Sobre la gran coalición que no se formará

Cuando PP y PSE suscribieron el pacto de gobierno en la CAV dejaron a un lado sus diferencias ideológicas para desalojar al nacionalismo vasco del gobierno. El pacto supuso una desnaturalización del sentido de la política y para el PSE, como se ha visto después, ha sido una pesada hipoteca, precisamente porque al desdibujarse el elemento ideológico, su perfil ha sufrido un grave deterioro. Las encuestas de opinión (Sociómetro del gobierno vasco y Euskabarómetro) así lo han venido confirmando de forma insistente. Y como es natural, ese acuerdo ha sido severamente criticado por la oposición nacionalista.

Sin embargo, de forma harto sorprendente, no se hacen las mismas consideraciones cuando de valorar una posible gran alianza nacionalista vasca se trata. Entre los argumentos esgrimidos por el PNV para rechazar la propuesta de Bildu para presentarse en coalición a las elecciones del 20N, el que más eco ha tenido en los medios de comunicación, ha sido que la persistencia de ETA lo impide. Pero de forma implícita, y en algunos casos hasta explícita, se ha sugerido que en ausencia de violencia no sería descartable la posibilidad de un gran frente nacional. Pues bien, esa respuesta me parece timorata, por no calificarla de acomplejada.

En relación con este asunto se me ocurren dos consideraciones. La primera es que el PNV no hará coalición alguna con la izquierda patriótica en muchos años. Y no la hará por la sencilla razón de que sería un despropósito político mayúsculo. Sería su acta de defunción, y solo se entendería si se llegase a encontrar en una situación de extrema debilidad. Los proyectos de construcción nacional del PNV y de Bildu (o Sortu, o como se acaben llamando) tienen poco que ver, y sus proyectos socioeconómicos tampoco. De hecho, la izquierda patriótica siempre se ha opuesto de manera frontal al PNV en ese terreno. Es más, de cara a las próximas convocatorias electorales, el PNV es el enemigo que Bildu aspira a batir, porque su principal objetivo consiste precisamente en sustituirlo al frente del nacionalismo vasco. Y además, es radicalmente falsa la idea de que la adscripción nacional constituye la divisoria por excelencia en el panorama político vasco. Gran parte del electorado y, más en concreto, la parte que resulta decisiva para modificar las mayorías de gobierno no lo vive así.

Si lo que he señalado en el párrafo anterior es correcto, ¿a qué se debe que el PNV no incida más en esos argumentos para responder? ¿por qué razón se refugia en la cuestión de la violencia? Y solo se me ocurre que la razón es que no quiere aparecer ante un sector del electorado como responsable de que no sea posible esa, -al parecer tan ansiada-, gran unidad nacionalista. Pero si fuera así, se equivocaría. En primer lugar porque en política la incoherencia se acaba pagando (que se lo pregunten al lehendakari López), y es mejor hacer pedagogía de las posiciones propias que tratar de excusarse por no adoptar las ajenas. Y en segundo lugar, porque el PNV no necesita ser ambiguo en este terreno; no lo necesita porque tiene un valioso bagaje político y ese bagaje es su principal argumento para presentarse ante la ciudadanía como el partido que puede liderar este país, tanto para sacarlo de la crisis como para seguir avanzando en la consecución de cotas crecientes de autogobierno.