Los jabalíes habían comido porquerías

Cuando se constituyó el actual gobierno vasco algunos pensamos que la apuesta del PSE era temeraria. El gobierno contaba con suficiente apoyo parlamentario, por supuesto, pero todos éramos conscientes de que esa mayoría parlamentaria era en cierto modo artificial, consecuencia de un artificio. Pues de artificio cabía calificar la exclusión de una fuerza que entonces contaba con un apoyo del orden del 10% del electorado y que resultaba determinante a la hora de definir el margen de la mayoría absoluta.

El hecho de estar sustentado en una mayoría tan problemática conllevaba, ya entonces, dos grandes, -por no decir enormes-, problemas. Por un lado, un gobierno con apoyo tan problemático, se iba a ver necesariamente limitado a la hora de proponer y sacar adelante propuestas políticas de cierto calado. Y, por si lo anterior fuera poco, su socio no ha dejado de marcar de manera férrea el límite de lo que puede y lo que no puede hacer. A esas limitaciones obedecen, seguramente, los resultados que arrojan las encuestas de opinión en las que la ciudadanía muestra de manera sistemática una desconfianza profunda y creciente hacia el gobierno.

Y luego está la economía. En marzo de 2009 ya se sabía que nos enfrentábamos a una crisis económica severa. Las crisis son siempre difíciles de gestionar. Como es comprensible, gran parte de la ciudadanía, y sobre todo los sectores más afectados por las condiciones adversas, no aceptan con facilidad las medidas que suelen ponerse en práctica en esas circunstancias. Y por esa razón, es muy conveniente que esas medidas cuenten con amplio apoyo por parte de las fuerzas políticas; de otro modo los gobiernos no pueden actuar con la confianza y autoridad que la situación requiere. Pero el PSE prescindió de esas consideraciones y asumió el riesgo. Del PP no cabe decir lo propio, porque lógicamente no arriesgaba nada con su actitud.

Tras dos años y medio de legislatura, el gobierno vasco se encuentra hoy en una situación muy delicada. En lo que se refiere a políticas públicas, su balance de resultados es ciertamente pobre. Hay alguna excepción, por supuesto, pero el tono general del gobierno es de una atonía asombrosa. Y en lo económico las cosas, como era de prever, se han puesto verdaderamente complicadas. Con unas recaudaciones casi sistemáticamente por debajo de las previsiones y una insuficiente contención del gasto corriente, la deuda no ha dejado de crecer.

Ante estas circunstancias, el lehendakari ha hecho lo peor que se podía hacer. Durante los dos primeros años de legislatura se dedicó a hacer la oposición a la oposición y a los gobiernos del pasado. Y durante los últimos meses no ha dejado de decirle a los demás, incluido el propio Rodríguez Zapatero, lo que tienen que hacer.

Su última actuación, esta misma semana, ha sido antológica. Sin haber concretado ante la ciudadanía en qué consiste su propósito de reforma fiscal, -ámbito en el que, dicho sea de paso, el gobierno vasco carece de competencias-, y en alusión a la respuesta dada por parte de la Diputación de Vizcaya, se ha permitido la licencia de acusar por anticipado a su diputado general de ser el responsable de un hipotético futuro cierre de escuelas y hospitales. Su actitud, tanto por el fondo como, sobre todo, por las formas, ha sido impropia de un lehendakari.

Tras oir esas declaraciones me ha venido a la cabeza una conocida escena de comic. Asterix no ha podido ganar la carrera en los Juegos Olímpicos, y para justificar el chasco, Abraracurcix, el jefe, dice que la pista estaba en malas condiciones, y Edadepiedrix, el anciano, afirma que los jabalíes que había comido Asterix habían comido porquerías. Pues eso, no hay que darle más vueltas, los jabalíes habían comido porquerías.