Un examen digno

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Alrededor de un 30% de los estudiantes que este año se han presentado a la Prueba de Acceso a la Universidad en el País Vasco se ha examinado de la asignatura “Matemáticas aplicadas a las Ciencias Sociales”. Muchos de esos estudiantes piensan que este año el examen ha sido muy difícil, más difícil que en años anteriores porque era más largo y porque, según ellos, obedecía a un modelo diferente. Sostienen que no se han respetado las reglas del juego e, incluso, han solicitado la retirada del examen apoyando una iniciativa al efecto en la web change.org. Con no menos ímpetu, algunos de ellos se concentraron el pasado viernes en San Sebastián, tras una pancarta en la que se podía leer: “Azterketa duin batengatik. MATH ERROR”.

Es comprensible que muchos alumnos estén enfadados por haberse encontrado con un examen más difícil de lo esperado, sentimiento especialmente comprensible en aquéllos –más de la mitad- que eligieron la citada asignatura para la fase específica. Aclararé que los aspirantes a universitarios, si así lo desean, pueden presentarse a dos asignaturas adicionales –específicas- mediante las que aspiran a obtener dos puntos más por cada una de ellas; son asignaturas que dependen de la carrera que quieran cursar. En las muy demandadas, la nota obtenida en las asignaturas específicas puede resultar determinante, sobre todo si hay muchos estudiantes de otras comunidades autónomas que solicitan cursar esa carrera en nuestra universidad. Nuestros alumnos temen que si en esas otras comunidades el examen de las asignaturas específicas es más fácil, pasarán por delante y ellos quizás no sean aceptados, por lo que tendrían que desplazarse a otras comunidades o esperar otro año para acceder aquí.

En mi opinión y en la de algunos matemáticos a los que he consultado, la diferencia más importante entre los exámenes es que este año los problemas se presentaban en un contexto propio del ámbito de estudio de las ciencias sociales. Por esa razón, los enunciados eran más extensos, pero en absoluto cabe hablar de contenidos diferentes. En todo caso, nadie discute que dichos contenidos se ajustaban perfectamente al programa del que los estudiantes debían examinarse. Por lo tanto, carece de sentido afirmar que no se han respetado las reglas del juego.

Es, por otra parte, evidente que el azar puede jugar un papel importante en el resultado de una prueba; los exámenes son unas veces más fáciles y otras más difíciles, y la facilidad o dificultad puede tener su origen en factores diversos. Pero el resultado es mejor cuanto mejor se conoce la materia objeto de estudio. De hecho, cuanto mejor se prepara un examen menos espacio se deja al efecto del azar, esto es, menos importante es que el examen sea fácil o difícil. Quien se presenta a un examen sabe que eso es así y, de hecho, acepta con naturalidad, cuando no con alborozo, que ciertos exámenes sean fáciles. Algunos de los de este año, sin ir más lejos, han sido, a decir de los correctores, más fáciles que en años anteriores. Siguiendo la lógica de quienes exigen la retirada de la prueba objeto de polémica, los estudiantes de otras comunidades autónomas quizás deberían protestar porque nuestros chicos y chicas lo van a tener más fácil en esas asignaturas. Pero de los exámenes fáciles nadie se acuerda, al menos a efectos de dignidad o indignidad.

Un número no desdeñable de quienes han hecho el examen y muchas otras personas –seguramente allegadas- creen que la dificultad ha de ser motivo para la retirada de un examen. Y creen también que el simple hecho de haberlo preparado de acuerdo con unas pautas aprendidas, porque han funcionado en otras ocasiones, debería garantizar la buena nota, como si de esa forma se hubiese ganado el derecho a esa buena nota. Los estudiantes que protestan no reclaman a los centros que los han preparado el no haberlo hecho de forma que pudieran superar un examen que se ajusta al temario. No, en vez de eso, reclaman a la universidad un “examen digno”, el “azterketa duin” de la pancarta de la que hablaba al principio.

Lo que en el fondo denota este triste episodio es una perversa inversión de virtudes o, más bien, la pura sustitución de algunas de ellas por principios que no deberían tener cabida ninguna en este ámbito. Según esa sustitución, el esfuerzo personal, la autoexigencia o la responsabilidad ya no serían las bases sobre las que edificar un proyecto de vida. Ya no se trataría de asumir la responsabilidad de nuestros actos y de alcanzar un objetivo tras esforzarse en ello. Se trataría de que los responsables –sean éstos quienes sean- dispongan las cosas de tal forma que el esfuerzo a realizar no sea mayor que el que se está dispuesto a hacer. En este contexto, la dignidad que invocan los estudiantes de la pancarta sobrepasa con creces el puro eufemismo. Porque, claro, resultaría demasiado grosero que en la pancarta figurase la expresión “azterketa erraz” (“examen fácil”); ya puestos, ¿por qué no pedir un “sobresaliente general”?

Si se desconoce el contexto, la mayoría de vascohablantes que leyeran “Azterketa duin batengatik” entenderían algo que en castellano sería “A causa de un examen digno”. Y el caso es que no deja de resultar irónico que quienes se quisieron movilizar “a favor de un examen digno” lo hicieron, en realidad, “a causa de un examen digno”. Aunque ellos no lo sabían.

Las buenas notas de nuestros hijos

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Hasta ahora, cada vez que se hacían públicos los resultados de las evaluaciones educativas, todo eran parabienes: “¡Qué bien lo hacemos en Euskadi! Mucho mejor que en España ¡dónde vas a comparar!” Sin embargo, los resultados de la Evaluación de Diagnóstico 2015 han truncado ese autocomplaciente hábito. Los medios así lo reflejan en sus titulares y expresan en sus crónicas, pues los indicadores de algunas competencias han bajado en comparación con los anteriores. La oposición lo tiene claro: la culpa es del equipo que dirige el Departamento de Educación, por lo que ha hecho o por lo que ha dejado de hacer. Y los sindicatos lo tienen más claro aún: el empeoramiento se debe a las políticas neoliberales de la consejera y a los recortes.

Pues no. Ni la educación vasca era excelente hace unos años ni es mala ahora. Y desde luego, atribuir al equipo que dirige Educación la responsabilidad del descenso en los indicadores de ciertas competencias carece del más mínimo fundamento, porque los efectos que tienen las decisiones que toman los parlamentos y los gobiernos sobre el nivel formativo de la población escolar se manifiestan en plazos de tiempo que sobrepasan ampliamente los límites de una legislatura. Las responsabilidades, si las hubiere, serían de quienes han dirigido el Departamento durante los últimos diez años, no de los actuales responsables.

El sistema educativo vasco tiene una característica muy positiva: es inclusivo; ha puesto los medios para que, con independencia del nivel socioeconómico y cultural de las familias, los niños y niñas puedan adquirir los conocimientos y destrezas básicas, y desempeñarse en la sociedad como ciudadanos autónomos y competentes. Prueba de ese carácter inclusivo es el hecho de que nuestra comunidad autónoma presenta índices de abandono escolar muy inferiores a los de otras comunidades y homologables a los de los países de nuestro entorno. Pero tiene también una característica muy negativa: no se ha esforzado por ofrecer oportunidades formativas a la altura de sus capacidades a los chicos y chicas sobresalientes. Como consecuencia, el grado medio de formación de los estudiantes vascos es inferior al que debería ser a tenor del nivel socioeconómico y cultural de sus familias.

Si atendemos a la financiación (gasto por estudiante expresado como porcentaje de la renta por persona), los salarios del profesorado, el tamaño de los grupos, el número de alumnos por docente, los medios materiales y demás indicadores del volumen de recursos que le destina el Parlamento, el sistema educativo vasco –principalmente su red pública- goza de una buena situación, incluso en el contexto europeo. Así lo indican los informes Education at a Glance de la OCDE. Nuestros problemas son otros. Algunos tienen que ver con la inestabilidad del panorama normativo de la educación española. Pero los más importantes tienen su origen en el poco aprecio que tenemos los vascos por la cultura elevada, por la formación y, en general, por el conocimiento.

El recurso a atribuir a los gobernantes los males de la educación es natural. Se considera normal que la oposición recurra a lo que sea menester con tal de atizar al gobierno de turno; y es fácil que los ciudadanos acabemos dando por buena tal atribución. Porque nos conviene, pues nos exime a nosotros y a nuestros hijos de la responsabilidad. Como estamos convencidos de que, al igual que el nuestro, el destino de nuestros hijos depende de los gobernantes, sólo a éstos puede culparse de los suspensos, porque al fin y al cabo, a ellos compete garantizar las buenas notas de nuestros retoños y también…   un futuro próspero y lleno de felicidad.

 

El niño en la playa turca

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El pasado miércoles las imágenes de un niño muerto en una playa turca nos conmovieron profundamente. La imagen de su cadáver, junto al agua, bañado por las olas del Mediterráneo antes de ser recogido, dio la vuelta al mundo. Televisiones y redes sociales de internet la difundieron el mismo miércoles, y parte de la prensa escrita la llevó a portada el jueves. Provocó reacciones múltiples, encendidas y en ocasiones, encontradas. Los sentimientos qué más afloraban en los mensajes eran de vergüenza y culpabilidad. Si hemos de hacer caso a la mayoría de las opiniones, Europa, una vez más, ha mostrado su peor cara, la cara fría, distante, insolidaria, inoperante, egoísta.

Creo que hubiera preferido no ver las imágenes. Pero, ¿es eso razonable? ¿Acaso era mejor no haberlas visto? ¿Habría sido más correcto no hacerlas públicas? No lo sé. Si no hubiera visto las imágenes, ¿me habría conmovido la pérdida de aquella vida si sólo me la hubiesen contado? Seguramente no; imágenes como aquélla obran un efecto formidable. En mí lo obraron, desde luego. Pero entonces ¿es verdad, como sugerían algunos, que si necesitaba ver las imágenes es porque mi reacción, mi angustia, no eran genuinas? En ese caso ¿es cierto que no me importa realmente el problema de los refugiados? ¿Me importa lo suficiente de verdad? ¿O mi disgusto es sólo epidérmico, superficial? ¿Y qué hay de todos esos niños que el mismo miércoles murieron en el mundo, lejos de las costas de Siria, de Turquía, de Grecia, por culpa de la vileza de sus semejantes? ¿He de dirigir mi compasión sólo hacia los muertos que veo? ¿Los demás no existen? No tengo respuestas para estas preguntas.

Las miradas y, junto a las miradas, los reproches se dirigen a las autoridades europeas, a nuestros líderes políticos. Seguramente lo podían haber hecho mejor pero, ¿tan mal lo están haciendo? ¿Es acaso evidente que podían haber reaccionado con mayor diligencia y eficacia? Europa se enfrenta, al parecer, a la mayor avalancha de refugiados extracomunitarios de su historia. ¿Tan fácil es poner de acuerdo a varias decenas de gobernantes? Y si las respuestas son afirmativas, ¿por qué lo hacen tan mal? ¿Por incapacidad? ¿Por falta de voluntad? ¿Por miedo a perder votantes?

Entonces, ¿somos los europeos el problema y no la solución para el medio millón de personas que llegarán a nuestros países este mismo año? ¿Somos realmente una civilización enferma? ¿Es Europa ese monstruo insolidario, distante, frío, egoísta, cruel? Pero Europa somos sus ciudadanos; somos usted y yo. ¿Somos, entonces, los europeos fríos, insolidarios, crueles, egoístas? ¿Lo es usted, lector o lectora? ¿Lo son sus familiares, sus vecinos, sus conciudadanos? Y si resulta que sí, que lo somos, ¿qué otra civilización, anterior o actual, ha sido solidaria, compasiva, cercana con los ajenos? ¿Han de avergonzarse nuestros gobernantes? ¿Hemos de avergonzarnos nosotros? ¿Por ser europeos y vivir en el mejor de los mundos posibles? Sigo sin respuestas.

Envidio la claridad de juicio que denotan quienes así se manifiestan. Envidio esa capacidad para delimitar, en un santiamén y bajo el impacto de una imagen brutal, el perfil del mal. Me asombra la autoridad moral de la que muchos hacen gala. Me sorprende la facilidad con la que delimitan responsabilidades. A mí todo me parece más difícil, más oscuro, más confuso. Lo único que percibí el pasado miércoles con nitidez absoluta, hiriente, brutal fue la imagen del niño, boca abajo, mientras las olas bañaban su cadáver arrojado a una playa turca. Y recuerdo que pensé: ¿hay algo que podamos hacer para mitigar, en lo posible, una tragedia tan grande?

Ruido

Vehículo de limpieza (Imagen: villaviciosadigital.es)
Vehículo de limpieza (Imagen: villaviciosadigital.es)

Hay ruido por doquier; es intenso, ubicuo y constante. Nuestra especie ha inventado todo tipo de artilugios cuyo último y verdadero fin no es el declarado, me temo, sino simple y llanamente, hacer ruido. Esa es la razón, la verdadera razón, por la que hay taladradoras neumáticas; que hagan agujeros y sirvan para abrir zanjas no deja de ser una coartada; existen para producir ruido. Por eso hay automóviles; es una suerte que, además de generar ruido, sirvan como vehículos de transporte. Las atracciones de feria quizás diviertan a quienes las usan, pero su objetivo primordial es llenar el espacio de desagradables ondas sonoras. Y las máquinas que cortan césped están diseñadas para hacer el máximo ruido posible.

Las fiestas patronales de los pueblos son paradigmáticas, verdaderos festivales del ruido sin control. Por la tarde y buena parte de la noche todo tipo de acontecimientos se suceden en calles y plazas cuyo propósito real es hacer ruido: pasacalles, bajadas, conciertos, certámenes, etc.. Y al acabar, ya de madrugada, esas actividades y sus derivadas, con la excusa de limpiar las calles de los objetos y restos orgánicos e inorgánicos que deja la frenética actividad nocturna, nutridas brigadas de limpieza se afanan, con vehículos barredores, sopladoras de aire y demás artilugio, en hacer todo el ruido de que son capaces. Es ese ruido el que nos despierta en las mañanas festivas.

Los eventos deportivos y performances varias que se celebran en plazas y vías públicas, como carreras ciclistas, exhibiciones de deporte rural, sesiones de bicicleta estática callejera, etc., no se celebran, contra lo que declaran sus promotores y organizadores, para nuestro disfrute y solaz. Su verdadero objetivo es atronar el ambiente. Sólo así se entiende que esos eventos se acompañen con “música” de pésimo gusto –dicho sea de paso- al máximo volumen que la tecnología es capaz de producir.

Pasear por las calles de nuestras ciudades un día cualquiera se ha convertido en una experiencia acústica inenarrable. A las obras que se suceden aquí y allá en las que los operarios compiten por ver quién es más ruidoso, se añade el tráfico rodado y, últimamente con frecuencia e intensidad crecientes, las sirenas. Cada vez se oyen más y el volumen al que funcionan es cada vez más alto. Hay ciudades, como Madrid, en cuya enorme zona central se oyen de forma permanente; y en otras, como Bilbao, donde antes era excepcional, el ruido de las sirenas ya es frecuente y pronto será constante.

También hay modalidades de ruido que pueden parecer no serlo. La “música” que emite la emisora que sintoniza el conductor del autobús a un volumen que difícilmente se justifica o, cada vez con mayor frecuencia, las conversaciones “privadas” que sin asomo de pudor mantienen muchos de nuestros conciudadanos en cualquier parte y ante cualquier “audiencia”, son ruido. No es tan agresivo como el que producen las máquinas, pero es insidioso y agobiante.

El ruido es veneno. Con esa sabia sentencia expresaba una amiga el efecto que causa en nuestras mentes. Es veneno mental. Desintegra nuestro sistema cognitivo. Lo deteriora de forma irreversible. Por esa razón es asombroso que las administraciones colaboren entusiastas con la extensión del mal que ayudará a acabar con la civilización humana tal y como la conocemos. Pero más asombroso aún es que las organizaciones ecologistas no dediquen a la peor forma de deterioro ambiental que quepa concebir la atención y llamativas campañas que dedican a otras causas –como la antinuclear, antitransgénicos, antifractura hidráulica- que o bien son menores o son directamente absurdas. El ruido es el verdadero mal de nuestro tiempo. Sucumbiremos a él.

Jaiak bai,…..

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Hacía años que no bajábamos al Arenal en Semana Grande, aunque en realidad habría que decir que hacía años que evitábamos cuidadosamente las fiestas de Bilbao. Este año, sin embargo, nos ha picado la curiosidad y decidimos que las primeras horas de la tarde, después de comer, podían ser un buen momento para, bastantes años después, volver al recinto festivo. A esas horas era previsible que hubiese poca gente y que la zona estuviese transitable. Emprendimos así lo que bien podría considerarse una expedición antropológica.

Las choznas se parecen a las de antes, salvo por el tamaño. Ahora son enormes estructuras de mecanotubo. Muchas tienen, además, una buena porción de espacio cubierto, al abrigo de la lluvia. Sabido es que el verano de la villa gasta malas pasadas y conviene dar protección a la parroquia. La decoración es, a la vez, diversa y homogénea. Diversa porque dependiendo de la modalidad reivindicativa de la comparsa, los tonos y motivos son diferentes. Y homogénea porque las choznas comparten elementos gráficos y simbología combativa. Al transitar por el pasillo central se percibe coherencia en el universo festivo, aunque ese universo contenga, a su vez, diferentes ecosistemas: aquí antimilitaristas, allí feministas, en medio proaministías, etc.. No obstante, esa particular, alcohólica y efímera Christiania bilbaína resulta, en conjunto, estéticamente coherente: es agresiva y fea con avaricia.

Por lo demás, la estética de la gente –miembros, principalmente, de las comparsas en tiempo de asueto- que puebla la zona a esas primeras horas vespertinas es del todo acorde a la de las choznas. Es esa estética que, con sus variantes, han exhibido durante décadas muchos militantes del antaño denominado movimiento de liberación nacional vasco, esa que predomina en Bilbao los días de las grandes ocasiones de la izquierda patriótica. Abundan las perforaciones en la anatomía facial. Proliferan las camisetas de rayas horizontales en tonos oscuros. Pantalones los hay de varias modalidades: simples y desastrados vaqueros, de estética montañera con petachos de perfectos ángulos rectos, cortos (por aquello de la estación del año en que nos encontramos), o de gran holgura y tonos florales. Si faldas, amplias también y de motivos coloristas. Las sandalias, si es el caso, de confección artesanal. Ellos lucen microperilla sublabial y ellas flequillo de implacable linealidad.

Hace cuatro décadas surgió en el Reino Unido el movimiento punk. Con sus chupas, sus adornos metálicos, sus crestas, sus imperdibles atravesando mejillas y orejas, sus botas militares y sus cadenas, quisieron mostrar a la sociedad británica su rechazo. Abominaban de la sociedad y de sus valores, y utilizaron una estética desagradable para expresar ese rechazo. Muchos militantes de la izquierda patriótica, jóvenes sobre todo, así como de la no tan patriótica izquierda extrema vasca han cultivado una estética también feísta, y lo han hecho con idéntico propósito que los punk británicos. Es más rústica, montañera y, en definitiva, agreste, porque concuerda mejor con la naturaleza bucólica del ideario patrio. Pero con ella también han querido expresar su rechazo a la acomodada sociedad vasca, tan normal ella, tan bien vestida e igualmente bien planchada.

La mezcla de estructuras king size de mecanotubo, estética patriótico-izquierdista-alternativa, y lemas y simbología combatientes configuran un espacio bien diferenciado y de nítido perfil político. Se trata de poner en práctica los lemas de antaño –jaiak bai, borroka ere bai o martxa eta borroka-, solo que sin las batallas campales de entonces. En otras palabras, se trata de identificar la fiesta con una determinada comunidad socio-política y de ponerla al servicio de su aparato de propaganda. Y yo me pregunto: ¿es eso lo que quieren las gentes de la villa?

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Nota: esta anotación reproduce la [Enlace roto.] que un tal Pérez publicó en el diario Deia el 23 de agosto de 2014. Un año después quizás ha quedado desfasada, pero lo dudo.