El futuro abierto

Hace cuatro años, las expectativas se presentaban mucho más inciertas para el PNV que en años anteriores. El resultado obtenido en las legislativas de 2008 indicaban que el Gobierno Vasco se encarecería mucho. Y así fue; a pesar de la holgada victoria jeltzale en las elecciones autonómicas, el PNV fue desalojado, por primera vez en su historia, del Gobierno Vasco. Además, las aguas seguían bajando revueltas dentro del partido. A pesar de haberse presentado una candidatura al EBB previamente acordada, seguía sin proyectarse un discurso único hacia el exterior. Dependiendo de quién y de dónde se manifestase, el mensaje que el partido trasladaba a la sociedad era diferente.

Estos cuatro años no han pasado en balde para el PNV. En contra de lo que muchos hubiesen anticipado, el partido liderado por Íñigo Urkullu no se vino abajo tras las elecciones de 2009. Interviniendo de manera inteligente en la política española, ha conseguido completar prácticamente el desarrollo del Estatuto de Gernika. Y además, ha sido parte activa en el proceso que ha desembocado en la declaración de ETA de final de la violencia. Si a esto añadimos que el gobierno liderado por Patxi López ha tenido un pobre desempeño y ha sido incapaz de presentar un proyecto de país alternativo para Euskadi, nos encontramos con que el PNV sigue siendo el principal referente político de los vascos.

Pero a pesar de lo anterior, el futuro no se le presenta despejado. Está, por un lado, la emergencia electoral de la izquierda patriótica. Es cierto que en las dos elecciones de 2011 el PNV ha salido vencedor allí donde los dos proyectos medían sus fuerzas. Pero también es cierto que la distancia entre ambos es pequeña y que las grandes batallas por la victoria en las próximas autonómicas se darán allí donde ha obtenido en 2011 peores resultados, Gipuzkoa y Araba, precisamente los territorios en los que los votos tienen más valor.

Y por el otro lado está la cuestión de la coherencia en los discursos. El liderazgo de Íñigo Urkullu ha salido nítidamente reforzado de este periodo; pero la organización que preside no solo no es inmune al virus de la disparidad en los mensajes, sino que la misma naturaleza del partido la facilita. El problema, claro está, es que esa disparidad se cierne como una amenaza sobre las posibilidades de victoria en las próximas autonómicas, porque el electorado interpreta la disparidad de discursos como discrepancias políticas, y tiende a no depositar su confianza en quienes parecen no tener la casa en orden.

La expectativas del PNV para los próximos años son positivas, pero el futuro está abierto. Los retos serán diferentes a los que hemos conocido hasta ahora. En los próximos años asistiremos a fenómenos nuevos. La desaparición de la violencia y los intereses de unos y otros propiciarán la búsqueda de un “govern de progrés” a la vasca. Y por supuesto, se intensificarán las tendencias recentralizadoras del estado. Frente a todo ello, para convertir en hechos los propósitos formulados ayer por Íñigo Urkullu, el PNV debe emitir un discurso propio y coherente, diferenciado de unos y de otros. Debe aparecer ante la ciudadanía como el partido en el que confiar para salir del atolladero económico, y también como máximo garante del autogobierno e institucionalización de la nación vasca. Las expectativas del PNV son positivas, sí, pero no se materializarán por sí mismas; eso dependerá, sobre todo, del propio partido, de sus hombres y mujeres, porque el futuro no está escrito; está, como siempre lo estuvo, abierto.