mi propia persona.

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