El descalabro de la izquierda

No le ha ido bien a la izquierda en estas elecciones. El Partido Socialista ha obtenido los peores resultados tras la dictadura de Franco, y la coalición Unidos Podemos ha quedado lejos de su objetivo de superar al PSOE, erigirse en la principal referencia de la izquierda y alcanzar el poder. Supongo que el desgaste socialista tiene causas similares a las de los procesos equivalentes que aquejan a buena parte de la socialdemocracia europea y que se resumen en su incapacidad para afrontar de forma eficaz las consecuencias de la crisis económica mediante políticas diferentes de las de la derecha. Y en el caso español habría que añadir el efecto de los casos de corrupción que les siguen salpicando. La pérdida de votos de la coalición Unidos Podemos obedece, en una parte importante, a la mala imagen que proyectó al no permitir un gobierno alternativo al del Partido Popular, y también al temor de una parte del electorado tradicional de izquierda de que el descalabro del Partido Socialista tuviera ribetes catastróficos. La retracción de algunos de sus votantes no se ha debido al miedo; ese factor, si acaso, estimuló el voto al PP, pero ese es otro asunto.

Entre nosotros, tanto UP como PSE aguantaron el tirón. Los primeros porque en la CAV no perdieron, en proporción, tantos votos como los que se dejaron en el conjunto de España. Y los segundos porque llegaron, incluso, a ganar algunos votos con relación a los de diciembre. Conviene recordar, no obstante, que en los últimos años los socialistas vascos se han dejado miles de votos en el camino, votos que, en parte, han ido a engrosar la bolsa de Podemos.

En nuestro caso, los malos resultados de la izquierda han sido los de EH Bildu. Ha sacado un 16% menos que en diciembre de 2015, y eso que ya entonces venían de haber sufrido un fuerte retroceso por comparación con los resultados de 2011. Parte de los votos perdidos por la izquierda patriótica en los últimos cuatro o cinco años han ido a parar a Podemos. Se trata de votantes que han priorizado el objetivo de desalojar a Mariano Rajoy de la Moncloa y que han entendido que UP era la opción más eficaz a esos efectos. Y la otra parte, al menos de los perdidos ahora, ha podido irse al cajón de la abstención. Para una porción de su electorado, las Cortes Españolas carecen del más mínimo interés como espacio de acción política.

EH Bildu recuperará un parte significativa del apoyo perdido. Pero la medida de la recuperación dependerá de dos factores. Por un lado, de la capacidad de Podemos para hacer una política eficaz en una posición en la que su objetivo a medio plazo ya no será la conquista del poder, sino su consolidación como fuerza normalizada. Y por el otro, de su propia capacidad para aparecer como una fuerza útil para provocar el cambio social que propugnan, y compatibilizarlo, además, con la lucha por la independencia de Euskadi.

La izquierda se ha llevado un serio varapalo en estas elecciones, sí, pero eso no tiene por qué repetirse. El voto conjunto a opciones de izquierda es importante, y tienen muchos votantes potenciales que se han abstenido en esta ocasión. Pueden recuperar gran parte de los apoyos perdidos, tanto en España como en la CAV. Otra cuestión es si, incluso así, serán capaces de articular mayorías solventes de gobierno. Y es que el peor enemigo no suele ser el adversario ideológico más lejano, sino el más próximo, ese con el que se disputa el electorado.

(En la CAV) Nadie gana

El pasado domingo sólo votamos dos de cada tres personas censadas en la Comunidad Autónoma Vasca. Por eso me ha interesado valorar, en este ámbito, el apoyo dado a cada partido en relación con el total del censo y no con el total de votos emitidos, como suele ser habitual.

El PP, que se mostró muy ufano por haber logrado más votos en junio de 2016 que en diciembre de 2015, ha pasado de obtener el apoyo del 8,0% de los electores a conseguir el del 8,3%. Magros resultados para tanta alegría porque, por un lado, en los últimos 20 años nunca obtuvo el PP peores registros que en estas dos convocatorias. Desde 2000, año en que logró el apoyo del 17,9% de los electores, no ha dejado de bajar. Y por el otro, si lo anterior fuera poco la pequeña subida actual procede de una pequeña parte de los votos que ha perdido Ciudadanos en la CAV.

Al PSE le ocurre algo similar: ha pasado de lograr el apoyo del 9,1% del electorado a cosechar el 9,4%. Se puede estar satisfecho por haber logrado más apoyos que en diciembre, pero la sustancia es poca: en las legislativas de 2008 –hace sólo ocho años- llegaron al 24,2%.

Los líderes de EH Bildu reconocieron desde el primer momento que los resultados habían defraudado sus expectativas. En diciembre se hicieron con el 10,3% y ahora han caído al 8,6%. El descenso, en términos relativos, ha sido fuerte, pero conviene relativizar el dato. Es cierto que en 2011 recibieron el apoyo del 16% de los electores, pero vistas las cosas con perspectiva, lo extraño, en realidad, fue aquel resultado. En los años de plomo y goma dos, a la izquierda patriótica nunca le votaron, en unas legislativas, más del 12% de los electores, y en 1996, última ocasión en que se presentó antes del periodo más reciente, lo hizo un 8,7% del censo, prácticamente igual que ahora.

El PNV, que venía de un 16,9% en diciembre, ha cosechado ahora el apoyo de un 16,5% del electorado. Sus dirigentes atribuyen ese flaco resultado al aumento de la abstención y al hecho de que esta contienda no se haya disputado en Euskadi, sino en un ámbito mucho más amplio. Pero esta no es la primera vez que se dan circunstancias similares, y casi nunca había recibido el PNV tan pocos votos. Habría que remontarse a las legislativas del 89, las primeras tras la escisión, para encontrar un dato más bajo, un 15,1%. En los últimos 20 años, sólo en 2008 se acercó el apoyo a esos niveles: un 17,2%. Una parte significativa de sus votantes tradicionales se han abstenido en estas dos últimas citas, y no ha de olvidarse que la abstención es, en ocasiones, la antesala del cambio de voto.

No tenemos referencias históricas de Podemos, de manera que no se pueden hacer comparaciones con resultados anteriores. Pero en diciembre de 2015 han obtenido –incluyendo los de IU– el apoyo del 19,8% de los electores, y en la última convocatoria el del 18,7%. No es un descenso pequeño (6% en términos relativos). Y los resultados en el conjunto de España han estado muy por debajo de sus expectativas. Si tenemos en cuenta que en el otoño los vascos no iremos a las urnas a desalojar al PP del Gobierno Español, las elecciones autonómicas van a ser para ellos piedra de toque.

Los datos electorales siempre admiten diferentes lecturas, diferentes miradas. Ninguna es la verdadera y casi todas son interesadas. Pero cada una de ellas muestra, seguramente, una parte de la verdad.

Demasiada Europa

La mayoría de quienes se pronuncian en mi entorno acerca del resultado del referéndum del pasado día 23 en el Reino Unido, lo hacen apenados o disgustados por la decisión que han tomado los británicos. Algunos, incluso, se lamentan de que se les haya dado la posibilidad de decidir. Creo, sin embargo, que la victoria de la salida ha sido, para mí, buena muestra de que la decisión de Cameron fue, desde un punto de vista democrático, impecable. Pero a la vista del terremoto que ha provocado en el mundo político y en los mercados financieros la decisión de abandonar la UE, parece que esta ha sido una decisión perjudicial.

En este asunto hay un problema importante, pero que la mayoría obvia. Cuando fue creada, no se llamaba Unión Europea, sino Comunidad Económica Europea. A lo largo de las décadas transcurridas desde su fundación, lo que en principio era poco más que un espacio de libre comercio ha ido ganando entidad, tanto política como económica. Un buen número de países europeos comparten, incluso, moneda. La integración se ha hecho creando organismos políticos comunes y dotándose de normas comunitarias en algunas áreas. También se han dedicado importantes volúmenes de recursos a la ejecución de políticas públicas, como la agrícola, por ejemplo. Cada vez han sido más las materias acerca de las cuales importantes decisiones que nos afectan se toman en Bruselas. No sé si eso era necesario o no, pero ha contado con oposición en algunos países, como Francia, Dinamarca, el Reino Unido o, más recientemente, Polonia o Hungría.

Confieso que ese proceso no me ha resultado atractivo. No he llegado a entender las razones por las que era bueno que decisiones importantes se alejasen de nuestro entorno más inmediato. Y sospecho que algo parecido -formulado así o de un modo más difuso- está en las mentes de muchos europeos. Este aspecto de la cuestión tiene más trascendencia si tenemos en cuenta el déficit democrático que aqueja al proyecto de unidad europea tal y como se ha producido. Un inglés, partidario de la salida, al que se le preguntaba uno de estos días, lo expresaba con claridad y sencillez: “Si no me gusta cómo lo hace Cameron, en las siguientes elecciones no le voto, pero si no me gusta cómo lo hace Juncker, me fastidio.”

El problema del proyecto de Unión Europea no es, como dicen muchos, que se queda corto, que debería ser más ambicioso. El problema es el contrario; se ha ido más allá de lo razonable sin contar con un sistema de gobernanza que hubiera subsanado el déficit democrático europeo. Habrá quien diga que entonces lo que había que haber hecho era desarrollar ese sistema realmente democrático de gobernanza en paralelo al proceso de integración. Pero me temo que esa tampoco era una solución. El intento habría fracasado, porque ello habría supuesto una excesiva cesión de soberanía hacia arriba, excesivo alejamiento de los órganos de decisión y pérdida de la vinculación de los órganos y ámbitos decisorios con respecto al espacio político y la comunidad a la que se pertenece.

Nos encontramos, una vez más, con los sentimientos de pertenencia, con las identidades colectivas. No se construye una identidad europea en unas pocas décadas. Por muy atractiva que pueda resultar a muchos –entre los que me incluyo- esa identidad común, harían falta generaciones para que llegase a ser compatible con las identidades nacionales o locales. Y esas, aunque a veces no las queramos ver, están ahí, dispuestas a pasar factura. Siempre lo están. Algunos piensan que eso debería combatirse mediante la educación y un discurso político ad hoc. Pero no tendría éxito; las identidades colectivas forman parte de la naturaleza humana, más en unas personas que en otras, pero son parte de nuestro sustrato emocional. Sería bueno que no ignorásemos ese factor, porque tengo la impresión de que de su falta de consideración proceden algunos de los mayores peligros que han de afrontar las sociedades abiertas en el inmediato futuro.

El laberinto electoral

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Los últimos días de campaña han sido testigos de dos hechos que bien pudieran tener consecuencias en los resultados de mañana. La difusión de las conversaciones del Ministro del Interior debería provocar un descenso en el voto al Partido Popular, si bien no muy importante. Gran parte del electorado no es sensible a cuestiones de orden moral, pero los pocos que si lo son quizás decidan dejar de votarle. Y otro lado, el resultado del referéndum británico ha generado tal desasosiego en la opinión publicada que no hay que descartar que haya electores que decidan apoyar opciones favorecedoras de la estabilidad. La del PP es una de ellas. Si a esto añadimos que el porcentaje de indecisos que arrojan las encuestas supera el 15%, la incertidumbre está servida. Hay circunscripciones en las que un escaño se decidirá por pocos votos; en ellas, los movimientos de final de campaña pueden tener efectos decisivos. Al final y al cabo, no es lo mismo que el PP obtenga 125 escaños o que sean 115. Con 125 quizás podría gobernar si Ciudadanos no se hunde; con 115 sería más difícil.

En la izquierda las cosas son más inciertas si cabe. Las encuestas publicadas en España han venido anticipando un resultado más favorable para Unidos Podemos que para el PSOE. Y aunque las encuestas que se publican en Andorra no atribuyen una ventaja tan clara a los de Pablo Iglesias, lo lógico es que éstos se alcen con la victoria parcial en ese sector, dado que la suma de los votos procedentes de IU y de Podemos debería reportarles beneficios claros.

Con todas las cautelas con que hay que valorar los resultados de unas encuestas, lo que parece claro a estas alturas es que la salida al laberinto no será fácil. El PP sigue aislado o, mejor dicho, Mariano Rajoy constituye un serio obstáculo para que gobierne el PP y es la principal causa de la soledad de su partido. Por otro lado, si Pedro Sánchez se alzase con la victoria en la izquierda, tampoco lo tendría fácil. Iglesias ha demostrado ser un personaje inconsistente y estar sobre todo interesado en vencer al PSOE y, si es posible, humillarlo. Pero si la extrema izquierda adelantase a los socialistas, dudo que la aristocracia socialista esté por la labor de entregar a Iglesias la llave de la Moncloa. No entiendo, además, que quien se negase a dejar gobernar a Sánchez, aunque fuera en minoría, exija ahora a los socialistas apoyo para hacerle a él presidente. Como dicen en mi tierra natal, eso es mucho rostro.

Confieso que no veo una fórmula clara de gobierno. Hay demasiadas incertidumbres. Pero si tuviera que apostar, lo haría por un gobierno del PP, preferentemente sin Rajoy, y en minoría parlamentaria. O sea, un gobierno en precario. Pero como dicen que dijo el físico Niels Bohr, hacer predicciones es muy difícil, sobre todo acerca del futuro.

No nos los merecemos

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Esta semana hemos sabido de los imaginativos criterios que proponen los cuatro grandes partidos españoles como fórmula para evitar tener que repetir las elecciones. Miedo da que estando aún en la primera semana de campaña, estén pensando ya en una posible tercera ronda. Aunque bien mirado, quizás sea de agradecer la previsión. Y es que la preocupación de nuestros insignes dirigentes es lógica; justo es reconocerlo. Al fin y a la postre, la mayoría absoluta no está al alcance de ningun opción y, a tenor de los augurios, tampoco parece que pueda haber acuerdo entre cualesquiera dos partidos que, a la vez, llegue a ser viable y permita alcanzar esa (supuestamente) necesaria mayoría. Además, la perspectiva de una tercera convocatoria electoral a corto plazo es aterradora. Congratulémonos, pues, de que los próceres patrios sean previsores y empiecen desde este momento a preocuparse de su propia resistencia física y psíquica. Aunque he de confesar que en lo que a un servidor toca, es la salud mental de los sufridos electores la que más preocupa.

El Partido Popular propone que gobierne la candidatura que más escaños consiga. Parece evidente que tan genial idea nada tiene que ver con que sea prácticamente seguro que los populares serán los que más escaños logren. Por su parte, el Partido Socialista, en un alarde de ingenio, creatividad y buenos sentimientos, ha propuesto que gobierne la coalición postelectoral que más escaños consiga sumar. Solo un malpensado creería que esa propuesta obedece a que ellos, en ningún caso, serán la primera fuerza parlamentaria; es más, es perfectamente posible que ni siquiera lleguen a ser la segunda: ¿se puede pedir prueba más genuina de la bondad de sus sentimientos? Unidos Podemos sugiere que gobierne la lista de izquierda que obtenga más escaños. La extrema izquierda socialdemócrata ha visto La Luz: lo que descartaron hace un par de meses lo abrazan ahora imbuidos de alegría. Por supuesto, la caída del caballo nada tiene que ver con su convencimiento de que serán ellos la primera fuerza de izquierda en el Parlamento; sólo los espíritus mezquinos pueden insinuar que su conversión no ha sido genuina. Y Ciudadanos, una vez más, lo vuelve a dejar muy claro: casi cualquier combinación que no incluya a la extrema socialdemocracia izquierdista -y se entiende que tampoco a los separatistas- les agradaría.

Vistas en su conjunto esas propuestas, uno se queda boquiabierto; no sabe cómo reaccionar ante tal derroche de imaginación, generosidad y altura de miras. Dirigimos la vista al pasado más reciente, con cierta perspectiva, y no podemos menos que apreciar la inteligencia y flexibilidad de la que hace gala la clase dirigente española. Son la envidia del mundo, el faro que guía a la civilización occidental. ¡Qué injustos hemos sido con ellos los ciudadanos! ¡Cuánto nos ha costado reconocer los esfuerzos que, con denuedo, han hecho por sacar a España adelante! Son verdaderos, genuinos, líderes. No nos los merecemos.