Recursos naturales vs. recursos intelectuales

El pasado sábado la prensa vasca recogió de forma destacada la existencia en Álava de importantes reservas de gas. El asunto no está aún demasiado claro y, al parecer, su posible explotación puede tener serias complicaciones ambientales, pero si lo que dicen es cierto, habría gas para consumir durante décadas.

Al calor de la noticia reaparece en los medios, con cierta complacencia, la idea de la “autosuficiencia energética”. Y sin embargo, no están claras las razones por las que la autosuficiencia haya de ser algo deseable. ¿Por qué en energía? Ya puestos, ¿por qué no ser autosuficiente en todo? ¿Por qué no en hierro, en algodón, en nolotil o en talento? Está muy bien que en Euskadi haya fuentes de riqueza diversas, por supuesto. Y un recurso natural como el gas es, o puede ser, una de ellas. Pero la importancia de los recursos naturales está sobrevalorada.

Abundantes recursos naturales no garantizan un mayor grado de bienestar. De hecho, cuando abundan, suelen ser germen de corrupción y no es raro que sean sostén de tiranías. Las guerras, las pocas guerras que quedan en el Mundo, están en su mayoría vinculadas a grandes fuentes de recursos naturales; productos como el coltán, los diamantes o el petróleo, son tristemente conocidos por los conflictos bélicos que alimentan. De los países en los que se producen esas tragedias se dice que sufren “la maldición de los recursos naturales”.

No en todas partes ocurre lo mismo. Hay países en los que no son una maldición. Noruega es un ejemplo. Y dado que Euskadi se encuentra más cerca de ese país nórdico que del Congo, podemos confiar en que la aparición de grandes depósitos de combustibles fósiles en Álava no provocará ninguna catástrofe entre nosotros. Pero en todo caso, es importante que no caigamos en el error de pensar que la solución a nuestros problemas económicos puede venir por esas vías. Si pensásemos así, correríamos el riesgo de no prestar la debida atención a las que sí pueden ser, si se cultivan, verdaderas fuentes de riqueza, sostenibles y de largo alcance.

Según estudios de la OCDE, los dos factores que más determinan el desarrollo de los países son la apertura comercial al exterior y las inversiones en conocimiento. En lo que a Euskadi se refiere, la cuestión del libre comercio no depende de nosotros; pero la de las inversiones en conocimiento sí. Y es ahí, en educación, investigación y desarrollo tecnológico, donde hay que realizar importantes esfuerzos.

El pasado viernes, además de darse a conocer la existencia de las reservas de gas natural en Álava, también se presentó en sociedad la tercera edición de la “First Lego League Euskadi” (FLLE). Se trata de una iniciativa de gran interés y de largo alcance que, junto con otras de diferente carácter, está ayudando a poner las bases de un futuro sistema competitivo de generación de conocimiento en Euskadi. Los protagonistas son chavales que concursan en equipo a nivel mundial, desarrollando proyectos científico-tecnológicos. Y la actividad que desarrollan es de un valor formativo extraordinario.

Pues bien, si para promover el desarrollo de Euskadi hubiera que escoger entre recursos naturales (la bolsa de gas) o recursos creativos e intelectuales (FLLE y similares), la opción estaría clara: First Lego League. Y sin embargo, en los medios de comunicación del pasado sábado, la bolsa de gas tuvo una presencia más destacada.

El mundo está mal

Después de todo, la semana pasada no terminó mal para el mundo. Hace unas semanas la señora Lagarde, recién nombrada directora gerente del FMI, abrió todavía más esa caja de truenos que lleva ya dos años dándonos sustos. Lo hizo cuando declaró que el mundo estaba al borde del abismo y que se requerían actuaciones decididas y valientes por parte de los líderes mundiales. Y ayer, al parecer, los poderosos de la tierra pusieron en práctica una de esas actuaciones decididas y valientes. Han decidido llenar el mundo de dólares y han tenido la valentía de echar la casa por la ventana. Visto el alborozo que causó la noticia a uno se le ocurre que quizás, solo quizás, debieran haberla tomado antes. Pero habrá que pensar que razones habría para no haberlo hecho y que, vaya usted a saber por qué, las hay para hacerlo ahora. Sea como fuere, esto es un sinvivir.

Por eso, por los sustos que nos llevamos un día sí y otro también, y por las perspectivas tan negras que tiene el panorama económico, hay noticias que reconfortan de manera especial, aunque apenas tengan sitio en los medios de comunicación. Me refiero ahora a un anuncio que acaba de hacer Unicef. Según dicho organismo, el número de niños menores de cinco años que muere cada año se ha reducido de los más de 12 millones en 1990 a 7’6 millones en 2010. Ese descenso significa que mueren ahora 12.000 niños menos al día que hace 20 años. En el mundo todavía mueren cada día 21.000 niños por causas evitables, y eso es algo que no debe olvidarse, pero 12.000 niños muertos menos al día es una cifra espectacular.

La noticia sorprenderá, sin duda, a muchos. Además, los medios casi ni la han sacado. Es una buena noticia, y deben de pensar que es de mal gusto, sobre todo en tiempos tan oscuros como estos, dar noticias luminosas. Pero no es la única. En la primera década de lo que llevamos de siglo hay menos guerras y menos muertos en las guerras que los que hubo en la mayoría de las décadas del siglo XX. Y si nos retrotraemos aún más, comprobaríamos que en proporción a la población, nunca hubo menos muertos en conflictos bélicos o por causa de agresiones físicas.

La economía no deja de darnos sustos, pero eso nos pasa sobre todo a algunos europeos y norteamericanos. Al resto del mundo no le va tan mal. China, India, Brasil y varios otros grandes países que superan, en conjunto, la mitad de la humanidad, crecen a ritmos de escándalo. Hay problemas económicos, hay incertidumbres, y cualquier día nos podemos desayunar con que en China ha estallado no sé qué burbuja. Pero a día de hoy, las cosas no van tan mal, ni mucho menos.

El mundo está mal. Para algunos está, incluso, muy mal. Pero lo cierto es que nunca estuvo mejor. Alfabetización, escolarización, esperanza de vida, sanidad, o cualquier otro aspecto que se examine, nos dira algo parecido: hoy mejor que hace una década, bastante mejor que hace dos, y mucho mejor que hace tres. Sé que esto no es del agrado de agoreros, profetas del apocalipsis, ni de quienes han venido al mundo para recordarnos nuestras miserias y nuestra endeble naturaleza. Pero es lo que hay, y yo me alegro. Y el que no se lo crea que consulte www.gapminder.org y podrá comprobar por sí mismo que a pesar de los pesares, el progreso se abre paso.