Pulpo, animal de compañía

En Euskadi, una organización terrorista lleva más de medio siglo intentando imponer, mediante la amenza, la extorsión y el asesinato, su proyecto político al conjunto de los vascos. Tras todos esos años de sufrimiento inútil, el proyecto de ETA ha sido derrotado. Hoy no está más cerca que antes la consecución de los objetivos estratégicos de la organización terrorista. Han pasado décadas y, si acaso, esos objetivos están más lejos, al menos más lejos que en cualquier otro momento de las últimas tres décadas. Sin embargo, ETA camina, creo que de manera inexorable, hacia su disolución. O al menos, todo parece indicar que el terrorismo, de mantenerse, será en todo caso un fenómeno marginal y carecerá del respaldo de ninguna fuerza política.

Seguramente habrá razones diversas para que así haya sido. Contra lo que algunos sostienen, la actitud mayoritaria de la ciudadanía vasca ha sido muy importante, así como las alternativas políticas por las que ha optado durante todos estos años. Pero además de eso, es preciso reconocer que la ilegalización de la izquierda patriótica y la presión judicial sobre ella han jugado un papel determinante. Muchos estuvimos, -y estamos-, en contra de la ilegalización, pero eso no quita para que reconozcamos que, por muy antidemocrática que nos pareciera la medida, ha ejercido un efecto evidente. Las banderas españolas ondeando en los ayuntamientos de los municipios gobernados por Bildu no pueden resultar más expresivas.

En ese contexto, asistimos durante los últimos meses a una puesta en escena que por momentos aburre y por momentos enoja. Es comprensible que no resulte fácil rectificar; tiene que ser difícil reconocer que tantos años causando dolor no han servido para nada. A nadie agrada tomar píldoras amargas. Por eso, es normal que para facilitar su ingestión, se endulcen al máximo. A eso atribuyo yo la parafernalia internacional de mediación o verificación de tregua que se ha montado. Entiendo que esas puestas en escena facilitan el desenlace; permiten evitar lo más doloroso de la humillación que conlleva la derrota. Y por ello, debemos darlas por buenas, aunque aburran y aunque enojen.

Pero eso es una cosa, y otra muy diferente es que cada vez que ETA emite un comunicado, encima haya que hacerle la ola. Y eso es lo que creo que está ocurriendo. Lo percibí el pasado sábado en la red social twitter; en un momento, decenas de tweets llenaron mi lista anunciando o comentando el dichoso comunicado. La bola pasa después a los medios de comunicación y más tarde a los agentes políticos; conclusión: a cada anuncio de la organización terrorista sigue una secuencia de declaraciones y valoraciones, de manera que ese anuncio se acaba convirtiendo en un fenomenal acto de propaganda.

Y lo cierto es que cada vez que ETA emite uno de esos comunicados, no puedo evitar sentir que nos están perdonando la vida. Seguramente habrá que dar por buenas todas estas ceremonias, porque el objetivo último, -que bajen la persiana de una vez por todas-, sin duda lo merece. Y si para ello hemos de aceptar pulpo como animal de compañía, lo aceptaremos, pero que no se nos olvide que un pulpo es un pulpo y nunca, por hábil que sea camuflándose, dejará de serlo.

Malévola coincidencia

No hace falta ser un exégeta consumado para llegar a la conclusión de que existe una malévola coincidencia entre el texto del comunicado de ETA de hace unos días y los mensajes que, en relación con la organización terrorista y la izquierda abertzale, vienen lanzándose desde determinados círculos políticos, asociativos y mediáticos.

Con su comunicado, ETA pretende vender la moto de que los resultados que ha cosechado Bildu en las elecciones forales y municipales, constituyen una gran victoria de….(pásmense señores y señoras)…. ¡la misma ETA! Cierto es que las personas tenemos una gran capacidad de engañarnos a nosotros mismos, pero no hasta ese punto. Porque todo el mundo sabe que los resultados de Bildu indican precisamente todo lo contrario. Son, de hecho, muestra del fracaso histórico del terrorismo, la prueba inequívoca de que los crímenes han constituido un freno enorme a las posibilidades de la izquierda patriótica de incidir de manera efectiva en la marcha de las cosas. Porque han sido, precisamente, las expectativas de que el final del terror podía certificarse de conseguir Bildu unos buenos resultados, lo que llevó a mucha gente a ir a votar y escoger su papeleta. Se pongan como se pongan, los resultados de las elecciones forales y municipales han sido la gran derrota política de ETA.

Esa valoración es un verdadero esperpento, por supuesto, pero es un esperpento dañino. A buen hambre no hay pan duro, dice el refrán, y para quien necesita el espantajo terrorista para justificarlo todo, incluido lo difícilmente justificable, el pan duro de un comunicado tramposo y canalla se torna chuletón. Abundan en estos días pronunciamientos en los que las primeras frases se utilizan para dar la razón a ETA y las últimas para pedir la ilegalización de Bildu. Eso es lo que pretenden, y lo de menos es si su intención declarada de vencer al terror es genuina o si, por el contrario, no es más que retórica hueca, cuyo único propósito sería el de condicionar el devenir institucional vasco de los próximos años de modo similar a como han hecho hasta hace bien poco.

La exigencia a los terroristas de que declaren su desaparición o la renuncia definitiva al uso de la violencia es un imperativo ético para la mayoría. Para Bildu quizás no lo sea. Pero si no tienen constancia clara de que, de una forma o de otra, ETA va a declarar su pronto final, más valdría a sus dirigentes que fueran ellos los que públicamente se lo exijan. Son los más interesados. El patio español está revuelto. La situación económica ha hecho de la política un campo minado como no lo había estado en el pasado reciente. Y en el momento menos pensado puede explotar una de las muchas minas que hay sembradas por ahí. Si eso ocurre, la suerte de Bildu, de Sortu y de lo que pudiera venir detrás podría estar echada. Quizás sea eso lo que pretenden los terroristas o, al menos, algunos de ellos. Y eso es lo que, tal y como manifiestan a las claras, pretenden otros. Pero los líderes de la izquierda patriótica, sus bases, y un volumen muy importante de votantes han comprobado ya cuán lejos puede llevar el camino de la paz. Lo lógico es que actúen en consecuencia.