Que se den la vuelta

Gracias a un perfil de Facebook de explícita afinidad jeltzale, he sabido que la Vuelta va a pasar por Euskadi. También me he enterado de que a tal perfil y a algunos de sus amigos no les hace ni gota de gracia esa visita, y deduzco que tampoco se la hace que venga acompañada por la Guardia Civil. Exhibe el citado perfil un cartel cuyo lema reza: “Que se den la vuelta”.

Me dicen que lo del acompañamiento benemérito es idea del consejero de Interior y que la consejera de Cultura ha manifestado que todo esto es signo de normalidad. Pues sí, será normal. Pero, desde luego, no es signo de tal cualidad, porque tan normal es que la Vuelta pase por Euskadi como que no pase. Y lo que no es en absoluto normal es que la Vuelta en Euskadi sea custodiada por la Guardia Civil. No se entiende que esa tarea no la cumpla la Ertzaintza. O mejor dicho: sí se entiende. Es una provocación en toda regla. Y lo que busca esa provocación es exasperar a los nacionalistas para que caigan en la trampa y muestren actitudes que luego puedan ser descalificadas con trazo grueso.

Pero una cosa es la idea del consejero y su Guardia Civil, y otra muy diferente la competición ciclista. Y la verdad es que no veo por qué ha de darse la vuelta la Vuelta. En su día aplaudimos que el Tour nos visitase. Y sin embargo, Francia es un país mucho más irrespetuoso con el País Vasco que España, se mire por donde se mire. ¿O es que el problema, el único problema de los vascos, es España? Los que se oponen a que venga la Vuelta debieran ser conscientes de que hay muchos vascos que quieren que venga. Si son conscientes de ello, tienen un problema. Y si no lo son, tienen otro.

Que impongan la bandera de España a los ciudadanos de un pueblo donde casi nadie quiere ver ondear esa bandera en su ayuntamiento, es un desatino. Será todo lo legal que quieran, pero es una imposición y una provocación gratuita. Con lo de la Vuelta pasa algo parecido, pero al revés.

Ni unos ni otros debieran pensar que el suyo es el país de los demás. Ni unos ni otros debieran pensar que la imposición es la de los símbolos del otro. Parte de los problemas de aceptación social del actual Gobierno Vasco tienen que ver con la gestión que ha hecho de lo identitario, con la torpe imposición de símbolos a la que se ha dedicado a la vez que invocaba, en un ejercicio de cinismo, principios tales como transversalidad, ciudadanía, integración, etc… Y por otro lado, parte de las limitaciones que tiene el nacionalismo vasco para ampliar su ámbito de influencia tienen que ver con la difcultad de aceptar, en la práctica, el otro hecho diferencial, la coexistencia en la ciudadanía vasca de sentimientos identitarios diferentes y adhesiones nacionales dispares.

Mientras tanto, el consejero de Sanidad se permite la licencia de criticar el ritmo, -¡por rápido!-, al que la lengua vasca se ha intentado incorporar a la sanidad pública. Y a la vez afirma que con todo esto no pretende oponer lengua propia a calidad, cuando eso es exactamente lo que ha venido haciendo desde que accedió al cargo. Se ve que el consejero no ha tenido que hacer de traductor de sus hijos en la consulta de la pediatra; si lo hubiera hecho tendría una idea diferente de lo que es calidad asistencial.

De todo lo que he tratado en estas líneas, esto último es lo verdaderamente importante. Pero apuesto a que en el debate público se le prestará una atención menor; será la Vuelta lo que se discuta, y se discutirá, además, de mala manera. Porque lo otro, lo de la lengua, siendo como es elemento clave en cualquier construcción nacional digna de tal nombre, generará menos controversia.

Pues bien, puede que llegue el día en el que la izquierda patriótica, olvidándose de lo ornamental, de lo estrictamente simbólico, se dedicará sin pudor, -expresándose en vasco, eso sí-, a practicar eso que tanto han denostado cuando lo han hecho los demás, a tender puentes con la identidad española y atraerlos a su causa. Cuando llegue ese día, habrán ganado.

Esa bandera en Lizartza

Una compañera de facultad decía que el alcalde de Bilbao era un fascista español porque ponía la bandera española en el ayuntamiento. Decía que se le imponía de esa forma un símbolo de opresión y que era un símbolo con el que no se identificaban muchos vascos.

Parece que en Lizartza (territorio histórico de Bilduzkoa) han puesto esa bandera. Es lo que tiene la «realpolitik». Bienvenida sea la «realpolitik». ¿Por qué será que tengo la impresión de que esto no ha hecho más que empezar?

La próxima vez que me encuentre con mi compañera de facultad le preguntaré si el alcalde de Bilbao ha dejado ya de ser un fascista español.